Portada del relato La carne de la aldea prohibida
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Fragmento:


Vivía en una casa modesta al final de la calle Kurogane. Era una de esas casas japonesas de madera antigua, frágil y translúcida, que tiembla con cada brisa fuerte. Mis vecinos eran en su mayoría ancianos, sobrevivientes de tiempos que ya nadie recordaba. Me mudé ahí buscando silencio, y el silencio me respondió como un eco reverberante. Pero ese grito, esa noche, era todo menos silencio.

Duración: 11:13

La carne de la aldea prohibida
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Texto de ajuste de pausa.

Siempre he pensado que la noche es una bestia tranquila, pero esa suposición se desmoronó la primera vez que escuché el alarido que surgía detrás del terreno baldío, a la sombra de un antiguo torii rojo, descascarado por los siglos. En el pueblo de Amagawa las madres tejían leyendas: decían que, después del anochecer, formas deformes rozaban los tejados como viento pasado de morir, y que en el río, aguas arriba, había piedras roídas por dientes que no se parecían a los de ningún animal local. Yo no prestaba atención a esas historias. Hasta que fui la que las vivió.

Vivía en una casa modesta al final de la calle Kurogane. Era una de esas casas japonesas de madera antigua, frágil y translúcida, que tiembla con cada brisa fuerte. Mis vecinos eran en su mayoría ancianos, sobrevivientes de tiempos que ya nadie recordaba. Me mudé ahí buscando silencio, y el silencio me respondió como un eco reverberante. Pero ese grito, esa noche, era todo menos silencio.

Corrían rumores sobre visitantes nocturnos, gente que entraba en trance y era encontrada en la mañana, descalza y embarrada, con las uñas llenas de trozos negros de limo. Decían que era el hambre del pueblo, que algo en el suelo pedía ser alimentado. Por eso, cuando desaparecieron primero los gatos y después la hija pequeña del carnicero, la gente empezó a dejar cuencos de arroz y trozos de carne cruda en la entrada de sus casas, como en una desesperada ofrenda.

Yo no puse nada. Tal vez porque no creía en nada, o porque sentía que después de todo lo que me había traído a este lugar —la huida, la renuncia a mi otro yo—, merecía cierta indiferencia del universo. Pero el universo sí creyó en mí.

No pude dormir esa noche del grito. Pasaba las horas entre el sueño y la vigilia, mientras la luz de la luna, azul y enferma, atravesaba el papel de arroz de las puertas corredizas. Oí el susurro de las hojas de ciruelo, pero también algo más: el arrastre tenue y pegajoso de algo que no era ni humano ni animal, algo que no quería ser oído y, sin embargo, no sabía cómo dejar de existir.

A la mañana siguiente no estaba segura de si lo había soñado, pero al ir por agua a la cocina, el suelo de madera junto a la puerta delantera crujió bajo mis pies de un modo extraño, como si algo hubiera estado ahí, esperando bajo las tablas. El agua salía turbia de la llave; dejé fluir un rato más, y entonces algo se atascó en el filtro del grifo y tuve que forzarlo con un cuchillo: era una uña, curva y grisácea, demasiado gruesa para pertenecer a un humano, demasiado fina para un animal.

Tenía que distraerme. Fui a la tienda a comprar arroz y té, y llevé conmigo el dedo cortado del miedo en la garganta. En la esquina, el dueño de la tienda me miró con una compasión cansada y me preguntó si estaba “viendo cosas raras”. “No más que de costumbre”, respondí, pero no sonrisa alguna asomó en sus labios.

Los feligreses del viejo templo ya no rezaban de noche. En vez de eso, dirigían apagones organizados: se apagaban todas las luces del pueblo durante una hora, cada noche, a la misma hora. Decían que así confundían a lo que caminaba en la oscuridad. Algunos decían que vivía en el pozo viejo; otros, bajo el ciruelo que nadie se atrevía a podar. Creí que exageraban —hasta que llegó la tercera noche de cortes de luz.

