Fragmento:
La alarma retumbó, una sirena muda, solo visible en las luces que empezaron a parpadear: azul y rojo y blanco, ciclándose como un corazón enfermo, hasta que York solo veía el pulso entre sus parpadeos. Y la criatura, ahora sí, avanzó.
Duración: 11:28
El rumor comenzó como comienza todo en Aquilea: filtrándose entre las rendijas de las paredes húmedas y el murmullo constante de los tubos que nunca han sido inspeccionados. Nadie aquí recuerda exactamente cuándo se construyó la estación, si alguna vez existió un antes, ni qué cara tienen los arquitectos de la Compañía. Lo que todos saben, y repiten entre dientes apretados y bocas cerradas, es que los despejes de los filtros nunca deberían realizarse de noche.
Pero aquella vez, a la ingeniera York le llamó la curiosidad más que el cansancio. Muerta de sueño, incapaz de ignorar el zumbido persistente de los monitores, se echó la bata sobre los hombros y siguió el corredor largo hacia los niveles inferiores, donde la climatización no llegaba y respirabas el vaho rancioso de la maquinaria podrida. La luz era diferente allí; más verde que siempre, más cargada de reflejos que no se movían cuando pasabas.
York pensaba en ocupar su mente imaginando que las motas suspendidas en el aire eran pequeños planetas, con sus atmósferas y tormentas privadas. Pero las motas, aquella noche, parecían más visitantes que satélites, y giraban en torno a diminutos núcleos de sombra. A York le incomodó la idea lo suficiente como para acelerar el paso y no mirar atrás.
El filtro de aire, XL-9, se encontraba tras tres exclusas magnéticas y un pasillo de acero sucio. No había signos de mal funcionamiento a simple vista; la pantalla lucía la habitual secuencia de dígitos verdes palpitando. La ingeniera infló los pulmones y exhaló para llenarse de una seguridad que no sentía. Buscó la caja de herramientas.
Desde el fondo, un sonido húmedo —no crocante, ni metálico— se deslizó hacia ella. Como si una mano lamiese el costado de una tubería, como si algo con boca y ganas estuviese probándose el aire de la noche. York se giró de golpe, el corazón saltando entre costillas como un ratón chico. Solo los tubos, los cables, y ese brillo verde inconstante. Nada más.
Repitió el ritual de reinicio, desconectó el módulo de filtro, lo giró en su palma mientras la hoja de datos parpadeaba frente a sus ojos. Entonces, algo cambió. Un golpe sordo, un breve temblor en el suelo que le llegó ascendente, como una corriente eléctrica. El sistema de luces titubeó y volvió en un estallido de neón moribundo. Tan solo segundos, pero suficiente.
La voz la sobresaltó, seca, amortiguada por los años de polvo en el intercomunicador.
—York, ¿qué demonios haces ahí abajo? Hay una alarma de presencia no autorizada en el subnivel. —Era Simanca, la jefa de turno.
Estaba a punto de responder cuando lo vio. Una sombra donde no debía haber sombra, encajada entre el filtro y la pared de acero, fundiéndose con su reflejo. Algo viscoso. Tan alta como ella, pero sin forma clara. Un contorno ambiguo, donde la carne lucía como si la hubieran presionado y dejado que volviese a hincharse, pero nunca del todo. York apretó los dedos sobre la caja de herramientas.
—Hay algo aquí —susurró al comunicador, la voz apenas un hilo, para no llamarlo. Lo que fuese.
La alarma retumbó, una sirena muda, solo visible en las luces que empezaron a parpadear: azul y rojo y blanco, ciclándose como un corazón enfermo, hasta que York solo veía el pulso entre sus parpadeos. Y la criatura, ahora sí, avanzó.
No caminaba. No había pies, ni piernas. El cuerpo entero ondulaba hacia adelante en un movimiento vertebrado, como seda escurrida por un tubo. Las extremidades —si lo eran— se abrían de su torso y volvían a fundirse, imprecisas, sin ángulo, casi gemidas en la carne.
