Fragmento:
–Su llave –dijo, y sonrió solo con la comisura de los labios–. Segunda planta, la habitación al final del pasillo a la izquierda. Por favor, no salga después de la medianoche. La puerta principal se cierra y… es más seguro para los huéspedes.
Duración: 12:35
Aquella tarde de octubre, cuando el sol era apenas una mancha rosácea tras nubes desgarradas, Jerónimo Basaldúa llegó a Mourncliffe. Había recorrido cientos de millas con la esperanza de encontrar en aquel pueblo costero remoto la soledad necesaria para escribir su tesis sobre cultos antiguos; sin embargo, la soledad, comprendió después, era una bendición que Mourncliffe jamás concedía a quienes de verdad la anhelaban.
El taxista que lo dejó frente al único hotel del pueblo –una mole victoriana de ladrillos apagados y gárgolas desportilladas, drenando humedad y olvido en el aire ya saturado de sal–, lo miró largamente antes de irse. Jerónimo recordó en ese instante, sin saber por qué, las advertencias veladas que le había lanzado el profesor Groetz en la Universidad de Salamanca: “Hay lugares donde la frontera de lo conocido y lo prohibido es apenas un susurro, Basaldúa. Pisarlos es reemplazar la razón por el estremecimiento perpetuo. Si quiere conocer, conozca… pero no crea que sobrevivirá a su saber”.
El vestíbulo estaba vacío salvo por la recepcionista, una mujer de cabellos canosos y manos mudas, que no levantó la vista de su libro siquiera cuando la campana metálica tintineó bajo la palma de Jerónimo.
–Buenas tardes –se atrevió a saludar–. Tengo una reservación a nombre de Basaldúa.
La vieja asintió y, de debajo del mostrador cubierto de polvo, sacó una ficha ya preparada. La miró entonces, y sus ojos eran tan azul claro y fijos como el agua de una pecera donde algo sin nombre se oculta en el fondo.
–Su llave –dijo, y sonrió solo con la comisura de los labios–. Segunda planta, la habitación al final del pasillo a la izquierda. Por favor, no salga después de la medianoche. La puerta principal se cierra y… es más seguro para los huéspedes.
Para Jerónimo, la advertencia tuvo el efecto contrario al que, tal vez, ella pretendía. Notó que la curiosidad –esa serpiente de doble lengua que lo había llevado al estudio de civilizaciones extintas y herejías soterradas– zumbaba con más fuerza en sus entrañas.
La habitación era sorprendentemente espaciosa pero opresiva, como si la atmósfera, densa y saturada, quisiera aprisionarlo. Olía a muebles húmedos, cera añeja y desuso. A través de los visillos amarillentos se vislumbraba el acantilado sobre el que se levantaba el hotel, y, más allá, la cresta aserrada del océano agitado.
Deshizo el equipaje con lentitud, tratando de no reparar demasiado en los detalles: el retrato de una familia que parecía observarlo con desaprobación desde encima de la cama, el crucifijo torcido sobre el tocador, las manchas en la pared que el papel pintado apenas conseguía ocultar. Sacó su cuaderno, dispuesto a repasar las notas que había tomado acerca de Mourncliffe: hacía siglos, el pueblo había sido un enclave de exiliados religiosos que, según ciertos textos apócrifos, no profesaban exactamente el cristianismo. Había rumores de sacrificios, de “adoraciones aberrantes a las fuerzas del abismo”, pero ni la Inquisición tuvo el coraje de internarse nunca allí demasiado tiempo.
Decidido pese a la ligereza incómoda que sentía en la cabeza, Jerónimo bajó al comedor. Fue en ese instante cuando notó, por primera vez, la extraña estructura de la planta baja: corredores que no conducían a ninguna parte, puertas tapizadas de terciopelo violeta que nadie cruzaba, lámparas apagadas incluso antes de la caída del crepúsculo. Si el hotel estaba casi vacío, ¿por qué había tantas habitaciones preparadas, tantos pasillos en silencio?
En el comedor sólo había dos mesas ocupadas. En una, un hombre sumido en la lectura de un periódico en francés reía entre dientes a algo ilegible. En la otra, una mujer vestida de negro apuraba algo parecido a un caldo, con el gesto resignado de los condenados. Jerónimo notó que ambos evitaban mirarse y, sobre todo, mirarlo a él.
