Portada del relato Signos en la penumbra
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Fragmento:


El grupo de Yu no era diferente: “Renegados”, así se llamaban. Cada uno cargaba algún desgarro, pérdidas familiares, piel lacerada por las afinidades nuevas de la vida sintética. Algunos portaban tumores que florecían bajo la piel, otros tenían uñas recubiertas de liquen, todos temían dormir más de lo necesario.

Duración: 10:56

Signos en la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

Cosecha de medianoche

Al principio hubo una semilla. Nadie la vio caer, nadie pensó que germinaría. Los científicos, sí, aquellos de la cúpula de Génesis Biotech, creídos célibes de la naturaleza, lo sabían, pero el mundo jamás imaginó que podían lograrlo: alterar la estructura de la vida desde su nacimiento, replantar todo el ecosistema con un dedo y una jeringa. El propósito era noble, al menos en teoría: alimentar a las hordas famélicas, curar el planeta, erradicar el hambre. ¿Qué eran algunos genes de más, qué importaba silenciar ruidos ancestrales o hacer brotar raíces de los cadáveres?

Ahora, sentada en la oscuridad lechosa del amanecer, la doctora Yu Ishimura recibía el reproche de la Tierra. Aferrada al fusil, cubierta de barro hasta la ingle, sólo acertaba a escuchar el arrullo de las hojas—no un canto, sino una advertencia. Más allá de las torres rotas de la vieja ciudad universitaria, en esa frontera difusa donde el concreto se rendía ante dientes verdes, los cuerpos brotaban y danzaban.

Un ruido seco—ramitas que crujían, como si dos huesos se frotaran bajo la carne. Yu tragó saliva. Sus compañeros dormían cerca, formando un anillo de fogatas bajas que humeaban entre los escombros. El humo era su salvaguarda; el olor de la carne quemada alejaba, por unas horas, a los recolectores.

Recordaba bien la primera vez que corrió hacia el sótano, jadeante, mientras afuera retumbaba la lluvia y el sistema colapsaba. Fue entonces cuando los primeros brotes aparecieron en los pulmones de los pacientes, cuando la piel empezó a florecer, y cuando los gemidos en la planta de experimentación se confundieron con el ulular de la tormenta. Los noticiarios nunca alcanzaron a mostrar al mundo la magnitud: las imágenes se pixelaban, los comunicados se volvían rumores, y las voces de alerta de sus colegas perecieron con ellos.

“Siempre les advertimos”, murmuró para sí, con la boca reseca, contemplando el temblor de los cadáveres vegetales más allá de la línea de fuego improvisada.

Era la última en su equipo original. Otomo, Fugo y la pequeña Rina yacían ya en el fértil abrazo de la biomasacre. Aprendió tarde que, en la noche, el mundo mutaba bajo sus pies. Ya no era cuestión de sobrevivir al invierno ni de temer al hambre: ahora, los caminantes brotaban en los campos, se arrastraban con raíces tejidas de tendones y nervios reciclados, y una voluntad incompresible los empujaba a polinizar toda ciudad, toda carne. Los llamaban “cultivos”, pero había quienes los veneraban como dioses o ángeles de extinción. Yu sólo sabía disparar y correr, nunca rezar.

El día que el cielo se nubló para siempre, cuando las nubes fueron penetradas por finos haces verdes—esporas, semillas, polen genealógicamente modificado—supieron que la invasión no era extraterrestre; era otra clase de forastería. Los viejos cultivos de trigo se agitaron como llagas abiertas, y las cámaras de seguridad de la cúpula mostraron cómo los cultivos marchaban en cortejo hacia las ciudades arrasando los refugios humanos. Muchos se rindieron, se dejaron devorar o se sumergieron en los ríos, esperando renacer con menos dolor.

El grupo de Yu no era diferente: “Renegados”, así se llamaban. Cada uno cargaba algún desgarro, pérdidas familiares, piel lacerada por las afinidades nuevas de la vida sintética. Algunos portaban tumores que florecían bajo la piel, otros tenían uñas recubiertas de liquen, todos temían dormir más de lo necesario.

La noche llegó con su amenaza acostumbrada. Yu, sin poder conciliar el sueño, observó a través del visor infrarrojo: la ciudad, antes llena de luces y ruido, era ahora un jardín de terrores. Las criaturas no parecían fijarse en las ruinas, pero algo cambiaba esta vez; oía el llamado sordo, una vibración, como si alguna bestia de raíces golpeara el suelo bajo sus pies.

Rina le había contado su teoría pocos días antes de desaparecer: “Los cultivos están aprendiendo, se están organizando. Ya no buscaban solo asimilar animales, sino transformar todo grado de materia en su favor. Ya no hay carnívoros, ni herbívoros: sólo comulgantes.” Yu se rió entonces, pero ahora sabía que aquello era cierto.

A media noche, el cielo vibró con una pulsación esmeralda y los postes caídos chisporrotearon. En la periferia, algo más se movía entre los antiguos pilares de concreto. No era humano. Tenía la forma de alguien familiar, sí, acaso una figura larguirucha y amorfa, pero al moverse, desprendía hojas y brotes frescos, y por la boca exhalaba polen.

Corrió hacia la hoguera, sacudió a Ryo y le hizo una seña rápida. “Vienen de este lado”, masculló. “No son simples recolectores, te lo juro.” Ryo, taciturno, olía el peligro en cada molécula del aire. El grupo se movilizó, cubriendo los flancos con linternas verdeazuladas, mientras las criaturas husmeaban el humo buscando posibles invitaciones.