York retrocedió, la espalda topando con la puerta de la esclusa, que se negaba a abrirse sin su código de seguridad. Apenas pudo articular:
—¡Hay algo! XL-9... Aquí, en XL-9...
La radio chisporroteó, la voz de Simanca distorsionada en gritos y maldiciones:
—No abras la esclusa. ¿Me escuchas, York? No la abras. No dejes que entre. Por lo que más quieras...
La ingeniera presionó su ID contra el lector, el sudor erizándole el cuello. No era sólo miedo lo que sentía: algo en el ambiente vibraba como si el aire se hubiese contaminado con una frecuencia inaudible, pero presente. El ente —criatura, masa, pesadilla— se detuvo a poca distancia, y un hilo pálido, casi translúcido, se deslizó por el suelo, tanteando, degustando.
York miró la caja de herramientas y recordó un rumor, traído desde los niveles superiores. Hablaban de experimentos; de cosas que se almacenaban y probaban en los filtros porque el sistema era perfecto para construir hábitats cerrados y desechables. La Compañía le pagaba a gente como ella para engrasar los tornillos y hacer inventario, pero nunca para preguntar por qué el inventario tenía que ser quemado cada ciertos meses.
Una chispa: York lanzó la caja de herramientas lo más lejos posible, y la masa viró hacia el ruido, veloz, el cuerpo plegándose por su propio peso como un milagro de fluidez. En esos segundos, ella tecleó la secuencia de emergencia.
La esclusa se abrió, sólo el tiempo suficiente para que pudiera escaparse y correr hacia el ascensor de carga. El metal se cerró tras ella con un chillido húmedo, y la oscuridad del pasillo siguiente casi la hizo desmayar. Sólo siguió corriendo; arriba, deseando ver luz blanca, personas, aunque fueran sólo los otros obreros de la estación.
Pero la estación estaba distinta. El aire olía a medicina corrosiva y viejo. Nadie en los pasillos. Puertas entreabiertas. Un monitor parpadeando, repitiendo en bucle: "CONSERVACIÓN EN CURSO. NO ABRIR. NO INTERFERIR."
El frío en las venas le advirtió: no estaba sola. Un chirrido lamía las paredes, y al fondo del corredor, una sombra se escurrió de una puerta a otra. York buscó una herramienta, cualquier cosa que le sirviera, pero todo parecía estar en su sitio: reluciente, pulcro, nunca usado.
El ascensor central respondió con un zumbido cuando lo llamó. Las puertas se deslizaron con lentitud antinatural.
Dentro, una figura encorvada, espalda a la pared, cabeza oculta en los brazos cruzados.
—Ayuda —susurró, en voz tan baja que York dudó de haberla oído.
Era Esquivel, la joven que se ocupaba del correo interno, los ojos inyectados de sangre, varias manchas oscuras en el pecho de su bata.
—No abras la esclusa. No dejes que... —gimió, repitiendo las mismas palabras.
York intentó sacudirla, los dedos manchándose de un líquido pegajoso. Esquivel intentó girarse, y entonces York vio cómo la piel pálida del cuello había comenzado a abrirse desde dentro. Algo presionaba, luchando por escapar. York se alejó como pudo, casi tropezando con las paredes angostas del ascensor.
Mientras la puerta comenzaba a cerrarse, vio más allá del vidrio la silueta de la criatura que había dejado en XL-9, o quizá una de sus hermanas, deslizándose ahora por el corredor y arrastrando en su estela trozos de una bata azul y mechones de pelo, como un tributo.
Por algún error la compuerta no bajó del todo y, entre chasquidos exhalados, un tentáculo-fino-como-un-hilo comenzó a explorar el marco, buscando la holgura, probando el aire, buscando por dónde colarse. York forcejeó contra el panel, martilleando hasta que por fin algo respondió y el ascensor se lanzó hacia arriba, rugiendo en su vía.
