Fragmento:
La bajada siguió, y lo que comenzó como susurros se hizo canto fúnebre: canciones en un idioma imposible, notas graves que vibraban en el estómago y bailaban sobre las cuerdas de rapel. Los ecos nos decían cosas que no comprendíamos, pero intuíamos. Había presencia. Una inquietud primitiva en la médula.
Duración: 09:55
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Estaba conmigo cuando descendimos. Aunque ni siquiera “descender” lo abarca: hay algo en la palabra que sugiere un final, un fondo alcanzable, y la sima de la que estoy hablando no termina donde nosotros terminamos. Baja más allá de lo que puede comprender la mente, y los antiguos —los que sabían escuchar la piedra y dejarse devorar por la humedad— a veces preferían morir en la superficie que tomar la cuerda y el cántaro de aceite.
Pero nosotros descendimos igual, exploradores con la arrogancia propia de los vivos. Un grupo de cinco, equipados por encima de lo necesario, con radios, linternas y fe en que la noche, después de todo, tenía límites. Los nombres no importan; pero los rostros eran claros: la cara pálida y ansiosa de Marc, la mirada fría de Alba, el nerviosismo renuente de Teresa, la testarudez casi suicida de Gorka. Yo era el mayor, el que había oído la leyenda por primera vez en una cantina de Valdorba, servida por la boca arrugada de una anciana que pidió silencio antes de contar.
Recuerdo la entrada de la sima: la boca era tan pequeña que cabía con apuros un hombro, pero detrás de esa grieta se abría la negrura: un abismo vertical envuelto en humedad y vapor caliente que subía desde algún lugar remoto. Las primeras horas estuvieron llenas de voz baja y tecnología: medíamos, marcábamos con tiza, pendíamos cuerdas como si realmente planeáramos salir por donde bajamos.
Las paredes lloraban, y los goterones rebotaban en la roca durante minutos infinitos antes de perderse en la oscuridad. Adentrándonos, el aire se hacía denso, como si atravesásemos capas gruesas de sueños o de memorias. Descendimos sin palabras grandes: las que teníamos se quedaban pegadas al paladar y sabían a sangre.
Teresa fue la primera en oírlo. Detenidos en una cornisa a cientos de metros bajo la tierra, escuchó lo que al principio parecían murmullos, una mezcla imposible de voces y viento. Su rostro, apagado bajo el haz amarillento de la linterna, perdió contornos humanos.
"¿Cómo puede escucharse corriente de aire si no hay ninguna abertura?" preguntó, la voz quebrada.
La bajada siguió, y lo que comenzó como susurros se hizo canto fúnebre: canciones en un idioma imposible, notas graves que vibraban en el estómago y bailaban sobre las cuerdas de rapel. Los ecos nos decían cosas que no comprendíamos, pero intuíamos. Había presencia. Una inquietud primitiva en la médula.
En uno de los recodos, nos topamos con la primera señal: una cueva lateral, tapizada de carbón y garabatos. La linterna desnudó figuras trenudas, cuerpos fusionados a cabezas imposibles y extremidades múltiples, rodeando un agujero central, una especie de altar natural. Alba se cayó de rodillas, convulsionando. No por miedo —eso llegó luego— sino porque algo la sacudía desde adentro, una vibración como si le hablaran desde las vértebras hacia fuera.
Marc fue el primero en decir la palabra: "Sacrificio." Pero no lo dijo con temor. Lo dijo con aceptación. Allí supimos, sin saber por qué, que la cueva no era una simple geometría de roca: era un vientre expectante. Esperaba algo.
Decidimos continuar, aunque el descenso se hizo más áspero y el calor, por algún mecanismo termodinámico incomprensible —o tal vez por otras razones, más antiguas— comenzó a hervirnos la piel. Bajamos más allá de la lógica, donde la batería de los GPS empezó a morir y las brújulas enloquecieron.
En ese lugar las reglas del mundo cedieron, y el canto se transformó en lenguaje. No idioma hablado, sino implantado: un pensamiento que se imponía, raudo, en nuestras mentes rendidas. Recordé a la anciana: “El agujero piensa, querido. Piensa y quiere.” No le entendí.
El techo desapareció. Tan de golpe como si la piedra hubiera decidido que ya no hacía falta, nos vimos en un espacio cavernoso, sin fondo ni horizonte, donde la luz de nuestras linternas se tragaba a sí misma antes de tocar cualquier cosa. Ni ecos, ni fondo. Sólo vacío.
Y allí, desde ese abismo perfectamente negro, surgió algo. No lo vimos: lo que se veía era apenas la sombra de su movimiento. La noción de contornos. Más tarde, al recordar, me pareció que lo comparaba a un enjambre, un tejido de pizarras negras y húmedas, revueltas con raíces, ojos, troncos y algo que parecía agua en suspensión, flotando y absorbiendo.
Nos sentamos en círculo alrededor del altar de roca negra. No hablamos. No hubo discusión: en la sima, ya habíamos dejado nuestras voluntades en la entrada. El miedo había pasado; lo que sentíamos era una especie de resignación. Si la cosa nos hubiera querido muertos, lo estaríamos. Pero la entidad, o las entidades, o lo que habitaba ese vórtice de no-nada, no buscaba muerte. Quería otra cosa.
