Portada del relato Inventario Bajo Lámparas Fluorescentes
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Fragmento:


Cuando llegué a la ciudad, lo hice porque no tenía otra opción. Quizá por eso acepté el trabajo tan rápido, la chaqueta azul recién planchada sobre el uniforme indeleble de mi pasado. Aquella sucursal estaba en las afueras, a un costado de una auto-pista iluminada solo por neón y el parpadeo de una luna cansada. La tienda era enorme, mucho más de lo que parecía desde fuera, con filas interminables de productos, cajas apiladas, televisores que murmuraban promociones sin fin. El Walmart se sostenía luminoso en medio de la oscuridad, un oasis brillante en el desierto de la noche.

Duración: 11:32

Inventario Bajo Lámparas Fluorescentes
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando llegué a la ciudad, lo hice porque no tenía otra opción. Quizá por eso acepté el trabajo tan rápido, la chaqueta azul recién planchada sobre el uniforme indeleble de mi pasado. Aquella sucursal estaba en las afueras, a un costado de una auto-pista iluminada solo por neón y el parpadeo de una luna cansada. La tienda era enorme, mucho más de lo que parecía desde fuera, con filas interminables de productos, cajas apiladas, televisores que murmuraban promociones sin fin. El Walmart se sostenía luminoso en medio de la oscuridad, un oasis brillante en el desierto de la noche.

Empecé mi turno de reabastecimiento a las once, repartiendo cajas entre los pasillos casi vacíos mientras los últimos clientes arrastraban sus cuerpos tras los carros, medio despiertos y medio en otro mundo. Había escuchado, durante la entrevista, que el Walmart nunca dormía, que a cualquier hora podían aparecer compradores tristes, o sombras caminando en busca de algo que no sabrían nombrar.

La encargada, una mujer baja y circular con sonrisa cansada, me asignó los pasillos 11 a 17. Mi instrucción principal fue: “Evita la sección de artículos estacionales después de la una. Lo que encuentres allí ya no nos pertenece.” La tomé por una superstición más. Todos los empleos traen consigo sus propias leyendas, me dije. Pero ese primer turno fue tranquilo. La monotonía solo se interrumpía por el chirrido de la máquina lustradora y el olor químico de los limpiadores. Regresé al vestuario cuando sonó el pitido final, convencido de que el miedo era cosa de otros.

***

La segunda noche fue diferente. A medianoche, mientras acomodaba cajas de cereales, un frío inexplicable cristalizó el aire en el pasillo. Pensé que provenía del sistema de ventilación. Vi sombras por el rabillo del ojo, demasiado finas para ser clientes, demasiado grandes para ser ratas. Me dije que estaba cansado, pero entré al vestuario con los nervios tensos y el corazón acelerado. Al salir, me encontré a Luis, el encargado del mantenimiento, preparándose su café.

—¿Viste algo raro? —me preguntó sin apartar la vista de la máquina humeante—. Siempre pasa en tu segundo turno.

—Nada, solo el frío.

Luis asintió, como si esperara esa respuesta. Me contó del niño, uno que todos decían que se perdió allí, años atrás, durante la inauguración de la tienda. Nadie supo cómo, pero varias cámaras se apagaron justo a la una en punto esa noche. Cuando revisaron la cinta, solo quedó la imagen de un carrito rodando solo por el pasillo de juguetes, colisionando con una pared invisible. Luis terminó su café y se fue, como si con eso ya estuviera todo dicho.

***

El tercer turno, la gerente me llamó por walkie antes de iniciar.

—Recuerda lo que hablamos. Si oyes el anuncio para clientes después de las dos, ignóralo y quédate donde estés.

No entendí bien a qué anuncio se refería. La tienda tenía su propio sistema de altavoces; lo habitual era la voz metálica que ofrecía descuentos y nos llamaba al descanso. A las doce y cuarenta y cinco, el edificio entero vibró ligeramente, como si hubiera un temblor lejano. Oí el pitido de la puerta de empleados. El pasillo 13 estaba especialmente oscuro, como si las luces allí se hubieran rendido sin razón. Forcé la vista, notando que todos los productos estaban alineados, pero nadie más rondaba la zona.

Detrás de un estante de muñecas, distinguí siluetas breves. Me acerqué, convencido de que era uno de mis compañeros que buscaba asustarme. Pasé mi linterna por las hileras de juguetes: las cajas parecían respirar, inflándose y desinflándose en perfecta sincronía. El aire tembló con un susurro: “¿Me ayudas a salir?” La voz era suave, infantil, pero resonó en las paredes y se deslizó bajo la piel, como agua helada. Salí corriendo hacia la zona de congelados. No miré atrás.

