Fragmento:
Joshua y yo compartimos años de investigación en manuscritos antiguos, particularmente los vinculados a los cultos poco conocidos de East Anglia. Él, sin embargo, mostraba una inclinación decididamente excéntrica: coleccionaba testimonios de cartas anónimas, aquellas enviados por manos temblorosas o mentes inestables. Recuerdo, en ocasiones, haberme burlado de sus enfoques, indulgente ante su pasión casi supersticiosa. Se reía entonces y decía:
Duración: 11:22
Me veo impelido, aunque con reticencia, a consignar estos hechos en escritura, ya que han traído una infelicidad tal, que temblarían las manos de cualquier alma sensata ante la posibilidad remota de repetir, siquiera de modo vicario, la experiencia. Pero debo, por respeto a mi amigo, dejar constancia de lo acaecido. Si al concluir esta lectura siente usted un escalofrío que el humo de su pipa o el arrullo de la lluvia en su ventana no pueden mitigar, le ruego no maldiga mi memoria, pues sólo la justicia, o la advertencia, me guía.
He aquí la misiva recibida el pasado 3 de noviembre entre las cartas rutinarias y las facturas triviales. No tenía remitente, ni marcas de franqueo reconocibles, salvo un leve sombreado oscuro, como si hubiese reposado en un lugar húmedo. El papel, grueso y levemente terso al tacto, olía suavemente a algo olvidado: lápidas, o pergaminos, o un sótano en la campiña, donde hace años dormían herramientas y ahora despiertan raíces.
La caligrafía me era ajena. A pesar de mi correspondencia dilatada por años con anticuarios, libreros e colegas, no detecté familiaridad alguna. Era una letra fina, muy vertical, con tildes casi ausentes y la menor pretensión de ornato —como si el redactor hubiese sido forzado a la brevedad bajo grave amenaza—:
*"No busqué el coso sino donde hay luz crepitante sobre la negra tierra. La cerca está rota, pero la promesa aún reclama: no debe nadie, ni vivo ni sombra, recoger el nombre sellado. Si la lámpara se apaga esta noche, procure silencio; si persiste, cierre bien las ventanas y dese la espalda tres veces."*
El mensaje provoca, en su tosquedad, cierto estremecimiento; sin embargo, esa cómica referencia a vueltas y lámparas me produjo al inicio sólo una sonrisa incrédula. Archivé la carta en mi escritorio, a medio camino entre la curiosidad y el desdén, pues aquel día me aguardaba la visita de mi antiguo amigo Joshua Moore.
Joshua y yo compartimos años de investigación en manuscritos antiguos, particularmente los vinculados a los cultos poco conocidos de East Anglia. Él, sin embargo, mostraba una inclinación decididamente excéntrica: coleccionaba testimonios de cartas anónimas, aquellas enviados por manos temblorosas o mentes inestables. Recuerdo, en ocasiones, haberme burlado de sus enfoques, indulgente ante su pasión casi supersticiosa. Se reía entonces y decía:
“Uno recoge lo que halla, justo como los escarabajos bajo losas viejas. Algunos coleccionan pájaros exóticos; yo, esos mensajes que son como semillas envenenadas.”
No mencioné la carta inmediatamente. Prefería gozar de su conversación antes que caer en juegos macabros. Cena ligera y largas anécdotas de forasteros galeses nos entretuvieron hasta bien entrada la noche. Ya decidió partir, sobre la medianoche, reparé, casi sin pensar, en la misiva y se la mostré, esperando un comentario jocoso. No lo recibí.
Joshua palideció. Le temblaban levemente las manos, y no escatimó en mirar la carta con una mezcla de reconocimiento y repulsión.
“¿De dónde la has recibido?” preguntó, forzando la voz.
Narré la simple llegada, sin franqueo ni remitente. Observó el reverso, olfateó el papel.
“No es una broma, al menos no una que deba tomarse a la ligera. Ven conmigo.”
