Fragmento:
Allí estaban ellos. Doce vecinos, quizá más, formando un círculo alrededor de un bulto. Era imposible distinguir caras: llevaban trajes pesados, improvisados, de bolsas de basura y máscaras caseras, pero algunas voces eran inconfundibles. La delgado chillido de la señora Ferris, el nasal de Gregory, dos pisos encima mio. Entre todos, sostenían recipientes de cristal, tubos y frascos avellanados, algunos con tubos que se adentraban hacia lo que, pronto, comprendí, era un cuerpo humano.
Duración: 08:14
El hedor del sótano lleva meses royendo los cimientos de mi apartamento en Marrow Street. Me es imposible ignorarlo, pese a los desesperados intentos que hago cada noche por sellar las juntas con masilla, empaparlas en detergente o tapar el respiradero con toallas varias veces empapadas en perfumes corrosivos. Es un olor a húmedo, por supuesto, a raíces podridas, pero siempre hay debajo algo más punzante y metálico; lo definiría como la promesa de un desollador convertido en vapor invisible.
La vida aquí nunca fue amable, pero desde que la anciana del 204, la señora Ferris, dejó de bajar al buzón y oímos aquellos golpes huecos durante horas una noche de abril, la tranquilidad se volvió un recuerdo. El portero, Simón, el único con llaves del sótano, negó que hubiera entrado allí esa noche. Sin embargo, juraría que lo vi temblar cuando le hablé de aquel aroma a sangre, los ecos en el piso bajo, la humedad creciente en mis paredes.
Mi obsesión se convirtió en una dieta negra: dormía poco, apenas salía salvo para trabajar, y de alguna manera, las imágenes de mi vida anterior —fiestas, amigos, mi ex pareja— se desdibujaban. Era como si sólo existiese Marrow Street y la promesa rancia que subía de su sótano.
Fue precisamente una madrugada, incapaz de soportar otro crujir lejano, cuando decidí bajar. Bajé los ochenta y tres peldaños con una linterna raquítica en la mano y el sigilo de un ladrón mal entrenado. El sótano era aún más opresivo de lo que recordaba. Todo tenía ese extraño barniz graso, como si hubieran rociado las paredes y el suelo con algún aceite oscuro. Y al fondo, la vieja puerta blindada que Simón aseguraba que era de la era de la prohibición. Ya no cerraba bien.
Un crujido suave me advirtió: no estaba solo. Antes de que pudiera volver sobre mis pasos, un haz de linterna cruzó el umbral y vi a Simón. Él me miró, durante un segundo larguísimo, y luego bajó la linterna.
—No deberías estar aquí —dijo.
—Tampoco tú —le respondí, y supe que había cruzado algún tipo de frontera con esa frase.
No podía apartar la vista del extraño envase metálico que él tenía al costado, de sus dedos enguantados en latex gris y de la forma en la que giraba su pulgar en círculos, como si masajeara una ampolla invisible.
—No va a gustarte lo que vas a ver —añadió con una voz que había envejecido veinte años.
Yo avancé pese a todo, y él no me detuvo. Él, de alguna forma, era tan prisionero como yo del olor y del brillo aceitoso en el aire. Pasamos juntos la puerta.
Allí estaban ellos. Doce vecinos, quizá más, formando un círculo alrededor de un bulto. Era imposible distinguir caras: llevaban trajes pesados, improvisados, de bolsas de basura y máscaras caseras, pero algunas voces eran inconfundibles. La delgado chillido de la señora Ferris, el nasal de Gregory, dos pisos encima mio. Entre todos, sostenían recipientes de cristal, tubos y frascos avellanados, algunos con tubos que se adentraban hacia lo que, pronto, comprendí, era un cuerpo humano.
Solo cuando Simón dejó caer el envase metálico y, aprovechando mi horror, se quedó a mi lado, comprendí que no era una simple reunión de drogadictos o de siniestros inadaptados. Vi las miradas febriles en los ojos por las rendijas de las máscaras, los temblores entre manos que sujetaban jeringas y frascos, las manchas negras en todo: guantes, delantales, zapatos.
El centro, el bulto, comenzó a moverse.
La señora Ferris —identificable, ahora sí, por los anillos dorados en sus nudillos— se acercó a mí.
—Ya huele como nosotros, Simón. El aceite ha subido —dijo en voz baja, orientando su tubo hacia mis venas descubiertas.
