Fragmento:
El parabrisas reflejó dos ojos brillando en la oscuridad, junto a un letrero inclinado: PROPIEDAD PRIVADA. Mr. Harris aceleró. La verja eléctrica rechinó y se deslizó, dando paso al sendero sinuoso de arena. Al fondo, tres estructuras plateadas como várices bajo la luz de la luna despuntaban en el campo: los invernaderos de la línea S. Angela se mordió el labio.
Duración: 11:32
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El conductor de la furgoneta blanca no levantó la mirada de la carretera. Eran casi las dos de la mañana. El motor rugía uniforme y, tras el parabrisas, la autopista resplandecía bajo los faros, pavimento negro y recto entre sombras. Al costado, Angela Rietveld se mantenía en silencio, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Llevaban cuarenta minutos hundiéndose en la noche, sin hablar de los frascos con etiquetas que dormían, envueltos en hielo seco, en la nevera portátil entre los asientos traseros.
Angela intentó no mirar atrás. El aire en el vehículo era viciado, a pesar del ventilete abierto y del perfume demasiado dulce de su chofer, Mr. Harris, a quien intentaba no llamar por su verdadero nombre para no personalizar el miedo. Si era sólo el conductor de madera—un tipo pálido que casi no pestañeaba—podía fingir, por un rato más, que todo formaba parte de una pesadilla logística, no un horror viviente.
La granja experimental de la Farmacéutica Ypsilon se hallaba a quince kilómetros al noroeste del pueblo más próximo. La facultad de Angela le confirió un pase: genética molecular, PhD, mamá soltera. Pero la credencial en su solapa, con holograma y todo, había dejado de pesarle en el pecho. Era tarde para consuelos. Sobre sus caderas, el teléfono tembló: un mensaje de Mirko, su colega de laboratorio. "¿Salieron ya?" No respondió.
El parabrisas reflejó dos ojos brillando en la oscuridad, junto a un letrero inclinado: PROPIEDAD PRIVADA. Mr. Harris aceleró. La verja eléctrica rechinó y se deslizó, dando paso al sendero sinuoso de arena. Al fondo, tres estructuras plateadas como várices bajo la luz de la luna despuntaban en el campo: los invernaderos de la línea S. Angela se mordió el labio.
A un costado, las vacas mugieron a lo lejos. A Angela el sonido le pareció casi humano: prolongado y antinatural. Miró los árboles que bordeaban la linde de la finca, los gruesos alambres sobre el techo del cobertizo; y en su interior surgió un eco de advertencia, la voz de su madre: si algo te resulta intuitivamente incorrecto, no busques lo sintomático. Busca lo invisible, lo que no cuadra en la lógica.
Mr. Harris apagó el motor. Sus dedos tensos rodearon el volante hasta dejar blancos los nudillos.
Bajaron en silencio. El aire estaba saturado de humedad y de un olor dulzón, acre, como de leche avinagrada. Angela escuchó, con creciente desasosiego, un borboteo lejano, casi metálico, mezclado con un susurro animalístico. Aquel lugar de máxima bioseguridad, según los folletos de la Farmacéutica, no era más que una finca en ruinas, disfrazada de utopía agrícola.
Caminaron hacia la entrada del invernadero central. La puerta se desbloqueó con el código que Mirko envió horas antes, y el chirrido de los goznes fue el único saludo. El interior era un largo túnel abovedado, atestado de mesones cargados de cubetas. En cada una bullían criaturas que no debían existir: culebras con ojos de mamífero, racimos de patas atrofiadas de las que colgaban bultos semitransparentes, plantígrados diminutos jadeando sin pelo ni párpado. Eran las primeras “soluciones” de Ypsilon para la alimentación global: carne recombinante, cultivos animales de crecimiento rápido, subproductos diseñados para resistir heladas, pestes, balas...
