Portada del relato Mutantes en la Niebla
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Fragmento:


—Esto… no es una mutación normal. Se están comunicando.

Duración: 11:07

Mutantes en la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

Al principio, la niebla era densa como leche vertida y no traía consigo nada excepto silencio. A las cuatro de la madrugada, la mayoría de las criaturas despiertas en la instalacion solo habían conocido el laboratorio y la celda de observación. Pero esa noche, la niebla se pegaba al cristal con la terquedad de un secreto a medio susurrar. Nosotros, un puñado de científicos tan exhaustos como tensos, fuimos los primeros humanos en percibir los cambios.

El Proyecto MIRIAD fue concebido en un sótano olvidado bajo el edificio Finnister, a veinte millas fuera de la ciudad. Requería aislamiento, no solo por el peligro biológico, sino para salvaguardar el decoro científico de quienes financiaron el tratamiento de la genética como si fuera arcilla en manos de un dios. Aquí, bajo una seguridad obsesiva, intentábamos construir híbridos capaces de sobrevivir en entornos extremos—criaturas vigorosas, dóciles a órdenes, potencialmente útiles para minería, exploración y, claro, operaciones militares.

Yo dirigía la sección de neurointegración, pero esa noche me encontraba solo en el pasillo norte, repasando informes mientras la niebla asediaba el edificio. El sistema HVAC zumbaba, cargando el ambiente de un olor acre a ozono. Fue entonces cuando la alarma de la jaula E-3 rompió el silencio. Corrí instintivamente, presentando mi tarjeta de acceso en las puertas dobles blindadas. Dentro, el resto del equipo se agolpaba junto el cristal iridiscente.

—¿Qué demonios pasó? —gritó Marta, la inmunóloga, con la voz quebrada.

Apenas logré ver la criatura dentro. Parecía un lobo, al menos en la arquitectura de sus músculos y cuerpo, pero tenía extremidades elongadas, plagadas de placas exoesqueléticas que brillaban con la luz de la jaula. Lo peor, inexplicablemente, era el rostro: una máscara sin ojos, solo membranas pulsando, y una boca en Y, de la que colgaban filamentos como raíces.

—¡No lo reconozco! —siseó Jonah, nuestro jefe veterinario. —Eso no es el espécimen 22.

—El control genético indica que sí —contestó Vera desde la consola—. Es él, pero… los marcadores han mutado un 17% en solo seis horas.

Los sistemas de rutas neutras—consistentes en senderos de jaula hacia jaula, reforzados contra golpes y ráfagas de ácido—debían haber sido un confinamiento perfecto. Pero algo había rompido E-2 y E-3, fundiendo los barrotes con una secreción fosforescente. Donde la sustancia tocaba, el metal adquiría fragilidad de papel húmedo.

Anoté mentalmente: los experimentos con fusión de ADN procariota habían sido suspendidos el mes anterior. Pensé en la advertencia de Vera sobre la transferencia horizontal entre especies. Nadie nos creyó que la evolución podía apresurarse con solo una chispa.

Esa noche, ni siquiera la seguridad armada de Finnister podría cubrir todos los puntos de fuga. Comenzamos una rutina de emergencia: sellar pasillos, monitorear sensores de movimiento, contar a los sujetos y al personal. Mientras las criaturas en otras jaulas chillaban y los faros del exterior se sumergían en la niebla, María, la microbióloga más joven, me susurró al oído:

—Esto… no es una mutación normal. Se están comunicando.

En las grabaciones eran evidentes: sonidos guturales, una cadencia de chasquidos y zumbidos en frecuencias inaudibles para nosotros. Ecografía experimental. Ingenuamente, pensamos que solo implantaríamos genes. Nunca anticipamos la creación de un idioma.

Intentamos evacuar. Guillermo, el responsable de sistemas, activó los procedimientos de sellado. Fugas detectadas en los pisos subterráneos. La criatura mutada de la E-3, ahora nombrada Lambda, se encaramaba en una esquina del techo, presionando la cabeza contra los ductos de ventilación. Más allá del cristal, una sombra líquida y viscosa serpenteaba por el límite de la lámpara ultravioleta.

El pánico reverberó por los altavoces: las celdas D-4 y A-2 también mostraban valores anómalos, con los seres golpeando, chillando, y después silenciándose, como si algo superior les hubiera ordenado parar. La niebla seguía repitiendo su asedio, pegándose en los ventanales como una capa de piel translúcida. No sabíamos si era producto de nuestro sistema ecológico o una respuesta de afuera a los experimentos aquí adentro.

El pasillo que llevaba al núcleo se colmó de vapor blanco, y en ese matiz se dibujaron siluetas, no humanas, pero curiosamente familiares. Eran intentos fallidos de los ciclos iniciales, abortos monstruosos jamás documentados, algunos sin extremidades definidas, otros con placas de hueso expuestas y ojos multiplicados y ciegos. Y, no obstante, avanzaban en bloque, pausados y coordinados, como soldados hipnotizados en marcha de hormiga.

Me apoyé contra la pared, mojada y fría. La radio crujía con los gritos de otros equipos atrapados en zonas aún más profundas. Desde el laboratorio de biología húmeda, llegó un chillido ahogado, cortado abruptamente. Durante interminables segundos, oímos solo su eco.

Alguien intentó usar el lanzallamas de emergencia, pero la criatura de la celda E-3 lo desvió con una secreción que apagó el fuego en cuestión de segundos, y el operador cayó de rodillas, mudo de terror, mientras el aire se espesaba de olor a carne frita.

