Portada del relato La singularidad de la grieta
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Fragmento:


De pie como pudo, la linterna temblándole entre los dedos, buscó desesperadamente alguna lógica. Nada. De pronto la infraestructura de la casa misma pareció haberse tensado, las vigas crujiendo como si soportaran un peso invisible. Pensó huir, la reacción más básica, pero algo —curiosidad, deseo de enfrentarse al miedo o simple estupidez— le obligó a quedarse.

Duración: 10:29

La singularidad de la grieta
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Texto de ajuste de pausa.

Afuera sólo oía el viento, gimiendo entre las copas de los alerces, pero aquí dentro, en el corazón de la vieja casa de Winifred Lane, era la quietud la que gritaba. Una quietud expectante, casi física, que llenaba la garganta de Hugh de polvo y pesadez cada vez que inhalaba. Había aceptado el reto por cobardía—no por valor—para demostrarle a Letty y sus amigos que todavía era capaz de hacerse el valiente, aun cuando el pánico le acompañara desde la infancia, desde aquellas noches en las que su madre le advertía que no mirase bajo la cama.

Sin embargo, la razón real por la que la aceptó, la auténtica, permanecía tan profunda y enterrada como los cimientos de la casa misma: Hugh había venido a buscar una grieta. O, mejor dicho, la grieta. Esa apertura en el suelo del sótano, relatada por los vecinos como una estrecha hendidura recién formada, en la que, decían, si te agachabas y susurrabas tu nombre, escuchabas una voz como la tuya, pero no tuya, repetirlo en respuesta.

Su herencia—si se podía llamar así a aquel monstruoso caserón al borde del derrumbe—había llegado una semana antes. Era toda una ironía. La abuela Winifred, tan estricta y ceremoniosa en vida, no había permitido jamás a nadie aventurarse más allá de la cocina y el vestíbulo. Ahora, con ella bajo tierra, todo lo demás era suyo. Había ignorado la misiva durante días, hasta que comentó el hecho con Letty entre risas y falsas valentías, y Letty le retó a pasar la noche allí solo. Bastaron esas palabras para comenzar a planear su derrota, su descenso voluntario a la caverna del miedo.

Entró a la casa justo antes del anochecer. El portón chirrió y el eco del golpe rebotó en las paredes descascaradas. Había traído una linterna, una cantimplora, un par de sándwiches y aquella llave pesada que, según la carta del notario, abría la puerta que descendía al sótano. Todo había sido exactamente como lo había revivido en sus peores pesadillas: el silencio, el olor a madera podrida y encierro, las sombras que sucedían a otras sombras, y esa sensación, la más inquietante de todas, de que no estaba realmente solo.

Al principio, Hugh vagó de cuarto en cuarto, forzándose a racionalizarlo todo. La humedad hacía crujir el parquet. Los retratos antiguos —miradas de ojos desbotados—no seguían sus movimientos, aunque costaba convencerse de ello. En la sala, encontró la jaula vacía de un canario; en la biblioteca, montañas de libros, algunos con notas en el margen, caligrafía de la antigua Winifred invocando nombres y fechas.

A medida que el día se escondía, fue imposible rechazar el magnetismo del sótano. Bajó, escalón tras escalón, sintiendo cómo el mundo superior desaparecía tras él. Allí, bajo la casa, incluso el viento parecía ausente, y la temperatura descendió como si hubiese traspasado una frontera invisible. El foco de luz de su linterna cortaba la oscuridad y, por un momento, vio el motivo de toda su atracción: la grieta.

Casi no la distinguió —tan fina, tan larguirucha, su negrura absoluta—serpenteando entre las baldosas de cemento del piso, como la línea de una herida. Recordó entonces el rumor: hablarle, susurrarle un secreto. La voz que devuelve no es la tuya, sino la de quien pudiste haber sido.

Era estúpido, pero el miedo a lo estúpido lo impulsaba. Hugh se hincó, apoyó una mano en el suelo frío, acercó la boca y murmuró su nombre: “Hugh”.

Un segundo después, esperaba risas, sólo la vibración de su propia respiración, pero no; no fue así. Hubo un leve temblor en la piedra y, desde el fondo de la hendidura, surgió una voz —ronca, gastada— un eco… pero torcida, más vieja, vacía de alegría, como si el portador de esa voz no hubiese visto la luz en siglos:

—Hugh… ¿ya olvidaste?

De pie como pudo, la linterna temblándole entre los dedos, buscó desesperadamente alguna lógica. Nada. De pronto la infraestructura de la casa misma pareció haberse tensado, las vigas crujiendo como si soportaran un peso invisible. Pensó huir, la reacción más básica, pero algo —curiosidad, deseo de enfrentarse al miedo o simple estupidez— le obligó a quedarse.

A su alrededor, todo el sótano parecía cambiar sin moverse: una refracción del aire, una superposición de lo cotidiano y lo imposible. Cuando parpadeó, se encontró viendo dobles sombras; la suya, y otra, más oscura, adherida a su silueta pero no concordante con sus movimientos. Cuando levantó la mano, la sombra ajena no lo hacía. Daba un paso, la sombra se mantenía inmóvil.

La voz surgió de nuevo, esta vez más cercana. Provenía de la grieta, pero también de todas partes.

—Búscame arriba… en la simetría.

Hugh negó con la cabeza, como si el acto pudiera disipar la alucinación. El eco de la voz retumbó en las vigas.