Angela se aproximó al corredor principal. Mirko prometió que encontraría el espécimen S-428B en la cámara frigorífica. Le había hecho jurar que todo sería rápido: entrar, extraer la muestra, insertar el frasco de conservante y salir de inmediato. La fuga de la semana pasada, el incendio en el ala de procesamiento y la anomalía en la secuencia genética eran “simples contratiempos”, le había escrito. Nada que una experta como tú no haya visto antes.
El suelo goteaba. Entre los respiros de la maquinaria, se colaba el murmullo, más cercano ahora, casi rítmico. Angela se forzó a recordar la última vez que durmió bien. El recuerdo era vago, arrastrado entre noches de microsueño frente a la pantalla, el perfume de Mirko —no Harris, Mirko— y la promesa de un bono que nunca llegó.
En la cámara frigorífica, la temperatura descendía en ceros y la escarcha se acumulaba como hongos en las esquinas. Había una docena de tanques, cada uno con tapaderas gruesas de acrílico. Un zumbido grave resonaba por toda la habitación. Angela encendió la luz ultravioleta y buscó la etiqueta: S-428B. La encontró, apenas un sticker verde sobre metal. El cilindro estaba empañado.
—Te espero aquí —dijo Harris, sin mirarla.
Angela abrió el tanque y sintió el congelado aire adherirse a su pelo y a sus pestañas. Un bulto de carne, demasiado amorfo, palpitaba dentro de un tubo de líquido transparente. Tenía colores improbables: gamas cálidas fulgurando en líneas que parecían huellas dactilares gigantes en constante movimiento. El organismo bombeaba, sin tener un corazón visible, y al acercar la linterna, Angela supo sin margen de error que no estaban frente a un animal, ni una planta, ni algo que se pudiera catalogar. El bulto giró levemente hacia ella. Un puente de piel translúcida reveló lo que simulaba un rostro humano, o el simulacro de uno: huecos como ojos, y labios reunidos en una mueca de sufrimiento interminable.
Las criaturas no deben ser bellas, advirtió la parte más fría de su mente. Pero tampoco deberían ser tan evidentemente conscientes.
Angela buscó el frasco y la jeringa. Una parte de la materia, con textura de almendra y contornos pulsantes, debía ser extraída sin alterar la homeostasis del tanque. Investigación pura, armas biológicas disfrazadas de alimentos, fomento para colonias en Marte… cada versión de la historia se había contado en los asientos dorados de los inversores. Pero ninguna contemplaba esa presencia asfixiante, la noción de que S-428B intentaba comunicar algo.
Insertó la aguja. El organismo se sacudió violentamente. El líquido cambió de color, pasando del azul pastel al rojo profundo. Un chillido, que sólo pudo escucharse en la corteza del cerebro, la abrasó: palabras fragmentadas o imágenes, grillos disolviéndose, maternidad desfigurada, bocas tiemblan entre dientes que no encajan. Angela sintió la nausea del vacío: una transferencia emocional, involuntaria quizás, desde el bulto hacia ella.
El frasco tardó unos segundos en llenarse. Cuando cerró el tanque, una masa húmeda resbaló por la tapa y rodó hasta el suelo con un sonido blando. Era un trozo descartado, alguna parte embrional sin terminar, todavía pulsando, moviéndose por propio impulso. Harris pateó la masa hacia el drenaje con gesto resignado.
—No nos pagan por mirar —masculló, con un temblor en la voz.
Angela temblaba, pero se obligó a asentir. Se giró para salir, pero algo, a sus espaldas, vibró violenta y discordantemente. La tapa del tanque crujió. S-428B se agitó con una convulsión nueva. La luz bajó un tono, como si el polvo y la escarcha absorbieran la energía.
—¿Por qué lo hiciste, doctora? —tronó Harris.
