Fragmento:
La sala era diminuta y vasta a la vez: diminuta por sus dimensiones, vasta por el abismo de su ser. Las cortinas, hechas de un tejido que debió haber sido marfil y ahora era solo la desesperación de un caniche desollado, apenas dejaban filtrar la luz moribunda de la tarde. Bajo el retrato de un hombre sin ojos —el cuadro del ciego, sin duda— descollaba un estante en cuya repisa inferior burbujeaba la humedad como una promesa. Había allí ocho volúmenes, todos anónimos, encuadernados en cueros cuya procedencia no me atrevería hoy a sugerir siquiera en presencia de un carnicero, y uno de ellos era de una negrura que parecía saberse culpable de ocultar algo imposible.
Duración: 10:11
Una vez, en la ya vergonzosamente lejana juventud de mi experiencia, me descubrí confinado en los callejones y encierros de una ciudad que, aun sin nombre aquí, dormía sobre su propio misterio como la tarántula en el hueco de un muro preñado de insectos sepultados. Tenía yo, por entonces, un empleo anodino y, con modestia, un apetito insaciable por todo lo que mi razón admitía como arriesgadamente inusitado. Por azar —o por la conjura de azares que desvelan el verdadero semblante del destino— fui a caer en la órbita de los hermanos Tillinghast, un par de filólogos que parecían dedicar sus vidas a cazar palabras muertas y revivirlas con el aliento asfixiante de sus especulaciones.
En aquellas veladas de tabaco espeso y licor de mala muerte, bajo la luz que vacilaba en torno a viejos tomos extranjeros, los hermanos deslizaron ante mí lo que creí al principio una broma académica: la existencia de un manuscrito cuya lectura había enloquecido a quienes lo intentaban y que, según reza la leyenda —si esta palabra tiene algún sentido en la penitenciaría de las letras—, recogía de la noche de los tiempos no conocimiento, sino su propia negación, la sombra del saber mismo. No se me habló del nombre del volumen, ni de su lengua ni de su procedencia, sino únicamente de su efecto: la total transmutación del alma en carne de error y voluntad de penitencia.
La obsesión, como enfermedad que es, rara vez concede sus síntomas a intervalos decentes; así, dos meses después, me hallé ante la posada de Mrs. Churton, situada al final de un callejón que parecía lamer con su aliento a las exiguas ventanas de la parroquia vecina. Esta señora, enjuta y ciega, era según los Tillinghast la propietaria —quizás custodio sería más exacto— de una pequeña colección privada de libros siniestros; su marido, ausente desde hacía lustros, había sido bibliotecario de menudas y solteras perversidades, y a su muerte dejó tras sí un catálogo que, si hemos de creer al doctor Hollis de la universidad, “redefinía la blasfemia en términos de papel y encuadernación”.
La anciana me recibió entre bostezos y silbidos secos, y sin preguntar añadió: «En la gran sala de arriba, en el estante de caoba negra, debajo del cuadro del ciego, allí encontrará lo que busca». Apenas medí la penumbra de su advertencia, ya ascendía. La escalera era un animal primitivo, con peldaños de madera devorados por el siglo y la humedad; cada crujido subrayaba que ningún pie humano los había hendido en decenios.
La sala era diminuta y vasta a la vez: diminuta por sus dimensiones, vasta por el abismo de su ser. Las cortinas, hechas de un tejido que debió haber sido marfil y ahora era solo la desesperación de un caniche desollado, apenas dejaban filtrar la luz moribunda de la tarde. Bajo el retrato de un hombre sin ojos —el cuadro del ciego, sin duda— descollaba un estante en cuya repisa inferior burbujeaba la humedad como una promesa. Había allí ocho volúmenes, todos anónimos, encuadernados en cueros cuya procedencia no me atrevería hoy a sugerir siquiera en presencia de un carnicero, y uno de ellos era de una negrura que parecía saberse culpable de ocultar algo imposible.
Lo tomé, lo llevé a la mesa central, y lo abrí. El aire cambió sutilmente, como si una cámara hermética se hubiera sellado sin ruido; mi corazón latía con el silencio respectivo de los condenados. El texto, impreso en caracteres herrumbrosos y oscilantes, parecía moverse con una ligereza casi líquida sobre la página, como si el ojo humano fuera insuficiente —por breve, por vulgar— para aprehenderlo de una ojeada. No osaré reproducir aquí ninguno de los símbolos extraños (¡a quién sería lícito concederle este peligroso privilegio!) pero sí narraré lo que vi, y supe, y aún sé —porque el conocimiento, una vez aprehendido, no se suelta como una brizna de tabaco en la lluvia, sino que se adhiere eternamente, como si la carne no se pudiese limpiar de lo que ha conocido.
El libro era, en cierta forma, una compilación de liturgias rotas, relatos de comunidades extinguidas que, mucho antes de la aparición de la imprenta o la alfarería, se reunían en cámaras subterráneas para «abandonar la luz y dirigirse a la caverna anterior a la caverna, donde la lengua de la realidad era pronunciada por labios despellejados». En uno de los pasajes se describía un culto llamado los Bavías —palabra que retumba en los corredores de mi mente como un eco reverberante en el pozo de un ahorcado—, quienes, convencidos de la futilidad del lenguaje ordinario, recitaban fórmulas compuestas de gemidos y estertores hasta «abrir grietas en la textura del tiempo» que les permitían comunicarse con seres cuya única forma era el hambre descarnada del entendimiento.