Subimos entonces a mi estudio —lo hacía cuando necesitaba tomar algún volumen raro de mi biblioteca—. Sin embargo, esta vez buscó algo suyo, una carpeta con recortes y sobres viejos. Extrajo uno, de aspecto tan vetusto como lo que yo había recibido apenas ese día.
“Es la misma mano,” musitó, comparando letra y tics gráficos. “Tienes que saber a qué obedeces; no es solo la caligrafía, es... el emblema secreto. Aquí, ¿ves? el leve trazo bajo la ‘e’ de promesa... está en esta carta, fechada hace por lo menos setenta años.”
El mensaje antiguo era tan críptico como el mío, pero contenía una advertencia similar. Hablaba de la ‘luz sobre negra tierra’ y de no recoger ‘el nombre sellado’, pero había una línea adicional:
*Y los que oigan la risa siendo noche nueva, deben regresar sin mirar atrás hasta que pase el ramal de la charca.*
La cosa, admito, me perturbó. Joshua insistió en que esa correspondencia correspondía —según indagaciones locales— a un rincón rural llamado Winstred, en la frontera entre Norfolk y Cambridgeshire. Un lugar sombrío, donde mi amigo había hallado noticias difusas sobre desapariciones y rumores en torno a “La Promesa de la Cerca”.
Pensé que, agotado el tema, Joshua haría una broma. Pero lejos de eso, reveló que había planeado, años atrás, visitar Winstred, y que ahora, con la aparición reciente de la carta, era menester investigar. En la confusión del momento, la idea me cautivó. Acepté ir con él la semana siguiente.
Tomamos el tren, con mi maletín repleto de Hume y la edición rústica de la traducción de Olaus Wormius, y con Joshua blandiendo su carpeta de néctares extraños: cartas de suicidas, notas de cultos, avisos de muertos. Al llegar, el pueblo parecía adormecido, de las casas apenas el humo y el canto de un gallo algún lugar fuera de la vista. La posadera, agria y seca, nos advirtió sobre el “viento en los sembrados”, un tema que repitió ante cualquier pregunta nuestra sobre la cerca.
El camino hacia el prado señalado por la carta —fácilmente deducible mediante el tipógrafo de la época y algunos mapas parroquiales polvorientos hallados en la rectoría— era más bien un sendero apenas transitado, flanqueado por zarzas y el ocasional alambre oxidado. Llegamos en el crepúsculo, y allí, desbordada de lirios mustios, encontramos la cerca torcida.
No era una valla bien hecha, sino una hilera de estacas en diversos estados de putrefacción. Junto a uno de los postes más viejos, hallamos una lámpara de aceite, el vidrio manchado y la mecha seca hacía décadas. No había nada más notable salvo, quizá, la densidad peculiar del silencio. Joshua se arrodilló junto a la lámpara, girándola entre las manos.
“¿Ves la tierra aquí? Demasiado removida… tal vez, apenas días,” susurró.
Sondeó la tierra con su navaja, encontrando, con cierto repiqueteo hueco, una pequeña caja de zinc, sin marca alguna. Con sumo cuidado la abrimos. Adentro, un pergamino: la misma letra vertical, ahora aún más apretada, pero el mensaje era largo:
"No hay eco, pues nada fue prometido salvo la vigilia.
Deje la lámpara para quien deba encenderla.
Jamás nombre lo que yace, pues nombre otorga vínculo.
Vuelva si aún pueda, y no beba agua antes de cruzar la cerca."
De repente, el viento arremetió contra nosotros y sentí —quizás por la tensión del momento, quizás por otra cosa— una ráfaga de gélido pavor trepando por mi espina dorsal. Joshua se levantó sobresaltado y repitió en voz baja, como recordando instrucciones no aprendidas del todo, “No nombre lo que yace.”
Desandamos el camino con premura, y al hacerlo, creí oír, flotando a la distancia, una risilla muy aguda, extrañamente suspirada, declinando en un gemido casi ensordecedor. El cielo estaba completamente negro; la luna, cubierta por fajas de nubes como vendas sobre los ojos de un neonato. Al llegar a la posada, Joshua sugirió escribir de inmediato a los descendientes de quienes habían recibido aquellas cartas antiguas.
