Fragmento:
La investigación había comenzado con la historia de los “huéspedes” de Larrondo. El sanatorio había sido, durante una década oscura en los 80, un campo de pruebas informal para los experimentos de la doctora Salcedo, una eminencia caída en desgracia tras ser acusada de tratar pacientes con combinaciones improbables de virus, suero y electricidad. Al menos eso decían los papeles desclasificados. Pero, como siempre, la realidad era más hostil y menos precisa.
Duración: 10:02
El viento acuchillaba las colinas que rodeaban el antiguo sanatorio de Larrondo, donde las habitaciones olían a polvo, químicos secos y a ese miedo añejo que se adhiere incluso en los objetos inertes. Solo por noches como aquella la niebla descendía densa y espesa, cubriendo la verja oxidada mientras las farolas parpadeaban con una obstinación moribunda. No había ya doctores —ni enfermeros ni guardias—, salvo los que se arrastraban en citas con la culpa por los pasillos de sus recuerdos. Pero aquella noche, la vida que persistía en el interior no era ni humana ni benigna.
Sebastián Gálvez, periodista freelance en el peor sentido del término, había recibido el soplo de una historia inusual: rumores de gritos ininteligibles emergiendo de las ventanas tapiadas, y una, dos, quizá más figuras acechando en la linde del bosque prohibido. Tal vez era una leyenda urbana, pensó, y la desconfianza solo avivaba su curiosidad malsana. Aparcó su destartalado coche junto a la verja, cámara colgando del cuello, la linterna pegada a la palma y el móvil grabando enteramente fuera de campo de visión, por si acaso.
El edificio parecía muerto, pero mentía. Sebastián lo supo en cuanto puso el pie en el umbral. El portón, vencido tras siglos de maltrato, parecía invitarlo a la desgracia con la educación sucia de un anfitrión maniático. El vestíbulo, iluminado por haces de luna diluida, le reveló una sala de espera con sillas mutiladas, murales desconchados y carteles ajados con órdenes olvidadas de cómo toser o lavarse las manos. Detrás, el corredor donde los ecos nunca morían.
La investigación había comenzado con la historia de los “huéspedes” de Larrondo. El sanatorio había sido, durante una década oscura en los 80, un campo de pruebas informal para los experimentos de la doctora Salcedo, una eminencia caída en desgracia tras ser acusada de tratar pacientes con combinaciones improbables de virus, suero y electricidad. Al menos eso decían los papeles desclasificados. Pero, como siempre, la realidad era más hostil y menos precisa.
Mientras caminaba, Sebastián sintió cómo se le erizaban los vellos de la nuca y los dedos helados le repasaban la columna. Tal vez eran nervios, o que sus botas pisaban sobre lunares de pólvora o sangre seca invisibles a la vista. El sonido, sin embargo, se volvió real cuando escuchó un crujido: un arrastre de algo pesado y una respiración dificultosa a la vuelta del corredor. Se detuvo. La linterna tembló en su mano.
Vio, al asomar, que no había nada… al menos, nada visible. Solo una sombra flácida pegada a la pared, tiznada de algo aceitoso que no se evaporaba en la penumbra. Avanzó hacia la antigua sala de tratamiento, donde la investigación señalaba que Salcedo había ejecutado sus mayores logros y mayores fracasos. Había rumor de que los huesos de ciertas camillas aún tenían grabado el grito de los que nunca salieron.
El umbral de esa sala estaba cubierto de arañazos, como si alguien —o algo— hubiese intentado desgarrar el hierro con uñas filosas y desesperadas. Lo que tornó el ahogo del miedo en terror físico fue la observación de las marcas: bajo la pintura descascarillada, los surcos apenas velaban fragmentos vítreos que no pertenecían a ningún animal salvaje. Eran uñas. Uñas rotas, a veces arrancadas de raíz, pegadas por cementos orgánicos translúcidos, como si la carne hubiese dejado allí su última carta de dolor.
Los experimentos. El rumor decía que Salcedo había buscado crear resistencia a dolencias terminales modificando genéticamente a los pacientes. Algunos sólo encontraron agonía, otros, según relatos nunca confirmados, mutaron en formas que negaban la comprensión. Sebastián, apretando los labios, entró y la linterna barrió la sala. Camillas oxidadas, el esqueleto de una silla de ruedas…. y manchas de un color marrón rojizo.
En ese instante, la puerta a sus espaldas crujió, luego un golpe tan sordo como contenido. Sebastián giró: una visión fugaz, una piel que colgaba como la cera derretida, una boca donde ya no había labios, solo hilos de carne reseca, y unos ojos. Dios, aquellos ojos, ovalados y sin fondo, como caracolas vacías. La criatura avanzaba arrastrando el costado, dejando la estela de dedos donde la mitad de las uñas ya no existían. En un salón, la simple visión podría haber provocado lástima. Allí, solo invocaba el deseo de desaparecer.
La criatura parpadeó al foco de luz, gruñó bajo —un intento simiesco, ahogado por una tráquea torcida—, y dio dos pasos que confirmaron el rumor sobre la mutación: parte de una pierna era demasiado larga, la otra demasiado corta, y como consecuencia, el cuerpo entero titilaba en una inestabilidad enfermiza. Sebastián retrocedió a trompicones; su brazo palmeó en busca de la puerta, pero la madera había cedido y tropezó, cayendo contra el marco. La criatura se abalanzó con gravedad errática.
