Fragmento:
El zumbido de los generadores, más allá de la puerta, amenazaba con palabras inarticuladas. Emil asintió y los guió. Nunca debían entrar con armamento letal, pero el protocolo era la menor de las preocupaciones si lo que él intuía era cierto. En vez de jeringas y contenciones, empuñaron porras electrónicas y una vieja escopeta sedativa.
Duración: 10:11
La noche en que amanecieron los primeros muertos, el doctor Emil Brandt no durmió. El viento jugaba entre grietas inyectadas de óxido en los paneles de la estación Kutner–Green y las cámaras de seguridad registraban crujidos que se deslizaban como culebras sobre los pisos de vinilo encerado. Detrás de los cristales bruñidos de su despacho, la tormenta forestal irreductible sumergía la instalación en una penumbra azulada, pero la oscuridad más densa reinaba en los corredores subterráneos, donde la ciencia se había mezclado con el hambre.
Una semana atrás, nadie habría imaginado que la nueva línea genética bromelina–39, inoculada en sujetos humanos, podría escapar de sus comodidades blindadas. Por años Kutner–Green —el orgullo del gobierno, la pesadilla de activistas ambientales— prosperó en la promesa de crear inmunidades imposibles, cuerpos y mentes perfeccionadas bajo el bisturí de la evolución dirigida. Emil, con su eterna bata gris, era tanto arquitecto como carcelero de prodigios destinados solo a brillar en el claroscuro de la investigación militar.
A las 22:34, el timbre de emergencia vibró en su bolsillo, un aviso breve y hueco. Terminó el informe, tecleó la frase “incrementar dosis a 140 cc” para un paciente de la celda siete y bajó dos pisos al laboratorio húmedo, donde la luz retorcida de mentol hacía parecer verdes los cubículos y las caras de los guardias.
En la sala lo esperaba la doctora Laila Zapatero, arrastrando a dos asistentes medio vestidos. Todos tenían los ojos grandes, parpadeando en la intensidad anómala de los leds. —Emil —gruñó Laila—. Fuga en el Pabellón Epsilon. Tres biotubos rotos, falta Contingente Azul. Y... hay sangre. Mucha.
El zumbido de los generadores, más allá de la puerta, amenazaba con palabras inarticuladas. Emil asintió y los guió. Nunca debían entrar con armamento letal, pero el protocolo era la menor de las preocupaciones si lo que él intuía era cierto. En vez de jeringas y contenciones, empuñaron porras electrónicas y una vieja escopeta sedativa.
El corredor hacia Epsilon era un túnel de acero blanco, limpiado cada cuatro horas por drones invisibles. El aire olía aún a ozono y antiséptico, pero en la curva final, una fragancia enfermiza crecía: cobre, pus, el perfume clandestino de la carne mutante. A cada paso, Emil recordaba detalles, restricciones genéticas, combinaciones de cromosomas y viejas advertencias de la comisión ética —ahora silenciosa y vencida.
Laila se detuvo en seco. De las tres lámparas del techo, solo una parpadeaba ahora. Allí abajo, junto a la puerta de seguridad, yacía lo que antes había sido un guardia. Faltaba la mitad de su cabeza. Algo con garras o una sustancia corrosiva había rajado carne y hueso, dejando una media luna íntima, los dientes asomando entre hilos de baba y sangre.
—Dios santo... ¿Tenemos video de esto? —preguntó Emil, con el estómago tenso.
—Cintas negras —respondió Laila, pasándole la linterna con dedos temblorosos—. Saltos en la red desde hace cuarenta minutos. El generador principal falló durante las lluvias.
—Bien —dijo Emil, sin convicción—. Procedan.
Del otro lado de la puerta, les aguardaba la segunda escena: los biotubos, cilindros de polipropileno, uno estallado hacia adentro, como si alguien lo hubiera machacado desde fuera. El regulador cromático psicodélico chorreaba a lo largo del panel, pero lo peor eran las huellas en el suelo. No de pies; no de manos. Rodales circulares, pegajosos, parecidos a cabezas marchando por el suelo. Un hilo de mucoide oscuro y brillante iba y venía entre dos conductos de ventilación abiertos.
Uno de los asistentes, Javier, vomitó discretamente contra una pared. Laila apretó el botón de cierre tras ellos. El espacio era un santuario profanado por el caos: informes desmembrados, vidrios fracturados, bisturíes incrustados en lo que podría haber sido un asistente. Emil apenas sintió el bulto que le trepaba a la espalda. Un susurro pegajoso, como de alguien tragando saliva, parecía crecer en los rincones.
—No puede estar aquí... —musitó ella—. El espécimen Azul era incapaz de locomoción rápida. Los biomarcadores...
—Nada de eso importa ya —dijo Emil. Su voz era más fina de lo habitual, casi una súplica.
Tiraron al piso una camilla con un cuerpo encima, cubierto por una sábana. Emil la retiró. Lo que vio solo podía describirse como transgresión. El joven del experimento tenía los músculos en facetas de coral, piel convertida en cortinas transparentes, ojos sumidos en una masa errante de nervios.
