Portada del relato El Umbral del Olvido
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Será feliz la casa —respondió el tabernero.

Duración: 12:48

El Umbral del Olvido
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Como cada tarde, el sol se retiraba con desgana entre las colinas despobladas, cediendo el cielo a una manta de nubes cuajadas de sueño y una incipiente negrura. En mitad de ese paisaje marchito, la Casa Almeida yacía como un monstruo varado de largas fauces tapiadas, sus ventanas llenas de telarañas y recuerdos polvorientos que no eran recuerdos, sino manchas de humedad arrancadas al tiempo.

Ningún visitante atravesaba el portón oxidado desde hacía años. Los más atrevidos, jóvenes tentados por las leyendas y las apuestas estúpidas, rara vez llegaban más allá del jardín de maleza: bastaba el crujir de una rama seca, la vibración incómoda en la nuca, para que salieran espantados. Las historias abundaban —o eran falsedades, o eran ecos distorsionados de la realidad, pero poco importa—: voces ahogadas tras los muros, luces intermitentes en el desván, figuras breves tras los visillos raídos. Decían que la casa devoraba memorias y dejaba tras de sí el olor pálido del terror.

En una tarde sin viento, Jerónimo Llosa llegó al pueblo. Era un hombre de mediana edad, barba descuidada y mirada poco dada a titubeos. Llevaba consigo una carta sellada con lacre rojo y la noticia, extendida como una enfermedad, de que era el último Almeida, heredero del caserón maldito. Sus pasos no despertaron mayor revuelo en la fonda que un par de cuchicheos y algunas miradas agrias: todos sabían a dónde iba, pero nadie se atrevió a disuadirlo.

—¿Y si no vuelve? —preguntó la camarera al dueño, cuando Jerónimo se hubo marchado tras tomar solo una copa de brandy.

—Será feliz la casa —respondió el tabernero.

La luna ascendía a pasos lentos cuando Jerónimo se detuvo ante el portón y extrajo de la carta una vieja llave ennegrecida. Dudó apenas un momento: la noche era gruesa, parecía plegarse sobre sí misma en aquel lugar infausto. Pero, como hombre de razón, no temía a los cuchicheos infantiles del pueblo.

El portón cedió tras dos empujones, dejando ver el sendero de grava devorado por la hierba. Subió los escalones del pórtico y, por un instante, le llegó el eco de una música remota, como si tras los cristales marchitos algún gramófono sonara aún, olvidando la muerte de quien lo había dejado girar. La puerta gimió largamente al abrirse.

Jerónimo encendió la linterna que llevaba colgando al cinto y avanzó por el vestíbulo. El polvo flotaba en haces huidizos. Los retratos antiguos lo observaron un momento, luego parecieron cerrar los ojos: las figuras vestidas de gala —bisabuelos, tíos muertos en lejanos accidentes, primos que nunca habían existido— apenas reconocían en él la sangre desgastada de la familia. El silencio, grueso y palpitante, se extendía desde la sala principal a la escalera y a cada una de sus setenta y siete estancias.

Empezó el reconocimiento de su herencia por la biblioteca. Allí, los libros se agrupaban en filas rotas, con páginas que el tiempo había soldado. En el rincón más oscuro, una pintura mostraba a un niño que no debía haber existido jamás: la boca pequeña torcida en una mueca, los ojos de un azul sobresaltado y antinatural. Jerónimo se apartó de la imagen con nerviosismo. ¿Qué era lo que le incomodaba de aquel retrato? Quizá esa mirada, que parecía susurrar cosas que uno no debía oír.

Continuó la inspección, evitó la cocina —donde una capa viscosa de antiguas grasas absorbía la luz— y subió por la escalera con baranda tallada, sintiendo un peso en los hombros que no era puro agotamiento. En el segundo piso, el corredor estaba atestado de reliquias, lámparas apagadas, gabinetes con cristales empañados y una hilera de puertas cerradas. Una, la última al fondo, tenía un pomo manchado, como si lágrimas oscuras hubieran brotado de él.

No supo decir por qué sintió la necesidad de abrirla enseguida. Lo hizo, y en la negrura encontró una habitación circular, pelada de muebles, salvo por una silla al centro. Allí, empapado en la sombra, había un cuaderno abierto. El polvo no tenía huellas, las motas navegaban apacibles en la penumbra.