El camarero, un joven excesivamente delgado, de tez tan blanca que casi reverberaba, se acercó:
–¿Cena, señor Basaldúa? –preguntó, pronunciando perfectamente el nombre a pesar de su acento local áspero y gutural–. La hemos preparado para usted.
Tras una comida que sólo pudo definir como “correcta y olvidable”, Jerónimo volvió a su habitación con la sensación de que los relojes allí tenían otro compás; apenas las nueve, y ya el mundo entero parecía dormido bajo el peso de una revelación que a él aún le era esquiva.
Decidió que el letargo era más fuerte que la tentación de indagar, al menos esa primera noche. Aun así, antes de acostarse, anotó en su diario:
“Algo acecha en este lugar. No es sólo el tiempo detenido, sino una forma de vigilancia más densa, como el silencio que hay en las iglesias profanadas. Mañana exploraré. Necesito saber quién fundó realmente Mourncliffe, qué ritos celebraron sus antepasados… y por qué los archivos parroquiales acaban súbitamente en 1731.”
***
Los sueños esa noche estuvieron tejidos de símbolos tumultuosos. Caminaba por los pasillos del hotel, que, en la pesadilla, giraban en ángulos imposibles, desembocando en cámaras circulares ondeando de luz púrpura y ecos de plegarias sin palabras. Oía pisadas, susurros, e incluso el oleaje convertía su bramido en una letanía descendente, como el canto de criaturas sumergidas desde eras prehumanas. Una y otra vez, la habitación de la esquina del segundo piso se abría ante él: de su interior exudaban velas negras cuya cera goteaba al suelo formando inscripciones atávicas, y el aire, cargado de incienso, le impedía respirar.
Despertó empapado en sudor cuando la campana del vestíbulo tañó una sola vez, anunciando la medianoche.
El silencio que siguió lo envolvió como una colcha húmeda. Juraría que alguien, afuera en el pasillo, arrastraba los pies con prisa, de pronto, y que una sombra se detuvo brevemente tras su puerta. Fue un sobresalto atávico, una certeza imposible: ya no estaba solo. Se asomó por el ojo de la cerradura, pero sólo vio oscuridad y la pared del otro lado, rugosa y húmeda.
Intentó convencerse de que era el cansancio; sin embargo, la tentación era demasiado grande. Salió de la habitación y se internó en el corredor, cuyas alfombras parecían amortiguar hasta el latido de su corazón. Sólo al final, antes de la escalera, vio la puerta de la esquina.
Tal vez fue el impulso del sueño, o la reiterada presencia de esa estancia en sus pesadillas, lo que le empujó a girar lentamente el pomo. La puerta cedió entre crujidos y chirridos lastimosos.
Adentro, la oscuridad era absoluta salvo por el fulgor enfermizo de varias velas negras dispuestas en un círculo sobre el piso de parquet. Había símbolos grabados –algunos reconocibles en grimorios antiguos: signos de poder, letras invertidas, estrellas de cinco y seis puntas mezcladas con trazos que no estaban en ningún idioma humano–. Alguien, o algo, se encontraba de espaldas, acuclillado ante esa improvisada liturgia. Sus hombros caídos y la delgadez cadavérica le trajeron a la memoria al camarero de la cena, pero cuando la figura giró el rostro en silencio, Jerónimo supo que aquel semblante no era de este mundo ni de este siglo. Parecía fabricado de cera fundida, con las cuencas de los ojos vacías y la boca esculpida en una mueca de insondable miseria y voluptuosidad a la vez.
El frío que emergió de los labios de aquel espectro llenó la estancia y el pecho de Jerónimo de una parálisis viscosa. Un murmullo, apenas un silbido, serpenteó en su oído:
–¿Quieres saber… como ellos supieron?
Retrocedió, tropezando y cerrando la puerta de un portazo, temiendo arrancar desvelos de los otros huéspedes. Corrió hasta su habitación, atrancó la puerta y pasó el resto de la noche en vigilia sudorosa, ahogando el impulso de rezar.
***
La luz del día devolvió a Mourncliffe su decrepitud habitual, y durante horas fingió convencerse de que lo sucedido había sido mero delirio onírico. Sin embargo, el temblor en sus manos y la extraña humedad en la solapa de su abrigo –una mancha negruzca y pegajosa, resabio sin duda de la cera de las velas– le empujaron a hacerse preguntas que otros huéspedes nunca se habrían atrevido.
