Portada del relato El yelmo del mediodía
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Fragmento:


Una mujer avanzó desde el altar. Su túnica negra arrastraba polvo. Por un momento me reconocí en ella—no supe si por los años de sueños con la cara de la Muerte o porque supe que éramos iguales, igual de marcados.

Duración: 09:50

El yelmo del mediodía
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Texto de ajuste de pausa.

Descendí a la ciudad de las almas dormidas al mediodía, cuando el sol parece empujar todo a retirarse hacia sus propias cavernas. Era jueves, y aún no sabía – en esos tramos de luz y pesadez – que la línea entre la misericordia y la condenación se cruza inadvertida, a menudo entre párrafos olvidados de textos cuyo vertebrado, serpenteante, nadie está supuesto leer. Había recibido la invitación tan solo veinticuatro horas antes, en un correo electrónico sin remitente claro, su asunto apenas un susurro: “Reunión a la Luz Mayor. Presentación imprescindible.”

Admiraba aquellas instrucciones por su impracticabilidad, casi poética: “No buscar. No resistirse. Llegar por la mañana, antes de que los arcos de la iglesia de Santa Mandataria proyecten sombra.”

El taxi me depositó en una zona casi despoblada, edificios de ladrillo desnudo, ventanas como ojos apagados, y esa modorra de las grandes urbes cerca del mar, cuando las mareas dictan el ritmo de la respiración. La iglesia no tenía la arquitectura gótica que uno espera en estos relatos antiguos; era una nave enorme, encalada, de puertas dobles de metal oxidado, y el único detalle pretendidamente sagrado era una cruz invertida de cobre, disimulada entre los grafitis de la entrada.

Me llamo Tomás, y si ahora escribo esto con manos sacudidas por la fiebre, no es para redimirme, sino acaso para advertir. Yo solía ser editor de literatura marginal, cuentos de horror, ensayos especulativos sobre mitos. En los márgenes de ese trabajo, una y otra vez, entre las líneas de autores que no están del todo muertos, surgía el nombre de la Congregación de la Presencia Ilegible.

La puerta no estaba cerrada, simplemente era más pesada de lo que parecía. Solo el esfuerzo de empujarla me hizo sentir observado. Dentro, el olor era denso, mezcla de incienso y óxido, y la luz filtrada por vitrales opacados que solo sugerían escenas antiguas: figuras sin rostro, alas rotas, torres humeantes.

Vi a los presentes: siete, quizás nueve, personas de mediana edad, todos de pie. Nadie hablaba pero todos entonaban una oración sorda: bocas abiertas, ni susurros. De pronto me descubrí murmurando también, palabras viejas como si siempre hubieran estado conmigo y solo ahora recordara.

Una mujer avanzó desde el altar. Su túnica negra arrastraba polvo. Por un momento me reconocí en ella—no supe si por los años de sueños con la cara de la Muerte o porque supe que éramos iguales, igual de marcados.

-Bienvenido, Tomás. Llegó el momento, ¿verdad?

No había pregunta en su voz. Solo aceptación.

-Cada seis meses, aquí nos reunimos, compartimos los avances y las señales… Hoy eres nuestro noveno. El testigo.

No deseaba preguntar “¿El testigo de qué?” pero la pregunta era inevitable, tan antigua como el impulso de respirar.

Me condujeron al fondo, donde la luz era solo recuerdo. Alguien encendió una linterna: avanzamos por la sacristía hacia un acceso trasero, una pequeña escalera descendente. Bajamos a una cripta. Un frío animal me arropó apenas crucé el umbral. Bajábamos y bajábamos y bajábamos, cada peldaño más pequeño, más antiguo, mientras el aire se tornaba grueso. Pasillos tapizados de símbolos, puertas de acero con cerraduras abiertas. El éxtasis del descenso, si existe, se parece a la angustia: la sensación de caer sin cuerpo, de pensar y sentir como quien sueña bajo el agua.

La cámara final era pequeña, un círculo irregular, con el suelo cubierto por huesos recubiertos de ceniza. En el centro, siete cuchillas, dispuestas como los radios de una rueda. Encima de ellas, flotando unos centímetros, un libro: encuadernación en piel, lomo sin palabra escrita, y un temblor de calor imposible en torno a sus páginas.

Todos permanecían en silencio, rodeando el libro, como si absorbieran de él algún rumor ininteligible. Yo esperaba, también, como si de algún modo estuviera en mi propia pesadilla.

-La Presencia—dijo la mujer—, llegó la medianoche para nosotros en pleno día. Ellos ansían un exilio perfecto. Han intentado cruzar de nuevo y no encuentran puerta. Las plegarias, los sellos… todo es solo disfraz. Esta es la auténtica lengua.

Parpadeé, sintiéndome idiota. Esa certeza me quemaba: había leído sobre ‘lenguas angélicas’, los grimorios y palimpsestos de la Edad Media, los dogmas fracturados de los que cayeron del cielo y, castigados, aprendieron a hablar solo con sus heridas. Aquello era diferente: una lengua que no se oía, ni se leía, sino que se soñaba.

