Portada del relato La otra casa
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Fragmento:


Una noche, alguna semana después, me desperté tras un grito; lo oí, lo juro. Un alarido breve, cortado, surgido de la cocina. Fui, tambaleante y sin pensar, descalzo, en calzoncillos, con el batiente de la puerta como único consuelo. Nada ahí: solo el refrigerador abierto, alguna caja de cartón desparramada por el suelo. Pero lo que me descompuso no fue el desorden: fue el reflejo en la ventana del patio trasero.

Duración: 10:13

La otra casa
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Texto de ajuste de pausa.

El 38 de la calle Durham nunca fue presentado como “la casa de tus sueños”. Ni por el agente inmobiliario ni por los vecinos que bajaban la mirada cuando la pasabas de largo. Era solo “el 38”: ni tan vieja como para ser victoriana ni tan nueva como para sentirse segura. Una morada sin época pero con un olor persistente, como de flores marchitas pegadas en la solapa de un muerto en su ataúd cerrado hace semanas. Nadie la celebraba. Nadie quería hablar mucho de ella.

Yo la elegí porque me urgía una salida. Un divorcio complicado, trabajos perdidos, padres lejanos que no contestaban al teléfono. A prueba de desesperación: así la vendían. Acepté las humedades y el recibidor oscuro, los chirridos como de ratones metálicos. Era eso o compartir piso con desconocidos, volver a las habitaciones de alquiler —peores fantasmas, pensé entonces—. Así que firmé con mano temblorosa y la llave mordió mi pulgar.

No sucedió nada. No venían ráfagas de aire frío, no crujían las paredes por la noche más allá del eco de mis propios pasos. Dos meses después, apenas dormía, pero la achacaba a la soledad. El insomnio, me decía, tiene dientes largos y frío constante. Oía la nevera toser, el suelo protestar bajo el peso invisible de años de descuido. Nada sobrenatural. Hasta que una noche confundí el azulejo del baño con una baldosa floja y tropecé; cada parte de mi cuerpo tocó el suelo helado, pero mi mejilla rozó algo más: un leve temblor, casi un segundo pulso bajo la frialdad.

Me convencí de que solo era mi imaginación, pero el toque me siguió, como una corriente eléctrica bajo la piel. Lo peor eran los sueños. En los primeros, la casa me expulsaba, arrojándome escaleras abajo. En los siguientes, la casa me llamaba, y yo atendía, sonámbulo y dócil. Caminaba buceando en el corredor, sin distinguir si era de noche o de día, hasta despertar colapsando contra el viejo ventanal de la sala, con la frente hecha una masa de sudor y miedo, y la calle desierta al otro lado.

La casa, de día, ofendía con su vulgaridad. Las paredes, de un tono marfil indescifrable, parecían sucias incluso recién pintadas. El suelo crujía con cada paso, pidiendo cuentas; los espejos empañados devolvían formas deformes, no rostros. Unas manchas grises bajo el papel pintado comenzaron a extenderse, discretas al principio, luego en siniestros mapas. Una tarde intenté arrancar un trozo y expuse la capa húmeda de yeso, donde sobresalían marcas: líneas como con tiza, letras temblorosas que no tenían sentido en ningún idioma, y una fecha: 1967, varias veces repetida, una caligrafía infantil hecha con dedos manchados.

Un círculo a lápiz como una boca gritante empezó a obsesionarme, susurrando promesas de descanso: “Aquí puedes quedarte. Aquí ya no dolerá”. Era absurdo. Nadie susurra desde una mancha de pared, pero mientras más trataba de taparla con muebles y cuadros, peor era: en mis sueños la boca crecía, tragaba todas las puertas. Pronto empecé a escuchar cosas al despertar: arañazos a mis pies, risas ahogadas donde solo había moho y vacío, el ascenso gradual de un frío específico que salía del suelo y subía como marea helada por las pantorrillas hasta dormirme los muslos.

Una noche, alguna semana después, me desperté tras un grito; lo oí, lo juro. Un alarido breve, cortado, surgido de la cocina. Fui, tambaleante y sin pensar, descalzo, en calzoncillos, con el batiente de la puerta como único consuelo. Nada ahí: solo el refrigerador abierto, alguna caja de cartón desparramada por el suelo. Pero lo que me descompuso no fue el desorden: fue el reflejo en la ventana del patio trasero.

No era yo.

Porque ahí, justo tras mi hombro derecho, estaba el rostro de una mujer con la boca tan abierta que el grito podría haberme tragado entero. Y esos ojos inmóviles que tenían lágrimas secas y oscuras sobre las mejillas. Parpadeé y desapareció. O eso quise creer. La sombra plantada detrás se desintegró en la persiana, y la cocina se congeló al instante. Me obligué a sentarme. Dije mi nombre en voz alta —“Paul… Paul”— una costumbre infantil. Pero la voz me tembló. El grito rebotó bajo la lengua. No era eco lo que escuché de vuelta, sino un susurro, tan bajo y tan mojado que lo confundí con el sonido de mis manos frotándose contra mis muslos sudados: “¿Sigues aquí?”

