Fragmento:
Fue la madre del bosque, en aquella taberna sucia, quien me indicó el sendero. Su boca era una caverna vacía, y la risa le chisporroteaba entre los dientes rotos como una advertencia infantil. “Los que buscan jaulas, encuentran monstruos, muchacho,” dijo con su voz áspera, y tosió algo que podría haber sido una canción o un maleficio. “Pero si quieres verlo… sigue la luna menguante. Abre la puerta con los ojos, ciérrala con la lengua… Y reza porque el canto no te recuerde.”
Duración: 09:56
La brisa del crepúsculo tejía sus dedos helados a través de las rendijas oxidadas de las jaulas. Cada una era más pequeña que la anterior, ese era el juego. Nadie recordaba quién fue el primero en entrar al santuario de las bestias, ni quién fue el arquitecto de esas jaulas, que colgaban de las ramas agonizantes de robles centenarios como parásitos de hierro hambrientos de carne. Todo evocaba a un tiempo indeseable, un tiempo anterior a la memoria, cuando los cantos no eran más que súplicas, letanías para apaciguar aquello que dormía entre los árboles.
Yo vine buscando a mi hermano. Él no era dado a la superstición, ni al horror barato. Pero cuando la obsesión le enraizó los ojos y las palabras, todo lo demás se volvió vano. Leo tenía un susurro en el cerebro: hablaba de sueños donde la madera supuraba sangre negra, y de una melodía angustiosa tarareada por bocas incapaces de gritar. Soñaba con el bosque al oeste del pueblo, del cual se decían cosas veladas en los bares y en las misas de domingo: historias de jaulas en los árboles, y de criaturas con hambre de alma más que de carne.
Los días previos a su desaparición mi hermano llenó la casa de papeles, símbolos y diagramas arrancados de grimorios imposibles. Empezó a tararear en las noches, apenas perceptible, una melodía disonante, quebrada. Y cuando el silencio cayó sobre su habitación, supe que quedaba menos de él con cada hora que pasaba.
Fue la madre del bosque, en aquella taberna sucia, quien me indicó el sendero. Su boca era una caverna vacía, y la risa le chisporroteaba entre los dientes rotos como una advertencia infantil. “Los que buscan jaulas, encuentran monstruos, muchacho,” dijo con su voz áspera, y tosió algo que podría haber sido una canción o un maleficio. “Pero si quieres verlo… sigue la luna menguante. Abre la puerta con los ojos, ciérrala con la lengua… Y reza porque el canto no te recuerde.”
De noche, el bosque parecía otra cosa. Ningún animal, ni siquiera el viento, perturbaba el silencio que caía sobre los troncos retorcidos, pues hasta la luna parecía evitar el contacto. Allá, suspendidas por cadenas envueltas en liquen, las jaulas. Habría sido fácil confundirlas con frutos enfermos, pero una mirada detenida las catalogaba como tumbas suspendidas. Me detuve ante la primera, una estructura herrumbrosa apenas del tamaño de un perro mediano. Dentro, enroscado, un bulto indistinguible, trenzado de huesos, cuero marchito y ojos… muchos ojos, parpadeando sin ritmo, que me miraron con el cansancio de eras. Y, apenas audible, una nota de canto…
Comencé a caminar entre las filas. Cada jaula guardaba una aberración: torsos sin cabeza, morros de ciervo con dientes humanos, colas como raíces nerviosas. Algunas susurraban, otras murmuraban los nombres de dioses caídos. Pero lo que todas compartían era el canto. Lo sentía arraigándose en el fondo del oído, un zumbido ácido que no era del todo sonido, no era del todo sentimiento. Era recuerdo; un eco de algo demasiado antiguo para ser propio de mi linaje, pero aún inscrito en los pliegues de mi memoria genética.
Seguí el rastro. No era visible, pero el aire se volvía más y más pesado; la presión contra mis costillas, insufrible. Al pie del roble más ancho y muerto, colgaba la mayor de todas las jaulas: un cilindro de hierro, sellado con una puerta lateral sobre la que alguien había pintarrajeado runas de un lenguaje inimaginable. El canto aquí era claro, casi puro, aunque más angustiante que antes.
Vi a mi hermano. O, mejor dicho, vi una figura engrilletada que alguna vez compartió mi sangre. Leo estaba encorvado, sus ojos eran pozos sin fondo y sus costillas parecían cóncavas, reacias a seguir perteneciéndole. En la lengua tenía gravado un símbolo que fluctuaba, un pequeño tentáculo de carne danzando al ritmo del canto. Cuando me vio, sonrió.
“El canto no calla”, murmuró.
Su voz vibró en mis huesos, hacía presión contra mis tímpanos.
Quise abrir la jaula, encontré el candado, busqué la llave en mi desesperación. Pero no había cerradura evidente; sólo un hueco angosto, húmedo. Recordé las palabras de la vieja: “Ábrela con los ojos, ciérrala con la lengua”. Respiré hondo, forcé mi mirada en el símbolo de la puerta, sentí cómo los bordes comenzaban a derretirse, cómo los colores vibraban. Lectura por defecto, subconsciente, del antiguo idioma primigenio de los amos del bosque; mi visión se nubló y, por un instante, todo sonido se apartó, mientras el hambre de los otros monstruos en las jaulas se volcaba hacia mí.
