Fragmento:
El primer indicio fue apenas un susurro, un temblor en el aire, cuando ordenaba los estantes del sótano, un lugar que debería haber estado vacío a esas horas. Los rumores contaban que el sótano guardaba libros encuadernados en cuero nunca visto y pergaminos sin catalogar. Pero hasta entonces, no los creía.
Duración: 11:20
El sendero de los insomnes puede hallarse en cualquier ciudad, pero solo en algunas entre las más antiguas, entre los ladrillos cubiertos de musgo y las puertas cerradas de los talleres, reposa la semilla de algo que debería haber sido olvidado y dejado a podrirse en la oscuridad. La ciudad de Harrow’s End era uno de esos lugares, aunque nadie que viviera allí sabría decirte por qué. O más precisamente, nadie que aún estuviera cuerdo.
Me llamo Samuel Traynor, y en las rugosas páginas que restan de mi cuaderno, solo me queda la urgencia por relatar aquello que nadie —si aún hay alguien fiel a la cordura— debería saber. Si estos papeles llegan a otras manos distintas a las de mi amiga Evelyn, que Dios tenga piedad de quien los lea.
Todo comenzó, cómo suelen comenzar estas cosas, por casualidad y por una necesidad desbocada de saber más. Yo era y soy un hombre de libros, archivero durante años en la biblioteca municipal de Harrow’s End. Acumulaba polvo y conocimiento entre alacenas repletas de primeras ediciones y registros sin clasificar. Mi vida estaba tan llena de rutinas que apenas distinguía una semana de otra. Hasta aquella noche.
El primer indicio fue apenas un susurro, un temblor en el aire, cuando ordenaba los estantes del sótano, un lugar que debería haber estado vacío a esas horas. Los rumores contaban que el sótano guardaba libros encuadernados en cuero nunca visto y pergaminos sin catalogar. Pero hasta entonces, no los creía.
Entonces, tras la llegada de varias cajas polvorientas procedentes de una mansión demolida en las afueras, mi supervisor me ordenó clasificarlas. Eran libros que nadie había reclamado durante décadas, vestigios de la familia DeMorre, vieja estirpe que había palidecido y desaparecido de los registros tras una larga serie de desgracias. La finca había tenido fama de estar "marcada" en épocas pasadas, como suele ocurrir cuando una familia guarda secretos demasiado oscuros para salir a la luz.
Aquella noche, armado con una linterna de mano y mi cuaderno, descendí al sótano y apilé las cajas sobre una mesa renqueante. El aire estaba presurizado como en una cámara sellada, y una humedad ácida me pinchaba la piel. Cerré la puerta tras de mí y comencé a trabajar.
Los primeros libros eran típicos: genealogías, libros de cuentas, libros de leyendas rurales encuadernados en cuero raído. Pero en la última caja, forrada por dentro con un forro púrpura casi intacto, encontré un único objeto: un volumen encuadernado en piel ennegrecida, sin título, cerrado con una correa metálica.
Era pesado y frío al tacto. Apreté la linterna bajo la barbilla y examiné los laterales: letras minúsculas, casi ilegibles, daban vueltas sin orden alrededor de la tapa, en un alfabeto que no reconocí. Apenas si parecían palabras, más bien una sucesión de símbolos y líneas. Por motivos que se me escapan, sentí un impulso inexplicable de abrirlo. Quizá fue la soledad, el silencio vibrante a mi alrededor, o la simple obstinación del archivero frente a lo desconocido, pero deslicé la correa y abrí aquel libro.
Mi linterna palpitó débilmente cuando la primera página quedó al descubierto. El aire se tornó más denso, la humedad pesó sobre mis pulmones. Las páginas estaban escritas con una tinta oscura, en un idioma que zumbaba incómodamente en el límite de la comprensión. No sé si fue mi imaginación, pero juraría que las palabras se curvaban, se deslizaban como pequeños gusanos al margen de mi visión.
