Portada del relato La sonrisa tras el ventanal
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Fragmento:


El viernes por la mañana, mientras hacía una foto para su blog, notó algo extraño en la esquina del visor. Una silueta. Una sombra. Revisó las imágenes y allí estaba: un contorno difuso junto a la cortina, nada concreto pero imposible de negar. Se dijo que era la luz, pero guardó la cámara en el fondo del armario.

Duración: 10:01

La sonrisa tras el ventanal
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el agente inmobiliario entregó las llaves, Marta advirtió una insistencia en sus ojos, como si cada vez que miraba la vieja casona de la calle Embajadores su alma se descolgara un poco más hacia el invierno. Solo dijo: “Así estaba cuando la encontramos, haga usted lo que quiera”.

La adquisición había sido una ganga; veinte mil euros más barata que la casa de los Gómez, cuatro calles abajo y con la mitad de jardines. Era una construcción antigua, de estilo señorial, encajonada entre muros tapizados de raíces y glicinias, con tejados altos de pizarra y ventanas que temblaban si el viento soplaba desde el río. Marta, arquitecta recién llegada a Madrid tras la separación de Daniel, la eligió precisamente por la necesidad de restauración; sería su proyecto vital y, quizá, su refugio.

Durante el primer mes apenas vivió. De la cama al trabajo, del trabajo a la cama, y entre medias pinturas, sacos de escombros, mantas tapando los suelos carcomidos. Era temprano todavía para asustarse, pensó, pero había notado, desde la primera semana, una hostilidad en los rincones. Las luces parecían respirar. Unas veces encontrabas la estancia envuelta bajo un ligero vaho de frío, otras, la nevera amanecía con la puerta entornada, el contenido cubierto de escarcha.

Las cosas importantes, sin embargo, estaban a salvo: sus croquis, sus libros, el ordenador. Solo desaparecían los objetos inútiles: una bufanda desteñida, una taza agrietada, un libro de recetas que ni siquiera había hojeado. “Fantasmas con criterio”, bromeó al contárselo a Clara, su mejor amiga, durante una cena de pizza y gin tonics en la terraza lateral.

Fue una noche de octubre, ya rozando Halloween, cuando los silencios se volvieron demasiado densos, agazapados al fondo del pasillo. Marta estaba trabajando en un plano; el flexo arañaba el papel y los lápices rodaban, cínicos, por el tablero. De pronto, un portazo, seco, resonó en el piso superior. Lo consideró el resultado lógico de las ventanas abiertas, hasta que reparó en que todas, incluso las del ático, estaban cerradas.

No subió. Prefería no saber. Al día siguiente encontró el pomo de la puerta del desván en el escalón, partido en dos. Lo dejó en la repisa, convencida de que podrían ser polillas o el tiempo.

Esa semana hubo otras pequeñas señales: un olor dulzón que venía de la parte más baja de la casa, justo donde la piedra empezaba a empaparse por las lluvias; como a tierra húmeda mezclada con frutas pasadas. Se convenció de que la casa, después de décadas vacía, estaba todavía digiriendo sus miedos y secretos, y que con el tiempo aprendería a adaptarla a las leyes del siglo XXI.

El viernes por la mañana, mientras hacía una foto para su blog, notó algo extraño en la esquina del visor. Una silueta. Una sombra. Revisó las imágenes y allí estaba: un contorno difuso junto a la cortina, nada concreto pero imposible de negar. Se dijo que era la luz, pero guardó la cámara en el fondo del armario.

Empezó entonces a notar la presencia. No una persona, ni un animal, sino la conciencia de que en aquellas paredes húmedas existía algo que no quería ser olvidado ni recordado.

Fue hacia la biblioteca –un cubículo con muebles apolillados y un ventanal ciego por la hiedra– y, a falta de televisión, se dispuso a ordenar los volúmenes. Encontró, tras una hilera de enciclopedias, una carpeta de piel envejecida. En ella había documentos antiguos: certificados de defunción, páginas de periódico, la foto amarillenta de una mujer joven con un vestido largo y sonrisa de medianoche. Detrás de la foto estaba escrito: “Cuando ya no puedas verlos, sabrás que estás a salvo”.

La frase le revolvió el estómago. Releyó dos veces los papeles, comprobando con escalofrío que todos los registros correspondían a personas fallecidas bajo ese techo. El último, fechado en 1978, describía la muerte de dos hermanos; los padres afirmaron que se trató de un escape de gas, pero la prensa local susurraba sobre juegos prohibidos en la casa, sobre voces que los niños oían detrás de las paredes, sobre aquel tercer dormitorio en el que nunca amanecía buena luz.

Aún así, Marta decidió quedarse. No era supersticiosa. No iba a dejar que los rumores o los papeles torcidos decidieran su vida.

El sábado fue haciendo limpieza profunda en el sótano, iluminando con una lámpara vieja cada esquina. Encontró, bajo la escalera, una trampilla. Al abrirla, el hedor dulzón la golpeó en pleno pecho, casi haciéndole vomitar.

El habitáculo era pequeño; apenas cabría una persona en cuclillas. Dentro, vio una manta, muñecas descabezadas, montones de polvo y, a un lado, una cajita de música oxidada. Cuando la tocó, sonó una melodía infantil. Los acordes disonantes parecían retorcerse en el aire, arrastrando consigo fragmentos de un tiempo que se negaba a morir.

