Portada del relato El laboratorio Rata
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Fragmento:


Doug, en cambio, era una sombra movediza. Tenía toda la vida escapando, primero de sus deudas, luego del silencio de su casa, finalmente del mundo. Le gustaba caminar entre los restos de aquello que una vez fue útil: chalecos gastados, rejas torcidas, laboratorios olvidados. Cabía en lugares donde nadie quería estar. La mañana gris en que Merle le propuso un trato, Doug aceptó antes de terminar el cigarrillo, aunque el calor del encendedor titiló, como si dudara junto a él.

Duración: 10:08

El laboratorio Rata
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Texto de ajuste de pausa.

Olía a lejía y oxidación. No al principio, claro; cuando aún era un hospital, todo relucía a líneas blancas y pasillos con brillo de cera, el aroma a desinfectante y flores frescas del mostrador. El hospital de Oxley fue, durante décadas, una ligera colina de esperanza sobre la hilera de pueblos despintados del oeste. No duró. El seguro quebró, los médicos se marcharon y, poco a poco, la mole de concreto se llenó de telarañas y graffiti, hasta quedar abandonada y frío, nota viva del vacío.

Doug, en cambio, era una sombra movediza. Tenía toda la vida escapando, primero de sus deudas, luego del silencio de su casa, finalmente del mundo. Le gustaba caminar entre los restos de aquello que una vez fue útil: chalecos gastados, rejas torcidas, laboratorios olvidados. Cabía en lugares donde nadie quería estar. La mañana gris en que Merle le propuso un trato, Doug aceptó antes de terminar el cigarrillo, aunque el calor del encendedor titiló, como si dudara junto a él.

—Una noche, nada más. —Merle tenía las manos callosas, los ojos al acecho—. Muy fácil. Hay algo en el sótano del Oxley. Si lo sacas, te pago el doble de lo usual.

Doug volcó su escaso peso sobre los codos, tratando de calibrar cuánto truco había en la frase. Merle era un hombre con recursos y pocos escrúpulos. Por plata, Doug tenía aún menos.

—¿Algo peligroso? —preguntó, sólo por deporte.

—Más bien, algo… valioso.

La bolsa —Merle la dejó caer sobre la mesa como una víscera— olía a plástico, sellada y con cierres de seguridad. “Guantes, linterna, bolsas para evidencias. Todo lo que necesites”, dijo. Doug sólo pensó en los doscientos por ciento, en la comida caliente y el alcohol posterior.

El Oxley se alzaba como la jaula rota de un animal muerto. Doug conocía la entrada lateral, donde la reja sin candado cedía bajo una pequeña presión. Cruzó el vestíbulo, su linterna jugando con los retazos del pasado—una silla de ruedas herrumbrosa, manchas oscuras en los azulejos, paredes carcomidas—hasta que llegó a la escalera de servicio. Cada peldaño crujía con sabor a jugo ácido en la garganta.

El sótano bostezaba en un abrazo húmedo. El aire era mucho más denso, olía a moho, pero también a otra cosa, algo espeso. En el fondo, unos destellos ocres traicionaban el reflejo de un panel de vidrio: una sala aparte, aislada del resto. Doug empujó la puerta con la punta de la bota, sintiendo las bisagras rendirse.

Dentro, las jaulas eran la parte menos inquietante. Lo que estaba sobre las camillas… eso era otra historia.

Piel brillante y gelatinosa. Algunas criaturas parecían sacos vacíos, apenas conjeturas de algo que fue animal: pelaje pegado aún sobre costuras, bocas soldadas en ángulos imposibles. Un par de ellas aún respiraba, lento y húmedo, las costillas moviéndose bajo vendas sucias. Doug tragó saliva, obligándose a continuar.

La lista de Merle era concreta: “Caja de muestras N7. Etiqueta amarilla. Refrigerada.”

Siguió los carteles despegados, pasando junto al mueble cuya superficie estaba cubierta de jeringas y bisturíes oxidados. Finalmente la vio: un congelador bajo, manchado por fuera, con la N7 apenas visible en un extremo.

Lo abrió.

Si alguien hubiera estado mirando, habría creído ver temblores: la carne del congelador estremeciéndose, como si temiera salir a la luz. Doug, sin embargo, sólo vio bolsas sanguinolentas, tubos sellados, algo con nervios y dientes apretados.

Metió la mano enguantada sin vacilar.

En cuanto los dedos tocaron la caja corrects, algo se movió.

No era el simple cambio de presión del frío al calor. Se trataba de un espasmo, un tirón dentro de la caja, algo que empujaba desde adentro hacia arriba, como si comprendiera—o calculase—que Doug estaba allí para llevársela.

—Carajo…

Apretó la tapa, aseguró las bolsas para biohazard y guardó la caja. Algo chilló dentro, un susurro apenas, un roce de saliva contra plástico. Doug tembló y casi tiró la linterna, pero se recordó el doble pago y el calor del whisky.

Volvió por el corredor, pasando las camillas, cuando el peor sonido de su vida brotó detrás: un lamento bajo, grave, como si una docena de gatos hubieran aprendido a rezar. Una de las criaturas, la de cabeza anulada y torso abultado, se había movido hacia el borde de la jaula. Sus dedos, si es que eran dedos, chirriaron en el metal. Doug podía jurar que le suplicaba.

