Fragmento:
Nos miró a cada uno, como si dudara de estar entre vivos. El vaso le temblaba en la mano, y hubo un destello rojo en el hielo, como si trajera consigo todavía el reflejo de los árboles. Contó que entonces la vio: una figura extraviada entre los troncos, alta como un hombre y con piernas invertidas. Sus movimientos conspiraban con las sombras del sotobosque y, a cada paso, su silueta parecía plegarse y desdoblarse, como si avanzara arrastrando un eco atado a los tobillos. En lugar de rostro, algo así como una máscara recortada de oscuridad más que de materia. Los ojos, vacíos. El animal aulló, retrocedió, y él sintió el frío del miedo, el toque primario, vibrando en la piel.
Duración: 11:21
Estábamos bebiendo en la terraza, apenas una luna naranja temblando sobre el lomo del bosque, cuando Guillermo llegó tarde y respirando bronco, como si hubiese corrido. Nadie le reclamó nada; siquiera le preguntaron. Se sentó entre nosotros y pidió un trago, clavando la mirada en el hielo de su vaso. Fue Marina, la esposa de Ernesto, quien se atrevió a preguntar, entre risitas nerviosas, qué tenía, qué podría asustar así a un hombre cuya lengua era célebre en el pueblo por no temblar jamás.
—Salió del bosque —respondió Guillermo, con un hilo de voz que en cualquier otro sería melodrama.
Hubo un silencio, como suele ocurrir en estos pueblos de frontera donde lo viejo y lo oscuro sobreviven en los troncos y el agua estancada. La terraza quedaba al filo de la calamidad, dos pasos de la naturaleza embravecida por lluvias extrañas y nieblas más densas que el vino tinto derramado sobre la mesa. Nuestra risa se ahogó junto al aroma lejano de jazmín podrido.
Guillermo no era del pueblo. Había comprado la vieja casona, la que los niños llamaban «la doble», porque tenía, decían, un gemelo subterráneo: habitaciones idénticas bajo la tierra, donde el invierno no se marchitaba. Nadie osó corroborar el mito: el sótano estaba sellado y las puertas, de hierro y silencio.
Esa noche, Guillermo nos contó lo que había visto.
**
Contó que escuchó la cuerda floja de una melodía entre los árboles. Él y su perro, Osman, caminaron hacia el riachuelo. El agua apenas era un hilo fantasmal, pero las luciérnagas, dijo, titilaban como lentejuelas de fiebre verde. El perro se detuvo, gruñó con el labio partido, y retorció el cuerpo hasta quedar mirando en dos direcciones. “Sabía que podíamos encontrar cualquier cosa ―dijo Guillermo, temblando—. Pero no eso”.
Nos miró a cada uno, como si dudara de estar entre vivos. El vaso le temblaba en la mano, y hubo un destello rojo en el hielo, como si trajera consigo todavía el reflejo de los árboles. Contó que entonces la vio: una figura extraviada entre los troncos, alta como un hombre y con piernas invertidas. Sus movimientos conspiraban con las sombras del sotobosque y, a cada paso, su silueta parecía plegarse y desdoblarse, como si avanzara arrastrando un eco atado a los tobillos. En lugar de rostro, algo así como una máscara recortada de oscuridad más que de materia. Los ojos, vacíos. El animal aulló, retrocedió, y él sintió el frío del miedo, el toque primario, vibrando en la piel.
“Me miró” —dijo Guillermo—. Pero quien le respondió no fui yo.
Apretó los dedos. En el silencio, solo los grillos, tan lejanos, tan ajenos. Olga, siempre la primera en desear romper la niebla de lo inexplicable, sonrió con una mueca.
—Una cabra montés, tal vez alguna vaca perdida —aventuró, buscando el sustento de lo anormal en la rutina del campo.
Guillermo rió con una tristeza tan densa que ni el aire de la terraza pudo disiparla.
—Eso era sólo la piel —respondió apagado—. Oscuridad dentro de oscuridad. Y luego… no se detuvo. Siguió hacia la casa, y no pude huir.