Por la noche, al acostarse, escuchó la misma melodía, suave y lejana, como si el propio suelo de la casa la susurrara. Soñó con una niña de cabellos rizados, sentada en el alféizar de la biblioteca, tarareando y mirando a través del cristal una neblina donde flotaban otros niños, todos con la boca demasiado grande y una expresión demasiado callada.

No lo contó a Clara aquella vez que fue a visitarla con una botella de vino tinto y el chisme del barrio. A Clara prefería no asustarla, ni tampoco admitir que ella misma iba quedándose sin explicaciones racionales. Pero las horas siguientes al sueño coincidieron con un extraño fenómeno: las habitaciones parecían encogerse, los pasillos nunca llevaban adonde debían, y el ventanal de la biblioteca comenzó a empañarse desde dentro, mostrando marcas de dedos pequeños.

Marta decidió pedir ayuda a un experto en fenómenos paranormales, a regañadientes y convencida de que se reiría de sí misma después. Fernando, que venía de una familia de espiritistas, llegó a las siete de una tarde lluviosa, con su maletín de medidores, grabadoras, y una cámara térmica que desplegó con una parsimonia casi cómica.

Charlaron en la cocina mientras las sondas hacían su trabajo. Alonso del Río, el médium, se mostraba discreto pero inquieto. “Esta casa no quiere que estemos aquí”, murmuró al poco. “Hay recuerdos que se niegan a ser olvidados. Es peor cuando no son de nadie, cuando la propia casa los crea.”

La sesión transcurrió entre grabaciones y oraciones. Nada espectacular, ni voces desgarradas ni objetos flotando. Fernando se marchó, dejándole una tarjeta y la frase: “Si nota que los espejos la miran distinto, márchese. De inmediato”.

Marta optó por no pensar más en el asunto y se refugió en la rutina. Sin embargo, la casa no se rindió.

Un mediodía, al regresar del supermercado, encontraba un reguero de agua dulce subiendo la escalera. La siguió, escalón a escalón, hasta el tercer dormitorio –ese donde la luz del este siempre rebotaba sucia, como si las paredes sangraran sombras– y allí, vio a la niña.

Estaba de espaldas, el cabello empapado, la bata opaca por el agua. No podía ser real; los músculos de Marta se tensaron. La niña se giró lentamente y, con una voz que parecía brotar de miles de bocas, musitó:

—¿Quieres jugar conmigo?

La visión se disolvió en neblina. Marta se dejó caer al suelo. Cuando recobró la conciencia, estaba sola otra vez, la habitación en penumbras, la alfombra empapada y, de nuevo, las marcas de dedos en el ventanal. Salió corriendo, dejando las luces encendidas, y pasó la noche en un hotel barato.

A la mañana siguiente, el miedo se mezcló con la obstinación. “No voy a dejar que esto me derrote”, se dijo, y regresó a la casa, armada con sal gruesa, velas, y todos los amuletos que había conseguido reunir. Pasó de habitación en habitación, arrojando sal en los rincones, rezando letanías aprendidas al vuelo.

Al llegar al sótano, bajo la trampilla, la temperatura bajó en picado. Oyó la música de la caja, pero esta vez era agónica, como si un dedo invisible la raspara a ciegas. De pronto, vio una figura en el umbral: la mujer de la foto encontrada, mirándola con una sonrisa líquida y negra, los dientes hileras infinitas de vidrio.

Estaba paralizada. No podía moverse, ni hablar. “Cuando ya no puedas verlos, sabrás que estás a salvo”, cruzó la frase en su mente como un relámpago.

La espectral mujer alargó la mano. Marta no sabía si huir o gritar, pero algo dentro se rompió: se enfrentó a la aparición, exigiendo que se fuera, que la dejara en paz.

—Ellos están aquí porque tú los trajiste —susurró la mujer—. Esta casa solo existe en las mentes rotas. Ahora eres parte de ella.

La visión se disolvió en un remolino de viento helado que, al pasar, extinguió todas las velas.

Despertó en su cama, débil, la garganta seca. Todo parecía en orden, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, al levantarse, encontró las marcas de niñas pegadas en cada pared, en cada espejo de la casa, y las huellas de agua llegando hasta su habitación.

Comenzó a pensar que, acaso, nunca habría salvación.

Ni para ella, ni para la casa.

Al salir por la puerta principal para pedir ayuda, miró atrás.

Por la ventana, la niña la observaba, inmóvil, la sonrisa oscura y quieta. Un instante después, Marta comprendió que la cara era la suya, estirada en un gesto imposible, y que, en realidad, hacía ya mucho tiempo que la casa la había atrapado.

Solo cuando dejó de ver a la niña, supo, con un escalofrío de hielo, que ya no estaba a salvo.

Esa noche nadie oyó sus gritos.

A la mañana siguiente, para los vecinos, la casa seguía igual que siempre: las ventanas empañadas, la puerta entornada y, en la entrada, sobre la piedra fría, una huella diminuta de pie infantil. Dentro, la misma melodía rota, dando vueltas en la caja de música, mientras la casa dormitaba, a la espera de su próxima huésped.

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