Fragmento:
Intenté reír, pero sólo salió un bufido. Había ocultado la parte más horrible del relato. Le enseñé la grieta. Era un trazo apenas visible en la pintura, pero le aseguré que no estaba antes. Lucía la estudió, tocó la pared con los nudillos.
Duración: 09:32
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Hay algo en el insomnio que convierte la realidad en una versión distorsionada de sí misma, como si miraras a través de una ventana que alguien ha empañado con aliento muerto. La primera noche sin dormir, sólo sentía cansancio, como si mi cuerpo protestara contra la simple idea de no rendirse. Pero la segunda noche trajo otro tipo de neblina, y para la tercera, estaba seguro de que algo más estaba observando a través de esa ventana.
No sé en qué momento, exactamente, empecé a notar los sonidos. Primero se arrastraron por los bordes de mi percepción: un susurro húmedo entre las paredes, unos golpecitos en el techo que se repetían cada madrugada a las tres y veintidós. El reloj digital parpadeaba cada vez que los escuchaba, la electricidad del apartamento temblando en sus venas. Pensaba que era mi mente descarrilando por falta de sueño. Así era al principio.
En la ciudad, siempre hay ruido. Cláxones, gritos, el eterno zumbido de la maquinaria, las voces invisibles de vecinos al otro lado de muros demasiados delgados. Pero esto… esto era otra cosa. El sonido tenía una textura húmeda, tapizada de ecos que no eran del todo humanos. Era como el roce de carne blanda contra yeso, manchado de saliva y de algo más espeso. Y cada noche parecía aproximarse un poco más.
Me obligaba a mantenerme ocupado, evitar mirar los rincones, donde la luz no llegaba nunca del todo. Trabajaba frente al portátil hasta que las letras danzaban, se convertían en horrores ininteligibles. Y cuando el teclado falló —las teclas pegajosas y oscuras, como si alguien las hubiese lamido—, empecé a escribir a mano, dejando que mi esfero desgarrara el papel procurando no notar que algo pequeño y viscoso se escabullía entre las sombras de la esquina.
Pensé en dormir. Esa noche, la cuarta, me obligué a intentarlo. A pesar del ruido, de la certeza de que algo respiraba lento, bocanadas hurgando la frontera entre lo real y lo imposible. Entonces llegó el sueño, y lo que soñé fue peor que el insomnio.
Soñé con una grieta negra en la pared de mi salón. No era grande, cabría un dedo apenas, pero al mirar adentro sentí que se extendía por millas. De pronto, algo asomó: una lengua enorme color ceniza, cubierta de ventosas, olfateando el aire. Se deslizaba lenta, saboreando mi alfombra, y la humedad que dejaba se fue expandiendo, arruinando mi hogar con una voracidad tranquila, paciente.
Me desperté gritando, sintiendo en la garganta el sabor a moho y podredumbre, como si la lengua hubiese rozado mi paladar. Pero lo peor no era el recuerdo. Lo peor fue distinguir, sobre la pared, una mancha oscura, la línea incipiente de una grieta que antes no estaba allí.
Llamé a Lucía. Le pedí que viniera a verme, le supliqué en realidad, porque su voz era aún parte de ese mundo externo, cuerdo, tan diferente al capullo ensangrentado en el que mi apartamento comenzaba a convertirse. Ella llegó a la tarde, fresca y preocupada, y al entrar frunció la nariz.
—Huele raro —dijo—. Como el fondo de una piscina vacía.
Intenté reír, pero sólo salió un bufido. Había ocultado la parte más horrible del relato. Le enseñé la grieta. Era un trazo apenas visible en la pintura, pero le aseguré que no estaba antes. Lucía la estudió, tocó la pared con los nudillos.
—¿Estás seguro de que no te lo imaginas? Llama a alguien que pueda revisar esto. Un albañil o…
La interrumpió un sonido: un chupeteo, y el crujido leve y repentino del parquet cediendo bajo un peso leve pero persistente. Las dos volteamos en la misma dirección, al rincón donde la sombra era más profunda. Allí, donde la luz de la lámpara apenas rozaba el suelo, vimos el inicio de algo que asomaba. Un tentáculo, grisáceo y tembloroso, apenas un dedo de sombra. Lucía se quedó petrificada; yo sentí el estómago anudarse, luchar por regresar el café agrio de la última comida.
Lucía huyó antes de que yo pudiera detenerla. El portazo resonó como un disparo, dejando tras de sí un silencio expectante, húmedo.
Podría decirte que salí entonces, que fui a buscar ayuda. Pero la sombra me llamaba, y me senté a pocos metros de la grieta, sintiendo que algo se deslizaba por detrás de la pared, galopando atraves de la estructura del edificio con una determinación ajena y ancestral. No sé cuánto tiempo estuve allí. El reloj digital parpadeó hasta muerto, los números desvaneciéndose reemplazados por una oscuridad roída y crecente.
