Portada del relato La Casa de los Susurros
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Fragmento:


David, sin esperar más, tomó un destornillador y forzó la cerradura. La puerta cedió, emitiendo un quejido que se confundió con un grito ahogado. El aire se espesó en cuanto cruzaron el umbral.

Duración: 11:10

La Casa de los Susurros
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Texto de ajuste de pausa.

El viento azotaba con furia las tejas sueltas y podridas de la casona en lo alto de la colina Barrett. Las ramas retorcidas de los robles arrojaban sombras como garras que hurgaban en los secretos de la noche, y el farol del portón destilaba una luz mortecina, apenas suficiente para distinguir el sendero de guijarros que llevaba a la puerta principal. Aquella noche, tras años olvidada, la casa volvía a abrirse para acoger nuevos inquilinos. El tiempo y la leyenda, sin embargo, nunca se habían ido.

Eugenia y David llegaron en su station wagon repleto de cajas y promesas. La agencia inmobiliaria había ofrecido un precio ridículo por la mansión. La explicación era vaga: los propietarios anteriores se habían mudado de súbito, dejándolo todo, alegando «fallas en la estructura» y problemas «energéticos». Eugenia, devoradora de novelas góticas, lo tomaba como una demostración más de la tendencia local al melodrama. David era más pragmático: necesitaban un lugar asequible donde reconstruir su matrimonio hecho jirones.

Subieron los escalones carcomidos y, venciendo la reticencia del picaporte, entraron a la casa. El recibidor respiró con ellos: la madera se quejó y el eco se llevó el suspiro de bienvenida. El aire olía a polvo antiguo y algo más, un rastro dulzón y putrefacto que no pudieron identificar. Los vitrales, cubiertos de telarañas, destilaban a la luz de la luna obsesivos retazos de color que danzaban en las paredes.

El agente inmobiliario había dejado una bolsa con las llaves y una nota escueta sobre las instalaciones. En la parte inferior, una frase extraña: *Respecten la habitación cerrada en el ala este. No intenten usarla, por favor.* David, cansado, lo tomó como una advertencia de ruina estructural. Eugenia, sin embargo, sintió un escalofrío de anticipación. Suponía que cada casa antigua tenía secretos, pero nunca antes se los habían pedido tan directamente.

Pasaron la primera noche en la habitación principal. El somier crujía con la respiración pausada de David, mientras Eugenia, con los ojos fijos en los rosetones del techo, escuchaba el bullir del silencio. Afuera, la tormenta amainó, pero dentro algo vibraba, una sorda memoria oculta entre las paredes. Por momentos, Eugenia creía oír risas y murmullos, como si una fiesta arrullada por la penumbra nunca se hubiera disipado del todo.

En los días siguientes, la pareja se dedicó a adecuar la casa. Las diligencias los mantenían ocupados, pero la tensión no desaparecía. David comenzaba a irritarse por detalles nimios; Eugenia sentía un cansancio súbito que la vencía cada vez que incursionaba cerca del ala este. El dormitorio cerrado era una anomalía: la puerta de madera maciza carecía de llave. Al apoyarse contra ella, Eugenia sintió un estremecimiento helado, como si tras esa barrera palpitara algo que aguardaba.

—¿No sería mejor revisar esa habitación? —preguntó David una tarde, los nervios afilados por el sonido persistente de golpes sordos en el interior de la pared.

—La advertencia… —balbuceó Eugenia, recordando la nota—. ¿Y si se trata de moho o plagas?

David, sin esperar más, tomó un destornillador y forzó la cerradura. La puerta cedió, emitiendo un quejido que se confundió con un grito ahogado. El aire se espesó en cuanto cruzaron el umbral.

La estancia era un santuario perdido en el tiempo. Cortinas raídas colgaban como sudarios, el papel tapiz se caía en tiras húmedas y el suelo de terciopelo reseco amortiguaba los pasos. Había muebles cubiertos con sábanas y un gran espejo manchado apoyado contra la pared del fondo. David tosió, encendiendo una linterna; un haz trémulo de luz pareció alimentar las sombras en vez de ahuyentarlas.

Al acercarse al espejo, Eugenia notó marcas: pequeños garabatos en la superficie, dibujados con los dedos desde el interior. Parecían palabras, pero en un idioma que no reconocían.

—Quizá era el cuarto de la niñera, o de un niño… —se aventuró Eugenia, el vello de los brazos erizado.

Esa noche la atmósfera de la casa cambió. El viento enloquecía afuera, pero dentro el silencio era absoluto. David dormía inquieto, murmurando en sueños frases incomprensibles, palabras que a veces parecían provenir de otro idioma, el mismo de los garabatos en el espejo. Eugenia, por su parte, sintió que algo la observaba desde los espejos. A cada paso, las superficies reflectantes eran un abismo donde su rostro se desdibujaba, los ojos hundidos, como si tras el cristal espiara alguien más, idéntico y a la vez hostil.

Conforme pasaron los días, el ambiente entre ambos se llenó de una hostilidad latente. Objetos se perdían y reaparecían en lugares imposibles, la leche se agriaba en horas, las lámparas parpadeaban aunque el tendido eléctrico había sido revisado. David se encerraba horas en el despacho, escribiendo compulsivamente. Eugenia solía hallarlo varias veces murmurando ante el espejo de la habitación cerrada, solo para que él lo negara después, con una mirada que no lograba sostener mucho tiempo.

A veces, por las noches, Eugenia escuchaba pasos provenientes del pasillo del ala este. No eran los de David: eran arrastrados, titubeantes, y se detenían junto a la puerta de su habitación como si aguardaran una señal de permiso para entrar. Siempre que intentaba encender la luz, caía en una oscuridad profunda, espesa, como si la casa absorbiera el resplandor, protegiendo aquello que se movía tras las paredes.

