Fragmento:
No era más que una losa de cemento sobre un arroyo que cortaba la tierra y que, bajo la luz raquítica de la luna, parecía una herida sin cerrar. Allí, en el centro, la carretera se resquebrajaba y descendía un dedo, como si la tierra hubiera decidido tragar el paso. Olivia disminuyó la velocidad y las ruedas dieron un gran salto; el crujido metálico les hizo atar bien el cinturón. La sensación fue la de haber cruzado un umbral; la noche, al otro lado, tenía un matiz diferente. Más densa, más cerrada sobre sí misma.
Duración: 11:13
El coche avanzaba por el camino de tierra con un sonido sordo y pegajoso, como el chasquido cuando se hunde una cuchara en un pudin recién hecho. Olivia mantenía ambas manos aferradas al volante, su mente perdida en una niebla de inquietud. Los árboles, más allá del brillo de los faros, se alzaban en la noche como columnas negras, perpendiculares y tenaces, dispuestas a testificar cuanto ocurriese.
A su derecha, Mónica revisaba el móvil por enésima vez. La barra superior marcaba sin servicio desde hacía más de media hora, y solo la linterna y la función cámara seguían vivas. Su otra mano, inerte, reposaba sobre la guantera, acariciando distraídamente la arruga de un mapa de papel que ninguna de las dos sabía leer bien. Faltaba poco para la medianoche. Las cigarras y grillos al borde del camino emitían ese canto insomne, taladrante, que nunca termina, poniendo techo al silencio y a los pensamientos.
No era el plan de viaje con el que habían soñado. O, al menos, no con tal minuciosidad y contingencia de accidentes. Habían salido cuatro horas atrás, después de una fiesta de boda a la que no querían volver a asistir, y el GPS les indicaba un atajo por un camino rural que ninguna conocía, pero que prometía ahorrar media hora y algunos peajes. Su error, murmuraba Olivia para sí, había sido confiar en ese pequeño aparato parlante que ahora callaba en el soporte desde que la señal de datos se fue de bruces.
Lo primero raro fue el puente.
No era más que una losa de cemento sobre un arroyo que cortaba la tierra y que, bajo la luz raquítica de la luna, parecía una herida sin cerrar. Allí, en el centro, la carretera se resquebrajaba y descendía un dedo, como si la tierra hubiera decidido tragar el paso. Olivia disminuyó la velocidad y las ruedas dieron un gran salto; el crujido metálico les hizo atar bien el cinturón. La sensación fue la de haber cruzado un umbral; la noche, al otro lado, tenía un matiz diferente. Más densa, más cerrada sobre sí misma.
–No me gusta esto –murmuró Mónica, apagando el móvil, como si eso pudiera retirar su fragilidad. El reflejo de sus ojos era una chispa blanca entre sombras.
Avanzaron apenas medio kilómetro. El camino empezó a estrecharse, deshilachándose por los bordes hasta no ser más que dos líneas de tierra apretadas y una vereda de hierba encrespada en el centro. Los faros destellaban sobre hojas mojadas y movimientos rápidos, impalpables, al borde del campo visual; animales, quizás, pero no se veía ninguno con claridad.
Entonces, el motor tosió. Una vez, luego dos. Olivia intentó ignorarlo, apretando el acelerador suavemente, pero al tercer bocanazo el coche tiró la toalla con un suspiro terminal. Un jadeo apagado, después de la vida. El silencio retornó de golpe, gordo como una duna.
–No puede ser, no puede ser… –musitó Olivia, como si quisiera convocar el movimiento por mera obstinación.
Ambas salieron al camino. El aire tenía algo amargo. El cielo, plagado de nubes, ocultaba cualquier luna que hubiese. Se sentía una presión, como si un enorme vidrio estuviese apoyado suavemente sobre sus cabezas, modulando el aire, transformándolo en algo más denso. Olivia abrió el capó, hurgó a ciegas, pero la mecánica nunca fue lo suyo. Lo admitió, rindiéndose al cabo de pocos minutos.
