Portada del relato El susurro de las estrellas caídas
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Fragmento:


El día tras el sueño, se levantó aturdido, como si algo le hubiera roído una costilla en la madrugada. El café no le sacó el frío de los huesos; la niebla todavía abrazaba la casa, girando lenta y densa contra los cristales. Caminó hasta el porche, observando la línea borrosa donde la ciénaga comenzaba, la maleza inclinada bajo su propio peso. Vio las huellas esa mañana y no les concedió importancia: marcas en la tierra húmeda, como de animales, torpes, impresas con fuerza, torcidas, pero demasiado grandes para ser de cualquier criatura de la zona.

Duración: 09:20

El susurro de las estrellas caídas
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Texto de ajuste de pausa.

El rebaño de las sombras ululantes

La primera noche, Elías soñó con el monolito. Lo vio surgir del barro negro más allá de la casa, entre la niebla de la ciénaga, altivo, esbelto, cubierto de grietas donde la sombra se agazapaba y respiraba. No discernía su altura, ni cómo había llegado ahí. Cuando extendió la mano en el sueño, una lengua de frío le acarició los nudillos y oyó un nombre brotar de las profundidades: un sonido que se retorcía en la garganta de la noche y que, al mismo tiempo, no podía recordar ni repetir. Se despertó empapado, la sábana pegajosa a su piel, la boca abierta en un grito que no llegó nunca.

La casa a la que Elías había llegado tres días antes no era hospitalaria, pero tampoco era hostil. Lejos de la ciudad, distante del último atisbo de humanidad, sólo el zumbido persistente de los insectos y el crujido de la madera vieja le hacían compañía. Allí esperaba una semana de retiro, una soledad elegida tras el último fracaso, la última explosión: la furia que se desbocaba, que le corroía, y que empapaba, como una tormenta, todo lo que tocaba. Ese viaje era un acto de expiación, o así le mintió a sus amigos antes de desaparecer tras la frontera del bosque.

El día tras el sueño, se levantó aturdido, como si algo le hubiera roído una costilla en la madrugada. El café no le sacó el frío de los huesos; la niebla todavía abrazaba la casa, girando lenta y densa contra los cristales. Caminó hasta el porche, observando la línea borrosa donde la ciénaga comenzaba, la maleza inclinada bajo su propio peso. Vio las huellas esa mañana y no les concedió importancia: marcas en la tierra húmeda, como de animales, torpes, impresas con fuerza, torcidas, pero demasiado grandes para ser de cualquier criatura de la zona.

Ese día soñó que el monolito se inclinaba, que una grieta serpenteaba hasta su base y que la tierra temblaba bajo la tensión de su nombre prohibido. En el grito de esa grieta, Elías adivinó una invitación: un mandato reverberante, irresistible.

Al tercer día, la sensación de vigilancia se intensificó. Cualquier adulto, tras unos años en la ciudad, aprende a ignorar las ansiedades menores del entorno, pero la soledad absoluta, asfixiante, despetaló la armadura de Elías con una facilidad dolorosa. Sólo quedaba el pulso de su propio corazón, y el temblor, cada vez más evidente, de un peligro que no sabría explicar si nadie más podía sentirlo.

La noche, cuando llegó, fue incluso más oscura.

Se tendió temprano, los músculos tensos. Cerró los ojos y encontró el sueño a desgana, sólo para verse de nuevo, como en una repetición maldita, en medio de la niebla, frente al monolito. Esta vez, el frío lo traspasó; vio como unas sombras, como parpadeos al borde de la visión, danzaban a su alrededor. Algo murmuraba un nombre: el mismo, inarticulable, horriblemente familiar. Elías sintió un deseo detrás de ese sonido, una llamada detrás del lenguaje. Quiso gritar: no pudo. Quiso huir: le fallaron las piernas. El monolito crujió, y algo surgió de una grieta; un tentáculo de oscuridad pura, casi líquido, se enroscó en torno a su brazo.

El grito se rompió en su garganta y despertó con las uñas ensangrentadas, incrustadas en el colchón como si estuviera tratando de no caer. No había babas ni huellas ni arañazos en la piel; sólo la impresión innombrable de haber estado a punto de pronunciar una palabra prohibida, una sílaba que podía, con su sola vibración, partir su mente, o el mundo.

La mañana fue peor. Bajo el techo de la casa, la luz era difusa, gris. El viento se levantaba, pero las sombras parecían adherirse al suelo y las ramas. Elías dio un paseo, como si entonces, enfrentando la ciénaga, pudiera disipar el mal sueño. Siguió el leve camino de huellas, más marcadas ahora, hasta el borde donde el barro olía a podrido y el agua esperaba, oscura.

La vio.