Al día siguiente, notamos algo peculiar: en las cuadras cercanas a la cerca, algunos niños revoloteaban sin propósito, y nos parecieron extrañamente pálidos y con ojeras profundas, lo que achacamos a la mala alimentación. En el pueblo, el tema cambió drásticamente. Un viejo de dedos amarillentos —quizá antiguo guardabosques— nos aseguró que “la lámpara no se toca, ni se cruza la cerca cuando la tierra huele a lluvia”.
Joshua reunió varios testimonios; todos tangenciales, evasivos, como si la memoria colectiva fuera un retablo manipulado. Un sacristán nos relató, entre sorbos de aguamiel, una historia acerca de promesas incumplidas, de pactos hechos en la era de la pestilencia, cuando el pueblo ofreció un “nombre” para que el mal pasara de largo.
No puedo precisar la noche exacta, pero desperté sobresaltado, seguro de haber escuchado mi nombre, pronunciado por labios invisibles. Joshua, insomne, apuntaba con el candelabro hacia la ventana, como si esperara ver algo. “No debes contestar,” dijo, “ni abrir la ventana, ni acercarte.”
Pasaron dos días más y las cartas —o algo semejante— llegaron a nuestra habitación. Esta vez, dobladas bajo la puerta, sin sello ni sobre. El mensaje era elocuente:
La lámpara sigue apagada.
Aún no es tiempo.
El vínculo se cumple aunque niegues el nombre.
Vuelve la vigilia cada vez que uno despierta.
Joshua envió copias de ambos mensajes a un especialista en cultos de la Universidad de Durham; la respuesta fue rápida y crípticamente asustada: advertía sobre prácticas aisladas de comunidades rurales, donde nombres de personas o criaturas eran sellados y la mención de tales nombres se equiparaba, en fuerza ritual, a liberarlos. El “coso”, según el profesor, no era sino el eufemismo local para una entidad —quizá personificada o abstracta, imposible precisarlo— dormida en razón de promesas y vigilancia: la lámpara simbolizaba la resistencia de la comunidad para no olvidar, y la cerca, el límite entre nuestro mundo y ese otro, no menos real, de lo sellado.
La siguiente noche, Joshua desapareció.
Salí a buscarle por la lluvia y el hedor del barro recién agitado. Todo el pueblo parecía extinguido. Una senda de huellas me llevó al lindero de la cerca, y allí, junto al poste errático, la lámpara yacía encendida con un lustre mortecino. Al otro lado, sobre la tierra desprovista de lirios, divisé la silueta de mi amigo, de pie, inmóvil, mirando hacia mí, pero sus ojos estaban cerrados, tensos de un modo antinatural.
Grité, pero no respondió ni se inmutó, y entonces sentí la certeza absoluta de que el camino de regreso era una línea delgada apenas, y que no debía cruzar la cerca ni mirar atrás mientras caminase.
Efectué la marcha diciendo a media voz: “No nombre lo que yace,” y sentí —o la mente me traicionaba— una presencia a mis espaldas, titilante y expectante, como la respiración entre las páginas de un libro nunca abierto, o el roce de dedos sobre una lápida recién puesta.
Pude salir de Winstred, y juro que no he vuelto. De Joshua sólo hallaron, días después de mi partida, su maleta y su carpeta de cartas bajo la ventana de la posada; ninguna explicación plausible se me ofreció nunca. De las cartas, ni una sola más ha llegado, salvo la presente que ahora deposito ante un abogado y hombre de temperamento ecuánime, para su custodia o destrucción.
Si, por azar u obstinación, recibe usted algún día una nota con la simple advertencia de no encender lámparas ni cruzar cercas donde la tierra esté negra, por todo cuanto es querido, obedezca.
No todos los nombres deben ser recordados. Y menos aún pronunciados.
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