Dormí a ratos, desmayos interrumpidos por golpeteos húmedos tras mi cabeza. Al principio, las criaturas se contentaron con observar. Eran figuras translúcidas, moviéndose bajo la pared, tan blandas y sin esqueleto que sus formas rebotaban entre sí, aglomeradas como gusanos devorándose en una orgía de carne ciega. Luego asomaron sus cabezas, bulbosas y sin ojos. Sentían el mundo con lenguas esponjosas y narices invertidas, inspirando el olor de mi miedo, embriagadas por él.
Comencé a verlas también en las calles, cuando me obligaba a salir por comida —no para comer, sino para fingir que podía fingir la normalidad—. Vagaban por los portales, sus manchas de sombra arrastrándose en los umbrales de portales mal iluminados. Algunas sólo detenían su avance para pegarse a las piernas de los insomnes, absorbiendo la desesperanza, la falta de sueño, el rastro de los sueños perdidos, chupando la energía como sanguijuelas somnolientas.
Un perro callejero intentó morder una de ellas una tarde. Sólo vi el resultado: una mancha de sangre negra en el cemento, y el perro yaciendo junto al charco, como si el tiempo mismo lo hubiera envejecido hasta la muerte en el espacio de un parpadeo.
Lucía llamó una vez más. Su voz era apenas un hilo, y en ella escuché algo más, una interferencia húmeda, como burbujas desintegrándose en el auricular.
—No vengas aquí —le supliqué—. Por favor.
Ella me ignoró, como temía. Llegó al atardecer siguiente, y nada en su caminar sugería que algo estaba mal. Pero ya no era la misma. Hablaba bajo, con una cadencia antinatural, y sus ojos no me buscaban, sino que resbalaban una y otra vez hacia la grieta.
Esa noche, se quedó conmigo. Dijo que así dormiría tranquila.
—No hay por qué tener miedo —murmuró—. Todo esto… sólo necesita que nos rindamos un poco.
Desperté sobresaltado a media noche. Lucía no estaba a mi lado. El aire olía a un sudor rancio y frío. Me incorporé, sintiendo en la boca la textura de tela mojada, y escuché ruidos en el salón.
Allí, en medio de la penumbra, Lucía estaba de rodillas ante la grieta, murmurando palabras ininteligibles, como un rezo al revés. Detrás de la abertura, una marea de carne trémula pugnaba por salir: tentáculos, bocas sin dientes, órbitas vacías. Lucía extendió las manos, y uno de los tentáculos la recibió, envolviéndola con delicadeza, como un amante que no suelta.
No grité. En cambio, corrí hacia la puerta, pero algo blando y resbaloso me bloqueó el paso. Tropecé y caí, el suelo cediendo un instante bajo mi cuerpo, como si flotara sobre algo vivo, latente.
En la inmovilidad, las criaturas me rodearon, serpenteando sobre mi piel, absorbiendo mis fuerzas. Sentí cómo se alimentaban de mis noches en vela, de mis miedos. Buscaban la rendición total, el cese de toda resistencia. Entendí, al borde del delirio, que eso era su raíz y su motor: la incapacidad de soñar, el agotamiento, la desesperanza acumulada de quienes vagan noche tras noche incapaces de dormir. Estas criaturas, hijos bastardos de la ciudad, vivían al acecho del insomnio colectivo, del agotamiento existencial que raspa la corteza cerebral en busca de una rendija.
Luché por resistirme, me aferré a los recuerdos de mañanas limpias, de risas bajo el sol. Pero el letargo me abrazó como un marasmo tibio y pegajoso, mientras las criaturas celebraban su festín callado. Vi los desechos de otros como yo, rostros enterrados en la misma membrana húmeda que tapizaba las paredes de mi salón.
Me arrastré hacia la grieta. Lucía estaba ya dentro, fundida en la carne trémula, sonriéndome con labios no suyos, invitándome a hundirme con ella.
Lo peor no es la muerte, ni siquiera el olvido. Lo peor es vivir sabiendo que no puedes dormir jamás, porque entre los pliegues de cada sombra aguarda algo voraz, hambriento de tu cansancio, preparado para devorarte una y otra vez. Y en la ciudad, nunca se apagan todas las luces. Nunca.
Han pasado días, semanas sin dormir, creo. La grieta es ahora enorme; en ella, las criaturas te observan con mil bocas, invitando, siempre invitando. Yo soy su heraldo; mi apartamento hiede a derrota. Los sordos, los solitarios, los insomnes del edificio sienten mi llamada y vienen. Y luego duermen aquí, fundiéndose poco a poco, hasta que sus cuerpos y miedos son sólo carne nueva para alimentar el lento, interminable banquete.
Afuera, la ciudad nunca duerme. Pero, aquí dentro, en la penumbra viscosa, nadie sueña ya. Y eso es exactamente lo que ellas quieren.
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