El periodista sintió las uñas podridas —algunas aún prendidas de carne, otras colgando como piezas de porcelana— raspando su antebrazo, intentando asirlo. Un aliento de podredumbre y analgésicos baratos le rozó el rostro. Enloquecido, Sebastián agitó la linterna, que impactó contra el mentón deformado de la criatura. Un chillido sibilante llenó la sala, y el monstruo cayó de costado, agitando un brazo inútilmente mientras una de sus uñas, rota del todo, quedó enganchada en la manga de Sebastián.
Salió corriendo. El corredor parecía más largo; las luces de emergencia chisporroteaban en huesos de neón mientras otras sombras más pequeñas reptaban por las esquinas: formas humanas pero breves, rótulas desplazadas, ojos hinchados bajo cejas inertes. Sebastián reconoció el sonido: un raspar constante, sin descanso, como si todos esos condenados buscaran cavar desde dentro hacia el olvido.
Tratando de hallar la salida, se adentró en la planta baja, donde el sótano lucía menos amenazante que arriba. En el descenso oyó un sollozo agudo, pero no humano, más cercano a una respiración asmática. Decidió investigar, porqué aquel lugar convertía el horror en curiosidad irrefrenable. Alumbró el rincón más oscuro y ahí, encorvada, estaba otra figura.
Esta era una mujer, o lo que quedaba de ella: rostro costurado de cicatrices, la piel dislocada en remiendos de diferentes tonos. Intentaba hablar, pero sólo manaba de su boca un gorjeo líquido y un idioma errático, mezcla de risas y quejidos ahogados. Lo peor eran sus manos: largas, del doble de lo natural, los dedos hinchados, las uñas negras y partidas, como si en cada intento por excavar se hubieran despedazado sobre el concreto. Ella levantó la mano implorante; la luz rebotó contra una pupila dilatada hasta el extremo, como si la luz misma doliera.
“¿Ayuda?” masculló, con una lengua demasiado inflamada para humanos. Sebastián, horrorizado, pensó en los documentos robados: pacientes con el cráneo ablandado por fármacos, cuya regeneración fallida produjo mutaciones asimétricas y desesperadas.
El ruido de un arrastre tras él le recordó que no estaba solo. Giró para ver al ser anterior, ahora acompañado de otros dos, arrastrándose por el suelo en una procesión de deformidades. Un hombre sin mandíbula, la piel colgante y húmeda, se impulsaba moviendo los codos; otro, apenas una silueta delgada, tenía clavadas agujas que conservaban la forma en el cuero cabelludo. Todos convergían hacia Sebastián.
Corrió. La voz de la mujer lo siguió, gritando ahora, alternando su presencia tras él como un metrónomo agónico. Tropezó por el pasillo, llegó al ala de administración. El olor fétido era más intenso allí, y supo antes de verlo que allí guardaban a los peores. Al cruzar la puerta, sus ojos se topan con una jaula de barrotes derretidos, dentro una amalgama de carne y hueso, nada reconocible como humano. Cuatro brazos, todos terminando en muñones ulcerados, ojos adicionales abiertos en lugares erráticos, mirando a Sebastián como si esperaran su turno para convertirlo en uno de ellos.
Gritó, y la criatura respondió doblando los barrotes con una facilidad increíble, como si la mutación les hubiera dado la fuerza de la desesperación. Los sonidos guturales se elevaron y todo el sanatorio repiqueteó con el lamento de lo abominable. Comenzó a correr, tropezando con vendas negras, archivos empapados en sangre y huellas de uñas en los muros.
Ascendió de nuevo por las escaleras, jadeando, con la linterna parpadeando violentamente. Llegó al vestíbulo, pero la puerta principal estaba bloqueada por una amalgama de cuerpos fusionados en el umbral: una suerte de mural vivo donde cabezas y extremidades emergían de una misma costra. El hedor era asfixiante y el sonido de las uñas deslizándose sobre el metal, inhumano, lo empujó al borde del desmayo.
El teléfono, milagrosamente, vibró. Miró la pantalla: la transmisión de video continuaba. Lo alzó esperando captar algo útil. Lo que grabó fue el avance de las criaturas, arrastrándose tras él, hambrientas de su propia condena. Buscó la ventana, tiró una silla y, con un brío final, se arrojó a través del cristal, sintiendo los filos lacerar brazos y rostro.
Rodó por la grava, raspado, sangrando pero vivo, justo cuando las criaturas lanzaban chillidos al otro lado de la verja. Se alejó a trompicones, dejando atrás la silueta del sanatorio, sus criaturas y el lamento incesante de uñas rotas arañando el concreto.
Meses después, ya ni las pesadillas ni la terapia podían borrar el eco de aquellas noches. El material grabado enfermó incluso a los editores más escépticos y ninguna redacción quiso publicarlo. Solo circularía en foros ocultos, hasta que uno a uno, quienes lo veían —como en una infección lenta, perfecta— comenzaron a soñar con dedos rotos, piel hendida y oscuras criaturas humanas, mutantes, excavando desesperadamente, buscando tal vez compañía… o venganza.
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