Fragmento:
En el comedor principal, una mesa de roble se extendía bajo un candelabro de araña, y sobre ella, dispersos, había antifaces desvaídos, plumas destrozadas y una copa aún medio llena de un vino que, de pronto, Brendan pensó, nunca debió dejar de servirse. Intentó tomar uno de los antifaces, pero estaba adherido a la superficie por una especie de limo invisible, frío como el rocío nocturno. Lo dejó, inquieto. El reloj de pie marcó las once con su llamada temblorosa y, en ese instante, la niebla murmuró.
Duración: 10:28
Enero. Durante la noche, la niebla parece un organismo reptante, acechando las esquinas, velando con dedos húmedos las casonas abandonadas del distrito viejo de Perth. Hay lugares por los que la niebla siente predilección; uno de ellos, repetía la voz temblorosa de los ancianos junto al fuego, es la mansión de Rowan House, olvidada en lo alto de una colina que ni los mapas modernos parecen recordar con precisión. Brendan Hargreaves, quien nunca había creído en historias de fantasmas, se enteró de la mansión por accidente, hojeando los archivos de la biblioteca con el ánimo curioso de quien busca material para un artículo que deslumbre a editores y lectores ávidos de sensaciones fuertes.
No era poca cosa que la casa hubiera permanecido intacta después de los siglos, sus jardines devorados por la maleza y con ventanas que, decían, espiaban de regreso. Había sobrevivido al abandono total, las guerras, el fuego que devoró otras moradas de la zona, las profanaciones e incluso las miradas indiscretas de exploradores nocturnos que, según muchos, nunca lograban llegar hasta la puerta principal sin ser reconvenidos, por el frío, por la niebla o, a veces, por algo más.
Brendan llegó la noche más brumosa de enero, con la humareda pesada empapando sus ropas y el resuello pegajoso en los labios. Era tarde, pero el entusiasmo y la dosis justa de whisky disipaban la prudencia. Atravesó el portón de hierro, carcomido y retorcido, y subió por el sendero de piedras medio ocultas, con el farol de mano desprendiendo pedazos de luz ahogada. Un perro aulló a lo lejos, y Brendan lo interpretó como un comentario sarcástico del destino. Ni el ladrido, ni la presencia de ramas huesudas como garras, lo detuvieron.
La puerta, majestuosa y reseca, cedió con un chirrido tan prolongado que pareció cargar siglos de súplica. El hall se reveló: un vestíbulo ancho, forrado de espejos que devolvían una imagen difusa, como cubierta siempre por un velo de gasa sucia, aunque Brendan se limpió los cristales y comprobó que era la niebla quien había decidido morar allí. Entró, guiado por un impulso antiguo y sediento. El aire era espeso, y la impresión de que no estaba solo—de que la propia casa respiraba con él—se hizo cada vez más tangible.
Caminó por las habitaciones, tanteando las paredes empapeladas; cada paso levantaba un sordo eco amortiguado por alfombras cubiertas de polvo y telarañas. Las cortinas, desacatadas, oscilaban por corrientes que Brendan no sentía en su piel. Descubrió, con la linterna, los trazos de un carnaval antiguo pintados en los techos: rostros ocultos tras máscaras venecianas, criaturas danzando en procesión, ojos que asomaban tras aberturas de cartón y terciopelo, insinuando alegría perpetua. Pero los colores, que debieron ser vivos, parecían ahora aspirados por la niebla, pálidos y marchitos como la memoria de una pesadilla.
En el comedor principal, una mesa de roble se extendía bajo un candelabro de araña, y sobre ella, dispersos, había antifaces desvaídos, plumas destrozadas y una copa aún medio llena de un vino que, de pronto, Brendan pensó, nunca debió dejar de servirse. Intentó tomar uno de los antifaces, pero estaba adherido a la superficie por una especie de limo invisible, frío como el rocío nocturno. Lo dejó, inquieto. El reloj de pie marcó las once con su llamada temblorosa y, en ese instante, la niebla murmuró.
No fue un sonido corriente; era una voz amortiguada, lejana, indescifrable, brotando desde los espejos empañados. Se volvió, buscando el origen de ese susurro; cada espejo parecía capturar fragmentos de su reflejo, descomponiéndolo lentamente. Brendan sintió que su silueta era absorbida por esas superficies polvorientas. A cada parpadeo, la niebla en la casa parecía más espesa, más densa, hasta que la estancia entera quedó sumida en una blancura lechosa donde sólo él, los espejos y los antifaces sobresalían como islas en medio del olvido.
Avanzó, rozando las paredes con los nudillos. En el corredor de los retratos, las figuras aristocráticas, con rostros tenebrosamente carentes de facciones, lucían máscaras doradas y plateadas. Un sudor frío le corrió por la nuca; juraría haber visto, bajo los antifaces, el parpadeo húmedo de un ojo, furtivo, consciente de su presencia. El pulso se le aceleró y consideró huir, pero algo le sujetó: la certeza absurda de que llevarse una historia verdadera de la casa, una historia que superase el folclore, era más importante que su propia inquietud. Dudó. Dio otro paso.
Al final del corredor, distinguió una puerta más baja que el resto, tallada con filigranas que representaban, nuevamente, máscaras de fiesta. La abrió, y se vio en una antesala cubierta de espejos enfrentados, como si el lugar fuera un vestidor de artistas fantasmales. El aire era gélido y olía a cera vieja y humedad estancada. Se acercó al espejo central y sacó su pañuelo para limpiarlo, pero descubrió, de inmediato, que el vaho estaba del otro lado del vidrio.
