Portada del relato El latido tras el vidrio
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Fragmento:


El doctor Maurizio Loeb peinaba canas y tics nerviosos. Había aprendido a dormir nunca con los ojos del todo cerrados y nunca retirar una mano del teléfono inalámbrico mientras hacía guardia. Pero esta noche, una inquietud sin nombre presionaba su pecho, una presión que no venía de la cafeína ni del insomnio. Algo nuevo, malsano y, en algún rincón de su mente de médico escéptico, antinatural.

Duración: 10:52

El latido tras el vidrio
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Texto de ajuste de pausa.

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Segunda planta, pasillo central. Cuatro y veintisiete de la madrugada según el reloj digital encima de la estación de enfermería. Las luces frías, tenues por economía, fracturaban el silencio. Solo la respiración irregular de los monitores y el zumbido ocasional del sistema de ventilación ponían música de fondo al insomnio peculiar e inherente en todos los hospitales.

El doctor Maurizio Loeb peinaba canas y tics nerviosos. Había aprendido a dormir nunca con los ojos del todo cerrados y nunca retirar una mano del teléfono inalámbrico mientras hacía guardia. Pero esta noche, una inquietud sin nombre presionaba su pecho, una presión que no venía de la cafeína ni del insomnio. Algo nuevo, malsano y, en algún rincón de su mente de médico escéptico, antinatural.

El parte era rutinario, incluso aburrido: seis pacientes en observación, uno en coma inducido, el resto bajo sedación por dolor severo. Todo lo que podía esperarse de una madrugada en la zona de internación. Sin embargo, el enfermero Ezequiel se había rezagado otra vez en la sala 24. Justo esa, la que había pedido revisar primero. Loeb miró la cámara de las puertas dobles de la sala, la que usaba para controlar la entrada del personal y las idas y venidas de los pacientes inquietos. Esta noche, la cámara mostraba algo extraño; el monitor parpadeaba entre estática e imagen nítida, apenas lo suficiente para ver a Ezequiel inclinado junto al cabecero de la cama de Lucía Alanís.

Lucía. 38 años, oficinista, ingresada hacía dos noches tras un accidente inexplicable en su apartamento. Ni intoxicada, ni herida, simplemente disociada de la realidad: pupilas dilatadas, la simultaneidad de taquicardia y una presión arterial extrañamente baja. Y un sonido, que referían los paramédicos, como un eco grave, un murmullo grave que parecía originarse detrás del paladar. Loeb nunca había oído nada igual ni registrado término semejante en sus manuales. El ruido no constaba en ningún parte — nadie, en la sala, lo oía, ni una vez ingresada.

“Ezequiel”, murmuró Loeb, más para sí mismo, “deja de perder tiempo con esa mujer.” Tomas falsas de la cámara, cada imagen peor que la anterior; y aun así, al fondo de la cama, una sombra más densa que las otras, demasiado densa para ser solo la falta de luz.

El teléfono sonó y Loeb saltó. Una sola línea… seguro solo algún paciente pidiendo calmantes. Pero al descolgar, nada. Solo un zumbido bajo, vibrante, como si estuvieras escuchando la frecuencia de un motor gigante resonando muy lejos, debajo del hospital o en su interior mismo. Loeb colgó. Al volver a mirar la cámara, Ezequiel había desaparecido.

Recorrió los metros de pasillo hasta la sala 24 con la prisa envejecida de quien ha vivido demasiados falsos sobresaltos. El olor a desinfectante, para su espanto, se mezclaba con un tufillo agrio, tenue pero cruelmente persistente. Al entrar, solo Lucía estaba allí, boca arriba en la cama, los ojos ampliamente abiertos, fijos en un punto del techo donde bailaban sombras geométricas, proyectadas por la luz de la ventana al otro lado.

Ezequiel no estaba. No en la sala, no en el baño, no entre los asientos de la familia. Loeb miró a Lucía: boca apenas abierta, respiración superficial. Silencio. Hasta que una vibración leve, casi sónica, sacudió la estructura misma de la cama. En ese silencio, Loeb creyó escuchar un segundo latido, profundo, infrahumano, bajo la textura electrónica del monitor cardíaco.

Miró el monitor. Sinusoidal, normal, pero su ojo clínico detectó anomalías apenas perceptibles entre los batimientos: mini-picos, propiedades de onda que no pertenecían a ningún corazón humano.

—¿Lucía? —se forzó a susurrar, acercándose—. ¿Puedes oírme? ¿Dónde está el enfermero?

Lucía giró la cabeza como si acabara de recordar que tenía cuello. Los ojos, sin embargo, no estaban para Loeb: miraban justo detrás de su hombro.

—Están aquí. Son los verdaderos—, dijo ella, apenas moviendo los labios.

Loeb sintió en ese momento el escalofrío total, absoluto, solo interrumpido por el monitor, que estalló en una serie de pitidos imposibles: sonidos graves, no códigos, no alarmas. Solo deformaciones fantasmales del marcapasos de la habitación.

Un movimiento junto a la cortina. Una figura, al borde, como Ezequiel, pero no al alcance de la lógica. Alto, demasiado alto, con un rostro cubierto de ángulos, como si una geometría ajena intentase imitar lo humano. Su uniforme no era ya azul sino un gris opaco, borroso, y su garganta vibraba con ese mismo rumor constante.

Se acercó un paso y, entonces, Loeb vio que otra figura —o su sombra— lo seguía pegada, duplicando sus movimientos, con una franja oscura en lugar del rostro. Al abrir y cerrar las manos, sus dedos parecían sumar, restar, fluctuar entre cinco y siete, nunca el mismo número dos veces seguidas.

