Portada del relato La Celda de las Sombras
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Fragmento:


En el interior, un eco frío, aroma a humedad y a hojas muertas. El reloj en la sala había dejado de marcar el tiempo. Paredes salpicadas de extrañas manchas negras, rastros húmedos que parecían trepar desde el suelo, como pequeñas manos o arañas licuadas. “Probablemente hongos”, se dijo Clare, obligando a sus labios a arrugarse en una sonrisa sin humor. Sujetó la linterna y comenzó a buscar habitáculo por habitáculo.

Duración: 09:02

La Celda de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Era casi medianoche cuando Clare detuvo el motor. Había un silencio absoluto en el aire, roto tan solo por el crujir de las llantas contra la grava húmeda. Bajo el faro roto del viejo Toyota, el camino forestal parecía tragarse la última pizca de cordura, sumergiendo el mundo en una negrura hostil. Clare respiró hondo, encendió la linterna y salió del auto. El bosque rodeaba la cabaña como un ejército enemigo.

Su hermano no respondía las llamadas desde hacía tres días, y nadie en el pueblo había querido acompañarla. Decían que las cosas en la cabaña cambiaban después de la primera helada. Solo un par de ancianos, uno de ellos ciego, murmuraron sobre "cosas antiguas que caminan". Los habitantes cerraban puertas y ventanas, bajaban persianas. Callaban. Clare era todo lo opuesto: racional, escéptica, la que analizaba antes de dejarse llevar por el miedo. Pero ahora, cada nervio en su cuerpo parecía querer huir.

Aun así, subió los peldaños carcomidos de la entrada y se encontró la puerta abierta. No tanto como invitando a pasar, sino como si algo hubiese salido apurada, desprendiéndola del marco. El nudo en su estómago apretó.

"Liam", susurró, avanzando con pasos lentos. El crujido bajo sus pies parecía amplificado en aquel silencio sepulcral.

En el interior, un eco frío, aroma a humedad y a hojas muertas. El reloj en la sala había dejado de marcar el tiempo. Paredes salpicadas de extrañas manchas negras, rastros húmedos que parecían trepar desde el suelo, como pequeñas manos o arañas licuadas. “Probablemente hongos”, se dijo Clare, obligando a sus labios a arrugarse en una sonrisa sin humor. Sujetó la linterna y comenzó a buscar habitáculo por habitáculo.

El dormitorio de Liam estaba revuelto; libros esparcidos, la lámpara torcida. Sobre la mesa había un diario abierto, con la tinta corrida por la lluvia o tal vez por lágrimas de horror. “Me despierta cada noche, rasguñando la ventana. No quiero mirar, pero cada vez está más cerca. Escucho el susurro, como ramas cortadas y carne estrujada. No es un zorro. No es ninguna cosa de aquí”.

Un golpe seco en la puerta de la despensa la sacó de la lectura, haciéndola tropezar contra la mesa. De pronto, el frío se volvió físico, como si algo hubiese aspirado el calor del aire. Dirigió la linterna hacia la puerta y vio la manilla temblando, al ritmo de una respiración pesada al otro lado.

Tragó saliva. “Liam… ¿eres tú?” No hubo respuesta. Solo ese jadeo, antinaturalmente húmedo y rítmico, como si un animal enorme se esforzara por no delatar su presencia.

Clare caminó hacia la cocina, conteniendo el temblor de las manos. La oscuridad fuera de la luz oscilante parecía mirar de vuelta. El jadeo se cortó de inmediato.

Se forzó a abrir la despensa. Allí no había nada, sólo alimentos rancios y polvo. Casi podía oír cómo el vendaval arrastraba las cenizas fuera, como si la cabaña exhalara un suspiro cansado. Decidió inquieta revisar el exterior; la linterna titilando mientras el viento agitaba ramas desnudas.

La parte trasera de la cabaña estaba más oscura aún, cubierta por ramas grises. El frío comenzó a raspar los pulmones de Clare con cada inhalación. Fue entonces que vio las huellas. No eran de botas o de animal. Estaban impresas en la escarcha y destilaban un líquido negro que no se congelaba. Cinco dedos largos y retorcidos, como raíces arrancadas. Las huellas iban en dirección al lago.

El Lago de Cenizas era un pozo antiguo, rodeado de árboles muertos y agua tan oscura como la tinta derramada. Liam siempre decía que el lago tenía hambre, que se tragaba los sonidos y las cosas sin devolverlas nunca. Clare avanzó, obligando a su cerebro a recordar una y otra vez que la lógica era su amiga. Sin embargo, su corazón martillaba tan fuerte que podía jurar que cualquier cosa cerca podría oírlo.

