Portada del relato La voz del círculo
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Fragmento:


La dirección era de un edificio en ruinas, uno de esos caserones abandonados frente al puerto donde la ciudad terminaba bruscamente.

Duración: 09:57

La voz del círculo
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Texto de ajuste de pausa.

Se llamaba David, y hasta hace pocos meses era alguien ordinario; 42 años, algo de barba, ningún matrimonio y un trabajo anónimo de archivista en el Ayuntamiento de una ciudad portuaria. Tenía insomnio crónico desde hacía años, y la vida parecía ir debilitando las fronteras entre los estados de vigilia y sueño. Por ese entonces, el único placer que le quedaba era fumar oculto junto a la barandilla del séptimo piso antes de que el sol saliera, dejar que el humo se deslizara hacia la bahía. Fue durante una de esas mañanas grises y anticipadas cuando encontró el sobre.

Estaba allí, sobre la barandilla, húmedo por el rocío. No llevaba remite pero sí un único motivo: el dibujo de una llave envuelta en tentáculos, toscamente grabado a lápiz. En su interior había una invitación de papel arcilloso y áspero, la tinta azul temblorosa, como escrita con la mano de un moribundo:

"Encuentra el umbral, duerme, abre. Miércoles, 2:33am. Dirección al reverso."

La dirección era de un edificio en ruinas, uno de esos caserones abandonados frente al puerto donde la ciudad terminaba bruscamente.

David no era propenso a aventuras, pero había algo sugestivo y nauseabundo en aquella carta, como si en ella se ocultara la promesa de un escape o, más insidiosamente, algo vagamente familiar que no debía recordar.

Las noches siguientes fueron más amargas e inquietas. Sus sueños –o lo que lo reemplazaba– estaban plagados de voces que hablaban en círculos, en idiomas que se deslizaban bajo la lengua, y figuras que apenas podía distinguir al despertar. Empezó a notar lagunas en su memoria. A veces, al doblar papeles en la oficina, sentía un vértigo repentino y se veía a sí mismo sentado en una mesa circular iluminada por velas, rodeado de rostros borrados. "Duerme... abre...", decían, y de inmediato despertaba otra vez frente a su monitor, la boca seca y el corazón retumbando en las costillas.

El miércoles llegó antes de que pudiera decidirse a rehusar la invitación. Caminó hasta la dirección bajo una llovizna estancada. El caserón tenía las ventanas rotas, las paredes aplastadas por grafitis y una verja cuyo candado parecía haberse abierto sólo para él. Un olvido húmedo impregnaba el aire, como si aquel lugar ya perteneciera a otro tiempo. David entró, los zapatos rechinando en el mármol descascarado.

En el vestíbulo, alguien lo esperaba con una linterna. El haz apenas le mostró la silueta: era una mujer de ojos desmesurados, cabello recogido y una túnica púrpura hasta los tobillos. Su voz le llegó atenuada, pero el eco en las paredes hizo que pareciera doble, como salida de dos gargantas a la vez.

—Estábamos esperándote. Sigue la luz y guarda silencio.

Descendieron una escalera colmada de polvo y moho. El aire era más frío a cada peldaño. Por fin, la mujer se detuvo ante una puerta baja, tan antigua como la propia humedad de las piedras. Sacó una pequeña botella de vidrio verde y se la tendió.

—Bébelo. Es un simple somnífero. Aquí abajo, sólo así se puede dormir y abrir el umbral.

David dudó, pero la presión de la mirada doble lo hizo ceder. El líquido era amargo. Apenas tragó, sintió como si la piel le ardiera y el equilibrio lo abandonaba. El mundo entero basculó y la oscuridad lo envolvió.

***

Despertó oyendo gritos, pero estos parecían proceder de otra cabeza. Frente a él, una docena de personas, todos con túnicas, se reunían en círculo tallado en el suelo, un círculo que parecía haber sido dibujado mil veces y borrado otras tantas. La mujer de la linterna era ahora la suma de dos mujeres idénticas, una de pie tras otra.

—Has traspasado el umbral, David —dijeron al mismo tiempo, con las voces empañadas de sed y secreto.

David miró sus propias manos y notó que casi no las sentía. Su conciencia flotaba más allá del cuerpo, a medio camino de la vigilia y el sueño. La sala estaba sumida en tiniebla, y en el centro del círculo una estatua macabra presidía: un hombre de piedra, decrépito y con la boca cosida por alambres de bronce, sostenía una llave igual a la que decoraba el sobre de la invitación.

—Ahora verás. —La mujer extendió una daga hacia su propio brazo y dejó que unas gotas de sangre cayeran sobre la frente de la estatua. El aire vibró. La realidad pareció quebrarse y, de pronto, David vio la sala duplicada: una, fría y húmeda, bajo la ciudad, y la otra traslúcida, flotando en una niebla púrpura, habitada por sombras inquietas.

Él ya no estaba seguro de ser el único David. Tenía el cuerpo en una sala, y el recuerdo de otro cuerpo –ajeno pero íntimo–, que dormía solo en un catre, en una habitación sin ventanas. Lo asustó sentir el pensamiento de ese otro David despertarse y buscar, en la oscuridad, la llave que no estaba.

