Portada del relato La Verdad del Umbral Silente
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Fragmento:


No conozco ahora, a salvo por poco tiempo y con la sangre en un lento hervor de ansiedad, otro recurso sino contar fielmente cuanto me aconteció. Supongo, acaso, que el testimonio insertado aquí servirá de último muro para otros más prudentes. Hay puertas que ni el más valiente debería forzar, y la mía no era más que la osadía de la desesperación, pues aquellos largos meses entre recortes ignorados y confusiones del espíritu habían agotado mis recursos racionales.

Duración: 11:18

La Verdad del Umbral Silente
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Texto de ajuste de pausa.

I

No hay secreto tan celosamente guardado como aquel que se oculta bajo el disfraz de la incredulidad. Así reflexionaba, bajo la escasa luz de una lámpara de queroseno, sentado entre viejas bibliotecas y no menos vetustas manías, el Dr. Jonathan Sharrow, académico sin cátedra y tenaz rastreador de la sabiduría sombría que los hombres han condenado al olvido. Había caído en mis manos, como sucede con todos los verdaderos males, de forma casual: una nota deslizada entre las páginas de un tomo de alquimia proveniente de la abadía de Glastonbury, manchada de humedad, con una caligrafía estremecida y, sin embargo, extrañamente firme. Decía apenas: “En Dunsterton Hall, la biblioteca oeste, tras la cuarta hilera de tratados, busca en la medianoche aquello que no debe ser recordado. Ruina para quien persevere”.

No conozco ahora, a salvo por poco tiempo y con la sangre en un lento hervor de ansiedad, otro recurso sino contar fielmente cuanto me aconteció. Supongo, acaso, que el testimonio insertado aquí servirá de último muro para otros más prudentes. Hay puertas que ni el más valiente debería forzar, y la mía no era más que la osadía de la desesperación, pues aquellos largos meses entre recortes ignorados y confusiones del espíritu habían agotado mis recursos racionales.

II

Dunsterton Hall flotaba en soledad, perdido entre los pantanos del norte de Somerset, adormecido bajo siglos de silencio y un olor rancio que incluso la primavera no lograba disipar. Cuando la dueña—una violeta dama de rostro agudo y silencios milenarios—me concedió el respiro de hospedaje para el estudio de sus gruesos códices legales, apenas mostró sorpresa de mi verdadero interés. “He oído que algunos buscan preguntas a cambio de sus noches”, musitó, y no volvió a molestarme durante mi estancia.

Aquel primer atardecer de niebla y frío, con la casa crujiendo en su armazón milenario, comprobé la ubicación de la biblioteca oeste. Era tal como sugiere el término, una galería vasta y sombría en la que el polvo flotaba como ceniza, donde todos los retratos parecían condenados al olvido por el tiempo y una penumbra espesa. No era difícil imaginar que aquí, de cuando en cuando, alguna presencia acechaba entre las estanterías, interiorizando cada movimiento, cada vibración del aire. Los tratados iban desde ciencias tibetanas hasta himnos gnósticos, pero la hilera referida estaba vetada, cubierta por un cristal opaco cuyo cierre sólo podía cederse con una llave antigua. No obstante, el destino, o el vicio, quisieron que la llave obrara por sí sola aquella medianoche: la encontré sobre mi tocador, atada a una cinta roja, sin explicación alguna.

III

Si he de ser sincero, la mediumnidad de la noche propicia malos pensamientos y peores decisiones. Tomé la llave cuando el reloj de la torre dio las doce, y la quietud de la casa parecía una condena. Bajé envolviéndome en mi gabán hasta la biblioteca. El pasillo era un mar de sombras, con apenas una gravedad en el aire, como si la mansión respirara más lenta cada vez que alguien salía de su dormitorio. Abrí la vitrina y retiré, libro tras libro, las obras banales que ocultaban una escotilla de hierro. Al levantarla, un vaho me asaltó, tan frío y viscoso que la piel se me erizó como si mil insectos treparan por mis huesos.