La “elección” tampoco fue nuestra. Alba fue la primera en levantarse, los pies descalzos chapoteando en la roca viscosa, los ojos palpitando debajo de los párpados. Se dirigió al borde del altar, se arrodilló y comenzó a murmurar sílabas que la cueva repetía en cientos de variaciones imposibles: una voz, mil voces, la suya, la nuestra.
La cosa surgió. No con forma, sino con hambre. Un vacío tirante que succionaba los recuerdos, las imágenes, incluso la idea de dolor. Cuando tocó a Alba, la devoró sin tragarla: lo que quedó fue un caparazón de piel y dientes, un cartílago deshidratado, una pieza más para su altar blando.
Marc intentó correr. Llegó a la pared y se encaramó, las uñas arrancando piel de sus dedos. No importaba. La cosa lo alcanzó antes de que pudiera volverse. En su caso, la absorción fue diferente: en vez de vaciarlo, lo llenó de oscuridad. El cuerpo de Marc se derrumbó, pero su grito persistió: un eco interminable, como si la cueva hubiera adoptado sus cuerdas vocales y las hiciera vibrar en todas partes, todo el tiempo.
Gorka, temblando, intentó negociar. Prometió, rogó, ofreció nombres y recuerdos. No hubo respuesta, sólo la sensación de un pensamiento enorme e increíblemente lejano, como si la montaña entera se inclinara para escuchar una hormiga. Fue despojado de manera más lenta, su carne goteando en hilos pálidos hacia la grieta central.
Tersa y yo quedábamos. La vi mirarme y supe que éramos testigos, no protagonistas. La cosa no nos necesitaba, pero nos toleraba, quizá para recordar qué se siente mirar el abismo y no ser tragado de inmediato.
Teresa, sin embargo, tomó una piedra y se autoinfligió un tajo en la mano. La sangre chisporroteó en la roca caliente, y el aire de la gruta se estremeció. Al hacerlo, el canto se intensificó, como si en esa ofrenda de voluntad la cosa hubiera encontrado algo valioso. Acercó su palma al altar y la entidad se remansó, hinchándose de gozo imposible de describir. Después, como el humo tras la lumbre, se desvaneció. Teresa cayó de rodillas, agotada pero ilesa.
Me acerqué entonces yo. No por redención ni por heroísmo. Fue algo parecido a la rendición, una aceptación mansa ante la infinitud del deseo incomprensible que respiraba a través de la piedra. Apoyé mi frente contra el altar y sentí el pulso antiguo, profundo: hambre, sí, pero no de carne. El agujero quería historias. Quería memoria.
Las visiones me llovieron durante horas infinitas. Vi a otros grupos como nosotros, generaciones apartadas: monjes, pastores, niños robados y doncellas, un desfile eterno de vivos buscados para dar a la sima algo a cambio de los favores de la lluvia, la cosecha o la peste. Vi a los que escaparon y a los que, como nosotros, bajaron sabiendo que lo único que puede hacer el ser humano ante lo inconmensurable es dejarse mirar. Entendí, aunque no lo entendí realmente, que la “cosa” no era un ser: era la grieta, la boca, el apetito mismo de la tierra por recordar, por ser nombrada a través de los siglos.
No recuerdo cómo salimos, sólo que al recobrar la conciencia, el sendero de cuerda estaba a nuestro alcance. Avanzamos a gatas, respirando tierra y humedad, mientras los restos del canto se hacían cada vez más débiles, hasta que sólo quedó el sonido monótono de las gotas, caídas, inofensivas, sobre nuestros cascos.
Al salir, la boca de la sima se había cerrado en parte, la roca colapsada alrededor, como si la montaña hubiera sido suturada desde adentro. Teresa y yo no dijimos palabra alguna cuando nos recogió el equipo de rescate. Los nombres que dimos carecían de sentido; fuimos solo testigos de lo que la Tierra, inmunemente e incomprensiblemente, desea.
Hoy, a veces, me despierto en la noche y escucho cómo la casa cruje, cómo las paredes parecen respirar hondo. En esas crepitaciones, en ese exceso de silencio, distingo un eco casi imperceptible: una canción vieja como la piedra.
La sima siempre está esperando. Nada ha terminado nunca ahí abajo.
Y aunque mi memoria de aquellos días se desvanece, algo quedó enterrado conmigo: una certeza. La entidad, o entidades, no buscan ofrendas de carne. Ellas quieren almas mencionando su hambre, quieren ser recordadas y temidas. Y cada vez que otro curioso o desesperado baja, la cueva añadirá el eco de un nuevo testigo a su infinita sinfonía de horror.
Nadie que haya visto la sima de verdad vuelve igual. Es el rostro que se cuela en los reflejos de los charcos, el susurro que silba cuando cierras los ojos en la oscuridad. Es la promesa de la roca viva, el hondo abismo que, paciente, siempre abre de nuevo la boca para volver a llamarnos por nuestros nombres.
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