Portada del relato Las Voces Tras el Nueve
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Fragmento:


—¿Es su primera vez? —preguntó Isaak, dejando que la pregunta colgara con una languidez imposible.

Duración: 10:30

Las Voces Tras el Nueve
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Texto de ajuste de pausa.

Hasta el último momento, Carson había deseado creer que los peores rumores acerca del Club Liminal eran puro invento. Eso le hubiera bastado para seguir buscando emoción en los sótanos que vibraban a medianoche, pero la invitación sellada lo había perseguido desde el vestíbulo de su oficina hasta el fondo de sus sueños. Sus dedos recorrieron el papel rígido, el símbolo troquelado —una espiral descendente, tal vez una cifra, tal vez otra cosa— y supo, con un escalofrío glacial, que ya era tarde para dudar.

La dirección escrita a mano —sin número, solo una palabra: “Sótano”— repicaba en su mente mientras descendía los peldaños húmedos del edificio de ladrillo. A cada paso se decía que era solo un juego, una broma de adultos con dinero y exceso de fantasía, pero la manera en que la escalera se desplegaba, ampliándose y retorciéndose bajo sus pies, susurraba otra verdad. Un murmullo anhelante le rozaba los oídos.

La puerta era pesada, gris perla, y tenía nueve pestillos visibles. Carson los repasó con la mirada; números y símbolos tallados recorrían la veta. El último pestillo titilaba de un modo extraño, como si la luz de la bombilla dudara en tocarlo. Recordó la advertencia de René —que el Club nunca debería alcanzar el número diez— y se le encogió el estómago. Tocó el llamador: nueve golpes, ni uno menos. Escuchó pasos, leves, humedecidos como garras, y la puerta se abrió apenas lo necesario. Un rostro de pómulos afilados y sonrisa desgastada le permitió el paso.

Dentro, la atmósfera era otra, densa y dulzona, coronada por un coro sostenido de risas demasiado agudas para ser humanas. Las paredes, grisáceas, se ondulaban bajo las luces como si aguardaran la orden de apartarse. Todo olía a maderas antiguas y especias podridas. El anfitrión —Isaak, conforme a la invitación— lo condujo por corredores estrechos, decorados con retratos que se disolvían en cuanto Carson intentaba analizarlos.

—¿Es su primera vez? —preguntó Isaak, dejando que la pregunta colgara con una languidez imposible.

Carson asintió, tragando saliva.

—¿Has soñado alguna vez con números imposibles? —continuó su guía, guiñando un ojo inexpresivo.

Fue una pregunta extraña, pero Carson titubeó antes de negarlo. ¿No había soñado, semanas atrás, con voces que recitaban listas infinitas de cosas que jamás podrían ser contadas? El recuerdo lo erizó.

El salón principal del club era circular, coronado por nueve ventanucos y una décima ranura resguardada por un tapiz bordado. La multitud —hombres y mujeres enmascarados, figuras tras capuchas— se agrupaba en torno a una mesa central. El aire estaba tenso, como la vibración previa al trueno, y desde las sombras, alguien pronunciaba palabras en sánscrito o quizás en una lengua anterior a cualquier registro.

Carson recibió una copa, cálida y opaca, y al tocarla sintió que el liquido pulsaba suave, como si latiera. Los miembros conversaban en susurros, sus tonos demasiado precisos, cada frase calculada para evocar secretos o monstruos. Entre conversaciones, captó la repetición de una palabra que, al principio, creyó no entender: “Enneadecaedro.” Un nombre, un objeto, o quizá una clave.

Una mujer alta, con máscara dorada y ojos relampagueantes, se situó detrás de él y se inclinó lo suficiente para rozar su oreja.

—No temas si la puerta llama por ti —dijo. Su voz era el tacto de una uña en una losa fría—. Solo teme si oyes la décima llamada. Entonces, ya serías parte.

Las luces se atenuaron. Un murmullo —más profundo, más oscuro que todos los anteriores— avanzó por entre los asientos, algo así como una lengua que lamía el final de una oración largamente reprimida. En el centro de la sala, Isaak levantó un objeto que era una simple esfera ennegrecida, marcada con nueve incisiones.

—Hoy buscamos —dijo— el eco perfecto. Hoy somos nueve, y de nosotros, uno más puede ser invitado. Pero la Décima Puerta debe seguir sellada.

Carson trató de reír, pero la garganta se le secó de inmediato. Una vieja superstición rebotó en su memoria: nunca completes el círculo, no pronuncies el décimo verso, no cuentes hasta diez donde el eco pueda escucharte.

A la señal, los presentes formaron un círculo, arqueando los dedos en gestos deliberadamente extraños, como imitando la torsión de ramas podridas. Cada uno pronunció una frase: todas diferentes, extrañas, y sin embargo, al repetirse el ciclo, Carson sintió que algo injustificable surgía en los lapsos entre las sílabas. Un alarido sin boca vibraba justo fuera de su alcance auditivo, rozando los filamentos de su razón.

Isaak acercó la esfera ennegrecida a Carson.