Cuando uno de los mutantes tropezó con el alambre llena-latas, Yu sostuvo la respiración. Aquel ente era una amalgama repulsiva: mitad niño, mitad tallo; dedos convertidos en zarcillos translúcidos; ojos cubiertos por una membrana lechosa; un vientre hinchado que pulsaba al compás de una savia interna, llena de semillas.

Disparó.

El estruendo estremeció la noche. El proyectil se hundió en el pecho del mutante, desgajando carne y brote. Una nube de óxido y polen ascendió como un grito ahogado. Pero no cayó. En vez de eso, la criatura echó raíces, frenética, y el suelo la acogió como a un hijo perdido. Los demás, invocados por su grito, saltaron al claro en tropel, medianamente humanos, medianamente planta, arrastrándose, fusionándose entre sí.

El grupo de Yu retrocedió, arrojando bombas de humo, algunos gritando, otros llorando sin voz.

Pero ella vio más allá. Entre las piernas nodrizas de aquel enjambre, divisó algo aún más temible: cápsulas membranosas con formas humanas gestándose en los troncos. Individuos enteros brotando, asfixiados aún en fluidos de savia, abriéndose paso, extendiendo los primeros gritos de hambre a través de bocas nuevas.

—¡Al camión, al camión! —gritó Yu, empujando a Ryo y a los otros hacia la última ruta de escape.

Avanzaron a trompicones bajo los silbidos de raíces acechantes. El chirrido de metal y el olor a ozono los envolvían; corrieron pendientes abajo, esquivando charcos de savia y cuerpos semi-consumidos.

El camión fue su salvación momentánea. Arrancó con dificultad. Ryo, herido de gravedad, apretaba un vendaje improvisado y murmuraba oraciones olvidadas mientras Yu aceleraba. Afuera, los cultivos rodeaban el vehículo como ratas en busca de carroña, pero pronto dejaron de correr, deteniéndose de golpe, reuniéndose y formando figuras espantosas en la penumbra.

El parabrisas se cubría de baba y brotes, como si la propia naturaleza aspirara devorar a la humanidad. Uno de los mutantes se aferró al vidrio, extendiendo una mano cubierta de hojas filosas. Tenía el rostro de Fugo, pero los ojos llenos de semillas. Yu, con el corazón galopando, aceleró con todas sus fuerzas.

Kilómetros después, el camión entró en la periferia del último refugio humano: una base rodeada de madera quemada y sensores artesanales. Las puertas se cerraron de inmediato, y los soldados revisaron nerviosos a cada miembro del grupo.

“No pueden pasar los infectados”, advirtió una joven vestida con restos militares. Les examinaron uñas, lengua, ojos, buscando trazas de verdor. Ryo no pasó la prueba: encontraron líquenes en la base de sus dientes. Un disparo lo mató en el acto; entre los que quedaban, Yu sintió cómo la resignación minaba su propio espíritu.

—Los cultivos se mueven hacia el este —les informaron—. La próxima luna estaremos sellados. Si quieren rezar, háganlo ahora.

Dentro del refugio, las noticias eran aún peores. Los cultivos ya no respondían solo a los detonantes, sino que parecían comunicarse, planeando asedios silenciosos. La gente del refugio sufría mutaciones lentas; un hombre despertó con helechos enrojecidos en las axilas, una bebé de ojos opacos echó raíces en la cuna. Nadie lo decía, pero todos sabían que era cuestión de tiempo hasta rendirse o ser absorbidos.

Yu, en su rincón, releyó por enésima vez el informe original de Génesis Biotech. “Proyección de éxito: 96%. Riesgo de horizontalidad genética: mínimo”. Las palabras bailaban, se transformaban—frases como “desplazamiento de nichos”, “selección acelerada”, “hibridación horizontal”—y en cada línea leía la advertencia ignorada.

Lo que nadie había escrito, lo que se revelaba en sus pesadillas, era justo lo que ocurría ahora: la humanidad no sería exterminada, simplemente disuelta, convertida en parte del ciclo. No habrían vencedores. Serían todos parte del mismo entramado, animales, humanos y plantas mezclados, gritándose desde nuevas bocas, germinando ideas y terrores que nadie, jamás, podría contaminar de pureza biológica.

Las noches se sucedieron una tras otra, invernales y llenas de oraciones sordas. El refugio menguaba de esperanza: la comida escaseaba, el agua temblaba bajo una espuma de esporas, y los cultivos esperaban a las puertas. Los más viejos recordaban el mundo anterior y se arrancaban uñas y dientes intentando eliminar la simiente, pero ya era tarde.

Yu, exhausta, se ofreció voluntaria en la siguiente incursión al exterior. El sol era un mito; apenas un disco pálido, amortajado de esporas. Atravesó la maleza, las ruinas de asfalto, y caminó hacia la costa, donde la ciudad agonizaba bajo una alfombra de brotes.

En el centro de la avenida principal, vio a los cultivos danzando, en círculo. Algo entonaban—un arrullo sordo, atávico, convocando raíces y cantando silabas perdidas. Uno de ellos la miró con un odio antiguo en las cuencas. No habló. Simplemente la invitó a sentarse entre los brotes, a esperar el final, la cosecha final y el nacimiento de algo nuevo.

Ella aguardó.

La carne cedió y los nervios germinaron raíces. Notó cómo el miedo se diluía en una balsámica serenidad. El ciclo continuaba en un tránsito sin redención. En el horizonte, la ciudad se desperezaba, y de sus venas sumergidas nuevas formas desfilaban bajo una luna ya ajena, transformando a todos en parte del canto de la carne.

Así fue como el mundo olvidó sus antiguas fronteras.

Las criaturas sólo reclamaron lo que siempre les perteneció.

Y en la penumbra, bajo la cosecha de medianoche, la humanidad fue semilla.

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