Recuerdo haber hojeado apenas unas cuantas hojas; sin embargo, esas palabras parecían adherirse a mi mente como hollín a los pulmones. Cerré el libro bruscamente, y al hacerlo, sentí que el sótano se encogía. No debía estar allí. Un instinto animal me impulsó a salir corriendo, a dejar atrás esa presencia viscosa que me observaba entre la penumbra. Subí las escaleras casi sin sentir mis pasos y, al llegar arriba, el libro aún colgaba de mi mano como si de un apéndice maligno se tratara.
Durante los días siguientes, las sombras de mi vida empezaron a elongarse. Donde antes el reloj marcaba horas regulares, ahora había vacíos, lagunas. No recordaba haber llegado de vuelta a casa; apenas encendía la lámpara, encontraba palabras escritas en mi propio puño y letra, pero no en ningún idioma conocido. Los sueños se llenaron de salones cuyas paredes rezumaban agua negra y figuras encapuchadas, cantando en murmullos desde la otra cara de la vigilia.
No tardé en notar cambios en la biblioteca, también. Visitantes extraños comenzaron a rondar los pasillos. Nunca les veía entrar ni salir, solo aparecían, de pronto, en los pasillos más alejados, vestidos siempre de forma desfasada, como si alguna moda decimonónica presidiera su selección de ropajes. Me observaban sin parpadear, con ojos brillantes y húmedos, como preservados tras un velo translúcido que ningún humano ostentaba.
Intenté buscar ayuda. Mi amiga Evelyn, que había hecho estudios de antropología, se mostró escéptica al principio, pero bastó mostrarle el libro para que sus manos empezaran a temblar. "Samuel, esto no es solo una rareza", susurró. "Algunas de estas figuras se parecen a símbolos sumerios y, sin embargo, no son de ningún idioma arqueológico conocido. Parecen... distorsiones de lo que debería ser realidad". Me rogó que lo quemara, que destruyera aquello y lo olvidáramos, pero ya era demasiado tarde. No podía.
El siguiente deslizamiento hacia el abismo fue sutil. Pasos tras de mí en el sótano, susurros a través de los estantes, e inscripciones que aparecían en otros libros, palabras en aquel mismo alfabeto imposible. Era como si el libro infectara todo lo que tocaba. Pero la peor noche aún estaba por llegar.
No recuerdo en qué momento exacto me sumé a su ritual. Había martilleo dentro de mis sienes, una compulsión feroz de bajar al sótano en mitad de una noche sin luna. Me vestí casi sin pensar y caminé a través de la ciudad dormida, ignorando a los perros callejeros que me rehuían. Al llegar a la biblioteca, la puerta principal colgaba ligeramente abierta. Seguía un reguero de sombras hacia el sótano donde el aire, esa vez, estaba caliente y olía a hojarasca podrida.
Me aguardaban allí al menos una docena de figuras, de pie, en círculo, con la piel suave de los recién nacidos pese a aparentar una edad imposible. Cantaban palabras extrañas. Uno de ellos portaba el libro abierto. Mientras avanzaba, supe, en una certeza tan espeluznante como absoluta, que yo era el invitado de honor.
"La Devoción de los Inefables", murmuraban en ese idioma demente que ya entendía en parte, como si siempre hubiese estado en mi sangre. Me invitaron a colocar las manos sobre el libro y, apenas lo hice, sentí un tirón, como si toda mi conciencia se deslizara a través de la palma hacia esas páginas viscosas. Imágenes, recuerdos y ecos de voces de otro tiempo rugieron en mi mente: visiones de ciudades sumergidas bajo aguas oscuras; templos devorados por raíces pulsantes; hombres y mujeres bailando desnudos bajo lunas negras, murmurando plegarias en lenguas prehumanas.