Esa tarde, mientras recorría el pueblo y recopilaba datos de archivo en la mugrienta biblioteca local, encontró, medio escondido tras un tomo de crónicas inglesas, un cuaderno de ilegible grafía española. Era el diario de un tal Hernán Ruíz, fechado en 1691, y tras las primeras páginas descubrió un pasaje subrayado en rojo: “El hotel es sólo fachada para el Santuario. La cámara donde los ‘Olvidados’ rezan bajo la mirada muerta del Mar. Nadie que haya penetrado más allá de la Puerta de la Esquina vuelve igual”.
El camarero, al verlo regresar esa tarde, le sonrió con dientes marcadamente puntiagudos. Jerónimo creyó adivinar huellas de cera negra bajo sus uñas.
Esa noche fue incapaz de resistir el impulso de volver a la habitación prohibida. Cada tic-tac del reloj, cada rumor sordo de la naturaleza golpeando las ventanas como brazos invisibles, era un empuje a la locura inquisitiva que no lo abandonaba. Cuando finalmente volvió a cruzar aquel umbral, lo esperaba un séquito de siluetas encapuchadas, inmóviles alrededor del mismo círculo de velas. Desde el centro, la cera fundida ya formaba un surco que, milagrosamente, parecía la boca de un pozo antiguo.
La mujer vestida de luto lo invitó al interior del círculo; la voz, enterrada bajo siglos de promesas y tinieblas, apenas osciló. Jerónimo, embriagado por el aroma gélido y salino –mezcla de abismo marino y cera funeraria–, se dejó guiar hasta el centro. Susurraban palabras en lenguas extintas, y el cántico fue tomando cadencia, lengua sobre lengua, hasta parecerse a la canción del mismo oleaje fuera del hotel.
Algo emergió del círculo: un vaho, una columna reptante de marisma y vapor, formó la silueta de una figura levemente humana y completamente inconmensurable. Miles de ojos se abrían y cerraban en su perímetro, y donde la luz de las velas alcanzaba, la sombra temblaba como si el propio mundo se deshilvanara bajo su peso.
–Has buscado el saber, el grial de los ahogados y los desterrados –entonó una voz de múltiples bocas, incluso dentro de su propia cabeza–. ¿Quieres comprender lo que no debe ser comprendido, Jerónimo Basaldúa?
Sintió, con terror y alivio infinitos, que todas sus dudas, todos sus anhelos intelectuales y miedos infantiles se fundían en ese instante. Pronunció un sí apenas vocalizado, desconociendo si fue él verdaderamente quien lo dijo.
Con un dolor punzante y exquisito, el conocimiento prohibido irrumpió en su mente: vio ciudades bajo el océano, estatuas de dioses con rostros ulcerados por la marea, cálices orgánicos rebosando con aceite negro, juramentos pronunciados en la plenitud de la desesperación y el anhelo. Observó siglos de plegarias, crímenes rituales y pactos sellados con la saliva y sangre de los sobrevivientes de Mourncliffe, que aguardaban un regreso nunca anunciado. Supo que los huéspedes del hotel eran únicamente los últimos siervos de aquella fuerza –testigos mortificados, pero nunca íntegramente humanos, nunca ya plenamente vivos.
El regreso a la conciencia fue una caída amarga; sangraba por la nariz, y la cera negra cubría sus zapatos. El camarero lo miró con lástima.
Cuando amaneció, estaba solo: los pasillos vacíos, el personal ausente, ni un huésped o figura viviente bajo el techo del hotel. El mar rugía con nueva ferocidad, trayendo a la orilla viejas botellas con mensajes que jamás serían leídos. Buscó a gritos a la recepcionista; su eco fue lo único que le contestó.
Salió al acantilado. El hotel, en la bruma de la luz primera, parecía desmaterializándose, mientras bajo sus cimientos, por apenas un instante, creyó ver la abertura de una gigantesca cripta donde velas negras nunca se consumían y figuras titubeantes interminablemente rezaban, esperando la próxima luna, el próximo buscador, la siguiente ofrenda involuntaria para el saber no destinado al hombre.
Jerónimo Basaldúa descendió por la cuesta hacia Mourncliffe, ya incapaz de recordar plenamente lo que había aprendido, pero con la certeza de que jamás podría volver al mundo ni a la ignorancia segura. Tras él, el Hotel se desvanecía, y un murmullo sordo acompañó sus pasos: el eco vengativo de la habitación de la esquina, el tímido latido de un Santuario intacto bajo la piel del mundo, aguardando, paciente, la siguiente pregunta prohibida.
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