Esa noche, me senté junto al kotatsu y traté de leer. Era imposible concentrarse. Odio la fragilidad de los ritos humanos: todos esos pequeños trucos, esa superstición que parece envolvernos y consolarnos hasta que algo la atraviesa y nos arrastra de cabeza al horror de no ser nada. Salté de la silla cuando sentí la vibración sorda: alguien —o algo— caminaba por afuera, haciendo crujir el piso de grava. Agaché la cabeza lo suficiente para mirar por el hueco de la puerta corrediza. Vi sólo sombra, pero era una sombra densa, palpitante, como si la carne misma de la oscuridad respirara afuera.

Quise llamar al dueño de la tienda, o tal vez a la anciana del número siete, pero la casa se volvió cóncava en su silencio. Vi, o sentí, pares de ojos —cuatro, seis, ocho— fijos en la casa desde la espesura, encendiendo el aire con un brillo exánime, vítreo, la promesa fría de los túneles que sólo conducen hacia abajo.

El frío presionó mi espalda, salí corriendo a tientas en la oscuridad hasta la parte trasera, al jardín del ciruelo. Escuché ramas romperse, sentí la maleza ceder bajo un peso enorme. Y ahí, bajo la luna trémula, apareció ante mí.

La criatura tenía la forma de algo recordado por un ciego. Era como si la hubieran armado de piezas imperfectas: la simetría era ilusoria, la piel tenía grietas que abrían y cerraban diminutas fauces, y en la zona donde debería haber un rostro sólo había un agujero húmedo y sin fondo, como si la cara hubiera sido succionada hacia adentro. Tenía uñas —sí, como la que encontré en mi grifo— tan largas que se curvaban casi hasta tocar el suelo polvoriento.

Yo no podía moverme. Era como si mi voluntad hubiera sido devorada por el mismo agujero que era la cara del monstruo. Sentí, con una certeza resignada, que había llegado mi turno. Pero no me atacó de inmediato; en vez de eso, alzó una de sus garras y comenzó a cavar en la base del ciruelo, donde la tierra era más negra y lóbrega. Cada vez que la garra rozaba las raíces, el árbol parecía gemir; de hecho, sólo entonces noté que los frutos caídos alrededor del ciruelo estaban cubiertos de pequeñas mordidas, de hendiduras que no correspondían a ninguna boca que conociera.

En el silencio, oí la voz de la criatura, o mejor dicho, sentí su intención: hambre. Era como la pulsación ciega de una larva enterrada, brutal y sin forma. Decidí que debía huir, y por un instante creí haber logrado rescatar la fuerza de mi cuerpo. Me giré y empecé a retroceder, casi a gatas, sintiendo los huesos crujir para recordarme que seguía siendo, todavía, humana.

Logré regresar a la casa, cerré la puerta de un portazo y me arrastré hacia el teléfono. Marqué el número de la tienda. Nadie contestó al principio. Cuando por fin alguien respondió, la voz era tan aguda que pensé que no era humana. Era la anciana del número siete.

“No salgas. Si tienes comida, pon algo en la entrada. No mires al jardín, por lo que más quieras”, me advirtió.

Colgué, incapaz de replicar. Comencé a buscar en mi refrigerador: un paquete de ancas de pollo, un pedazo de pescado, arroz rancio. De repente, sentí que todo era insuficiente. La criatura seguía afuera, quizás más próxima de lo que pensaba.

Recordé entonces las historias que había ignorado: el origen de la bestia, que surgía cada vez que la aldea olvidaba su deuda con el suelo en el que estaba construida. Era un monstruo nacido de los huesos y carne del hambre, de la guerra y de todas las cicatrices que nunca sanaron en la tierra ni en la gente. Los antiguos se deshacían de los indeseables —leprosos, criminales, enfermos— arrojándolos al pozo o enterrándolos bajo el ciruelo, cubriéndolos con tierra hasta que sólo quedaban los huesos y la promesa de nunca más despertar su ira. Pero el hambre nunca olvida.