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Esa noche, al volver, el pueblo regresó cada uno a su hogar. El viento agitaba los matorrales y los perros ladraban como si aullaran a un eclipse. Yo, sin embargo, enfrenté el insomnio y la insidia de lo incomprensible en el reflejo de mi propio ventanal. Imaginé criaturas, monstruos que reptaban bajo la vieja tierra del pueblo desde antes del hierro y las cruces.
Pasaron dos noches de niebla. Un amanecer nos despertó el rumor: el perro de Guillermo, Osman, había desaparecido. Nadie lo había visto ni rastros de sangre. Todos supimos lo que pensábamos sin decirlo; que aquella criatura, lo que fuese, se lo había llevado consigo.
Pero Guillermo seguía en la casona, encendiendo luces desde el atardecer y paseando por el patio con un rifle descargado. Dejó de acudir a la tienda, dejó de beber, y en el pueblo se multiplicaron murmullos sobre su salud, su cordura, y lo que arrastraba como una peste silenciosa.
Fue tres días después, cuando el cuerpo de Osman apareció a la sombra de la “doble”. Lo reconocimos por el collar; lo demás era costra y trapo, una mueca de horror reseca y negra en lo que antes fue hocico. Alguien murmuró una oración, alguien recordó rezos y otros sólo miraron de reojo a Guillermo, quien no lloró ni se asomó.
Esa mañana, al volver la bruma, yo mismo vi algo. No en el bosque, ni a la luz del día, sino en un lugar donde la claridad y la sombra se entrelazan: el espejo del recibidor de mi casa.
Parecía una sombra, una mancha, el temblor de una figura en mi reflejo. Pasó en segundos, pero sentí como si una garra fría me sujetara el pecho, y la raíz del miedo bajó a mi estómago. Al volver la vista, no había nada.
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La gente del pueblo intentó pasar página; otros decían que Guillermo había traído consigo algo de su ciudad natal, algo que la montaña no albergaba hasta entonces. Pero la noche se espesaba y los sueños se poblaron de insectos y voces, de geometrías imposibles bajo la carne de los árboles.
Una semana después, mi esposa me despertó; la vi de pie en la penumbra, los ojos como charcos cegados.
—Apaga el espejo —susurró, crispada, como si la lengua le pesara.
No entendí. Me incorporé sobresaltado, y ella señaló el ventanal, repitiendo “apágalo” una y otra vez, hasta que por fin me volví y lo vi: en el vidrio, justo detrás de mi figura desvelada, una sombra se balanceaba, enorme y amorfa, como la silueta desollada de un animal invertido.
Salté. Busqué la luz, tapé el reflejo, y mi esposa cayó de rodillas, gimoteando como un animal herido. Me tomó semanas convencerla de que quedarnos era seguro; jamás volvió a dormir del lado de la ventana.
No éramos los únicos. El pueblo se llenó de rumores de dobles, de reflejos donde no debían estar, de siluetas en los cristales. Un niño casi muere del susto al ver su reflejo guiñarle el ojo desde un pozo. Las ancianas redoblaron plegarias. Algunos rompieron los espejos, o los cubrieron con sábanas, quienes podían pagaron por vidrios esmerilados. Pero no era vidrio el único sendero: las puertas, los charcos de agua, incluso el brillo insomne de la cuchara en la tarde los devolvía.
Y la doble, la casa de Guillermo, era el corazón ulcerado de toda esa vigilia.
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No sé cómo se corrió el rumor, pero una noche, Guillermo invitó a algunos de nosotros a beber de nuevo. Dijo que necesitaba testigos. Los valientes —o estúpidos— acudimos: Marina, Olga, Ernesto y yo. Nos recibió delgado y envejecido, y nos miró con la súplica de los condenados.
—No hay salida —nos dijo—. Mirad.
