Portada del relato La sima tras el hayedo viejo
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Fragmento:


Era mayo, pero allí, en la espesura del norte, el aire se sentía como diciembre, y el crepúsculo caía rápido y húmedo. Gray cruzó Maern, un pueblo de apenas diez casas, sombrías y cerradas, bordeando campos de maleza alta y los retazos enmohecidos de parras. Siguió la vereda que recordaba de su niñez, notando cambios extraños en los árboles; era como si los troncos, antes rectos y acolchados de musgo, se hubieran plegado en sí mismos, sujetos por una fuerza opuesta y silenciosa. Alcanzó la verja de hierro, oxidada y ensortijada con zarzas negras como tinta vieja.

Duración: 09:03

La sima tras el hayedo viejo
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Texto de ajuste de pausa.

El tren se detuvo en la estación de Maern, una línea menor, lejos de todo lo civilizado. El viento recogía el hollín del andén y lo hacía girar, arremolinándolo como cenizas sobre el banco solitario. Gray, ajustó el cuello del abrigo, mirando una vez más la carta que le había forzado a realizar tan extraño viaje. La caligrafía de su primo Lionel, tensada por una urgencia limpia y precisa, le había invitado, casi suplicado, a venir cuanto antes “a presenciar un fenómeno extraordinario en los márgenes de nuestra propiedad”. La dirección era explícita: la casa al borde del hayedo antiguo, el bosque que incluso los mapas locales sólo delineaban con vagas sombras.

Era mayo, pero allí, en la espesura del norte, el aire se sentía como diciembre, y el crepúsculo caía rápido y húmedo. Gray cruzó Maern, un pueblo de apenas diez casas, sombrías y cerradas, bordeando campos de maleza alta y los retazos enmohecidos de parras. Siguió la vereda que recordaba de su niñez, notando cambios extraños en los árboles; era como si los troncos, antes rectos y acolchados de musgo, se hubieran plegado en sí mismos, sujetos por una fuerza opuesta y silenciosa. Alcanzó la verja de hierro, oxidada y ensortijada con zarzas negras como tinta vieja.

Lionel aguardaba en el porche, más delgado, sus grandes ojos aún más hundidos. Le recibió con afecto contenido y la manera fúnebre e inquieta que siempre había tenido para las noticias infaustas.

—Me alegra que hayas venido, Gray. No se lo habría dicho a nadie más.

Se sumergieron en la vieja casona, el olor de la madera húmeda y el polvo avivando antiguos miedos. Las sombras rellenas de luz dorada de velas parecían moverse al margen de la explicación, y la sala —de una ordenada austeridad— prestaba un cierto refugio frente a lo que rugía en la oscuridad del bosque más allá.

Tomaron algo de whisky, y Lionel habló, no sin vacilar, con esa precaución propia del hombre reducido por un misterio cuya naturaleza intuye que rebasaría cualquier confesión.

—A todo esto, sucedió hace apenas tres noches —inició, mirándole a los ojos, pero con atención a los sonidos de la casa—. Desde la sima del hayedo, ese lugar que el amo Evans tenía prohibido a los criados siquiera mirar, comenzó a subir un vapor extraño. Al principio pensé que era simplemente una exhalación telúrica, pero los animales dejaron de acercarse. Incluso los perros se ocultan bajo los muebles, temblando. Y anoche... —guardó silencio, y Gray no pudo evitar notar que miraba sus propias manos con desconcierto—, anoche algo apareció.

La ventaja de Gray era que, como buen hombre de ciencia, se le consideraba menos propenso a los estremecimientos de la imaginación, pero incluso él sintió la piel atenazarse bajo la luz vacilante.

—¿Qué apareció?

—No sabría decirlo. Luz. O más bien, una sombra que no respondía a ningún cuerpo. Salía y se retraía, y traía consigo… un rumor. Algo tan bajo que sólo los huesos lo perciben, y tan denso que uno apenas puede respirar.

El día restante fue una vigilia en la que cada sonido —el golpe de una rama, el aullido de una lechuza— era examinado con una minuciosidad inquietante. Gray, que se consideraba un racionalista, empezó a sentir que el aire era más denso hacia el bosque. Al anochecer, ambos se armaron con linternas de carburo y descendieron el empinado linde hasta la boca de la sima, apenas visible entre los acebos y los troncos nudosos.

La vegetación, extrañamente retorcida, cedía bajo sus pasos sin crujir, y alrededor todo recreaba el efecto de una vasta nave sumergida, donde la oscuridad era más real y tangible que la propia materia. En cierto punto, Gray notó que el suelo parecía latir bajo los pies, cada paso reverberaba como si caminaran sobre el costado de una bestia dormida.

