La noche se extendía, húmeda e insoportable, sobre el asfalto sombrío del distrito Sur de Ishisaki. Las farolas, aisladas y tenues, parecían devoradas por una negrura más profunda que la simple ausencia de luz. En ese silencio enrarecido resonaba el andar mecánico de Ryota Hoshino, cuyas venas reventaban del miedo invocado por una inevitable cita. Un rumor antiguo, caído como un susurro venenoso en la sala común de la oficina, lo arrastró a caminar hacia aquel edificio condenado, donde nadie sino los insensatos seguían entrando. “La vieja pensión Kageyama,” decían. “En su sótano hay algo que espera, y toma lo que no desea comer.”
Cada paso acercaba a Ryota al caserón que había nacido de una época en que Ishisaki era apenas un rumor entre montañas. Las maderas de su fachada enmohecida guardaban, como cicatrices imposibles ya de cerrar, las huellas de antiguos huéspedes que nunca lograron marcharse. Evitó mirar hacia las estrechas ventanas del primer piso, donde —había escuchado— aún se asomaban rostros que solo la memoria podía sostener.
A Ryota nada lo amarraba en la vida real. Su mujer lo había abandonado, los padres lo veían con desprecio cada vez que regresaba a la casa de la infancia. Atado a una rutina extenuante y de recompensas magras, la única razón que lo empujó a ir fue ese veneno irresistible de lo prohibido. Adentrarse, ver con sus propios ojos, y regresar. Que nada era cierto; que todo era delirio.
La puerta, cérea y descolgada, apenas opuso resistencia. Un reguero viscoso de humedad descendía por el papel tapiz, y el suelo de tatami despedía ese olor acre propio de los sitios invertidos por el abandono. Avanzó lámpara en mano, respirando con branquias mentales para no ahogarse con cada trago de aire mohíno. Los pasillos susurraban, no con palabras, sino con ese lenguaje de la descomposición que invade lentamente la carne.
Al llegar al final del corredor, una puerta entreabierta dejaba entrever la boca de una escalera que descendía negrísima. No había polvo en los peldaños. Un silencio aún más peligroso que la presencia.
Ryota bajó, resistiéndose a la nausea. Tantos cuentos sobre lo impensable: de una criatura atrapada, de los antiguos modos rurales para sofocar el horror bajo las tablas del suelo. Lo que encontró, sin embargo, fue solo la imagen de la desolación: paredes manchadas de moho, una hilera de viejos furoshiki apelmazados en una esquina y, sobre todo, el rumor pulmonar de algo vivo que apenas se atrevía a existir.
No era visible a simple vista; solo cuando fijó la lámpara en uno de los esquineros, la viuda de tela de araña se tensó levemente. Fue entonces cuando comprendió que todo el sótano palpitaba como si adentro hubiera un corazón enfermo.
El rumor en la oficina siempre tenía matices distintos. Algunos hablaban de un hombre arrastrado hasta allí y luego, sencillamente, borrado del recuerdo. Otros decían que la criatura solo manifestaba dolor—que devorarlo todo era su respuesta a la imposibilidad de morir. Había quienes insistían que la madre del monstruo aún vivía en las paredes del sótano, de algún modo fundida con los cimientos.
Ryota, paralizado, escuchó una voz. Ni grito ni susurro, sino el crujido interno de una mandíbula desencajada.
—¿Por qué bajas, si el dolor no se reparte?
No podía huir. Algo en el aire le ordenaba continuar, a pesar de la tendencia natural de toda conciencia a preservar su propio futuro. Así, la lámpara resbaló de su mano y rodó hasta chocar con un bulto semioculto en la penumbra. La luz temblorosa reveló fragmentos de muñecas, recortadas aquí y allá, cosidas por costuras de carne. Entre los retazos, parpadeaban ojos: algunos abiertos, otros cerrados, todos humanos, cada uno petrificado en un loop de terror helado.
“La colección”, una voz en su cabeza musitó. “Quien desciende, deja partes.”
Intentó ascender de nuevo, pero la escalera, ante la ofensa de su huida, cobró vida. Las tablas parecían masticar y cuando puso el pie, una sensación punzante lo recorrió hasta el corazón. Miró hacia abajo, las sombras creciendo, y entonces vio lo que no debía ver nunca un hombre cuerdo. Era un cuerpo, sí, pero deformado: varias piernas emergían de una pelvis imposible, una cabeza, y de esa cabeza, como corona de espinas, bocas hechas de labios y dientes ajenos.
La criatura avanzaba despacio, arrastrando una masa viscosa que palpitaba bajo su vientre. Ojos demás, manos superpuestas, bocas gimiendo. Pero lo peor, lo infinitamente condenable, era que cada una de esas bocas repetía nombres, y cada uno de esos nombres estaba grabado a fuego en la memoria de los habitantes de Ishisaki. Nombres de desaparecidos. Nombres de los que jamás volvieron a salir del caserón.
—El dolor no termina —articuló la criatura, su voz una amalgama de docenas—. Aquí no hay muerte. Solo hambre y recuerdo. ¿Qué quieres dejar tú?