Las rejas cedieron como carne blanda, y la puerta se abrió. Leo cayó entre mis brazos, quebradizo. Me empapó el hombro con lágrimas – o saliva – o sangre, y no podía estar seguro que era solo suyo todo eso que caía. Su aliento ardía con el hedor de algo antiguo y podrido.
“El canto,” murmuró, “no es de aquí. Es nuestro, pero vino de fuera, de cuando éramos menos que polvo de estrellas. ¿Sabes lo que somos?”
No supe qué contestar.
Las criaturas en las jaulas comenzaron a tararear. Ahora el canto era conscientemente palabras, letras rasposas arrastrándose por el aire: “Saa-nu-nu Uthakat, Garhkashner.”
Me cubrí los oídos, pero ya era tarde. Las notas bailaban por la médula de mi columna, una melodía de garras y hambre. El viento se agitó, las ramas chocaron y la jaula principal – en la que había estado Leo – tembló como si dentro alguien se revolviese. El símbolo en la lengua de Leo creció, se ramificó. Sentí algo moverse bajo mi piel, como si células propias tomasen decisiones contrarias a mi voluntad.
Leo me sujetó la mano.
“Debemos cantar con ellos. Si no, vendrá el cuervo negro… no, ni siquiera el cuervo. El Sin-Ojos.”
“¿Qué es eso?”
“Lo que queda cuando la jaula se abre por completo.”
Intentó arrancar el símbolo de su lengua, pero el símbolo se defendió, sangrando en hilos verdes. Yo sentía la urgencia, la comprensión antinatural de que debía unirme, de que resistirse sería quebrar mi propio nombre, el vínculo con mi carne. Empecé a imitar la melodía, y con cada sílaba, mi voluntad se erosionaba poco a poco, como piedra al borde del mar ancestral. La lengua se enredaba, pero la necesidad de continuar era física, un dolor creciente en el estómago, un aviso químico de traición a mi propia especie.
Las criaturas en las jaulas – aquellas que aún tenían boca – entonaron el estribillo con júbilo, los ojos centuplicados de algunas fijados en mí, en mi hermano y en la jaula abierta. Entre la maleza, uno de los robles comenzó a agitarse, pese a la absoluta ausencia de viento: bajo sus raíces, algo se deslizaba presuroso, famélico, encadenado solo por el peso del miedo.
La canción evocaba imágenes de otras épocas: hombres y mujeres en procesión, jaulas más nuevas, dioses con apéndices de luz y oscuridad, abismos cantores bajo la corteza de la realidad. Miré a Leo, y sus ojos ahora eran completamente negros. Intentó gritar, pero su lengua henchida solo dejó escapar el cántico. Su piel temblaba bajo el mantra, y una de sus manos se crispó como garra. Por un momento pensé que no podría sacarlo de ahí jamás.
No recuerdo cómo, pero mi instinto me forzó a buscar mi propio reflejo en el hierro pulido del candado. Sabía que tenía que cerrar la puerta con la lengua, sellar el ciclo. No sé de dónde provenía ese saber: quizás un eco del verdadero creador de la jaula, un suspiro largo y triste de la memoria colectiva. Me corté el extremo de la lengua con los dientes, sentí el sabor ferroso y, con el dolor zumbando en mi cerebro, presioné el muñón sangrante contra el símbolo de la puerta. El hierro absorbió mi sangre de inmediato, y el metal chisporroteó, sellándose en una runa nueva.
El volumen del cántico aumentó bruscamente. Los monstruos forcejearon en sus jaulas y las cadenas crujieron, pero no cedieron. Las raíces titánicas se agitaron y una sombra, negra e insaciable, asomó bajo el roble principal. Ojos sin pupila, una boca sin labios ni dientes, sólo el vacío oscuro que prometía olvido absoluto.
Mi hermano cayó al suelo, inerte, y el símbolo de su lengua se apagó. El canto cesó, y el silencio fue un cuchillo frío. Abrí los ojos. La jaula regresó al estado hermético, su puerta cerrada con la nueva runa de sangre. El Sin-Ojos se replegó bajo la tierra, la sombra disolviéndose como neblina.
Recogí a Leo. Estaba vivo, pero algo se fue con el canto, algo irrecuperable. No me reconocía del todo, y la cicatriz en su lengua parecía curarse demasiado rápido.
Salimos del bosque. A nuestras espaldas, las jaulas resonaban con una melodía triste, una advertencia para otros: el canto nunca acaba, sólo cambia de jaula y de cantor.
Hoy, años después, mi hermano sigue callado. Cuando duerme, tararea en sueños. Y a veces, yo mismo siento un zumbido en la base del cráneo, una melodía disonante, antigua, que amenaza con recordarme y recordarnos. Me despierto con una sensación de hierro y tierra en la boca. La pesadilla nunca terminó. He sellado la jaula, pero siempre empiezo cada mañana temiendo que el canto me encuentre una vez más, y que mi sangre sea la siguiente llave para algo peor que el olvido. Amarro mis sueños con el silencio, pero noto la presión del canto… y sé que alguna noche, en algún sendero olvidado, otros buscarán y hallarán la jaula. Y el ciclo continuará, hasta que por fin, no queden jaulas por abrir.
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