Jerónimo hojeó el cuaderno. La letra era de una mujer —alguna bisabuela, o tía gobiernera, quizá— y las frases titilaban como las luces de una tormenta lejana:

“Esta casa respira. No duerme cuando nosotros dormimos. Hay una humedad bajo las paredes, pero no es agua. Mis hijos la oyen: dicen que les llama durante la noche. Yo también la he oído gemir, pero juro no escucharla, porque escucharla es invitarla… Vi algo cruzando el umbral, una sombra apenas, y desde entonces el reloj gira en sentido contrario cada madrugada. Rezo… No soy escuchada.”

El último párrafo terminaba en un surco, la tinta corrida, como si la mano se hubiese estremecido o alguien —alguien impaciente— hubiese arrancado el cuaderno.

Jerónimo dejó la habitación. El aire era más denso, y no sólo en aquel cuarto.

Pasó la noche en el estudio. No encendió el fuego; el frío no era mayor que el de los recuerdos y, en cierto modo, le asustaba el estallido repentino del hogar. Bebió del termo que traía consigo. Por la ventana, vio que un perro flaco cruzaba el patio, levantando el hocico hacia donde ningún olor podía guiarle. A medianoche, la casa vibró. Fue un temblor sutil, como el de un músculo enfermo.

Abrió los ojos de golpe. Escuchó pasos al otro lado del pasillo. Lentamente, pasos arrastrados, desplazándose por el polvo, deteniéndose junto a la puerta y después alejándose, casi danzando. Enmudecido —el miedo, como una soga impalpable, se deslizó desde su garganta a sus muñecas— se levantó, salió al pasillo y dirigió la linterna a la oscuridad.

Nada, salvo puertas cerradas y una cortina agitada por el aire irreal.

Aquel fue el primer sueño de Jerónimo en la casa de los Almeida. O eso quiso creer por la mañana, cuando el sol apenas conseguía filtrar un pálido resplandor entre las nubes. Creyó haber dormido. Se convenció de que el temblor de la casa eran las maderas viejas y los pasos, acaso roedores inquietos en el tabique. Así obramos todos: la razón es el escudo último.

Dedicó la segunda jornada a un inventario de las habitaciones. En la mayoría, la madera había absorbido la humedad hasta las entrañas; en otras, en cambio, el aire olía a pis de gato viejo, a papeles fermentados en el silencio. En el desván, bajo montones de baúles, halló una caja de juguetes y una serie de cartas de amor envueltas en un pañuelo desteñido. Pero era una muñeca de porcelana la que atrajo su atención. Tenía los ojos partidos, la boca pintarrajeada y, mucha atención, tocando sus brazos se percató de que alguien —¿algún niño, alguna mano adulta y cruel?— había tallado diminutas frases en la cerámica: “Teme las noches”, “No olvides la llamada”, “Una vez dentro, nunca saldrás”.

Guardó la muñeca en su maleta. El sol se extinguió temprano esa noche, y la linterna empezó a fallar, como si las pilas envejecieran con los relámpagos. Jerónimo encendió una vela, dispuesto a cenar un trozo de pan duro y otro vaso de brandy. Desde algún rincón del patio llegó el llanto dilatado de un animal, vibrando sobre las piedras. Era un sonido extraño, hondo y persistente; después, el chirrido de una puerta y algo que correteaba por los aleros.

En la madrugada, sintió una presión sobre el pecho que no era sueño. No podía moverse, ni gritar, y en el rabillo del ojo distinguió la figura oscura y encorvada junto a su cama, con dedos largos como zarcillos y un rostro tan difuso que sólo podría pertenecer a la tristeza o al humo. Sintió —más que oyó— un lamento a su lado, como si la casa aspirara el aire que él respiraba. Pero, tan pronto como pudo apartarse, la figura desapareció y sólo la oscuridad volvió a reinar.

Amaneció sudoroso. Ya no era posible explicar racionalmente lo ocurrido. Cuando se miró al espejo del baño —rayado como si uñas hambrientas lo hubiesen rasguñado por dentro— notó en su cuello marcas violáceas. No recordaba haberlas tenido antes.