La abertura era angosta, y descendía mediante una escalera en espiral, oxidada y ciega. Cómo no me detuve allí, nunca lo comprenderé. Bastó que la escotilla se cerrara suavemente tras de mí, y una sensación de fatalidad absoluta me invadió. Sin embargo, descendí, con el farol como único testigo de mi insensatez. Los peldaños conducían a un sótano sepultado, abovedado de antiguas piedras y repleto de estantes enmohecidos, llenos de volúmenes sin título, cubiertos de polvo en un idioma imposible.

Allí, en el centro de la cámara, había algo más: un círculo tallado en la piedra, rodeado de siete peanas, cada una con lo que a primera vista parecía una vela de cera negra, aunque su fulgor era más apagado, como si ardieran de manera inversa, devorando la luz en vez de proporcionarla. Observé que la más cercana titilaba levemente al acercarme, y tuve el primer atisbo de que ese lugar no era sólo archivo, sino altar.

IV

No tardé en advertir rastros de ceremonias recientes: gotas de lo que, temí, era sangre seca en las grietas y patrones geométricos de sal y ópalo pulido esparcidos en el suelo. El aire apestaba a un dulzor nauseabundo, a la vez corrupto y ansiosamente vital. Frente a la séptima vela, en el centro exacto, había un libro abierto y encuadernado en cuero, tan delicado al tacto como la piel de una mano recién nacida. Los caracteres, a pesar de mi erudición, me resultaban abismalmente arcanos, pero luego—a través de un esfuerzo penosamente intuitivo—fui entendiendo, como si el manuscrito susurrase en imágenes y no palabras.

El texto describía la existencia de una consciencia subyacente a la materia, anterior a todo tiempo, cuya realidad era tan amplia comparada con la humana como nuestra mente lo es para los mínimos gusanos de la tierra. Nombraba esta consciencia “El Umbral Silente”, cuya voluntad, si llegase a tocar la vigilia de los hombres, aniquilaría toda coherencia, transmutaría la carne y la mente en formas desconocidas, y disolvería la misma urdimbre de los sueños.

Aquel libro era, según su relato, un vademécum ritual para invocar apenas la atención de ese ser, a cambio de todo sacrificio posible. No contentos con ello, escribían, ciertos hombres y mujeres—los miembros del Culto de la Estigia Profunda—practicaban un ceremonial en el que, a través del dolor y la negación de su individualidad, aspiraban a integrarse en ese torrente inhumano de conciencia. No podía juzgar entonces si era mito o locura, pero un temblor me retorció por dentro al oír pasos en el silencio, y sentí que los muros mismos comenzaban a transpirar un rumor de osario.

V

Intenté huir, pero la escalera se me antojaba más distante en cada paso, y los peldaños resonaban como si fuesen huesos golpeando la piedra. Volví sobre mis pasos, y encontré (o quizás fui hallado por) tres figuras envueltas en hábitos opacos, tan ceñidos que su humanidad era sólo sugerida; aquella manera de observarme, sin rostros visibles, hizo que mi energía me abandonara. Hablaron no con boca, sino con un murmullo que brincaba de mi oído a mi mente, un lenguaje por debajo de toda sintaxis.

“Fuiste llamado por la curiosidad, como todos nosotros. Pregunta y serás destruido; permanece y serás testigo”.

Quise replicar, pero mi voz se extravió en el aire cargado. Me sentí inmóvil, incapaz de distinguir si todo aquel espanto era real o si, en cambio, había muerto hace minutos, en algún recodo de la escalera. Los velos me acercaron al círculo, y percibí lo que sólo podría describirse como una sombra más oscura que la ausencia de luz. Aquella oscuridad palpitaba, con un ritmo que recordaba débilmente al de un corazón, aunque en ciclos tan vastos que los latidos eran terribles mini-terremotos, lo suficientemente poderosos para doblar la percepción.