En medio del ascenso, York se acurrucó lejos de Esquivel, que no parecía consciente del entorno: los párpados bajados, los labios burbujeando saliva mezclada con fluido rosado, la garganta palpitando con vida prestada. York sólo pensaba en los rumores, en los experimentos, en las celdas numeradas con letras y cifras.
Cuando al fin llegaron al módulo de control principal, York implementó el protocolo de cierre: sellar los conductos, cortar la ventilación, activar las compuertas antibacterianas. Desde el monitor central, el sistema mostró un esquema de la estación: puntos rojos multiplicándose lentamente en los corredores, moviéndose contra la corriente del aire, bifurcándose y doblándose cada vez que una puerta abría.
York intentó conectar con Simanca.
—Estoy en control. Esquivel está herida. ¿Dónde está el resto?
Una estática sorda. Luego una voz distorsionada por demasiadas transmisiones a la vez.
—No abras la —gritos de fondo— la esclusa. No dejes salir lo que encuentres en… celda 23B. No dejes… la quinta lengua…
El mensaje se interrumpió con un chirrido que le arañó los tímpanos. Esquivel se había puesto de pie, la espalda arqueada, la cabeza colgando hacia un lado. Sonrió, con los labios desgarrados por dentro.
—¿Sabes qué es la quinta lengua? —preguntó, con voz de charcos y metales.
York retrocedió, estrellándose contra el módulo de control. Su mano tanteó debajo del panel, donde guardaban el arma de descargas.
—No deberías preguntar cosas para las que no hay respuesta —añadió Esquivel, y su piel comenzó a temblar, desde el cuello hacia abajo: algo dentro buscaba su salida, abriéndose camino bajo el tejido; la cara de Esquivel se partió por dentro en surcos purulentos que no sangraban, la dentadura apareciendo a trozos, y en la boca una lengua nueva, bifurcada y llorosa, se extendió y se crispó bajo la luz azul del monitor.
Los tentáculos de la entidad la impulsaron hacia York, que disparó. La descarga estalló contra el cuerpo, arrojando a Esquivel de espaldas, convulsionando pero sin tocar auténticamente lo que se movía bajo su carne. York aprovechó para encerrarse en el armario seguro, sellando la puerta con el código maestro.
La estación crujió. En el monitor del armario la señal de emergencia mostraba: “contaminación de nivel crítico”. Los puntos rojos se multiplicaban. York comprendió que la entidad se replicaba. Que cada cuerpo que tocaba era un nido. Las criaturas estaban fuera del filtro. Por las tuberías. Por cada rendija.
Dentro del armario, el aire empezó a escasear. York se acurrucó con la cabeza entre las rodillas, escuchando las pisadas blandas y los chillidos en la estación. Pensó en si la Compañía respondería, si vendrían a limpiar, o si todo quedaría sellado hasta que la presión interna hiciera estallar las paredes.
Allí, la atmósfera se volvió espesa, como si circulara otro idioma en el aire. Un idioma que la piel intentaba entender aunque la mente se negara. El rumor era cierto: la estación no era sólo un lugar para vivir o morir. Era un hábitat experimental. Para aquello que no debía sobrevivir en la superficie. Para la quinta lengua, o la sexta, o la última, la que encuentra una boca abierta y no cierra nunca.
En la oscuridad, York creyó escucharla arrastrándose, colándose por la rejilla, acariciando el metal con sus partes bifurcadas, tarareando una canción ancestral, vieja como el error humano. La piel le empezó a temblar, debajo, y el aire se volvió otro, y supo entonces, entre las contorsiones y los sollozos, que el rumor nunca fue sólo un rumor. Que aquella criatura los conocía a todos por su nombre. Por dentro.
Y la puerta no resistió tanto como ella pensó.
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