La masa que había sido su rostro —ahora una pieza móvil, palpitante— abrió una sonrisa improvisada. Detrás, un tentáculo del grosor de un brazo se desenroscó y azotó el cuello de Javier. El asistente chilló una vez, antes de que su cabeza se separara de los hombros en un reguero de sangre y baba.
Emil y Laila dieron dos pasos atrás. El resto de los asistentes no corrieron; se desplomaron de rodillas, atrapados por el absurdo físico del horror. El monstruo—Azul, por falta de mejor nombre—avanzó palpando el aire, con cada tendón titilando en grotesca celebración. De su vientre surgían pequeños ojos, como perlas sumergidas en carne, mirando en todas direcciones.
Emil ordenó disparar la escopeta sedativa. Laila, temblando, apuntó y vació cinco cartuchos. Azul titubeó, se dobló hacia atrás, escupió un chorro de líquido viscoso, pero siguió moviéndose, más lento y sin gritos, hasta dar un alarido de mil voces a la vez. El eco retumbó desde los ventiladores —y respondió algo, varios metros más allá. Un sonido ajeno, menguado, casi melódico.
Emil dedujo al instante que había más. El error nunca camina solo.
Dejando a los dos cadáveres y a un Azul tambaleante tras ellos, salieron arrastrando a la doctora Zapatero, que balbuceaba fórmulas y promesas. En la pantalla de control, a cinco metros del pasillo, los monitores parpadearon: “BIOCONTENCIÓN COMPROMETIDA – PABELLÓN DELTA.” Ya no quedaban armas; solo las sombras y los nombres latentes de las criaturas contenidas en Delta y Omega.
Los siguientes treinta minutos fueron su infierno personal. Los sistemas fallaron, una puerta automática los dejó atrapados entre dos laboratorios. El pasillo, iluminado por dicroicas blancas, se tiñó de rojo cuando las lámparas de emergencia se activaron. Más huellas viscosas colgaban de las paredes, ahora en patrones circulares, como una filigrana grotesca arrojada por su creador insomne.
Por los altavoces muertos resonaba, de pronto, una voz: —Atención. Procedimiento Novena Ola. Orden de erradicación total. Autodestrucción del complejo en ocho minutos.
Laila sollozaba, con su bata pegajosa. Emil le sostenía el brazo. Algo, al otro lado de la pared, respiraba. El metal joven rechinaba y, desde una rendija de ventilación, algo asomó: no más tentáculos, no más ojos. Un rostro humano, perfecto, pero desprovisto de todo movimiento, solo la mueca plácida de un recién nacido observado por un dios lejano. Entre las hendiduras de la ventilación, brotaron raíces de carne, como venas explorando una nueva anatomía. Al siguiente instante, la pared entera se resquebrajó y el niño-máscara emergió sobre cien patas, ciegas, rodeado de un rebaño de criaturas bipartitas, fusionadas entre simios y lagartos sin rostro.
Laila perdió el juicio, murmurando en bucles: —No debimos, no debimos, no debimos.
Emil, por un segundo, pensó en los informes, en los sótanos de madera donde había jugado de niño, en su madre llorando cada vez que moría un animal en la granja. Empuñó la linterna. Corrieron entre el desfile de abominaciones, el monstruo niño gritó con una voz que era todas las voces; sus seguidores se hicieron estallar contra las paredes, convirtiéndose en charcos de alfahemoglobina y fragmentos de cráneos de vidrio sucio.
Atravesaron la barrera antiincendios, cruzaron una enfermería saturada de cuerpos retorcidos, y finalmente subieron a la escalera de servicio. La cuenta regresiva sonaba en los altavoces: Siete, seis...
Desde la azotea, la tormenta les escupió en la cara. Bajo el espeso toldo de agua y relámpagos, la selva parecía muerta, pero una línea verdosa se extendía más allá del cerco. Sembrado entre las ruinas del laboratorio, una docena de formas reptaban, fundiendose con maleza, huesos y tierra.
—¿Llegarán a la ciudad? —preguntó Laila, medio sonriendo, el cerebro sobrecargado más allá del miedo.
—No si los alcanzamos primero —dijo Emil, mientras activaba el mando de detonación de su bolsillo. El botón le devolvió una vibración hueca.
Nada ocurrió.
En lo más profundo de Kutner–Green, las criaturas escapaban, no por simple locomoción: estaban aprendiendo. Sus colas, tentáculos y rostros asimilaban formas, texturas, emociones humanas a una velocidad que no era de este mundo.
El resto de la noche fue niebla. Treparon por la colina hacia el oeste, siguiendo caminos de tierra hasta perder la vista de la cúpula del laboratorio. La explosión, si llegaba, no los alcanzó. Cuando la lluvia escampó, la ciudad al sur emergía como una fantasía iluminada: miles de hogares ignorantes de lo que se arrastraba hacia ellos, los falsos niños y los remanentes de Azul, ahora libres, acechando desde los bordes de la realidad.
Cada vez que dormían, Emil y Laila sentían el susurro del Pabellón Epsilon: una promesa de regreso. Porque la carne mutada jamás olvida el llanto de su génesis. Y la ciencia, en su soberbia, nunca reconoce cuándo ha creado a un dios.
Ahora, la humanidad tenía nuevos hijos.
Y estos, hambrientos, nunca soñaban.
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