Lucía gimió. El monitor explotó en líneas verticales de colores imposibles, fracturando la pantalla en un parpadeo. La segunda figura, más real ahora, recorrió el borde de la cama y Loeb, paralizado entre el terror y la incredulidad, no pudo hacer sino notar que había dejado de hacer sombra en el suelo. Era como si la luz de la lámpara hospitalaria se detuviera en una superficie invisible.

—No te acerques —susurró Loeb, olvidando todo instinto médico.

La figura, Ezequiel-sin-Ezequiel, ladeó la cabeza con una compasión cruel en su mirada multiplicada. Su boca se abrió vertical, en un ángulo antinatural, y de su garganta brotó de nuevo ese zumbido, pero ahora era comunicación. Cada fibra de su cuerpo, de las paredes, de la cama, tembló en sintonía.

—Venimos a sanarla —dijo la voz, y aunque Loeb lo escuchó en español, supo, reconoció, que el idioma era una memoria prestada, insertada para calmarlo.

—No… —musitó Lucía—no me dejen con ellos.

La otra figura, la sin rostro, extendió un brazo familiarmente y cuando tocó a Lucía, la estructura de su mano vibró y se disolvió, como si la piel humana rechazara su textura inhumana y, aun así, la recibió. Los dedos entraron uno tras otro en el cuerpo de la paciente, sin desgarrar, simplemente intercambiando materia. Un suspiro largo, un gemido de horror, y la piel de Lucía comenzó a absorberse hacia adentro, dejando apenas la silueta temblorosa de una persona impresionada sobre la sábana. El monitor saltó a una frecuencia que Loeb no pudo identificar, un espectro que parecía emitir imágenes dentro de su propio pensamiento.

Loeb retrocedió a rastras. Pero el tercer residente de la sala —pues sólo ahora notaba la tercera presencia— se acercó a él. Tenía el rostro de su esposa muerta desde hacía años. No la versión real, sino la de sus sueños y memorias, corroída por el tiempo y la culpa. Y esa cosa se agachó junto a él.

—Sanar es sólo comienzo, Maurizio. Tú también tienes grietas. Demasiadas grietas.

Su voz era como un bisturí sin filo: sorda, rugosa, terriblemente íntima. En el contacto interno que sobrevino, mientras la criatura tocaba la sien de Loeb, las memorias comenzaron a cortocircuitarse. Vio las salas de hospital una sobre otra, infinitas, cada una con pacientes idénticos y médicos idénticos, todos imitando rutinas aprendidas en una infinita simulación de atención. El hospital era solo un recorte de una vasta tela de realidades paralelas, un pliegue donde entidades del otro lado experimentaban con la conciencia humana, probando respuestas ante estímulos imposibles: dolor extremo, sufrimiento dilatado, la esperanza y su anulación.

Susurraron en su mente, insertando visiones de estructura molecular sufriendo repliegues, órganos transformados en otras lógicas de función, huesos fracturados expandiéndose en dimensiones paralelas, nunca aliviados, eternamente reorganizándose.

—Ezequiel —logró balbucear, desviando la vista todo el tiempo de esa cosa—, ayuda, por favor…

Una carcajada sin voz, sólo vibración en el suelo. La cosa se quitó el rostro y mostró dentro una sucesión de líneas y hiperfiguras, como si el rostro mismo rotara en más de tres dimensiones, imposible de abarcar sin que el cerebro sangrara en el intento.

Al fondo, tras la cortina, Lucía se había reducido a una figura casi bidimensional, una lámina de color pálido, absorbida por una superficie vertical, como absorbida por el pliegue mismo de la tela. Los otros dos seres la observaban, mientras Ezequiel—¿todavía era él?—se deslizaba fuera de la sala con la cabeza oscilando en giros rápidos, demasiado rápidos para ojos humanos.

La siguiente sensación fue la caída. Loeb sintió como la gravedad de la habitación se invertía, o como si él fuera desplazado al revés, entre sollozos y microrelámpagos de memoria reprimida. Parpadeó y se vio otra vez solo, de pie frente a la cama vacía de Lucía. El monitor sonaba regular, aunque ya nadie yacería allí. En el pasillo, Ezequiel reapareció, pálido, con un temblor incontrolable en ambas manos.

Ninguno pudo verbalizar, sólo intercambiaron una mirada rota, una complicidad del horror.

Los turnos terminaron y se fueron del hospital en silencio. Pero aquella noche fue sólo la primera. En semanas siguientes, Loeb notó en distintos pacientes la misma vibración en los monitores, el mismo eco ultraterreno, la aparición de figuras en los reflejos del metal y el cristal médico. A veces, Ezequiel no podía recordar si había administrado medicamentos o simplemente había estado en la sala, sin propósito.

Un mes después, en el parte de bajas, apareció el nombre de Lucía Alanís. Motivo: desaparición voluntaria, no localizada. Al pie de la hoja, en una caligrafía desconocida, una nota breve:

“Los pliegues se expanden. Comienzo del proceso de sanación.”

Loeb quemó el papel. No sirvió de nada. La vibración subterránea siguió, invadiendo cada sueño, extendiéndose como un tumor en la conciencia. Aprendió a fingir que nada le ocurría, pero en los monitores, cuando nadie miraba, a veces veía una sombra familiar, una geometría imposible, acechando, esperando su turno para sanar. O para devorar.

Y en la sala 24, la cama de Lucía siempre temblaba, aun desocupada, como si alguien —o algo— respirara justo del otro lado de la piel del universo, esperando su oportunidad de entrar.

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