Arriba… La simetría…

Repitió esa palabra mientras subía las escaleras tan rápido como pudo sin perder la linterna ni tropezar. Sabía lo que era buscar simetría: la casa estaba plagada de espejos con marcos de cobre, dobles puertas, habitaciones enfrentadas. Winifred había adorado el orden perfecto. Pero nunca se había atrevido a hurgar en la habitación de los espejos, en la planta superior, cerrada siempre con llave mientras la abuela vivía, y ahora, completamente olvidada por el notario.

Mientras subía, los espejos a lo largo del pasillo empezaron a asustarle. Atisbos de movimiento, destellos de imágenes demasiado rápidas para identificar: un destello de cabello largo, una sonrisa torcida, ojos que no eran los suyos. Cerraba los ojos, los abría, y seguía estando él solo. O casi.

Transitó durante minutos, sintiendo que la disposición de las habitaciones se alteraba con cada giro de muñeca. Puertas que daba por cerradas se encontraban abiertas; paredes que parecían más largas, corredores con más cuadros. La casa lucía como si duplicara y redoblara su plano, creciendo o plegándose sobre sí misma. Los objetos —un piano cubierto de polvo, una lámpara rota— se reflejaban en los espejos y multiplicaban sus posibilidades.

Y fue ahí, delante de uno de esos espejos manchados, cuando notó una presencia a su espalda reflejada. Era su forma, pero distorsionada. Su reflejo. O algo que parecía su reflejo. Apenas un parpadeo, pero suficiente: en el cristal, su figura sonreía mientras la suya propio no lo hacía. Dio un paso hacia atrás, y el reflejo imitó el movimiento con un segundo de retraso, como si estuviera respondiendo, no repitiendo.

—Ya casi llegamos, Hugh… —susurró la voz, pero esta vez a su lado, a nivel del oído.

Gritó, retrocedió, tropezó con una banqueta. Cuando la linterna rodó por el suelo, bañando la habitación en saltos de luz y sombra, el reflejo abandonó el marco y comenzó a deslizarse por la superficie del vidrio, como si caminara sobre un mundo líquido, paralelo.

Hugh corrió. El sudor le empapaba la camisa; la campanilla de la casa golpeaba con violencia, aunque no había corrientes de aire. Cada habitación que cruzaba lo arrojaba más lejos en una arquitectura imposible, laberíntica, y su pánico crecía. El suelo crujió bajo sus pies. Detrás, el eco de sus pasos parecía anticiparle.

Al llegar a la séptima habitación, la más lejana, le identificó por haberla visto de niño, siempre cerrada, la que su abuela prohibía rotundamente a todos. Giró la manilla: no ofreció resistencia. Dentro, la habitación estaba atiborrada de espejos: de cuerpo entero, pequeños de tocador, fragmentos, todos enfrentados y multiplicándose hasta el vértigo. La linterna iluminó un centenar de Hughs, pero sólo uno en realidad.

Y, entre todos ellos, uno avanzó hacia él, reventando la lógica: era él pero más pálido, hundido, con ojeras. En sus ojos brillaba una tristeza ausente de humanidad, la frustración de quien ha esperado demasiado.

—Sabe a humedad aquí abajo… ¿no es así? —dijo el otro Hugh, la voz no suya, y alzando la mano, la apoyó contra la superficie del espejo. —¿Sabes lo que hay al otro lado? Aquí, bajo la casa, lo sentimos todos: los que aceptaron la grieta, los que susurraron y luego no pudieron regresar.

El miedo de Hugh se convirtió en desesperación: deseaba huir, arrancarse de ese lugar, pero también una pregunta, oscura y perniciosa, clamaba por respuesta: ¿qué sería de él si atravesaba el espejo? ¿Quién era el Hugh al otro lado, qué decisiones había tomado, qué terrores había abrazado?

El otro Hugh rió: un sonido hueco, sin amor ni odio, sólo vacío.

—¿Quieres saberlo? —preguntó la sombra, y el aire pareció espesarse, la presión en las sienes de Hugh le hizo caer de rodillas—. Ven.

Hugh se levantó, como se levanta un sonámbulo arrastrado por la marea. Se acercó al espejo y, mientras lo hacía, una mano helada, la suya pero no suya, la mano de la sombra, traspasó la barrera del cristal y le aferró la muñeca. Sintió la realidad disolverse. En el último momento, el reflejo tiró de él, y todo giró, la habitación dio vueltas, y la oscuridad le absorbió entero.

Despertó más allá del vidrio, en una sala idéntica, pero todos los espejos estaban enmohecidos y oscuros, y ninguna de sus superficies devolvía ya su imagen. Empezó a gritar, a golpear, pero sus puños rebotaron sin eco, y las puertas desaparecieron una tras otra hasta que sólo quedó la grieta en el suelo, reptando en silencio, invitándole a volver a susurrar a aquel abismo.

Lo último que oyó antes de perder el sentido fue su propia voz, susurrándole desde la otra cara del espejo, una voz más firme, transformada por el miedo y la soledad. Y luego, mucho después, el lento, doloroso susurro de otro nombre, de otra víctima, reclamando una respuesta desde el otro lado de la grieta.

En Winifred Lane, la casa cruje y suspira, y a veces, entre dos espejos, una sombra se desliza buscando su propio reflejo, esperando que alguien se atreva a completar la simetría. Porque nadie, una vez partido en dos, escapa jamás de la casa de los límites.

Y en el sótano, la grieta sigue creciendo, alimentada por secretos y nombres susurrados, aguardando a quien, por cobardía o valor, venga a escuchar la única historia posible: la del otro que somos y nunca fuimos.

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