“Te ha mirado. Eres ahora portador”, susurraron las voces en crescendo. Sentí un picor abrasador en el pecho, y a través de mi ropa noté que un símbolo, semejante al que llevaba el libro, se había grabado en carne viva. Intenté protestar, gritar, pero cada músculo me fallaba. El aire se congeló y, a mi alrededor, el círculo tembló como una boca titánica a punto de cerrarse. Creí caer, perder la razón… pero sólo fui arrojado, de algún modo, escaleras arriba, a la biblioteca, con las velas extintas y las puertas cerradas a mi espalda.

VI

Transcurrieron días sin que pudiera abandonarme al sueño ni a la tranquilidad. Los hábitos y el círculo me visitaban en visiones, y la marca en mi pecho ardía cada vez que alguien se acercaba demasiado a mí, como si advirtiera un peligro a la presencia invisible adherida a mis huesos. La dama de la casa evitaba ahora aparecer, y percibía en las empleadas una mezcla de sumisión y terror, como si todas compartiesen un mismo secreto. A través de continuas pesadillas, fui reconociendo, poco a poco, los nombres de aquellos que antes fueron convocados, y sus rostros surgían en retratos que creía meramente decorativos.

Deseé huir, destruir el libro, pero la biblioteca parecía repelerme. Una fuerza me obligaba a reincidir en la lectura; el libro reaparecía sobre mi cama, sin importar cuán lejos lo arrojara. Cada página leída era como una herida, y a veces, en pleno día, podía percibir bajo el papel el latido de esa conciencia girando, despacio pero irresistible. Comprendí al fin la verdadera función de Dunsterton Hall: un lugar consagrado como frontera entre lo humano y el abismo, alimentado por la curiosidad, mantenido por una sucesión ininterrumpida de testigos. El Culto de la Estigia Profunda no era un simple mito, sino el reflujo inevitable de todos aquellos que cruzaron el umbral.

VII

La noche del séptimo día, la casa entera fue sacudida por un vendaval. Las ventanas estallaron con un estruendo húmedo, y los corredores se llenaron de esa sombra palpitante, como una niebla viva tragando los objetos y los gritos de los moradores. Me sentí arrojado otra vez a la bóveda, rodeado por los acólitos, y esta vez la marca ardió tan intensamente que estuve a punto de desmayarme. El libro, abierto a una página que nunca antes había visto, reveló el último secreto: una plegaria en honor a la entidad, prometiendo la disolución final a quienes perseveraran. No me fue dado elegir. Debía repetir la plegaria, o ser consumido.

Como poseído, recité en voz queda las palabras inimaginables, y sentí, en aquel preciso instante, que mi mente era abierta como una carta, leída y archivada en un grito sin sonido. Cómo sobreviví hasta el amanecer, nunca lo supe, pues mi conciencia vagó en sueños tan vastos y ajenos como el mismo tiempo. Cuando abrí los ojos, la casa estaba vacía, la marca en mi pecho se había tornado negra e insensible, y el libro había desaparecido.

VIII

Años han pasado desde aquella noche, y mi vida es una sucesión de huidas y silencios. La marca parece adormecida, pero cada tanto, cuando caigo en distracción o curiosidad peligrosa, se despierta. Veo entonces el paisaje al otro lado del Umbral Silente: océanos de inteligencias danzando bajo mundos extradimensionales, y sé, con la certeza de lo inevitable, que mi testimonio sólo servirá para convocar a otros.

Guarden mi relato; ciérrenlo bajo llave. La verdad del Umbral es tan vastamente cruel que la única defensa es no recordarla. Los cultos perduran, y algún día regresarán, pues así lo exigen el hambre de la entidad y la curiosidad insaciable de los hombres. En cuanto a mí, ya nada me pertenece, salvo el saberse testigo maldito y custodia de un saber que debió quedarse en la sombra. En la próxima medianoche, cuando la escotilla gima y el círculo palpite, rogaré por quienes vengan después.

Nunca busquen en Dunsterton Hall aquello que no debe ser recordado.

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