Sentí un pinchazo antes de poder retirarle la mano. Había trece tubos ahora, y todos comunicaban, en frágil equilibrio, de unos cuerpos a otros. El centro comenzó a gemir. Aquello ya no era uno de mis vecinos; era una amalgama. Pude ver cómo algo manchaba de negro sus venas bajo la piel, cómo sus pupilas rotaban en órbitas lácteas, cómo su boca —fuerza imposible— pronunciaba palabras que no eran lenguaje:
—Qurat Ama. Qurat Nala.
El aceite, lo supe, no era enfermedad ni contaminación. Era la señal.
Huir resultó físicamente imposible. Cada tubo era ahora un lazo: sacaban de mí sangre y la devolvían renovada, o eso me hacía sentir la fiebre que trepaba mis vísceras. Vi destellos: campos de huesos, ciudades doradas ardiendo, manadas humanas destilando vidas sobre parajes de llamas perpetuas.
La voz regresó: esta vez era mía.
—Hay que quemar la carne nueva —dije, y nadie se inmutó de horror.
El círculo comenzó a danzar. El centro gimió un poco más alto. El aceite corría por los tubos, por las grietas del suelo. Ferris encendió una antorcha: llamas verdes, vapores ácidos. Uno a uno, los participantes levantamos nuestros propios brazos. Las llamas nos lamían la piel y, lejos de doler, sentíamos una comunión palpitante y vil. Las membranas de nuestros cuerpos se ablandaron, los huesos se fundían en una ternura de resina.
El cuerpo central ya no era reconocible: se expandía, se tragaba la energía de la sangre de todos y nuestras visiones al mismo tiempo. En un instante, vi quiénes eran, quiénes habíamos sido, y lo que el aceite negro exigía desde hacía siglos. No éramos los primeros, ni los últimos. En otras partes de la ciudad, en otros continentes, circulaban aceites similares, y cada quema generaba un nuevo heraldo de la materia enferma y hambrienta.
—Qurat Ama, Qurat Nala.
El fuego lamía la masa central. Una columna de humo, negra y densa, chocó contra el techo y comenzó a filtrarse por las grietas. Mi piel vieja se desprendía de alguno de mis vecinos (ya no sabría distinguirlos), caía con un sonido húmedo, se fundía con lo que ardía ahí frente a nosotros.
Sabíamos el ritual. Lo sabíamos, incluso si jamás nos habíamos reunido antes. Era conocimiento prohibido, sí, pero también el único sentido real en nuestras existencias. El aceite fluía ahora dentro de todos nosotros, gracias a la transfusión común. Éramos una conciencia compartida, una colonia de células infectadas.
Mientras la carne se consumía y el sótano rebosaba vapor, una voz nueva se alzó. Era la criatura formada a partir de tantos sacrificios. Ahora de pie, sostuvo el recipiente metálico de Simón y lo vació sobre la hoguera viva. Un destello azul, una explosión de chispas.
La quema era completa cuando la sustancia se había mezclado con la carne, el hueso y, sobre todo, el aceite. Todo se convirtió en una pasta de la que se alimentó la criatura para formar una nueva piel. Observando su rostro, me vi a mí mismo. Vi los rostros de Ferris, de Simón, de todos, flotando en la superficie antes de hundirse para siempre.
Aquí es donde debería decir que escapé. Que obtuve ayuda, que alerté a las autoridades, que denuncié al culto del aceite negro. Pero la verdad es que ni yo mismo lo sé. El ritual terminó con la piel resquebrajada y las venas llenas de fuego, con la comprensión de que la puerta oxidada jamás volvería a cerrarse.
No puedo distinguir ya entre la fiebre y la razón. Algunas noches, bajo el olor y la humedad, busco voluntarios entre los nuevos inquilinos. El aceite necesita circular, transferirse, infectar. No es venganza: es hambre primordial, ciega, y la siento dentro de mí, renovándose con cada transfusión, con cada quema.
La próxima vez que notes un olor metálico y dulzón en un sótano viejo, recuerda mi advertencia: nunca te acerques al círculo, nunca te dejes tocar por sus tubos. No permitas que el aceite entre. Pero si lo hace… lo harás, porque el círculo nunca se detiene, y yo, nosotros, estaremos esperándote.
Marrow Street todavía envenena la ciudad.
Y muy pronto, tú también lo harás.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.