Percibió, detrás de sí, un silbido leve, apenas un roce de tela. Se giró, sólo para enfrentar su propio miedo. Sobre el diván, había una máscara blanca, de facciones finísimas, casi demasiado perfectas. Algo lo impulsó a tocarla, y cuando lo hizo, la habitación pareció latir, y la niebla se arremolinó dentro del espejo. Vio un fulgor azulado y entonces… un rostro. No era el suyo; era el de una mujer joven, pálida, de ojos anchos y hundidos, luciendo una máscara idéntica a la de sus manos, que en ese momento se ceñía involuntariamente sobre su propio rostro.
Intentó gritar, pero ningún sonido escapó de su garganta. Los cristales reverberaron, cada uno mostrando escenas diferentes: un salón repleto de figuras enmascaradas danzando torpemente, una procesión en la niebla, risas distorsionadas, miradas friolentas, y siempre, al fondo, la mujer de la máscara blanca, mirándolo a él. Comprendió, con un escalofrío, que los espejos no reflejaban una realidad sino otra, paralela; tal vez un carnaval sin fin sepultado en las entrañas de la casa. La máscara apretaba sus mejillas, fría y pegajosa, fusionándose con su rostro.
Forzó a abrir los ojos, a despegarse del hechizo, y retrocedió, tropezando con el diván. Todo se estremecía: el suelo, los pechos de las paredes, incluso el aire, como si la casa se preparara para celebrar un banquete con él como invitado central. Se despojó de la máscara y la arrojó lejos, pero la niebla la engulló. El eco de una risa, aguda, infantil, retumbó desde el vestíbulo.
Salió corriendo de la sala de los espejos, pero el corredor no era el mismo. Se alargaba, repitiéndose en bucles como si fuera una cinta sinfín. Las puertas se sucedían, idénticas, todas decoradas con máscaras, y de todas, poco a poco, emergían figuras etéreas, cubiertas de velos y disfraces roídos, con los ojos negros como túneles. Lo rodearon, flotando a unos centímetros del suelo. Brendan los enfrentó, recuperando el habla sólo para gritarles que no creía en ellos, que no existían, que todo era una mezcla de sugestión, historia y humedad.
No obtuvo respuesta. Las figuras alargaron sus manos indistintas, tocándolo apenas. Donde lo rozaban, sentía el hielo morder sus huesos. Intentó huir: la puerta principal estaba ahora tan lejos como el horizonte. La niebla dentro de la casa era tan espesa que por un segundo pensó estar nadando en ella. Escapó, por fin, tras forcejear con una puerta que cedió bajo su peso, y emergió en lo que parecía un invernadero cubierto; una sala de cristales rotos y estatuas cubiertas por sábanas. Allí, el tiempo era otro.
El silencio era absoluto, la niebla quieta, reverente. En el fondo del invernadero, una figura lo esperaba, inmóvil, enfundada en un vestido antiguo, la cara oculta tras una máscara de porcelana agrietada. Brendan avanzó, avergonzado, tembloroso. El vestido se agitó, y la figura le tendió una mano blanca, huesuda, invitándolo a unirse a su eterno baile. Desde las sombras, otras criaturas enmascaradas esperaban, pacientes.
—¿Por qué han vuelto? —susurró la voz tras la máscara—. Siempre buscan un secreto, una historia, pero somos nosotros quienes escuchamos, escuchamos hasta que se llevan nuestro eco.
La máscara de mujer se removió, y por un segundo Brendan sintió vértigo, como si la estancia entera girara alrededor de ese vacío oscuro que era su rostro. No había rasgos humanos, sólo niebla que se arremolinaba, que amenazaba con succionarlo y, en la turbulencia, reconoció algo inconfesable: un remolino de caras, de nombres, de historias mutiladas, presas también, para siempre, de la mansión.
Forcejeó con el aire mismo, y percibió que el verdadero rostro de la casa era el de la máscara, el silencio detrás de cada antifaz, el eco interminable. Logró abrir una ventana; la niebla se precipitó sobre él, retorciéndose como tela delicada bajo la luz amarillenta del farol que aún colgaba afuera.
Cayó rodando por la ladera, sintiendo las piedras y las raíces rasgando su abrigo, y no paró hasta que la niebla se disipó, y el húmedo césped del valle le devolvió el sabor rancio a vida. Al darse la vuelta, colina arriba, la mansión de Rowan House estaba otra vez muda y quieta, sus ventanas opacas y sin reflejo.
Nunca nadie le creyó por completo, aunque en los meses siguientes, el brillo en su mirada resultó inequívoco. Cuando Brendan volvía a pasar cerca de la colina, sentía el impulso atávico de portar una máscara puesta. Decía que así la niebla no podía reconocerlo, que así el eco de la fiesta eterna no lo reclamaría.
Pero en las noches de enero, cuando la niebla es más espesa y las ramas crujen en el silencio, aún se escucha la música matizada y el roce de tela tras las ventanas veladas. Y si uno afina el oído, es fácil distinguir, entre carcajadas mortecinas, el eco de una voz sin rostro que invita: “Ven y únete al baile. Trae tu máscara. Deja tu nombre”.
Porque la casa no olvida.
Porque la niebla, de vez en cuando, también busca su rostro.
Y tras cada máscara, siempre hay alguien que escucha… esperando.
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