Portada del relato El lamento de Chiyoko
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Fragmento:


—Dicen que en la antigüedad, algunos pueblos hacían ofrendas de personas en los cruces para pedir años de buenas cosechas.

Duración: 11:42

El lamento de Chiyoko
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Texto de ajuste de pausa.

Aquella noche, la niebla se enroscaba en el asfalto como un animal dormido. Mientras el Honda Fit avanzaba por la carretera secundaria, el rugido del motor apenas era suficiente para romper el tapiz de silencio que parecía envolverlo todo a cuarenta kilómetros del pueblo más cercano. Al volante, Akiko tenía que anticipar cada curva sólo con los destellos amortiguados de los faros. Los árboles –abedules y cedros antiguamente plantados para delimitar campos– se mecían suavemente, sus hojas abofeteando el aire con el mismo ritmo telúrico del corazón de la tierra: un pulso que parecía vibrar en sus huesos.

En el asiento trasero iba Ryota, con la cabeza apoyada a una de las ventanillas, medio dormido, cada tanto murmurando inconscientemente nombres de jugadas de béisbol. A su lado, Asuka revisaba por décima vez el itinerario en su teléfono, aunque ya no había señal y la batería coqueteaba con la muerte. En el asiento del pasajero, Hiroto había estado tejiendo una atmósfera de falsas leyendas durante todo el viaje, salpicando la conversación con cuentos sobre suicidios masivos y criaturas que acechan en la bruma. Lo hacía para incomodar a Akiko, mezcla de enamoramiento y sadismo adolescente. Pero ella era dura y sólo respondía con sonrisas sardónicas, aunque su pie apretaba cada vez más el acelerador mientras el reloj del tablero se acercaba a la una de la madrugada.

A eso de la una y cuarto, la carretera los sorprendió con una desviación apenas señalada. La madera pintada lucía los trazos desteñidos de dos kanjis torcidos: Yamikura. El nombre no figuraba en ningún mapa. Hiroto bromeó: “¡Vamos al pueblo sin nombre! A la villa de los fantasmas”. Akiko giró el volante casi por reflejo, porque era esto, además de nostalgia, lo que había venido a buscar: el laboratorio de la experiencia, donde podría diseccionar el miedo y mostrarse a sí misma que nada, ni la muerte, podía doblegarla.

La cabaña estaba en la parte más honda de un claro, tras un muro de glicinas envejecidas que tapaban la entrada como cortinas de humo morado. Era amplia, de madera enmohecida, con techos picudos y ventanas selladas desde dentro con tablones. No tenía electricidad ni agua corriente, pero Ryota sacó su linterna de campamento, y entre Asuka y él limpiaron lo suficiente como para desplegar los sacos de dormir. Durante una hora, los cuatro comieron onigiris fríos y bebieron cerveza tibia, mientras Hiroto insistía en contar historias de “cultos perdidos” y “rituales ancestrales". Nadie prestó verdadera atención, salvo cuando mencionó a su abuela, quien -según él– había vivido en un lugar parecido y desaparecido una noche de luna nueva, sin dejar rastros.

Alrededor de las dos y media, la cabaña se sumió en un silencio líquido. Afuera, la niebla apretaba las paredes como si quisiera entrar, y el aire estaba saturado de ese olor terroso propio de cosas que nunca terminan de podrirse del todo. Fue entonces cuando Akiko notó algo extraño: la puerta que daba al sótano estaba abierta. Nadie recordaba haberla tocado.

—¿Alguien bajó ahí? —susurró, pero lo dijo demasiado bajo. Su propia voz le pareció ajena, rasposa.

Ryota, aún medio mareado de sueño, negó con la cabeza. Asuka abrazó sus piernas e hizo un comentario frío para tapar su miedo:

—¿Crees que hay fantasmas en el sótano, Akiko?

Hiroto se levantó, parpadeando, con la linterna apuntada hacia las escaleras:

—¿Qué tal si bajamos y grabamos algo para el canal? “Cuatro urbanitas en la cabaña maldita”, va a romperla.

