Fragmento:
Era notorio cómo la vegetación, por momentos, se tornaba más espesa cerca de ciertos viejos pozos obstruidos o allí donde la sombra de los árboles caía con más persistencia. En esas áreas se percibía, incluso bajo brisa, una suerte de murmullo, un susurro sordo que emulaba palabras en un idioma primigenio, no hecho para oídos humanos. Dormía mal, acosado por sueños en los que la tierra parecía agitarse, respirando como un animal colosal bajo las raíces.
Duración: 09:13
Hay lugares en el mundo donde incluso la memoria de los hombres se desvanece y la misma tierra parece querer erradicar toda huella de su existencia. Lugares que parecen sigilosos para la razón, como si el tiempo se hubiese detenido por respeto al horror que dormita bajo el polvo. Uno de esos rincones era el fundo Mancarrón, perdido entre montículos y bosques anegados de niebla en la provincia de Chimaltenango. Los hombres del pueblo más cercano evitaban pasar por el lindero ni siquiera a la luz del día, y los niños aprendían a susurrar el nombre sólo por el frío deleite del tabú.
Yo, Xavier Bellonet, archivista de oficio y de espíritu, llegué allí movido por la curiosidad y la obstinación enfermiza de quien busca comprobar la realidad de los terrores ajenos. Mi interés no era el de un excursionista o un cazador de leyendas: una carta, escrita a mano con una caligrafía arañada y temblorosa, me había llegado a través de un colega en Ciudad de Guatemala. El remitente, un tal Salvador Onofre, historiador caído en desgracia y mi antiguo profesor universitario, me invitaba a investigar el caso Mancarrón, afirmando que lo que acechaba allí “no tenía nombre ni era digno de nombre alguno nacido de lengua humana”. Aquellas líneas no mostraban la retórica de un loco, sino la ansiedad de quien sabe demasiado.
Al llegar, encontré el fundo en ruinas, devorado por la hiedra y abismos de zarzas, pero ninguna señal del anfitrión, salvo por la humedad nauseabunda que parecía exudar de las paredes. La casona, con su fachada de piedras desportilladas y vigas añejas, tenía el aspecto de un animal moribundo, resignado a pudrirse bajo el peso de su historia. Sin embargo, bastaron unos días para notar que no todo estaba tan muerto como aparentaba.
Era notorio cómo la vegetación, por momentos, se tornaba más espesa cerca de ciertos viejos pozos obstruidos o allí donde la sombra de los árboles caía con más persistencia. En esas áreas se percibía, incluso bajo brisa, una suerte de murmullo, un susurro sordo que emulaba palabras en un idioma primigenio, no hecho para oídos humanos. Dormía mal, acosado por sueños en los que la tierra parecía agitarse, respirando como un animal colosal bajo las raíces.
Pasaron tres días antes de que localizara la bodega donde Onofre había instalado su despacho improvisado. Allí encontré papeles regados, fragmentos de diarios, y un único cuaderno donde se describía, con un pavor rayano a lo sobrenatural, la llegada de extrañas criaturas a Mancarrón.
Según Onofre, y esto lo relataba como si hubiera visto los hechos con sus propios ojos —mas luego sabría cuán literal podía llegar a ser esto—, las “criaturas” eran emisarios de una raíz inconmensurable, un ente vegetal que había permanecido latente debajo del fundo desde tiempos innombrables. El relato, aunque incompleto, narraba cómo los antepasados de la región ofrecían tributos en noches de luna nueva, arrojando animales o, en épocas de mucha penuria, incluso niños, a una grieta sellada bajo la cripta de la vieja iglesia. A cambio, la tierra, solía fecundar con generosidad las cosechas tras las lluvias.
La última anotación de Onofre era casi ilegible, escrita con tinta derramada y sangre seca: “Han vuelto. No humanos. No son animales. Ellos caminan cuando la tierra se agita. Son raíces y miembros y fauces; no deben ser nombrados. Siento cómo me buscan incluso ahora...”
Pronto empecé a notar las señales que evocaba su diario. Al caer la noche, las paredes crujían de un modo extraño, como si la humedad no provenía sólo del ambiente sino de algo que acechaba desde la mismísima piedra. Más inquietante era aún el sonido: un chasquido húmedo bajo el aliento de la brisa, un rumor que destacaba sobre el canto de los grillos y destacaba cuando la luna menguaba, apagando la esperanza de todo resplandor.
La sensación era de estar vigilado, aunque, cuando miraba a través del ventanuco o las tablas podridas del almacén, no veía apenas más que arbustos encorvados, a excepción de una figura, fugaz, que una noche distinguí entre los campos: parecía un hombre pero su silueta se alargaba hacia la tierra, como si no caminase sino se desplazase arrastrando una maraña de musgo, raíces y tierra adherida. El cuero cabelludo, si es que el ente poseía tal cosa, parecía cubierto de lianas o cabellos cuyas puntas se confundían con la hojarasca. Me sentí atrapado bajo una mirada vacía, como si me observara el ojo del propio abismo; y sin embargo no podía apartar mi atención: algo en la criatura atraía la voluntad de los observadores de modo irresistible.