–Prueba tu móvil –sugirió, como último recurso.
Nada. Solo el resplandor azul de una pantalla que no podía llamar a nadie.
De repente, del otro lado del seto que bordeaba el camino, surgió un chillido. Era un sonido agudo y largo, mitad llanto de niño, mitad alarido de bestia: una fisura en la noche. Mónica aterrizó de pronto, como si hasta ese momento hubiera estado flotando por encima de sí misma.
Ambas se acurrucaron junto a la puerta del coche, sin apartar los ojos del seto húmedo. El chillido se fue apagando, pero en su lugar llegó una serie de crujidos, el sonido imposible de huesos quebrándose con solemnidad. Algo avanzaba entre la maleza.
–Volvamos al puente –dijo Olivia con voz baja, dirigiendo la linterna del móvil hacia el sector de hierba fresca en el suelo.
No pudieron recorrer ni veinte metros. Bajo sus pies, la tierra estaba blanda, saturada de humedad reciente. A Olivia le pareció notar huellas de algo que no era pezuña ni garra: más bien, una sucesión de formas amasadas, blandas, deformes, como si un saco de carne se hubiera arrastrado por allí. Por reflejo, encendió la linterna y la movió veloz, aunque sólo para desear no haberlo hecho. La luz recogió retazos de piel blanquecina, pequeñas membranas colgando de las ramas bajas, un montoncito desgarrado de lo que tal vez, en otro contexto, hubiera podido confundirse con piel de culebra recién mudada, pero aquí parecía un recordatorio de que algo nuevo estaba engendrándose en el barro.
Mónica jadeaba. Cada respiración era un trago de agua sucia.
–Olivia, ¿y si volvemos al coche? Si ese animal–. No terminó la frase.
Un rumor les envolvió, primero apenas una vibración y luego, pronto, claridad: pasos. No de humano, tampoco de ciervo, ni de jabalí. Cubrían mucha distancia en poco tiempo, y su tacto sobre el lodo era esponjoso, lustroso, demasiado húmedo, como el golpeteo de un puño blando sobre un colchón.
De pronto estuvo allí. O, al menos, así lo sintieron. Entre las dos, apenas separadas por un par de metros, la criatura se materializó por entre la bruma de la noche. Larga, enjuta, pálida, desdibujada en los contornos, como si sólo existiera plenamente cuando uno no la miraba. Donde debería haber habido una cabeza, la luz de la linterna resbaló sobre una superficie pulida y lisa, sin ojos, boca ni orificios. De su cuerpo colgaban tiritas de piel empapada en barro, como membranas entre los dedos, y de tanto en tanto una pequeña boca se abría en la carne, sólo para cerrarse con un chasquido espasmódico e infantil.
Ambas corrieron. Los pies de Mónica patinaban sobre el lodo, mientras la sombra de la criatura parecía oscilar alrededor, más rápida de lo humanamente posible, y sin embargo nunca completamente visible.
Lograron llegar al coche y cerraron las puertas de un portazo. Ambos corazones desbocados; ambas cabezas, buscando sentido en recuerdos terribles de historias infantiles: los duendes del lodo, los niños-perro, los huargos que esperan en los lindes de la civilización. A esas alturas, la mente de Olivia se movía entre explicación y superstición, ninguno capaz de dar alivio.
Las ventanillas se mancharon de pronto. Un líquido transparente, baboso, emanaba de la criatura, que se apretaba contra el cristal del lado de Mónica. La linterna de su móvil iluminó de cerca la superficie lisa de la “cara” de aquel ser, y durante un instante, un millón de bocas diminutas palpitó bajo la piel, como si succionaran el mundo con hambre imposible de saciar.
El móvil cayó de las manos de Mónica. El coche se llenó de ese chillido agudo que había escuchado antes, pero ahora mucho más cercano, como la púa de un violín afilando tendones humanos.
