Portada del relato Cosecha de luciérnagas
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Fragmento:


Reptan las horas y Murphy reposa en un silencio adusto. Bajo nosotros, la ciénaga de nubes se abre en grietas que no son del todo meteorológicas. Un resplandor verdoso y tenaz borra el horizonte, apenas percibido con el rabillo del ojo. Preguntarse qué existe más allá de ese velo es un veneno lento: el alférez Larkin, hace meses, se reclinó y sostuvo la vista más de lo debido. Al aterrizar, sólo pudo hablar en una lengua de clicks y gemidos que después atrajo a los perros y a los cuervos, y finalmente a los observadores de la administración, que lo hicieron desaparecer bajo una sábana áspera.

Duración: 10:49

Cosecha de luciérnagas
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Texto de ajuste de pausa.

La última vez que vi volar a Murphy, las nubes hervían sobre el horizonte, rojas como cicatrices antiguas. El doctor Swann revisaba el instrumental – sus nudillos grises, hendidos de fatiga, sobresalían de la inacabable serie de réplicas de su padre que la genética había ido depositando en su piel – y pronunciaba su habitual letanía: “Mantenga el rumbo. No mire a través del parabrisas más de lo necesario.” Era una advertencia a medias, y una maldición disfrazada de consejo. Tres vuelos atrás, uno de los novatos, Pennings, había mirado hacia la ciénaga de nubes al noroeste y le desollaron la voluntad, el juicio hecho jirones, hasta que tuvieron que bajarlo a fuerza de morfina y ataduras. Eso es lo que la línea hace en el turno nocturno; la línea se alimenta de carne y pensamientos.

Ahora, otra noche resbala sobre la base entre antiguos pinos y hangares de chapas abolladas, bajo las piedras de las antiguas colinas se remueven cosas, a veces uno podría jurar que las siente vibrar en la sangre, justo al poner un pie en el umbral de la pista iluminada. Murphy me espera en el borde del hangar, fumando uno de los cigarrillos rusos, aquellos del sabor áspero a tierra. Dejó de hablar hace semanas, pero aún coordina con gestos secos y eficientes; la disciplina del vuelo nocturno es férrea, la disciplina frente a lo innombrable.

Somos las únicas dos almas despiertas esta hora. Los demás duermen o se las arreglan para parecerlo. Nadie quiere oír el rumor de piecitos húmedos en los túneles bajo la base, ni el sordo aullido que, en ciertas noches, se interpone entre la estática y las voces en el canal secundario de la radio. Nadie quiere admitir que la misión ya no consiste en llevar suministros, ni en vigilar la frontera – la verdadera tarea, creo yo, es mantenerlas distraídas, ocupadas, allá arriba, mientras los últimos humanos dormimos, pretendiendo ignorancia y esperanza.

Me ajusto el parka y la máscara de oxígeno. Murphy revisa su bloc de notas. Hemos aprendido a ignorar la mayor parte de los símbolos y anotaciones que otros pilotos dejan – las marcas se retuercen en la oscuridad, asumiendo formas imposibles, y uno podría jurar que los mapas de vuelo cambian entre despegue y aterrizaje, abriendo rutas que confluyen en vacíos donde el aire zumbante no es aire, y el tiempo se disuelve como la grasa vieja en el horno.

La cabina del Grumman G-21 Goose parece más pequeña cada noche; la palanca de mando, gélida al tacto, la radio sorda y bostezante en la frecuencia principal, la Linterna Verde parpadeando cerca del parabrisas. Rodamos bajo el foco anaranjado, rumbo a la pista veintisiete. Detrás queda el mundo de los vivos, en el cual el único pecado genuino es reconocer aquello que nos acecha.

Despegamos entre gemidos convulsos de metal. La nave responde a regañadientes, como si sobre su fuselaje se apilaran décadas de promesas incumplidas y migajas de almas. Por un instante, mientras ascendemos hacia las nubes bajas, la tierra brilla azul, negándose a soltar nuestra sombra. Eso termina pronto; cruzamos los dos mil pies, y el mundo se pliega tras nosotros.