—Estamos en el Umbral —dijeron las dos mujeres, haciendo coro con la asamblea invisible—. Aquí sólo hablan quienes han aprendido a duplicarse, quienes pueden abrir la puerta y regresar.

David quería gritar, pero de su garganta sólo brotó una voz finísima, tan lejana que los otros apenas giraron la cabeza.

La mujer de la túnica púrpura posó una mano pesada en su hombro y le susurró junto al oído:

—No te asustes. El cuerpo es sólo una de las habitaciones en que puedes habitar. Ahora aprende a caminar.

David intentó moverse. Sintió que flotaba y atravesaba paredes. De repente, estaba mirando su ciudad desde cien metros sobre las luces del puerto, identificado con una niebla consciente y expectante. Una descarga de terror —tan denso que lo paralizó—le hizo mirar hacia abajo. En las calles, cientos de figuras marchaban en silencio, todas cubiertas con túnicas, y todas llevaban máscaras, pero cada máscara tenía, en el reverso, el rostro de David.

Buscó al otro David. Sintió su respiración solitaria, la ansiedad apretando el pecho. De pronto, un aviso: "Abre, si no, serás carne de estatua, uno de los que no ha vuelto." Se vio ante la estatua central. Sabía —sin saber cómo— que la llave estaba dentro de su propia boca. Al intentar gritar, sintió algo metálico bajo la lengua. Tosió, y una pequeña llave apareció en su mano, mojada en saliva y sangre.

—Ahora sabes —dijeron las dos mujeres, ya indivisibles, más que nunca, la misma y a la vez otra—. Solo los que se desdoblan de verdad logran regresar. Otros terminan aquí, entre los nichos de piedra, escuchando el susurro de las voces de los que sí supieron abrirse entre sus yoes.

La sala osciló, y la visión de las figuras de túnica se desmoronó en una cascada de gritos ahogados, una polifonía de terror que no era completamente humana. David se sintió deprendido de sí. ¿Cuál era el real: el cuerpo soñando allí, o el cuerpo solitario en la habitación que de pronto se sentía vacía y en peligro?

Oyó la voz múltiple, ahora en su cabeza, repitiendo:

—Despierta. Despierta.

Trató de recordar el somnífero, el sabor, el instante de la caída. Pero ahora el tiempo era líquido, borrando los límites entre “antes” y “después”. Casi recordó una advertencia, algo que había leído alguna vez en los manuscritos antiguos que le pasaba el archivista mandón: "El que duerme con llaves robadas solo abre la puerta al abismo que lleva en sí mismo".

***

Fue la luz gris de la madrugada la que lo devolvió a una especie de vigilia. David abrió los ojos en la cama ajena, sintiendo cuando menos la claridad familiar del sol colándose por la persiana. Se preguntó si había regresado, si todavía era él. La lengua le sabía a óxido.

Durante semanas, cada noche, soñó —¿soñó?— con la puerta, la estatua y la llave. Cada mañana, encontraba en los bolsillos de la chaqueta objetos ajenos, confusos: un alambre de bronce en forma de sigilo, restos de papel con rostros dibujados o fragmentos de mensajes que apenas podía descifrar: "Entre tus dos reflejos sólo hay hambre."

Las personas en la calle lo miraban diferente; a veces, notaba el reflejo de sí mismo en las vitrinas y veía otra cara, un hombre enjuto y cansado, con los ojos siempre ligeramente desenfocados, como si estuviera habitando dos realidades a un tiempo.

Fue una noche, casi un mes después, cuando el suceso se repitió. De nuevo en la barandilla, halló una carta idéntica: el dibujo de la llave, una hora, una dirección distinta; esta vez, no en el puerto, sino en el viejo barrio del cementerio, donde la ciudad se desgastaba contra el río.

Supo, en el instante en que sintió la carta crujir entre los dedos, que por más que intentara escapar, siempre habría una puerta en el límite de su sueño. Que descendería otra vez los peldaños de piedra, tomaría el somnífero amargo, y se vería duplicado al pie de la estatua, la llave dentro de su propia boca cerrada. Que cada vez sería menos el original y más la suma de todos los desdoblamientos, más espectro que carne.

Recordó el susurro de la mujer —¿o habían sido dos, o un eco, o una promesa?—: “No temas. El cuerpo es solo una de tus habitaciones. Solo teme temblar en el umbral, sin atreverte a cruzar”.

Abrió el sobre, sintiendo el tacto del mundo real deslizarse entre sus dedos como una piel que mudara. Miró la dirección, el sello de la llave con tentáculos, y supo que, de alguna manera, su vida entera había estado dedicada a encontrar este umbral.

Se dejó llevar por la marea de cansancio, de soledad. Pronto volvería a dormir, a aspirar el somnífero del círculo y a abrir la puerta imposible. Al otro lado lo esperaban demasiadas voces con su rostro. Y las estatuas, hambrientas, instaladas en el reino sin memoria donde yacen los que han olvidado cómo despertar.

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