—Para permanecer, debes revelar —dijo—. Un saber prohibido, uno que teman tus huesos.

El sudor de Carson congeló su espalda. ¿Qué temía? Recordó una historia, aquella que jamás había contado a nadie: la noche, cuando niño, en que vio a su hermano menor susurrar palabras repetidas nueve veces frente al espejo. Al décimo susurro, el reflejo les devolvió una mueca, un rostro distorsionado, y la habitación se volvió sorda al grito futuro. Nadie volvió a mencionar aquello, pero Carson nunca entró, desde entonces, en un baño a oscuras.

—Los números… a veces abren lo que debe seguir sellado —tartamudeó Carson, y la sala pareció tensarse con reconocimiento.

—¿El número nueve o el diez? —preguntó suavemente Isaak.

Antes de que pudiera responder, un alarido —este sí audible, grave y voraz— reventó justo detrás de la décima ranura. El tapiz tembló, y la multitud retrocedió medio paso, la reverencia de los conocedores ante lo imposible. Carson, en su estupor, vio como la ranura parecía respirar. Un puñado de polvo negro cayó a sus pies.

—Ya casi —musitó alguien, encapuchado, con inconfundible deleite morboso.

El resto de la velada fue borroso. Carson bebió más de la copa, cuyo líquido iba espesando en su lengua mientras los rituales se desarrollaban. No podía decir si hubo baile, cánticos, u oración. Solo retiene la sobrecogedora sensación de estar siempre justo en el límite de algo mayor. Él, uno más entre la trémula carne del club, y al mismo tiempo, sujeto a la vigilia de la décima ranura.

Al concluir la noche, Isaak se inclinó sobre él, la esfera aún en sus manos.

—Recuerda —le susurró—: si alguna vez oyes un décimo alarido, ya no podrás salir. Nueve es la barrera. Diez, el regreso.

Carson ascendió, mareado, los peldaños hacia el aire de la noche. Detrás de sí, creyó oír el rastro de pasos, el eco de palabras no pronunciadas, como si el club mismo, o la cosa tras la ranura, esperara con una paciencia insaciable. No durmió bien durante semanas. A veces, en la penumbra, creía distinguir el sonido apagado de un grito, repetido nueve veces, cada vez más cerca.

***

Nunca debió regresar. Pero la curiosidad, disfrazada de escepticismo, lo arrastró de nuevo al sótano —sin número, solo la palabra “Sótano”— donde la puerta le pareció ahora menos cerrada, hambrienta. Repitió el ritual: tocó nueve veces. Nadie abrió. Del otro lado, solo un silencio compacto, tan denso que dolía en los tímpanos.

Pensando en alguna farsa, probó con una décima llamada, un solo toque más, el pulso tembloroso. Entonces, detrás de los pestillos, escuchó un alarido que no venía solo del otro lado de la puerta sino del centro mismo de sus recuerdos. NO era una súplica; era una celebración, el júbilo de la cosa invocada.

La puerta cedió de inmediato. Solo niebla dentro.

Entró. Las paredes se estiraron delante de sus ojos. Un círculo de figuras —ninguna recordó a los miembros de antes— lo aguardaba, rodeando la esfera ennegrecida, que ahora giraba sobre sí misma. Las máscaras no tenían ojos. Solo bocas abiertas en un ulular sordo y persistente: nueve alaridos que se repetían, invitándole a completar el coro.

Carson trató de retroceder, pero sus pies resbalaban sobre una superficie blanda, imposible, como si caminara sobre polvo humano apilado durante siglos. La esfera giró, y en cada vuelta, una grieta nueva abría el camino para lo que debía permanecer oculto.

—Dale forma al eco —exigió la voz de Isaak, amplificada e irreconocible—. Llena la ranura. Has sido elegido. Ahora eres el décimo.

El terror lo congeló. Su corazón latía enloquecido, persiguiendo un ritmo que no era el suyo. De fondo, detrás de los nuevos miembros del círculo, la ranura palpitaba como una herida. En un intento desesperado, Carson gritó —una, dos, hasta nueve veces— con la esperanza malsana de que el patrón sirviera de protección.

Pero a cada alarido propio, las bocas del círculo respondían. Un eco, dos ecos, nueve ecos. La décima respuesta creció y se expandió, y el aire fue succionado por la ranura que, ahora abierta, dejaba pasar una oscuridad tangible.

Carson cayó de rodillas. La ranura lo llamó, aullar fue la única respuesta natural. El suelo, las paredes, todo se disolvía en la tiniebla. Recordó el rostro reflejado de su hermano, esa mueca imposible, y supo —antes del final— que algo, tras el Nueve, soñaba con devorar el eco de su miedo.

No quedó huella en la ciudad. Ningún registro del “Sótano.” Ninguna invitación con espirales. Solo, quizá, el ocasional relato de un grito inhumano, repetido nueve veces, en las madrugadas de aquellos que se atreven a contar más de lo debido.

Y en cada uno de esos relatos, una advertencia susurra:

Nunca completes el círculo. Nunca cuentes hasta diez.

Porque en el eco que sigue, la voz ya no será únicamente la tuya.

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