Desperté en el suelo, entre risas húmedas, la sala desierta y el libro aún entre mis manos. Deambulé hasta mi casa, el mundo desmoronándose bajo mis pies. Evelyn me encontró a la mañana siguiente, sentado en el suelo frente a la chimenea, el libro en el regazo y los ojos perdidos en un punto fijo.
Insistió con severa ternura en ocultar el libro, encerrarlo, tal vez entregarlo a un museo o, al menos, alejarlo de Harrow’s End. Lo intentamos, juro que lo intentamos. Pero en cada intento de alejarlo, el libro volvía, una y otra vez, solo o acompañado por nuevas evidencias de su presencia: símbolos en puertas, marcas de cera negra, mensajes en los márgenes de los volúmenes más inocuos.
Poco a poco, entendí: no solo había crecido dentro de mi mente, sino en la propia biblioteca, extendiendo raíces y filamentos invisibles que atraparían a otros como a mí. Empecé a notar el influjo en los visitantes más asiduos: allí estaba la anciana Hargrove, que repetía salmos sin sentido mientras hojeaba diccionarios; los niños de la señora Clemens, que susurraban cuentos de monstruos a otros niños con una lucidez demasiado aguda.
La ciudad también cambiaba, despacio pero con cruel certeza. Negocios cerraban. Más casas quedaban vacías. Los supervivientes se recogían antes de que terminara la tarde. El sol parecía ocultarse antes sobre Harrow’s End, y el viento traía olores a humedad antigua y podrida, el anuncio de la podredumbre que nos devoraba.
El clímax ocurrió la noche en que Evelyn desapareció. Recibí una nota suya: “No puedo más. Hay algo bajo la biblioteca, algo que crece, que despierta. He reunido valor para bajar una vez más. Si no regreso, sabes lo que debes hacer. Hazlo por ambos”. Fui tras ella, armado no con valor, sino con la fatalidad de un condenado.
En el sótano me aguardaba una oscuridad más densa de la habitual. Bajé despacio, oyendo mis propios pasos resonar como tambores fúnebres. Allí hallé no solo a Evelyn, sino a todos aquellos que pensé desaparecidos: la señora Hargrove, los niños de la señora Clemens, decenas de otros. Allí estaban, esperando, con las caras vacías, los ojos negándose a brillar ante la linterna. En el centro, el libro, humeando con una niebla negra y fría.
La voz —no una voz humana, sino una vibración atronadora que rebotaba en las paredes de mis huesos— habló: “Conocimiento para los que desean y para los que temen. No hay regreso una vez que la semilla brota. Devoción en el Silencio Eterno”.
No sé cuánto tiempo resistí allí, leyendo en el aire oscuro las palabras incapaces de ser desenhebradas por simplemente ojos humanos. Pero al final, lo entendí todo: El libro era una puerta. No a un sitio físico, sino a una expansión imposible, un mar de conciencia infinita y hambre sorda, esperando devorar y ser devorada por las mentes que se atreven a abrirse.
Cuando desperté, la biblioteca estaba vacía. Nadie más a mi alrededor. Solo las marcas de ropas dispersas, un silencio húmedo y el libro, repentinamente ligero, descansando en mis manos. Evelyn no volvió jamás. Los visitantes cesaron, y la ciudad, poco a poco, fue olvidando, tropezando hacia su lenta y dolorosa anemia.
Así concluyo, si es que puede concluirse, la historia de la Devoción de los Inefables. Si alguna vez tienes en tus manos un libro sin título, que parece observarte con palabras que bailan en los extremos de la comprensión, date la vuelta y huye. Quemarlo no servirá, cerrarlo tampoco. Solo olvídalo. Porque el conocimiento nunca es gratuito, y a veces el precio no es otro que la erosión irreversible de la realidad y de uno mismo.
Ojalá estas palabras sirvan como advertencia. Si llegado el momento no puedes resistir la tentación de saber, recuerda esto: El libro nunca suelta aquello de lo que se alimenta.
El Silencio Eterno se acerca. ¿Escuchas ya los susurros bajo la biblioteca?
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