Coloqué el pescado y el pollo en un bol afuera, temblando como una hoja al viento. La madera crujió detrás de mí; sentí que, si me giraba, vería a la criatura dentro de la casa, agazapada en la oscuridad del pasillo. Contuve el aliento, pero al no oír nada, cerré la puerta y recé como no había hecho en años.

No dormí nada esa noche. La mañana trajo el deforme consuelo de lo cotidiano: el sol filtrándose tímido a través de las nubes, la ropa tendida que aún olía a fresco. El bol con la carne ofrecida estaba limpio, y el suelo alrededor del ciruelo cubierto de extraños surcos, casi como escrituras, pero inexplicablemente orgánicas, como líneas de un lenguaje antiguo escrito por garras en vez de manos.

Las desapariciones no pararon. Los viejos y los niños enfermaban rápidamente; algunos partían hacia la ciudad y jamás se les volvía a ver. Comprendí entonces que escapar no era opción. Algunos, como yo, nos convertimos en los nuevos custodios de la deuda; aprendimos a vigilar el suelo lo mismo que la luna, a ofrecer lo poco que teníamos para mantener la bestia satisfecha. Con el tiempo, mis propias costumbres se desmoronaron: me volví silenciosa, desconfiada, atenta a cada sonido, a cada grieta en la madera.

Los sueños se llenaron de tierra y de carne podrida. Soñaba con el agujero en el rostro de la criatura, y, a veces, sentía que su hambre se mezclaba con la mía: un deseo ciego de tragar lo que estuviera frente a mí, incluso a los míos, a los que quedaban, a mí misma.

Un atardecer, mientras barría el jardín, encontré una piedra con marcas similares a las del suelo bajo el ciruelo. La giré y, debajo, había un diente. No era diente de hombre ni de bestia, sino algo intermedio, amarillento y ya sin raíz. Me estremecí y, sintiendo que era parte del tributo, lo llevé al ciruelo y lo dejé ahí, sobre las raíces nudosas. Al hacerlo, sentí una pulsación, como el latido de un corazón enterrado bajo mis pies.

Esa noche, la criatura vino de nuevo. No por la comida, sino por mí. Ahora entendí que no se trataba exclusivamente de la carne o los huesos, sino de la sumisión, del reconocimiento del pacto. La vi a través de la rendija de la puerta; esta vez parecía más alta, su agujero facial más profundo, las uñas más húmedas y la carne, en ciertos lugares, asomando pequeños brotes que parecían un siniestro parentesco con las raíces del ciruelo. Se detuvo ante mi puerta, y en el aire sentí su voznerviosa, reptando entre mis pensamientos: “Dame. Aliméntame. Recuerda.”

Me arrodillé, y metí la frente en el tatami. “Toma”, susurré, sin saber a quién ni a qué. Y ofrecí, con mi miedo, mi soledad, mi promesa de alimentar la tierra con mi cuerpo cuando llegara el momento, como todas las mujeres de la aldea prohibida lo habían hecho. La criatura retrocedió, no satisfecha pero sí apaciguada, y desapareció bajando al pozo viejo, dejando tras de sí una neblina rojiza y densa, que poco a poco fue tragada por la noche.

Ahora, cada noche, repito el rito. Pongo comida, dientes, pequeños recuerdos en el jardín del ciruelo. Aprendí que no se puede escapar de las deudas del suelo, porque la carne de la aldea prohibida siempre reclama lo que le pertenece. Y en el sueño, cuando el agujero sin fondo me llama, me pregunto si algún día, cuando me convierta yo misma en raíz, seré lo bastante silenciosa como para no despertar a la bestia… o si sólo será mi turno de alzarme bajo la luna, buscando, en la piel de otros, el reflejo de mi propio horror.

Quizá entonces yo misma me arrastre entre las casas viejas y los árboles podridos, hurgando con mis uñas, con mi hambre, en busca de la nueva deuda, de la próxima ofrenda viva que calme, aunque sea por un tiempo, la voracidad interminable de la carne y la memoria.

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