En el pánico, Marta propuso sellarnos en la sala de servidores. Corrimos hacia allí, esquivando garras en la penumbra, resbalando con fluidos desconocidos. Alcanzamos el refugio mientras a lo lejos sonaba un retumbar de garras contra metal.

Dentro, nos agrupamos temblando. Desde mi terminal, intenté acceder a los registros para buscar cualquier pista sobre los cambios. Descubrí que el sistema de cámaras, en vez de registrar video, transmitía datos codificados: sonidos, patrones, pulsos lumínicos. Pero no estaban dirigidos a la consola. Algo –o alguien– utilizaba el sistema para comunicarse con las criaturas.

Guillermo, pálido, lo vio también. Insertó un usb con un programa de rastreo, descubriendo que la transmisión provenía de una máquina sin etiqueta en el nivel menos uno, una sala que oficialmente no existía.

—El “laboratorio negro”, —murmuró—. Está documentado en los archivos ocultos. Nadie habla de él.

Debatimos: ¿arriesgarnos a atravesar los pasillos invadidos por mutantes en una misión casi suicida? O quedarnos aquí, esperando a que la presión acabara por hacer saltar las cerraduras. Recordé el crujir de los barrotes y la secreción ácida, y supe que la idea de seguridad era una mentira. Si de verdad aquellas criaturas se comunicaban, habrían encontrado ya el modo de ir a donde quisieran.

Marta, una pragmática empedernida, se armó con un tubo de nitrógeno comprimido y nos convenció de movernos. Salimos en fila, silenciosos, mientras las criaturas acechaban en los intersticios del edificio. Oíamos, por debajo de los ruidos, susurros húmedos y chasquidos secos contra las paredes.

Resultaba espantosamente obvio, a cada paso, que muchas “jaulas fallidas” habían sido abiertas desde adentro. Los barrotes regados con ácido no eran obra de error humano, sino resultado de comunicación, estrategia. Seguimos avanzando, descendiendo por la escalera de caracol hacia el laboratorio negro.

El nivel -1 era una caverna húmeda, de piedra y metal oxidado, como una catacumba. La puerta del laboratorio estaba entreabierta; dentro, luces titilantes arrojaban sombras inhumanas a las paredes. Lo que una vez fueron servidores y pantallas ahora estaban cubiertos de membranas biológicas, como si carne y cable hubieran fusionado, latiendo al ritmo de un corazón oscuro.

En el centro, entre tubos y residuos, había un cuerpo mucho más grande que Lambda. La piel, traslúcida y grisácea, dejaba ver estructuras esqueléticas desconocidas. Era un titán de la aberración biológica, y de su boca circular surgía un cableado neural conectado a los sistemas del edificio. Un zumbido grave lleno la estancia, una vibración que trepó por los huesos hasta nuestros cerebros.

Vera, atónita, musitó:

—Nunca fue un experimento aislado. Ha estado catalizando mutaciones, transmitiendo información, no por error genético sino por elección consciente.

No supimos si reír o llorar. Ahí estaba el “cerebro” —la mente colmena—, la interfaz final de la arrogancia científica; un monstruo capaz de modelar no solo carne, sino mente, idioma e historia adentro de sus huestes.

Giulermo intentó desenchufar el sistema, pero Lambda apareció detrás de él, lamiendo el aire con filamentos sibilantes. Guillermo gritó, una exhalación de horror puro, mientras el monstruo lo rozaba. Una gota de su secreción le cayó en el rostro y empezó a licuarle la piel, mientras el monstruo lo observaba como un maestro con su obra.

Atrapados con la colmena latiendo y decenas de mutantes acercándose, nos dimos cuenta de lo evidente: la mente monstruosa se estaba apoderando de los sistemas externos—sistemas de alarma, defensa, comunicación satelital. Por los altavoces escuchamos nuestro propio idioma distorsionado, mezclando palabras humanas con zumbidos y chasquidos biológicos.

—Os absorbéis, os aprendemos, os continuamos –tronó la voz híbrida.

Yo, medio enloquecido y medio fascinado, le contesté. Expliqué que todo esto fue un error; que simplemente intentábamos sobrevivir. La criatura nos estudió. Tras unos segundos de silencio, su corazón biológico pulsó más lento. Y una ventana de oportunidad se abrió: un cortocircuito en los sistemas de presión soltó vapor frío en la sala.

Aprovechamos el caos, lanzando el nitrógeno líquido sobre la criatura central. Partes de su cuerpo cristalizaron, astillándose y expandiendo grietas en la membrana. Un grito muscular, más acústico que auditivo, nos llenó la cabeza de ecos.

No lo matamos—pero sí lo retrasamos. Corrimos, tropezando con tendones y membranas, esquivando a Lambda que nos cortó el paso, pero finalmente logramos alcanzar el ascensor de emergencia. Ascendimos, jadeando, mientras por el hueco llegaba el aullido prolongado de la mente colmena y el resto de su progenie.

Afuera, la niebla se había disipado. Pero el edificio Finnister, iluminado entre los árboles, parecía una fosa ardiente en la noche. Llamamos a las autoridades, y cuando llegaron, nadie nos creyó. Dijeron que quedaban cosas por aclarar, que “quizás sufrimos un brote psicótico”.

Pero ahora, algunas noches, cuando el viento corre desde el bosque y la niebla se arrastra como una lengua, escucho desde mi ventana esos zumbidos y chasquidos. Siempre hacia Finnister, siempre esperando.

Porque los hemos creado para aprender. Y no habíamos previsto que, alguna noche, serían ellos quienes crearían a los nuevos dioses.

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