Comencé a beber, nada original. Lo sé. Whisky barato, botellas nunca terminadas. El insomnio empeoró con el licor. Quise irme, pero el contrato era una soga: pagar rescisión, depositar en otro sitio, encontrar a alguien que aceptara el 38 de la Durham. Empecé a trabajar desde casa, a vivir ahí día y noche. Las manchas de humedad siguieron creciendo, y el olor se hizo una nube espesa, amarga y a la vez dulzona. Una amiga vino a verme una tarde; al abrir la puerta me miró y, sin querer, retrocedió un paso. “No tienes buen aspecto”, murmuró. Dijo que la casa olía “como a flores muertas” y no se quedó ni veinte minutos, inventando una excusa para marcharse.

Esa noche la casa cambió el tono de su hostilidad. Las puertas se cerraron todas de un portazo a la vez, como si un viento mudo hubiera barrido cada rincón. En el baño, mientras orinaba, escuché pasos pequeños bajando por el desagüe. Me senté en la banqueta del pasillo, estiré la pierna adormilada y sentí un frío como si una mano húmeda saliera literalmente de las tablas y, con descuido, intentara tocarme el tobillo. Grité, insulté a la casa, la desafié. El silencio fue total, inhumano, como si hasta el aire hubiera dejado de circular.

No fui a trabajar allá afuera por semanas. La casa no solo era mi prisión: era mi carne. Dormía mucho, pero nunca descansaba. La voz de la mancha crecía y cambiaba de idioma; por momentos parecía reír o cantar. A veces murmuraba nombres que no reconocía. Y la mujer del reflejo en la ventana del patio empezó a aparecer más a menudo, y más cerca: primero en las superficies espejadas, después en el hueco de la escalera, luego, al encender la luz, en el rabillo del ojo, como una sombra detenida que respira grueso.

Mi salud se deterioró. Perdí peso. Los dientes se me aflojaron. ¿El miedo podía hacer eso o era el agua, la comida, la humedad? El médico me diagnosticó depresión y me recetó pastillas. No las tomé porque la mancha, ahora más extensa, me dijo: “Ya casi termina”. No era una voz en mi cabeza. Era un sonido en la carne de la pared, como retumbar de órganos podridos.

Un día el cartero golpeó. Me costó salir de la cama, puse los pies en el suelo y la misma mano fría me detuvo. Me resistí. Me arrastré como pude hasta la puerta. Abrí y el sol me golpeó como un insulto. El cartero dejó la carta en el piso, sin mirarme. Recogí el sobre y al cerrar la puerta volví a la sombra, a la humedad, al olor inenarrable de la caída.

Esa carta era la última factura que podría pagar. Lo supe entonces: la casa no se rendiría, y tampoco yo. Era un pulso entre dos cosas cansadas que se negaban a morir. Busqué en el portátil la historia del 38 de Durham. Casi nada: una nota sobre un incendio en el 67, un párrafo confuso sobre una mujer hallada carbonizada en la escalera, un testimonio de un niño salvado in extremis. Eso era todo.

A las tres de la mañana de aquella noche final, la casa comenzó a temblar, pero solo por dentro. Las puertas susurraron, cada mancha exhaló su hedor. Caminé como sonámbulo al recibidor, arranqué el papel, escarbé en el yeso hasta que mis uñas sangraron. Encontré la boca dibujada —fétida, casi viva— y debajo un agujero tan pequeño que apenas cabía mi mano.

Toqué fondo; literal y figuradamente: algo de metal frío, una pulsera infantil, restos anudados de algo que podría ser cabello o piel. No lo traje a la superficie. La boca del dibujo me parecía vibrar, comprometerse a engullirme si intentaba robarle los recuerdos.

Me senté al pie de la escalera y tardé en oír los pasos. Primero arriba, luego abajo, luego por encima de mí. Pisadas indecisas, temblorosas. Y entonces el llanto. Un niño. No, varios. Llorando, balbuceando canciones que nunca aprendí en mi niñez. Y la voz de la mujer, más cerca y más clara que nunca.

—¿Te quedarás? —me preguntó. No habló con palabras, sino con ese tono húmedo debajo de las cosas, ese lamento de pasillo.

Yo quise decir que no. Quise huir, romper la puerta, arrojarme a la calle. Pero el frío abrazó mis tobillos, escaló mis muslos y me sujetó la garganta. En ese momento, supe lo que los anteriores inquilinos supieron: la casa elegía, no aceptaba intrusos. Había otro hogar aquí, debajo del visible, tejido en las capas de moho y yeso, y ese hogar solo pedía una cosa: quedarse, no encontrar nunca la salida.

Cómo salí del 38 de Durham, no lo sé del todo. Recuerdo, fragmentado, el amanecer y el golpe violento de luz entrando por la ventana, y al cartero que volvió a dejar el sobre, esta vez sin mirarme siquiera la sombra. Me arrastré fuera, la casa enfurecida detrás, gritándome con todas sus voces prestadas.

Nunca volví. Ni pasé cerca. Pero a veces, cuando duermo en pisos nuevos o en casas prestadas, oigo esa vibración reptante por el suelo, el rumor de pasos pequeños y puertas cerrándose todas a la vez. Y sé que la boca sigue ahí, hambrienta, esperando paciente que algún otro desesperado acepte su hospitalidad.

Y a veces, debo admitirlo, escucho a la mujer justo detrás de mí, justo en la grieta del vendaval, invitándome a volver a casa, donde nunca duele, donde siempre es de noche, donde nunca fue hogar.

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