La sima era famosa en los relatos antiguos. Incluso de niños, Lionel, Gray y los otros se habían alejado de ese borde, temiendo historias sobre “los que cayeron y nunca regresaron”, figuras envueltas en ramalazos de niebla o asfixiadas por unos vapores que la tierra exudaba durante las noches sin luna. Gray recordó una tarde de su infancia: el sobresalto cálido de la voz maternal advirtiendo sobre esa región prohibida. “No hay luz que penetre ahí abajo. Ni tiempo ni nombre”, decía.

Ahora, frente a la entrada —un boquete colapsado en la ladera, azuleado de hongos y raíces—, los dos hombres detuvieron su avance. Las linternas dibujaron sobre el suelo una materia que era parte lodo y parte algo más, una sustancia que parecía absorber la luz y devolver una negrura pulida, casi líquida. El rumor perceptible, vibrando en el aire, les hizo mirarse.

—¿Lo oyes? —murmuró Lionel.

Gray sólo pudo asentir.

Lo que sucedió después no puede ser contado con precisión lineal, pues el tiempo y la memoria de ambos parecieron plegarse como bajo un peso irresistible. Los árboles mismos temblaron, y de la sima, una corriente de vapor se irguió, conformando en su centro una figura a la que, por un instante fugaz, quisieron dotar de cierta forma humana. Sin embargo, carecía de cualquier rasgo familiar: era una acumulación de intenciones, una presión, una indignación reprimida por eones, como si los mismos cimientos de la tierra se vieran obligados a personificar su furia y su aislamiento.

Gray sintió que sus pensamientos eran engullidos, que sus palabras se atascaban en la garganta, mientras la cosa, la criatura —pues ya no quería llamarla sombra— salía a su encuentro. No caminaba, sino que deslizaba su volumen ambiguo a través del aire, modelando con cada movimiento una pesadilla y una promesa de vacío.

Mientras observaba, supo que su mente comenzaba a fallar. Recordó fragmentos de estudios sobre “regiones prohibidas” de viejos manuscritos: sitios sellados no por superstición, sino porque la materia que anidaba allí estaba simplemente, irremediablemente, separada de cuanto el hombre podía aceptar sin enloquecer.

Un grito, feísimo, casi infantil, traspasó la oscuridad —no humano, pero tan atrozmente parecido—. Lionel retrocedió un paso, y la linterna que portaba describió un arco sobre las hojas mojadas. Gray, buscando aferrarse a la lógica, intentó dar una explicación, pero de su boca sólo escaparon jadeos.

La criatura se detuvo y, durante unos latidos interminables, parecieron entrever en la penumbra fragmentos de miembros, tentáculos, rostros y bocas, cambiando de lugar según la mirada. Una ronda perpetua de ensayos de forma, esculpidos en vapor condensado por el odio y la memoria de una soledad inviolable. Gray supo, en lo más profundo, que ninguna religión ni ciencia podría nombrar de manera adecuada aquello. Era una representación de todo lo excluido, de todo lo desconocido. Por eso le remordía la mente el haber descendido hasta allí.

La cosa avanzó, doblando la luz, y fue entonces que Lionel, con inesperada lucidez, habló:

—¡Atrás, vete! Ya te vimos. No te traeremos.

Las palabras no tenían sentido convencional, pero la criatura se replegó un instante, como reconsiderando. Lionel, acaso recordando las históricas advertencias de sus antepasados —aquéllos que sellaron la sima y encadenaron la región—, extendió hacia la cosa la cadena de plata que usaba al cuello. Una pulsación —uno, dos, tres latidos— y el aire se llenó de una pestilencia a óxido y sueños podridos.

Gray, sintiendo que sólo podía retroceder o volverse loco, tomó a su primo del brazo y juntos se arrastraron ladera arriba, dejando atrás el rumor y el pulso enfermo de la tierra. La criatura no les persiguió; su tiempo y su lugar eran otros.

De regreso a la casa, ni una palabra. Ambos sabían lo ocurrido y, sobre todo, lo que no podía volver a repetirse.

Las noches siguientes fueron de vigilancia. Lionel selló la sima como las generaciones anteriores, usando antiguos salmos, cadenas, y algo de la ceniza de los cimientos. Gray permaneció hasta que estuvo seguro de que nada emergía ya del linde, aunque ni el alba ni el canto de los pájaros le serenaron del todo.

Se despidieron, hombres más cansados y cautos, incapaces de borrar el incidente de la memoria ni de contárselo a ninguna otra persona. Antes de partir, al tiempo que el tren rompía el velo de la neblina, Gray vio, a través del ventanal empañado, la silueta inconcreta de algo erguido junto al hayedo.

Tan lejos del hombre como la medianoche lo está del recuerdo.

Nunca regresó. Pero supo que, donde hay regiones prohibidas, no sólo la tierra resguarda secretos. También aguardan cosas que desconocen la palabra compasión, paciendo en la sombra del olvido. Y, cuando la memoria humana se atreve a mirar, lo prohibido devuelve la mirada. A su modo. Por siempre.

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