La sangre de Ryota latía pesada. Retrocedió, pero la criatura ya exudaba una baba azulada que comenzó a quemarle la piel del tobillo. Era como ácido, pero también calor; algo que inflamaba la memoria. Gritó, y de su garganta salió un eco idéntico a los que había escuchado: no un grito humano, sino el desgarrado rugido de alguien a quien le arrebatan, no el cuerpo, sino la posibilidad del olvido.
Cayó de rodillas. Vio, debajo de sí, decenas de pequeños rostros comprimidos en el suelo del sótano. Algunos lloraban, otros mordían su propio idioma en un silencio de dolor interminable. El monstruo —sería mejor, pensó Ryota, llamarlo huésped, pues la casa era suya— se acercó, extendiendo uno de sus apéndices, mezcla de hueso, carne y textiles podridos.
La criatura no destruía; parecía sumar, incorporar. Por cada parte alimentada, una pieza de sí misma se sumaba a la amalgama insaciable —de modo que nadie moría del todo, ni era tragado por el todo. Cada agonía era eterna y personal; cada recuerdo de vida, repetido en un círculo de sufrimiento que jamás clausuraba el rito de la extinción.
—Déjame ir… —balbuceó Ryota, incapaz de apartar la vista de aquellos ojos incrustados en la carne del monstruo. Unos eran de niños, otros de viejos; todos lo veían, y en ese ver, le arrebataban el derecho a ser uno solo.
—No puedo —respondió el huésped, lamiendo con una lengua de piel esa herida lunar en el tobillo del visitante—. No hay final para quien se suma. No olvidamos. No perdonamos. Aquí, el dolor es ciclo.
El ácido ascendía. Ryota sintió los huesos de la pierna crujir, licuados poco a poco como espinas en un mortero viscoso. Intentó gritar, pero el grito se quebró en una carcajada; su boca se llenó de sabor salado y dulce, como si le obligaran a recordar cada placentero instante de su vida para, después, cobrárselo en sufrimiento.
La criatura se detuvo junto a su oído, sus múltiples bocas susurrando. Era una letanía, un rezo antiguo cuyos versos eran enumeraciones de agonías:
“…la mujer que abandonó a su hijo y fue tejida en el vientre… el comerciante desollado, que ahora es carne de bóveda… la pequeña Kyoko, cuya voz llenó las tuberías y aún suplica auxilio cada noche…”
Ryota sintió que su cráneo se hinchaba hasta estallar; dentro de sí, recuerdos ajenos comenzaron a invadirlo: la última mirada de una joven al morir, el rugoso calor del hambre en un invierno imposible, la punzada eterna de quienes añoran, hasta deshacerse, la piel sustraída, el amor aniquilado, el nombre arrancado del temblor de la lengua.
Comprendió, entonces, que el monstruo era, únicamente, la suma de todos; que el dolor era literal, mil años de hambre reunidos en una sola expresión marmórea. Y que la eternidad no era un paraíso: era un círculo de alimentación perpetua, en el que cada adición era una condena.
Quiso huir, y en ese intento su cerebro se fracturó. La conciencia, desbordada, comenzó a formar hilos de otro tipo de memoria: ahora era un niño llorando, ahora una madre desollada, ahora un gerente amargado al borde de la locura. Todo a la vez.
Sintió que su pierna ya no respondía, sino que tiraba de sí misma, con ansias, hacia la masa. El monstruo —o anfitrión— reía con todas sus bocas. Ryota, sin saber de qué modo, sintió que la carne de su muslo se multiplicaba, y, de la rodilla a la ingle, nacía otra boca, pequeña, infantil, que lloraba por una madre a la que jamás volvería a ver.
—Ya eres parte —entonaron, al unísono, las voces—. El dolor es ciclo.
En la superficie del tatami, Ryota aún quiso arrastrarse. Una mano temblorosa rozó la madera, y cuando su palma rozó una grieta, esta le devolvió una visión: cien, mil pares de ojos, cada uno parpadeando en la madera, todos sabiendo lo que le ocurría, y todos, en su infinita colección, suplicando por el fin que nadie venía a otorgarles.
El monstruo, hijo de mil ataduras, se retiró un poco. Ryota, ya mitad amalgama, apenas un nombre más en la letanía que rezaba la criatura, oyó que las maderas crujían exigiendo una presa más.
—Aquí abajo nadie muere, Ryota. Aquí solo agregamos. Y cada noche, la colección aumenta.
Encima, en el piso superior, la vida del distrito seguía fluyendo. Los borrachos erraban de bar en bar, las abuelas rezaban a sus pequeños altares, y en la oficina, entre tazas de café y papeles inutilizados, alguien nuevo preguntaba, apenas en un murmullo, por la vieja pensión Kageyama.
El ciclo, pensó Ryota, no termina.
Los ojos, la boca, la carne repetían su nombre. Afuera, la noche persistió, inamovible, mientras la suma infinita del dolor —esa que no se olvida, ni puede olvidarse— seguía devorando, grano a grano, a Ishisaki y su descendencia.
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