No sé cuánto llevo leyendo así, hasta que la noche se cierra sobre la sala; la lámpara que enciendo chisporrotea como custodiada por dedos invisibles. Comienzo a sentir un letargo, no de sueño sino de saturación, como si cada línea que leo extrajera gotas de mi conciencia y las arrojara en ese negro abismo al borde del cual mi alma patina cada vez con menos aliento. De repente comprendo que no he estado solo; detrás de mí, en uno de los recodos, algo susurra, y al voltear, sólo veo la sombra de mi propia figura, abyecta, casi irreconocible, proyectada por una luz que no sé de dónde viene.
Lo relatado en las páginas posteriores excede cualquier nota de razón: el manuscrito describe rituales en lenguas que no pueden ser reproducidas porque el aparato fonador humano nunca fue construido para servirles de vasija. Hay dibujos, o mejor dicho, bocetos realizados por manos temblorosas, en los que figuras humanas se despliegan como hediondas marionetas, extendiendo sus miembros en direcciones impensables mientras reciben, en polvo o vapor, la esencia de entidades cuyos nombres “no admiten morada en la experiencia humana”. Un pasaje, el más memorable, narra la ejecución de un rito bajo una luna nueva; los participantes, tras ingerir una sustancia surgida de “las raíces de la niebla misma”, se internan en una cripta sin paredes, y allí pronuncian el Tetragrama, una sucesión de sílabas que, según el cronista, “consume el aire y desfigura la noche”. El resultado: ninguno de los asistentes vuelve a ser visto, pero una exhalación negra es percibida flotando sobre el camposanto local durante semanas, sembrando locura y abortos en la vecindad.
A medida que avanzo, las sombras en la habitación parecen unirse, oponiéndose a mi presencia y a la luz sorda de la lámpara. Mis manos sudan; los límites entre las palabras y lo pensado se deshacen. En cierto punto, mi propia reflexión en el vidrio de la ventana parece observarme con una animación inquietante; su sonrisa se desplaza con demasiada libertad, y hay en sus ojos una alegría cruel —la de quien, al fin, ha comprendido lo que, bajo toda razón y ética, nunca debió ser comprendido.
Quiero cerrar el tomo, devolverlo a su sarcófago de caoba, pero hay una compulsión ajena que me incita a continuar; y, de súbito, uno de los grabados parece moverse. Relata una ceremonia secreta del segundo siglo antes de la era común, en la que los participantes —guiados por “el Eunuco Azul”, uno de esos nombres que el aire apenas puede soportar— introducen en sus cerebros pequeños insectos grabados en jade, los cuales “devoran los recuerdos impuros, dejando sólo la Revelación pura”. No hay muertes mencionadas, sólo el vacío absoluto, posterior a la “experiencia”, del que ningún cronista puede decir nada en ningún idioma.
Mi percepción del tiempo se licua; la habitación gira, y por un instante me siento no sólo observador, sino parte de esas ceremonias retratadas siglos atrás. Siento la humedad en mis pulmones, un temblor subcutáneo que parece desplazarse conforme avanzo por las páginas finales, donde el texto se vuelve ilegible a la vista, pero asombrosamente claro en la mente. Hay aquí, insinúa el manuscrito, una red de sectas aún activas, linajes impíos cuya única ceremonia es la transmisión oral —jamás escrita— de un Nombre al que, si uno lo retiene en su pecho, la vida entera se convierte en su peor enemigo.
Debí desmayarme, o algo peor: porque despierto mucho después, hundido en la penumbra, la lámpara extinta y solo el eco, muy leve, de pasos que se alejan por la casa. El libro está cerrado sobre la mesa, y un leve polvillo oscuro cubre la cubierta, como si el mismo aire hubiese intentado sellarlo de nuevo. Me levanto con dificultad y desciendo, tratado por los peldaños como un intruso malvenido. La señora Churton aguarda en el vestíbulo, enroscada en una silla, pero sus ojos ciegos parecen ahora abiertos, y en su boca hay algo más que la anticipación de la muerte; hay un júbilo lento, horrible y doméstico. Dice, simplemente: «Ya lo ha visto, ¿verdad?». No le respondo. No tendría sentido, como no lo tiene pedir explicación al relámpago que desgarra el árbol, ni al gusano que roe los ojos del cadáver.
Nunca volví a esa casa. No volví a ver a los hermanos Tillinghast, ni quise investigar qué había sido de los libros de la abominable colección. Pero ahora, en estas noches largas e insomnes, cuando la luz de la lámpara se estira por mi escritorio y danzo con la ilusión de la seguridad, siento —y sé— que el conocimiento adquirido esa noche busca urgentemente ser transmitido, compartido, apuñalado en la garganta ajena como un remedio siniestro. Oigo aún, a veces, los susurros de las páginas, y percibo en mi reflejo una sonrisa extranjera, y dos ojos —más suyos que míos—que esperan.
Porque, lector, si has llegado hasta aquí, sabrás ya de las fronteras que no deben ser cruzadas; y si algo de la curiosidad malsana persiste en tu carne, allí, en las Bibliotecas Silentes y bajo la Cripta de los Tetragramas, aún aguarda un saber que no admite retorno, ni descanso, ni misericordia. Y, tras la puerta, mucho más allá del simple miedo, están aquellos que escuchan: los Báviás, los Eunuco Azules, y todos los nombres que sólo el abismo se atreve a pronunciar en voz alta. ¿Irías tú a su llamado? La respuesta, me temo, ya fue escrita antes de que tú pudieras saberlo. Y el eco de su verdad, una vez escuchada, nunca más te abandona.
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