La ruta es una rutina lúgubre: seguir la línea de luz oscilante de las balizas, entregar el misterioso cargamento en Clifftop, y regresar por la senda opalina repleta de bolsas de niebla y cosas peores. Esta vez, la carga permanece sellada; ya no preguntamos, no observamos el bulto frío y articulado del que surgen a veces golpeteos inexplicables. El olor – a ozono, carne húmeda y algo rancio que nunca viste la luz del sol – es lo único que nos acompaña, salvo el sonido constante de nuestro propio corazón londinense, agotado.

Reptan las horas y Murphy reposa en un silencio adusto. Bajo nosotros, la ciénaga de nubes se abre en grietas que no son del todo meteorológicas. Un resplandor verdoso y tenaz borra el horizonte, apenas percibido con el rabillo del ojo. Preguntarse qué existe más allá de ese velo es un veneno lento: el alférez Larkin, hace meses, se reclinó y sostuvo la vista más de lo debido. Al aterrizar, sólo pudo hablar en una lengua de clicks y gemidos que después atrajo a los perros y a los cuervos, y finalmente a los observadores de la administración, que lo hicieron desaparecer bajo una sábana áspera.

Aún así, algo me empuja a mirar. Quizá es la innombrable nostalgia de las cosas primeras; el rumor de un océano olvidado, la presencia abrumadora de lo esencialmente otro, apenas un roce en la periferia de nuestra conciencia entrenada para verlo todo en términos de carne y acero. A través del visor, dejo que mi mirada se descuelgue, resbale sobre el retorcido caos de la estratosfera.

Las luces en el suelo ya no son luces; los pueblos yertos, las carreteras de plata que se curvan hacia la nada, la glosa agónica de los bosques petrificados. Más adentro, en la filtración de esas nubes, se insinúa algo que no debiera ser forma: resplandores que tejen y destejen el espacio, configuraciones geométricas que beben el aliento del mundo. Hay un segundo, mínimo, en que me siento visto de vuelta, examinado, descompuesto hasta la médula.

Murphy reacciona. Lo noto en la tensión lateral de sus manos, en la manera en que aparta su cuerpo, como si intentara delimitar un santuario inviolable. Pero no hay santuario, no aquí arriba. Bajo nuestros pies, las Entidades – ese es el único nombre que se atreven a darles en los informes oficiales – se arrastran, o vuelan, o simplemente pulsan, imprecisas y colosales, justo bajo la frontera de la materia y el delirio.

Durante el vuelo, la radio se queja. Son zumbidos que se confunden con estática, voces que bien podrían provenir de otras cabinas o de las regiones intersticiales donde el lenguaje humano ya es inútil. Al principio son palabras en bucle – “el flujo retrocede”, “la cosecha es inminente”, “no veas el reflujo, nunca”. Luego, los mensajes se distorsionan y entrelazan con notas musicales que no pertenecen a ninguna escala conocida. Murphy enciende el canal secundario; en vez de alivio hay un ulular casi infantil, como de niños llamando a la merienda, pero desafinados por siglos de hambre.

Me aferro a los controles. Quizá han bajado. El resplandor verdoso está más cerca, y la sensación de vejez, de tardo final, se espesa como miel. Recuerdo relatos que los viejos pilotos soltaban al amanecer, acerca de seres que existen en tres tiempos simultáneos, que sólo se manifiestan cuando los humanos, por error o gracia, rasgan la tela de la percepción. Son los recolectores, los pastores de lo que sueña, y de lo que intenta despertar.

Recuerdo una frase que la teniente Gray susurró justo antes de encajar un disparo entre sus dientes: “No están del otro lado. Están en nosotros, esperando.” La anoté, pero rasgué la hoja. Hoy me parece un acto insuficiente.