El sótano era una bocanada de aire muerto. Las escaleras crujieron bajo sus pasos. Abajo, la tierra estaba suelta, los muros jaspeados de hongos transparentes que palpitaban débilmente bajo la luz artificial. Detrás de unos trastos, descubrieron un círculo de ceniza marcado en el suelo. Dentro del círculo, cuatro piedras irregulares, cada una grabada con una silueta humana simplificada, casi infantil. Una quinta piedra —la más grande— estaba fuera del círculo, a un costado, con marcas talladas que parecían lenguas, serpenteantes y ambiguas.

—¿Qué mierda es esto? —preguntó Ryota.

Asuka se agachó. La tierra olía a sangre vieja. Hiroto murmuró, tal vez para mantener su personaje de narrador escalofriante:

—Dicen que en la antigüedad, algunos pueblos hacían ofrendas de personas en los cruces para pedir años de buenas cosechas.

Akiko miró la piedra central, la de las lenguas, y sintió, por primera vez, el vaho frío del miedo verdadero subiendo por sus piernas. Quiso hablar, pero la palabra se pegó en su tráquea como un grumo.

Volvieron a la sala principal, pero el aire había cambiado: más pesado, la madera parecía sudar, y en las paredes aparecían ahora dibujos en carboncillo, como si durante el breve descenso alguien hubiera garabateado figuras humanas en procesión, todas con bocas abiertas en gritos sin sonido. Asuka escaneó los dibujos con la linterna y, sin pensar, murmuró:

—No estaban cuando llegamos, ¿verdad?

Durante un segundo el silencio coaguló la atmósfera, y Akiko pensó en correr, pero Hiroto ya estaba tomando fotos, su instinto de espectáculo ganando sobre el instinto de supervivencia.

—¡Esto sí es contenido! Diez mil likes, seguro.

Akiko estalló:

—¿No ves que algo está mal, idiota?

De repente, un chillido —demasiado agudo, demasiado largo para ser humano— llenó el aire. A su alrededor, la madera crujió como si docenas de cuerpos delgados se arrastraran por dentro, empujando desde las paredes y el suelo. El grupo se apiñó alrededor de la linterna de Ryota. Afuera la niebla borboteaba y se colaba bajo las puertas: parecía que la cabaña estuviera flotando en leche podrida.

Intentaron reír, pero ninguna broma pudo disolver la tensión brutal que llenaba el ambiente. Se sentaron juntos, espalda contra espalda en el centro del cuarto principal, y esperaron. La niebla golpeaba los ventanales con fuerza. Eso era imposible, pensó Akiko, pero allí estaba: una presión rítmica, como si la propia niebla viviera y quisiera entrar.

En algún momento, Hiroto empezó a tararear una melodía antigua, repetitiva, como una letanía. La reconocieron todos, porque aunque no la habían escuchado nunca, la conocían: una melodía que la abuela de Hiroto cantaba de niño, esa que, según él, siempre sonaba antes de desaparecer alguien en las noches sin luna.

—¿Por qué lo haces? —le siseó Asuka.

—No lo sé, es como si lo necesitara —respondió él, moviendo los labios sin querer. Sus ojos parecían más oscuros, y su sombra era más larga donde la linterna parpadeaba.

Akiko intentó distraerse pensando en Tokyo, en el tráfico, en su gato, en todo lo mundano. Pero la sensación regresó: un frío en la base de la columna, una certeza mineral de que algo —que nunca había sido humano— estaba prestando atención. La melodía se hizo más fuerte sin que Hiroto pareciera mover los labios. En las paredes, los dibujos de procesiones se movían bajo la luz oscilante. No era solo el parpadeo: realmente se arrastraban, avanzando, estirando sus bocas abiertas como túneles negros a los gritos.

Ryota lloró. Nunca nadie en la facultad lo había visto llorar. Akiko se sintió invadida por una ternura incompatible con el terror: quería consolarlo, pero su brazo no respondió.

En algún punto, la puerta del sótano se abrió sola, con un gemido viscoso. Algo subía por las escaleras, invisible y húmedo, como una corriente de vapor a la que le han dado la inteligencia de una jauría de perros. El olor a tierra y óxido llenó la sala.