David empezó a pasar largas horas en el espejo de la habitación cerrada. Decía que no era nada, pero Eugenia veía cómo su reflejo se iba volviendo opaco, las ojeras creciendo, el cuerpo encorvado. Una tarde lluviosa, cansada ya del aislamiento y el constante terror, Eugenia decidió investigar los orígenes de la mansión. En la biblioteca local encontró recortes de periódicos viejos: la casa Barrett había pertenecido a una acaudalada familia, famosa por sus fiestas y excesos a principios del siglo XX. Tras la muerte prematura de la hija menor, la esposa del dueño se volvió reclusiva y obsesiva, sellando el ala este y cubriendo todos los espejos de la casa. Los testimonios vecinales hablaban de “el reflejo que nunca se iba”, “el cuarto que susurraba al oído por la noche”.

Eugenia volvió angustiada y enfrentó a David, quien se había sumergido por completo en un estado febril, apenas coherente.

—Tenemos que irnos —suplicó ella—. Esta casa… algo no está bien, tú también lo sientes, ¿verdad?

David la miró con unos ojos vidriosos, tragando saliva con dificultad.

—Es solo... la casa se está acomodando a nosotros, Gina. Solo tenemos que darle tiempo. No debemos temerle…

Pero en su voz resonaba el mismo eco que Eugenia había escuchado en los murmullos nocturnos, un tono hueco, quebradizo, como hueco.

Esa tarde, decidida a abandonar la casa, Eugenia comenzó a empacar. Pero a cada intento, algo interfería: las llaves desaparecían, las maletas se vaciaban por sí solas, el coche no arrancaba y el aire frío descendía en oleadas gélidas. Frustrada, subió las escaleras decidida a buscar a David, y lo encontró frente al espejo de la habitación cerrada, murmurando palabras ininteligibles.

Al acercarse, Eugenia vio que el espejo ya no reflejaba la estancia a sus espaldas, sino un vasto espacio tenebroso, envuelto en una niebla viscosa. Allí, figuras espectrales danzaban al ritmo de una música inaudible. Entre ellas, una niña sollozaba, los ojos vacíos y las manos dirigidas hacia alguien—o algo—más allá del cristal. David no parecía notar nada: su mano acariciaba la superficie helada, absorto en su comunión morosa.

—¡David! —gritó Eugenia—. ¡Aléjate del espejo!

David no reaccionó. El reflejo de Eugenia, sin embargo, sí lo hizo: sonrió, una mueca cruel y burlona, y comenzó a moverse con voluntad propia, sin seguir sus gestos ni su miedo. Mientras retrocedía, la puerta detrás de ella se cerró de golpe, dejando a Eugenia atrapada en un frío sobrecogedor.

Un olor lixiviado, similar al hierro y la sangre, impregnó la habitación. Desde las paredes comenzaron a surgir susurros: voces que invocaban nombres, narraban pecados, suplicaban redención. Eugenia reconoció algunos de los apellidos mencionados en los recortes; todos muertos en la casa, todos condenados a habitarla, todos reclamando compañía.

El espejo vibró. Las figuras tras el vidrio empujaron, distorsionando la superficie como si estuviera hecha de agua. David, finalmente, pareció despertar y volvió la cabeza hacia Eugenia con una expresión suplicante.

—No puedo… salir… —balbuceó, extendiendo la mano.

—¡Dame la mano! —Eugenia corrió hacia él.

Justo al tocarlo, sintió el azote de un frío antinatural; el silbido de los susurros se transformó en un grito coral. La imagen de David fue absorbida por el espejo, y la superficie se partió, dejando escapar un vendaval gélido que arrojó a Eugenia contra el suelo.

Corrió. Chocó con sillas, cuadros, la pobre lógica de la arquitectura de la casa. Los pasillos parecían doblarse sobre sí mismos, llevándola de regreso, una y otra vez, al vestíbulo principal. Pero cada vez que intentaba la salida, el portón estaba más lejos, las paredes más juntas, los ecos más insistentes.

Finalmente, exhausta, consiguió abrir la puerta de entrada. Cuando estuvo afuera, bajo el cielo plomizo, la casa parecía más grande, más oscura, su sombra expandiéndose en el césped. Afuera, todo estaba en silencio. Y dentro, podía escuchar risas apagadas, reluciendo desde los cristales rotos de las ventanas.

***

Las autoridades llegaron al día siguiente, alarmadas por el grito de auxilio que un jardinero había escuchado la noche anterior, transformado en un sollozo ahogado por la distancia. Encontraron la casa vacía, las huellas de Eugenia y David en el polvo del vestíbulo, dos tazas a medio servir de café helado en la cocina.

La habitación cerrada del ala este estaba sellada de nuevo, tan hermética como siempre. En el centro, frente al viejo espejo de manchas grisáceas, había dos huellas de manos congeladas en la superficie, y marcas de uñas trazando palabras en un idioma antiguo, casi borradas. Nadie volvió a encontrar a Eugenia o David.

Las historias sobre la mansión Barrett circularon una vez más: la de la esposa reclusiva, la niña perdida, los espejos que nunca devolvían lo que les dabas. Muchos han oído los susurros si pasan cerca por la noche, y muy pocos se atreven a mirar de frente al cristal de la habitación cerrada. Quizá intuyan, en el fondo, que hay cosas que nunca desean ser liberadas.

Y, al otro lado del espejo, los nuevos inquilinos esperan, aprendiendo el idioma de los condenados.

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