-Me llaman Damara—dijo la mujer, contemplándome sin parpadeo—. Tú, como yo, oyes los ecos. ¿Quieres ver verdaderamente?

La tentación era total, y el terror, absoluto. No quería decir ‘sí’, pero tampoco ‘no’. Mi cuerpo se movía solo, cruzando el círculo, colocándome al lado de Damara, quien puso su mano sobre mi frente y otra mano—imposible—en la base de mi nuca, allí donde, dicen, el ángel caído susurra el Nombre.

Al tocar el libro, perdí el cuerpo. O la conciencia. O ambas.

***

Sucede lo siguiente, y sólo lo puedo escribir ahora porque retuve la forma del recuerdo, aunque turbia, como lo recordado después de una fiebre brutal:

Vi la ciudad que no está en ninguno de nuestros mapas. Sentí la arquitectura de su lógica retorcida, más allá del tiempo; calles que doblan sobre sí mismas, estructuras compuestas de música y brillo fétido; árboles que eran pensamientos y raíces que roían ideas. Allí, ángeles rotos vagaban, temblando a la espera de una señal que nunca llegaría; cada uno tenía alas marchitas, cuerpos recubiertos con el sarro de siglos de ausencia.

Y en el centro, algo mayor; la Presencia. No tenía forma, pero la reconocí: una columna de luz y sombra, tan densa y aterradora como deliciosa. Un vértigo ardía en su proximidad, el conocimiento de lo prohibido entrando en los poros como agua sucia. Supiste, me dijo la columna, y aquel verbo no era humano. “Supiste y por eso ahora eres grieta.”

Supe, también, que el libro en la cripta no era libro sino membrana, un umbral, y que la congregación escarbaba líneas para abrir la herida a través de la cual aquellos ojos–sin-párpado–se asomarían. No ángeles en sentido cristiano, sino los restos atrofiados de lo que alguna vez cruzó la frontera entre lo que veímos y lo que, por compasión, se nos ha vedado.

Me arrancaron de esa visión a la fuerza. Sentí manos gélidas, como uñas de niños muertos, arrastrarme de bruces por el barro simbólico de la ciudad imposible. Desperté sobre un banco de madera, rodeado de los congregantes; miraban, esperaban, y su hambre era la de bestias atrapadas en la fe.

-Es tu turno—dijo Damara—. Pronuncia.

Todo el saber de aquel libro palpitaba en mi garganta, una palabra imposible que se agitaba como huesos de pájaro en mi boca. Pero entendí, de pronto, lo que debía hacer: callar. No pronunciar, no dar a luz aquel fragmento de nombre que, al ser dicho con suficiente convicción, abriría la grieta, dejaría entrar a quienes esperan.

Me quedé mudo. Damara frunció el entrecejo, los otros avanzaron, pero algo, alguien, desde la ciudad irreal, también se retiraba. Sentí la Presencia retroceder—no vencida, solo paciente: el tiempo, comprendí, para estas entidades, no es más que otro de sus disfraces.

Fueron por mi garganta pero yo, sin querer, había roto el círculo; el libro se deshizo en humo, las cuchillas giraron como enloquecidas, y uno de ellos cayó al suelo, convulsionando—sus palabras rebotaban en el aire, medio nombre, como piezas sueltas de un motor que no arranca.

Fui arrastrado escaleras arriba; no sé quién me sostenía, si Damara u otro. Al salir nuevamente a la penumbra de la iglesia, el aire fresco y la luz indecisa del atardecer parecían una burla. Atrás, ruidos de lucha. Volví la cabeza: por un segundo, vi la sombra de alas—no majestuosas y blancas, sino sulfurosas, croncretas, quemadas—aflorar alrededor del altar.

Corrí, salí, y nunca miré atrás.

***

He cambiado de nombre tres veces desde entonces. Vivo lejos de cualquier iglesia o catedral; huyo del arte sacro, de los manuscritos iluminados, de las palabras que se enroscan en su propio misterio. Sé que hay otros como yo, identificables por las ojeras, por la tendencia a mirar el cielo como si midieran la presión de algún peso invisible.

Algunas noches, oigo la lengua dormida agitándose bajo mi piel, y lloro. No de miedo, sino de certeza—la convicción de que nadie se escapa para siempre, que el exilio de los caídos es solo una pausa en una guerra infinitamente más antigua que las religiones.

Sé que la congregación habrá reclutado a alguien más, a un nuevo Noveno, y que la grieta sigue allí, esperando la palabra que faltó. Puede que pronto alguien se atreva a pronunciar.

Por mi parte, incluso ahora, cuando la fiebre me toma y las sombras parecen alargarse sobre el escritorio, escribo esto para advertirte, lector secreto. Si una noche encuentras entre tus sueños el rumor de un nombre sin vocales, una invitación sin remitente, o la visión de una ciudad donde los ángeles caminan con pies de barro... recuerda callar. Recuerda que, a veces, el silencio es la única palabra capaz de cerrar grietas hechas de luz y obsesión.

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