Con una lógica que no podía resistir —como soñar que uno debe saltar al vacío para salvar al mundo, y hacerlo sin dudar—, Hiroto se puso de pie y caminó hacia la puerta del sótano, tarareando aún más rápido. Nadie pudo pararlo. Sus pies parecían no tocar el suelo. Al llegar al umbral, giró y los miró con una mueca de alegría absoluta y terror, como si por fin viera a sus verdaderos amigos después de una eternidad de soledad.

—Vienen por nosotros, pero sólo quieren una cosa —dijo, casi cantando.

Las figuras de las paredes ahora se desprendían del yeso, sus bocas empezaban a brillar con una luz azulada. Hiroto bajó lento, como descendiendo a un santuario.

Akiko se armó de coraje y se lanzó tras él, arrastrando a Ryota y Asuka de la mano. Bajaron a los saltos, alcanzando el sótano segundos antes de que la puerta se cerrara tras ellos con un golpe sordo. Allí abajo, la niebla era más densa y brillaba con chispazos internos. Nada tenía forma definida, salvo las piedras del círculo, que ahora parecían palpitar. Hiroto estaba de pie en el centro, brazos extendidos.

—¡Sólo quieren volver! —gritó, y el eco sonó como el crujido de cien huesos quebrándose.

La niebla se agolpó como una lengua y lo envolvió desde los pies hasta la cabeza. Hiroto se dejó hacer, absorbido por una marea de bocas que parloteaban en un idioma imposible de captar.

Asuka gritó. Ryota se desmayó, bañado en sudor. Akiko sintió una compasión horrenda por Hiroto, y también un placer inesperado: el placer de ser testigo, de estar en el umbral mismo del horror y resistir. Observó cómo las piedras ardían con luz propia y la niebla se apretaba en el círculo.

Entonces lo entendió. Cada cincuenta años, la tierra necesitaba recordar lo que olvidó. Los viejos rituales eran sólo excusas: la abuela de Hiroto, los niños dibujados en las paredes, las voces en la niebla. El pueblo nunca había existido, porque estaba fuera del tiempo: era un punto de encuentro, una puerta. Gente como ellos era atraída con la promesa del horror, con la promesa de tocar lo prohibido.

En la apoteosis de gritos y susurros hizo contacto con cientos, miles de conciencias. Le suplicaban que dijera el nombre de la piedra central, la que tenía las lenguas. Si lo decía, una parte de ella —de todos ellos— se quedaría para siempre allí, petrificada en barro y hollín, custodiando la puerta para la próxima generación. Pero si se negaba, la puerta se cerraría y olvidarían todo, despertarían en Tokyo y nada de lo que habían visto persistiría, salvo el presentimiento de pérdida y un vacío en el pecho.

Akiko optó, entre lágrimas, por callar. Sintió la presión soltarse: la niebla retrocedió, la luz azul estalló, y el sótano quedó a oscuras, sólo el olor a sangre y tierra nueva como testigos. Cuando logró arrastrar a Ryota y Asuka hacia arriba, ya no había ni dibujos en las paredes, ni círculo en la tierra.

Fueron días mudos después de su regreso a la ciudad. Nadie mencionó nada; Hiroto era solo un nombre lejano, una sombra en una memoria reciclada. Pero, algunas noches, Akiko despertaba tarareando una melodía imposible y, durante un instante, sentía la presión de la niebla apretando sus huesos: la certeza de que, tal vez, la siguiente vez que alguien se adentrara en los bosques de Yamikura, la guardiana de la puerta sería ella.

Y esa noche, la melancolía y el terror se reconciliaron dentro de Akiko, abolieron las diferencias entre protector y víctima; fue entonces cuando aceptó el antiguo papel heredado, el vínculo tejido por generaciones entre las bocas sin nombre y los que, por curiosidad, se acercan demasiado al agujero hambriento del conocimiento prohibido.

La ciudad siguió durmiendo. Y lejos, en el bosque cubierto de niebla, la cabaña volvió a latir, paciente, esperando nuevos peregrinos con la semilla de la pregunta en el corazón, la que siempre, tarde o temprano, pide ser contestada.

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