Los días siguientes se convirtieron en un desfile de imágenes cada vez más opacas. Los relojes de la casa retrocedían de madrugada, las cortinas se agitaban aunque no hubiera viento y, a menudo, los retratos intercambiaban posiciones o parecían mostrar otros rostros, algún detalle menos familiar en cada vuelta: ojos más hundidos, bocas curvadas en rictus de burla. El frío había anidado bajo las tablas y ningún fuego bastaba para disiparlo.

Decidió escribir una carta a su hermano, invitándolo a pasar una temporada. Si la casa estaba llena de espectros, afrontarían juntos la tormenta. No recibió respuesta.

A menudo se encontraba frente a la puerta circular del cuarto de la mujer del cuaderno. Nunca conseguía recordar si él la cerraba o si amanecía así. Oía llantos de niño, breves carcajadas y, una vez, ruidos sordos tras las paredes, como si alguien golpeara o arrastrara un baúl desde el otro lado del tabique. Decidió forzar una de las tablas: al hacerlo, encontró un pasadizo estrecho, tan bajo que solo podría avanzar arrastrándose.

Pero algo le decía, algunos resuellos y soplos de aire caliente, que no debía intentar recorrerlo, que la casa estaba viva y sería su prisión eterna si se atrevía a cruzar un umbral inadecuado. Comprendió, ante ese hueco, lo que había escrito la mujer: “No escucharla es la única defensa”. Cerró el boquete a martillazos, aun sabiendo que lo que acechaba detrás tomaría pronto otra forma, buscaría algún otro modo de salir.

A la tercera semana, Jerónimo dormía por lapsos cortos y salía poco de la sala principal, donde había colgado una campana para repeler a los espíritus. La campana, cada madrugada, vibraba por sí sola —con una música aterradora— justo a la hora en la que el reloj del vestíbulo bailaba con sus manecillas hacia atrás.

Empezó a confundir su reflejo con los rostros pulidos de los antepasados. Se sentaba en la silla circular del cuarto prohibido y apretaba la muñeca de porcelana, preguntándose cuánto le quedaba de humanidad y cuánto había heredado, sin saberlo, de la locura que devoró a los Almeida. Una noche, desvelado, creyó ver de nuevo esa figura encorvada —más nítida esta vez—, con los ojos vacíos y el mismo aire de tristeza insalvable. No lo atacó, apenas cruzó la estancia y se detenía justo frente a la ventana, mirando afuera, esperando. ¿Qué cosa espera un espectro? ¿La llegada de otro a quien colmar de su desesperación?

Llegó la tormenta final. Los truenos caían como andanadas de látigos y la casa tembló, viva, rugiente. Abajo, en la bodega, Jerónimo escuchó el fragor de muchas voces. Descendió, ebrio de miedo, linterna débil en mano. Las paredes parecían sudar y cada azulejo brillaba como un diente carcomido. Al fondo, tapada hasta entonces por una lona, distinguió otra puerta pequeña. El pomo estaba también manchado, como la del piso superior.

Ya sin creencia en la salvación, abrió.

Allí se apiñaban fragmentos de objetos sin dueño: zapatos diminutos, cabellos trenzados, recortes de periódicos, y al fondo, bajo el fulgor de la linterna, una hilera de caras pálidas, espectrales, niños espectros de ojos desorbitados y bocas torcidas. Apenas sonidos: lamentos contenidos, manos extendidas. La sombra encorvada emergió detrás de ellos: sus ojos eran como la medianoche más antigua, y la boca, un abismo de pena.

La última frase que Jerónimo escuchó no fue en voz humana, pero la comprendió:

—Ahora te toca habitar este umbral.

Abandonado de toda cordura, intentó balbucear una oración, pero la oscuridad, viscosamente, se cerró sobre él.

En la fonda del pueblo, la noticia se confirmó semanas después: nadie había visto a Jerónimo Llosa abandonar la finca. Alguien aseguraba haber visto una nueva figura en el retrato del vestíbulo de los Almeida, justo al lado del niño de ojos azules: la barba estaba descuidada, la mirada perdida, apenas visible tras la capa final de polvo. La casa vivía; y quienes se aventuraban más allá de su umbral se convertían poco a poco en ecos de su condena.

Así imborrable, en el ancho pecho de la noche y la piedra, la Casa Almeida continuó respirando sueños rotos y gravando en su memoria, inexorablemente, las sombras de cuantos osaban heredar un lugar donde todo lo que existe ya fue soñado… y perdido.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.