Angela no respondió. Se echó a correr por el pasillo, con la nevera en mano. Harris titubeó un segundo tras ella, pero algo lo detuvo: un chasquido húmedo, un tentáculo translúcido lanzándose desde el tanque. Harris gritó, y su alarido reverberó como un animal degollado, seguido de un golpe sordo. Angela no giró. Siguió corriendo mientras los chillidos de Harris se ahogaban, triturados entre su consciencia y el zumbido del generador.
El invernadero, lejos de ser un refugio, se había convertido en un laberinto blanduzco, sudoroso, impregnado de vida insana engendrando vida. Los mesones se retorcían ante la mala luz, y las criaturas, aferradas a los bordes de los cultivos, parecían observarla. Algunas tocaban la lona con rusas diminutas; otras jadeaban, cubiertas de exudado, al compás de su carrera.
Angela llegó a la salida, pero la puerta estaba cerrada. El código brillaba en rojo: acceso denegado. Tras ella, el estruendo de metal y líquido era ya un rugido. El tanque de S-428B se volcaba, se desintegraba en cables y mangueras, vomitando su contenido por el piso. El organismo, ahora triplicado en tamaño, se arrastraba entre los bancos de trabajo, lanzando apéndices, emitía un eco de gritos humanos, una sucesión de palabras conceptuales que cortaban la mente como cuchillas: “Mamá”, “Hambre”, “Frío”, “No”.
Angela aporreó la puerta. Buscó en su teléfono una clave de emergencia. Entre los mensajes sin abrir de Mirko y las notificaciones de la facultad —“Te extrañamos, mamá”, de su hijo— encontró un número. Llamó desesperada. Nadie atendió.
S-428B avanzaba, arrastrando con él pedazos de metal y tejido experimental. Su cuerpo se multiplicaba, estirando bolsas lilosas de membranas cargadas de venas. Se elevaba a cada metro; y por debajo, criaturas menores —errores de laboratorio, prototypes descartados— se seguían a empellones, sumándose a aquel carnaval de abominaciones.
La mente de Angela titiló. Por un momento, visualizó la huida: romper la ventana de seguridad, atravesar el invernadero, lanzarse sobre el barro y correr hacia el bosque. Pero la puerta detuvo su fantasía. El sonido de la bestia, la certeza de que la corporación nunca permitiría huellas de la tragedia. Se quedó paralizada.
Las criaturas treparon por las paredes, empujadas por un instinto básico: seguir la carne, seguir la sangre. Angela pensó en su hijo, en el salario prometido, en el investigador que llevó el clonado demasiado lejos. El bulto se abalanzó sobre la puerta; la presionó con fuerza, plastificando los paneles, buscando un hueco donde filtrar su malignidad viscosa.
Y entonces, el relé automático sonó: un pitido de evacuación, precediendo al cierre hermético. Se encendieron luces rojas, alarmas cortas, y una fina niebla empezó a inundar el invernadero, hipoxiante, letal. Un napalm molecular. Angela echó la cabeza atrás en una risa histérica: los protocolos de contención, el botón que ningún humano tenía derecho a presionar, había sido activado de manera remota.
La criatura tuvo un último gesto humano: acercó a Angela una de sus bocas, formada de cartílagos y piel transparente. Un ojo parpadeó entre las membranas, llorando lágrimas de plasma que chisporroteaban sobre el piso. “Hambre”, murió diciendo, mientras la niebla lo devoraba de adentro hacia fuera, encapsulando su consciencia en una mortalidad compartida.
Angela, con la nevera contra el pecho, se tumbó en el suelo. Su respiración era lenta, el aire rarefiéndose en sus pulmones, su visión una secuencia moteada de rojo y blanco.
Cuando abran la puerta, pensó justo antes de dormir, encontrarán las semillas de una nueva especie. Y, con suerte, no aprenderán a comunicarse demasiado rápido.
Fuera, bajo la luna, los árboles se agitaron al viento. Entre ramas, algunos ojos brillaron, multiplicándose en la oscuridad. Los experimentos nunca terminan. Sólo mutan, prolifran, buscan una nueva simiente donde germinar.
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