Trató de no mirar atrás, pero las luces de emergencia, algún generador viejo, parpadearon en un acceso lateral. La puerta de la cámara de muestras —hasta entonces sellada— colgaba abierta.

El pasillo se llenó de algo. No tanto un olor, sino una presión lúgubre, como aire demasiado grueso para respirar. Doug sintió el corazón retumbarle contra el esternón—quería gritar—pero la boca y lengua eran cemento.

Entonces lo vio.

La criatura estaba erguida sobre cuatro extremidades distribuidas al azar en el tronco, como si la hubieran ensamblado de piezas sueltas. No tenía ojos, pero la piel de la cara—o lo que pasaba por su cara—temblaba cuando giraba hacia Doug. Había costras, cables de cobre sobresaliendo de costados, parches recortados de marcas de bisturí. Cuando abría la boca, era puro laberinto de dientes, ni una pizca de garganta que tragar, sólo pulpa.

Doug retrocedió, tropezando con una bandeja de acero. El animal, o lo que fuera, no se movió, pero un sonido silbante salió de su hocico. Era contradictorio: deseaba alejarse, pero parecía percibirlo aún en silencio. Una rata—una enorme, mutada, ensanchada—se asomó por detrás de la criatura, el pelo caído en jirones, dos patas traseras fusionadas. Doug supo, por alguna sabiduría antigua, que si corría estaría muerto.

La puerta de salida estaba a sólo seis metros. Si lograba pasar, bloquearía el acceso con la camilla. Respiró despacio, la caja temblando bajo el abrigo.

La criatura dejó el silbido por un arrullo, un ronroneo perturbador. Doug avanzó, un pie tras otro, hasta que rozó el marco de la puerta. En ese instante, la rata saltó. Doug la esquivó por centímetros, sintió el mordisco de los dientes en la pierna de su pantalón, y forcejeó con todas sus fuerzas para atajar la puerta. Cerró, giró la traba y se dejó caer contra el muro, jadeando.

Detrás, se escuchó el rechinar de garras. La criatura arrullaba, las ratas rascaban. Doug cerró los ojos durante un instante. Cuando los abrió, se obligó a levantarse y buscar el punto de entrega.

El cuarto de calderas estaba a unos metros más abajo. Merle había dicho, “Deja la caja en el armario, dentro del ducto de ventilación grande. Nada más.” Doug siguió la ruta, temiendo cada sombra—otro rato de arrullos y rascaduras, ecos de carne revuelta.

El armario estaba abierto. Dejó la caja según lo pedido. Revisó el teléfono descartable: mensaje nuevo. Unas pocas palabras en pantalla: “Está llegando mi gente. Sal de inmediato.”

La ansia por escapar lo arrastró colina arriba. El hospital parecía tragarlo, cada puerta una boca que lo quería retener. A mitad del corredor principal, escuchó voces—cortas, secas, con radios portátiles. Luces de linterna rebotaban azuladas, uniformes limpios. Hombres de traje, ojos hundidos.

Doug se encogió tras una cortina. El corazón martillaba como si también necesitara huir por cuenta propia.

—¿Confirmaste N7? —dijo una voz metálica.

—Negativo. Todavía no sale del hospital.

Las luces barrían los pasillos. Doug esperó el peor desenlace: una bala, una linterna al rostro. Pero nada sucedió. Poco a poco, los ruidos se alejaron.

Doug salió sólo cuando las sombras ya no respondían. En su carrera febril hacia la puerta principal, apenas notó cuando otro cuerpo chocó contra él. Era alguien vestido de médico: ropa quirúrgica sucia, la cara oculta. Doug reculó, pero el otro extendió algo brillante. Un bisturí.

—¿Tú lo hiciste? —la voz era irreal, vacía—. ¿Tú lo soltaste?

Doug retrocedió. El bisturí apenas rozó la piel del antebrazo, un cortecito suficiente para dejar un hilo de sangre. El médico lo miró fijamente, y en ese relámpago de locura, Doug entendió demasiadas cosas: la criatura que arrullaba como un niño dopado; las costuras; el miedo de los hombres de traje.

Nada aquí era accidente.

Doug empujó al médico y corrió. La sangre bajaba por su muñeca, goteando en charcos viejos. Las luces del amanecer encontraban la radio portátil del hospital, encendida por alguna razón, casi en susurros: “…nueva fase del proyecto, transferir muestras. Testigos no esenciales serán neutralizados...” Doug no supo si era una advertencia o una condena.

Al salir, toda la colina parecía bullir, pero nadie lo vio abandonar Oxley. Nadie, salvo una sombra cuadrúpeda escurriéndose detrás del contenedor. La rata. Pero ahora era más grande.

Durante días, Doug no volvió a dormir bien. Pesadillas de animales sin piel, suplicando con los ojos cerrados. El corte en el brazo no cicatrizó, sino que se hinchó y exudó algo espeso. Nadie respondió los mensajes a Merle. Sólo, a veces, al anochecer, Doug podía escuchar, detrás de la puerta de su apartamento, un ronroneo grave y melódico.

Y algo, fuera lo que fuera, arañaba despacio, aprendiendo a abrir la puerta.

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