Olivia gritó y golpeó el claxon. El ruido fue, por un microssegundo, más potente que todo lo demás. La criatura se apartó, dejando una mancha alargada, plateada y sucia sobre el vidrio. Mónica la vio meterse bajo la panza del coche, o más bien, desvanecerse entre barro y metales con la flexibilidad de una lombriz de pesadilla.
El salpicadero parpadeó. El motor murió del todo, y todas las luces interiores quedaron sumidas en una bruma roja, residual de la batería. Escuchaban, fuera, los pequeños golpeteos acuosos: lo que fuera, ahora estaba debajo del vehículo.
–Tenemos que salir de aquí –murmuró Olivia, ahora sin máscara de optimismo.
–¿A dónde? –respondió Mónica, los ojos saliéndole de las órbitas.
–A pie. Caminamos hasta el puente. Del otro lado, quizás…
No pudo terminar. Sintieron cómo el coche se hundía, lentamente, como si el lodo lo estuviera tragando centímetro a centímetro. Las ruedas traseras gemían en la presión, y un olor a óxido y carne fermentada impregnó el aire.
No quedó más remedio. Olivia abrió la puerta y arrastró a Mónica fuera, el barro les chillaba bajo los pies. Corrieron sin mirar atrás. El viento parecía venido de lugares peores y prometía traer consigo cosas olvidadas por el mundo.
No supieron cuánto tiempo corrieron. Solo que, cuando vieron el puente, el alba asomaba como una hemorragia azul pálido sobre el horizonte. El olor a bestia, a humus podrido, se disipaba. El puente estaba allí, igual de roto, pero, al cruzarlo, sintieron un alivio frío, como si un peso invisible les saltara de los hombros.
Miraron atrás una vez. Nada. Ni el coche, ni la criatura, ni siquiera las huellas. Era como si la noche hubiera renunciado a sus bestias cuando comenzaba el día. Avanzaron, flacas, temblando, hasta que divisaron una casa de campo a lo lejos, humeando desde su chimenea negra, en estado de desvanecimiento.
La señora de la casa, una figura delgada envuelta en lana y pelo de cabra, las recibió en la puerta con una taza de leche caliente. Les oyó los balbuceos, las explicaciones deshilachadas con la paciencia de quien conoce la monotonía de los terrores rurales.
–¿Vieron al niño del barro? –les espetó sin asombro, como quien pregunta si llovió durante la noche.
Ellas no respondieron. Ni sí, ni no.
–A veces viene cuando hay sequía. A veces, sólo pasa buscando otra cosa para llevarse. Mejor sigan su camino cuando amanezca. No todos regresan cuando cruzan el puente de regreso.
Olivia y Mónica, con los párpados hinchados y la garganta en el alambre, aceptaron el consejo sin reservas. Pagaron con silencio y agradecimiento. Afuera, los primeros pájaros cantaban con una normalidad feroz.
Esa tarde, un granjero de la zona encontró el coche y lo llevó, embarrado y abollado, hasta el taller del pueblo. Dentro, la tapicería estaba carcomida, blanda, con un olor que ni la lejía pudo sacar jamás. Nadie volvió a preguntar por lo que ocurrió por aquellos caminos. Nadie quería conocer detalles.
La criatura, mientras tanto, aguardaba en el barro, hambrienta, en espera de los próximos pasos humanos, el próximo descuido, la nueva noche en la que el puente permitiera pasar a quien simplemente no debería haber pasado jamás.
Nunca sabrían lo que eran exactamente los hijos del terrón, ni por qué existían esos monstruos de pura carne y hambre bajo la tierra. Pero el campo, esos caminos perdidos en el mundo, los guarda como un secreto que ninguno está dispuesto a compartir... salvo con los incautos que buscan atajos, y hallan, en los cruces de camino, lo que nunca debería haber dejado de estar enterrado.
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