Descendimos por la estrecha escalera al sótano, que olía a tierra y cemento, y allí, ante una puerta inmemorial, nos detuvimos. Era negra, bruñida por los años, y algo en ella repelía la mirada, como agua vertida en aceite.
—Dicen que es la boca —dijo Guillermo—. Debajo, el eco. Mi reflejo, el tuyo, todos los nuestros… lo llaman la umbra. Nos copia, nos estudia; a veces, sale. Y aquí, todo lo que se duplica, termina llamando a su doble.
Quiso abrir la puerta, pero la llave se torció, oxidada, en su mano.
—¿Para qué bajamos? —preguntó Marina, la voz un hilo, casi cadáver.
—Para estar juntos cuando venga —respondió él.
Entonces lo escuchamos, un roce, un susurro como de escarcha quebrándose al sol, y algo empezó a golpear suavemente, desde dentro, como si reclamara su turno para cruzar.
Salimos de la doble como fugitivos. Atravesé el jardín y bajo la luna vi, lo juro, mi propia sombra moverse un instante con independencia, como si no fuera mía.
**
En los días siguientes, las desapariciones se aceleraron. No sólo perros. Un anciano, una joven, un niño. El cura habló de penitencia y de sellar los espejos, mental y literalmente. Las casas se llenaron de crucifijos y puertas selladas con clavos de hierro. Pero daba igual. Lo oscuro se había abierto un túnel, una boca hambrienta.
Intenté irme. Una mañana hinché las ruedas del coche, cargué provisiones, convencí a mi esposa. Pero el pueblo se contraía sobre sí mismo; la carretera un día apareció inundada, y al siguiente, bloqueada por derrumbes. El bosque se cerraba, hambriento, sobre la civilización, y un temor antiguo brotaba de sus entrañas.
Empecé a notar pequeñas alteraciones. Papeles firmados con mi letra que nunca escribí. Voces respondiendo al teléfono con mi tono y palabras. Una noche encontré a mi esposa hablando sola en el pasillo, repitiéndose frases en voz baja, como si se entrenara para un test. Al salir a la terraza, la brisa me devolvía el susurro de mi propio nombre, dicho con mi propio acento.
Éramos presas y alimento, copias languideciendo a la espera del reemplazo.
**
Regresé a la “doble” en una última tentativa de confrontar lo imposible. Guillermo ya no vivía; encontré la casa abierta y el aire helado ardía en la garganta. Bajé al sótano. La puerta seguía allí, y ahora temblaba, con un pulso sordo y creciente. Del otro lado, un murmullo que se parecía a mi voz pedía pasar, pedía entrar, pedía nacer.
Todas las farolas posteriores a esa noche cayeron, una tras otra, como si la electricidad misma sufriera la fatiga del terror. Ya no quedaba ni luz ni descanso.
El pueblo comenzó a vaciarse, pero lo que nos acechaba era incomprensible; no buscaba matarnos a la vieja usanza, sino duplicar nuestra sombra, usurpar nuestro reflejo, fundirse en nosotros hasta diluir los límites de lo humano en lo posible.
En la última vigilia, reunidos en la plaza, todos los que quedamos, notamos que en el círculo de antorchas siempre sobraba una sombra más. Nadie reclamó la silueta; nadie se atrevió a preguntar. La umbra, la criatura, lo que habíamos convocado o liberado, aguardaba su momento, paciente.
A veces me despierto y no estoy seguro de ser el original. Camino por mi casa y las superficies me devuelven un gesto ajeno, sutilmente errado. La criatura acecha en la vetusta hilera del tiempo, en el reflejo que parpadea un instante sin corresponder, en el rincón de la mirada que no reconocemos como nuestra.
No sé si el bosque volverá a cerrarse o si la umbra hallará un nuevo pueblo. Pero aquí, bajo la luna fatigada y el miedo que nunca duerme, sé que aún no ha terminado de copiarnos a todos. Sé que un día, mirando en el fondo de un vaso, en la brevedad de un espejo o la extensión de una noche sin sueños, me veré a mí mismo… y no estaré solo en esa mirada.
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