Murphy señala la zona de entrega. Los faros del hangar de Clifftop parpadean, primero en amarillo, luego en un inexplicable tono púrpura. Descendemos. La aproximación se antoja sorpresivamente suave; los vientos han amainado, y la viscosidad general del aire se vuelve casi sólida. Veo a figuras aguardando cerca de la rampa; algunas llevan uniformes, otras, túnicas cortas, y otras no tienen silueta coherente bajo la luz mutante.

El protocolo exige que no bajemos del avión. La compuerta trasera se libera y una sombra, aún más oscura que la noche, se desliza a retirar el contenedor. Siento, literalmente, cómo mi corazón se detiene; lo noto como una suspensión del tiempo, una comprensión implacable de la muerte. Hay ecos en la estructura misma del aparato: golpeteos que reverberan, susurros casi líquidos entre los paneles.

Cuando la sombra se retira, la cabina se llena del aroma de aquel otro lugar, el que nunca sabremos nombrar. Murphy me observa, ojos como betún fundido, y niega levemente. Aunque no habla, entiendo: “Es hora de regresar. Y ellos también vendrán.”

El regreso es una faena envilecida, cada minuto un parpadeo más allá de los dominios de la lógica. Los relojes se detienen. Las luces de las balizas titilan fuera de secuencia. A medida que nos internamos en el cruce, la sensación de que algo más viaja con nosotros ahonda un escalofrío en cada fibra. Lo siento en la presión de la cabina, en la rigidez de los cinturones, en la vibración mínima de la radio, donde voces recitan letanías colapsadas y números imposibles, ecuaciones que cortan la razón.

Por el rabillo del ojo, veo a Murphy acariciar su propia sombra, como si permaneciera aferrado a una fe secreta. Me descubro palpando mi pulsera, una baratija de mi niñez, único vestigio de un tiempo en que la noche era absoluta, pero inocua. Entiendo, con claridad dolorosa, que ya no somos pasajeros, ni pilotos, ni hombres enterrados en trajes y mapas; somos ofrenda – parte de una transacción que no comienza ni termina.

El resplandor verdoso es ahora una tormenta que ruge por encima de nuestro techo. Hay miríadas de ojos, o simulacros de ojos, engarzados en el vientre de la nube mayor. Giran, se abren y cierran con sincronicidad perfecta, observando el débil zumbido de nuestra nave. Quiero apartar la mirada, pero la fuerza es ciclónica. Veo el interior de esos orbes: paisajes invertidos, selvas de dientes y órganos, recuerdos de guerras ocurridas en otras topologías. Escucho por la radio cómo las criaturas describen a los humanos, sus risas imitan a los cuervos que devoran cadáveres, mezcladas con las súplicas de los devorados.

La radio chisporrotea. Una voz antigua pronuncia mi nombre verdadero, el que sólo mi madre conocía. Murphy abre la boca y el grito que escapa es líquido y no pertenece a cuerdas vocales.

Vuelvo en mí, sólo porque la nave besa el asfalto de la base, entre chispazos azules. El parabrisas está cubierto de una humedad viscosa, y las luces, a lo lejos, parpadean en una secuencia aún más descompuesta. Murphy baja primero, caminando con la cadencia de un hombre mayor, o de alguien que ha visto volverse polvo todos los dioses. Yo lo sigo, tambaleándome, sintiendo cómo el frío se instala donde antes estuvo la esperanza.

Caminamos juntos bajo la lluvia. No hay palabras, sólo una comprensión muda de que no somos más que piedras lanzadas hacia la nada, presas de la gravedad de sus miradas. Las Entidades no han terminado con nosotros: la cosecha es interminable, cada vuelo una invitación, cada regreso una ruina. Mañana estaremos ahí de nuevo, con el rumor del vuelo en las venas, esperando que la próxima vez no respondan a nuestro nombre con voces de nadie.

La línea aguarda, tensa y expectante, como la piel sobre una herida que no cicatriza. Y allá en las nubes, los ojos se abren y cierran, masticando el miedo de los hombres que se atreven a volar demasiado alto, demasiado cerca de lo que nunca debió ser soñado.

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