La piedra negra. No era el monolito, no del todo, pero sí una forma grande, extrañamente proporcionada, que sobresalía del agua. Elías apartó los juncos, y por un momento, tuvo visión de un grabado: líneas, círculos, inscripciones en un idioma que le quemaba los ojos. El paladar se le llenó de un sabor a óxido. Trató de dar un paso más, pero una mano invisible le jaló hacia atrás. Rodó en el barro, jadeando, y al mirar atrás la piedra estaba cubierta de líquenes y lodo. Nada sugería la presencia de inscripciones. Era sólo una roca, decidió.

Volvió a la casa. No llamó a nadie, no había nadie. Cocinó una sopa, forzó la compostura, luchó por olvidar. Cuando cayó la noche, la furia aguardaba en las venas, latiendo con cada latido del miedo: ese odio ancestral a la incertidumbre, la rabia contra todo lo que nunca entendería. Se durmió tarde, exhausto, sólo para regresar, otra vez, al círculo de la sombra.

Esa vez, soñó con gente. No gente completa, sin embargo: cosas que llevaban la promesa y el fracaso de la carne humana. Sus ojos estaban cosidos, sus bocas llenas de tierra. Se arrodillaban en torno al monolito y le ofrecían nombres arrancados de sus propias lenguas. Elías, al centro de ese círculo, sintió el vértigo de la palabra prohibida—su potencial para abrirlo todo, para dejar pasar lo que ulula y rasca del otro lado. Sentía cómo una furia imposible, la rabia de lo no-nacido, se apoderaba de él, lo inflamaba, lo impulsaba a gritar el nombre que no debía, sabiendo que con ello, la realidad traspasaría un umbral sin retorno.

Despertó con la garganta sangrante, la boca en carne viva, y una sola huella, húmeda, en el cristal de la ventana.

No tuvo valor para salir ese día. Escuchó los pasos entre la maleza, los crujidos que el viento no podía explicar. Miró el reloj mientras horas enteras se vertían, lentas. La noche cayó y antes de que pudiera evitarlo, la casa entera se llenó de murmullos: ecos de la palabra que no debía, susurros translúcidos reptando por la madera, rompiendo el silencio con su viscosidad.

Tapó sus oídos, pero la palabra estaba ahora incrustada en su mente, repitiendo sílabas que no eran sílabas; girando como una lengua afilada, una promesa de desmembramiento.

Ese crepúsculo, el umbral cedió.

La puerta principal se abrió sola, la madera cediendo ante una fuerza que no era viento. Elías, arrastrado por una furia que ya no era del todo suya, se encontró cruzando el umbral. Afuera, la niebla era una pared sólida, y entre la bruma, las formas—los cuerpos de los “adoradores” del sueño—se mecían, resbalaban, llamándolo a avanzar. Él repitió con ellos la sílaba prohibida, cada vez más fuerte, arrastrando el nombre con la rabia de un animal herido.

El monolito se alzó ante él. En sus grietas se agitaban miriápodos de sombra, retorciéndose hambrientos; entre los grabados, resbalaba una simetría imposible, una invitación y una amenaza. Elías cayó de rodillas.

Las entidades esperaban. No tenían rostro, sólo bocas ávidas, los extremos de la percepción humana; presencias capaces de doblar la mente con la presión de un pensamiento. Palpitaban, burbujeaban, proferían su nombre prohibido con un júbilo cruel. Elías, enardecido por la furia de quien ha estado demasiado tiempo en la jaula del miedo, gritó el nombre completo.

La realidad se agrietó. El mundo tembló, la niebla giró sobre sí misma y la casa implosionó a la distancia. El monolito, ahora un conducto, dejó pasar algo. La cosa apareció, ocupando cada espacio, entre el aire y los huesos, entre la raíz y lo que queda del hombre.

Elías sintió su rabia desbordarse, su furia un flujo rojo y cegador: deseó devorar, destrozar, arrancar, desgarrar. Pero la entidad lo miró sin ojos; y en ese instante, comprendió que jamás podría haber rabia suficiente, ni palabra prohibida lo bastante poderosa, ante un horror que existe sin concepto, que se manifiesta como una ausencia, un hambre preceptual, que devora incluso la posibilidad de resistencia.

El grito se perdió en una noche sin fin.

***

Algunas noches después, unos cazadores encontraron la casa vacía, parcialmente sumida entre la maleza. Nadie halló ni a Elías ni sus cosas. Alguien notó una roca junto al lago, cubierta de marcas indescifrables. Uno de los hombres, al pasar, creyó oír su propio nombre —o el eco de uno desconocido— a lo lejos, susurrado por la niebla.

Nunca hubo rastro de furia en esa calma opresiva. Sólo la espera tranquila de lo que un día, algún otro desesperado, logre pronunciar la palabra prohibida. Entonces, el rebaño de las sombras ululantes podrá multiplicar sus bocas sobre el mundo, para llamar a otros desde la grieta, y comenzar de nuevo el ciclo, desde la ira, hasta el olvido.

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