A medida que se acercaba, el aire se volvía espeso, saturado con un aroma ácido y penetrante, imposible de nombrar. El reflejo de la linterna en el lago era como una pupila dilatada, mirando fijo, absorbiendo todo. De pronto, vio un destello junto al agua: algo pequeño y oscuro. Un zapato, el de su hermano. Clare gritó su nombre. Las ranas dejaron de croar. Solo su voz, trágica, flotó en la superficie.

Se inclinó para recoger el zapato y, al hacerlo, la linterna iluminó las raíces podridas que emergían del borde, enredadas en algo blando. El suelo tembló bajo sus pies. Un burbujeo surgió de la orilla, seguido de un chirrido bajo, casi fonético, como letras arremolinadas en la boca de un loco. Clare retrocedió justo cuando vio, entre el agua y la sombra, un ojo hinchado y sin párpado mirándola desde lo hondo. Algo aferró su tobillo con una fuerza vegetal y helada. Forcejeó, gritando, el barro llenándole la boca de amargura fría. La mano —o raíz— la soltó solo cuando una sombra inmensa cruzó el lago, rompiendo la quietud del agua con un latigazo.

Corrió hacia la cabaña. Cerró la puerta, atrancándola con una silla. Cayó al suelo, jadeando. El mismo aroma fétido llenaba el aire, acompañado ahora de un murmullo insistente, como muchos cuchillos afilándose en la distancia. Fue entonces que lo vio de nuevo: una criatura doblando la esquina del pasillo, una masa retorcida de extremidades y madera podrida, con manchas negras palpitando y rostros humanos pegados a su corteza. Caras contorsionadas en actos perpetuos de gritar, de rogar, de morder. Clare retrocedió, sintiendo el terror destilarse en cada célula de su cuerpo. El monstruo avanzaba con pasos largos y pesados, como si arrastrara siglos de sufrimiento.

Al intentar huir por la ventana del baño, vio apenas un débil resplandor rojizo en las raíces que rodeaban el patio trasero, pulsando como si el bosque tuviera un enorme corazón enterrado. Cada vez que el resplandor palpitaba, la criatura se acercaba más, los susurros y lamentos de los rostros atas adosados vibrando en las paredes y en la mente de Clare como una pesadilla empapada en realidad.

Desesperada, Clare recordó el diario de Liam. Volvió a la sala, con la criatura pisándole los talones. En la última página escrita con mano temblorosa decía: “Solo el fuego puede limpiar la raíz. Solo el fuego puede cerrar la boca”.

La sombra llegó a la entrada. Un grito gutural brotó de todas sus bocas al unísono al verla con la linterna. Clare miró la chimenea, el bote de queroseno y los fósforos en la repisa. “Raíces viejas arden mejor”, murmuró, destapando el bote y lanzando el líquido hacia el monstruo, que se estremeció como si el olor fuera veneno.

Prendió un fósforo; por un instante, la llama fue tan brillante que le permitió ver las verdaderas dimensiones de la abominación: cientos de miembros, lenguas y ojos adheridos a una estructura central supurante, evidente testigo de antiguas metamorfosis de la materia y el alma. Tiró el fósforo.

El fuego estalló, lamiendo carne y madera, estallando hasta el techo. La criatura chilló como un bosque entero siendo talado, su dolor un aullido que reverberó en las costillas de Clare.

Ella corrió, por la puerta trasera, ardiendo detrás de sí el aire mismo. Corrió hasta el lago, al otro lado del claro. Allí, el reflejo del fuego convirtió la superficie en un infierno encendido. Sabía que no podía quedarse; detrás, la criatura caía, humeante, entre estertores, pero su silueta sombría parecía arrastrarse hacia el lago, envuelta en brasas. Clare se arrodilló, temblando, mirando su propio reflejo en el agua negra, preguntándose si los ojos que la devolvían eran realmente suyos.

Cuando la policía y los bomberos hallaron la cabaña calcinada al día siguiente, sólo encontraron rastros de unas pisadas imposibles, quemaduras en forma de mano, y un lago revuelto, agitado como si un monstruo hubiera cruzado a nado por última vez. Clare fue rescatada, delirando a la orilla, repetía una y otra vez: “No es de este mundo. No debe despertar”.

Pasaron semanas. Clare, aunque segura en la ciudad, sentía siempre la humedad en los tobillos, los susurros por las noches, como si en cada rincón donde reinara el silencio esperaran esas raíces negras, buscando una boca nueva, una carne nueva que reclamar.

El bosque nunca olvidó. Nadie volvió a construir en el claro del Lago de Cenizas. Pero en ciertas noches, bajo la primera helada, algunos dicen oír a lo lejos el crujido de raíces arrastrándose, buscando nuevamente abrir la boca, esperando otra alma para alimentar las fauces de su hambre.

Y así, Clare comprendió que hay cosas antiguas, más viejas que el miedo, que solo duermen… nunca mueren.

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