Huí de la ventana, nauseabundo, con un temblor en los huesos que ni el más fuerte brandy logró disipar. Desde esa noche, las presencias multiplicaron su hostigamiento; los pasos, que al principio eran solitarios, pronto se convirtieron en un desfile de sombras que rodeaban la casona, arrastrándose con un ansia muda. Las paredes aparecían salpicadas al amanecer con una savia oscura, pegajosa, que olía a tumba recién abierta y a tierra profanada, y que al tacto quemaba la piel con un escozor lento, prolongado, como si la maldición de Mancarrón buscara abrirse paso a través de mis poros hasta el corazón.
Cierta madrugada, vencido por el insomnio y el terror, hurgué en la biblioteca de Onofre en busca de información sobre los primeros habitantes del fundo. Allí, entre títulos destartalados y crónicas polvorientas, tropecé con una historia olvidada: la fundación del lugar en épocas coloniales había sucedido tras el hallazgo de una fosa común subterránea, repleta de esqueletos aferrados unos a otros, rodeando un inmenso tronco carbonizado, como si hubiesen muerto adorando —u odiando— aquel madero. Los pobladores decidieron derribar el árbol y construir la iglesia directamente sobre él, sellando así la raíz “maldita” en el subsuelo.
El diario de Onofre se convertía desde entonces en monólogo demente, en el que confesaba haber descendido al pozo bajo la cripta, guiado por sonidos nocturnos imposibles; describía cómo las paredes mismas parecían pulsar, y cómo del fondo brotaban, reptando, filamentos semejantes a dedos de infantes, ansiosos por asirse a cualquier carne tibia. Cuando el sol salía, los filamentos desaparecían dejando sólo la huella de una humedad élfica, iridiscente, que se absorbía velozmente por la tierra.
Con cada día el aire se enrarecía, cargado del olor a raíces podridas y huesos remotos. Creí ver en mis sueños a Onofre, o lo que quedaba de él, discurrir por la finca, callado, la piel cubierta de costras verdes, la boca desbordada de una savia negra e insidiosa. Intenté racionalizar, pensar en alucinaciones por hambre y temor, pero entonces lo vi en pleno día, cuando el calor era más intenso y el sol más visible, asomarse desde el lindero del bosque, palpitante, entre rizos de verdor imposible, con los ojos desbordados de una locura que no le era propia. Quise correr, pero las piernas no me respondían; sentí cómo bajo mis plantas la tierra misma se abultaba, hinchada de una vida subterránea, como un corazón a punto de reventar.
A partir de esa fecha, mi voluntad fue cediendo espacio a una somnolencia letal: caía en sueños hondos, los brazos y piernas agarrotados, y siempre, siempre soñaba con raíces que rozaban mi garganta y se deslizaban bajo mi piel. Cuando desperté en una de aquellas ocasiones con los tobillos cubiertos de tierra mojada, supe que no todo era delirio. La marca de dedos minúsculos, pero con fuerza feroz, aparecía en mis pantorrillas.
Escapé, o creí hacerlo: hasta donde puede uno huir cuando la criatura que acecha es la tierra misma, cuando lo monstruoso no es un ente foráneo sino la raíz incógnita de cuanto se considera sagrado, profano y humano. Pasé mi última noche en el fundo en blanco y sólo escuché para mi desgracia el gélido susurro de las criaturas fuera del cuarto, entre el lamento de los árboles, prometiéndome una fusión final en sus entrañas vegetales.
Al rayar el alba reuní los papeles de Onofre y eché a andar; atrás quedaba la finca, sabedora de que algo suyo conservaba yo bajo la piel, una herencia invisible cuyo peso siento aún al escribir este relato. Cada vez que cierro los ojos regreso a aquellos campos marchitos, huelo el tufo agrio del pozo y presiento la caricia lenta de los brotes, esperando su día. Los médicos dicen que mis heridas no cicatrizan y atribuyen la podredumbre de mis extremidades a causas naturales. Sólo yo sé que la maldición del fundo Mancarrón es de raíz tan honda que alcanza hasta el tejido de la memoria, y que tarde o temprano, como Onofre, ya no seré del todo humano, sino un vástago más del horror sin nombre que sigue creciendo bajo la costra del mundo.
He de dejar esta confesión aquí, pues la caricia de la savia ha llegado hasta la muñeca, y presiento que pronto mi mano ya no será mía sino de la raíz impía, narrando otras historias que sólo la tierra hambrienta puede comprender. Si alguien llega a leer este testimonio, que no busque Mancarrón ni escarbe en tierra ajena: hay terrores que, por el bien de todos, deben permanecer hundidos bajo el peso piadoso del olvido.
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