***

En el vestuario, me crucé con Renata, otra empleada del mismo turno. Me miró con ojos cansados.

—Lo oíste, ¿no? —susurró.

Asentí, aún incapaz de juntar las palabras.

—Hay cosas aquí que viven entre las cajas, los anaqueles, la música de los televisores. Dicen que el niño intenta irse cada noche, pero nunca encuentra la salida —explicó—. Si ves su sombra, nunca la sigas. Así es como se queda uno atrapado en el inventario.

Me reí con incredulidad: ¿atrapados? ¿En el inventario? Pero su mirada era seria, como si acabara de recitar una ley. Me fui a casa mirando cada sombra, cada silueta reflejada en las puertas automáticas.

***

La semana siguiente, acepté quedarme para un turno doble. Renata pidió el día libre porque, según ella, había “algo nuevo” en el área de devoluciones, un murmullo más frío que de costumbre. Yo, con la arrogancia quemada por el insomnio, acepté sustituirla.

El Walmart a las tres de la mañana es otro lugar. Los ventiladores susurran nombres imposibles. Las cámaras vigilan pero no ven. Mientras contabilizaba lámparas defectuosas, sentí la temperatura descender aún más. El anuncio sonó: “Estimados clientes, la tienda está a punto de cerrar. Por favor, diríjanse a la caja más cercana.” Pero Walmart nunca cierra, no importa la hora. Todos los empleados lo sabíamos. El anuncio siguió:

“Nos resta un último visitante. Favor de pasar pasillo trece.”

No era la voz habitual. Era la de un niño, apenas más que un susurro filtrado a través de un microondas fallido. Abandoné las cajas. Mi cuerpo se movía como atraído por un imán. Atravesé el pasillo de jardinería (las macetas parecían girarse hacia mí), luego el de ropa (las camisetas colgaban, recién planchadas, empapadas de un frío turbio), hasta llegar a la intersección con el pasillo 13.

No hay pasillo 13 en el mapa de la tienda. En su lugar, entre los pasillos de electrónicos y juguetes, debe haber una zona de descanso para empleados. Pero aquella noche, la numeración había cambiado. Carteles electrónicos parpadeaban: 11, 12… 13.

Al entrar, noté que los estantes estaban vacíos, llenos sólo de etiquetas con precios imposibles (“$666”, “$13.13”), y en la pared, una puertecilla pequeña, tan baja que sólo un niño podría atravesarla. De allí brotaba un vapor pálido, con olor a algodón de azúcar mezclado con sangre seca.

Dentro, se escuchaba el chillido de carritos rodando, risas de niños, y al fondo, pegada a la pared, una sombra pequeña, como un bulto. Sentí que me llamaba. “Por favor. Ayúdame. No quiero quedarme más.” La voz temblaba entre la súplica y la amenaza. Metí la cabeza un poco, y vi que el espacio más allá de la puerta Era otra tienda igual, infinita y oscura, con las mismas luces titilando en todas direcciones, solo vacía de personas, pero llena de murmullos, y la misma sombra deslizándose entre los anaqueles.

Retrocedí aterrorizado, golpeando una torre de cajas que cayeron y retumbaron como una alarma sorda. La puerta comenzó a cerrarse lentamente. Oí, por última vez, la voz: “Si te quedas a mi lado, prometo encontrarte la salida algún día. Ven.” No pude moverme. Hice acopio de todas mis fuerzas y salí corriendo, sin detenerme a mirar atrás.

***

Aquella mañana, horas después de finalizar el turno, intenté renunciar. La gerente me observó largamente.

—No eres el primero. Ni serás el último. Muchos de los que se van regresan, aunque no quieran. Este Walmart es más que ladrillos y cajas, muchacho.

Luis me invitó a una cerveza esa tarde. Me dijo que nunca nadie había encontrado al niño, que quienes intentaron ayudarlo desaparecieron; sus archivos empleados aparecen duplicados en el sistema, “sombra” a lado de cada nombre. En el inventario aparecen productos extraños: muñecas con sus propios nombres escritos en las etiquetas, camisetas que parpadean débilmente bajo ciertas luces, carritos que chocan solos por los pasillos.

Lo único cierto es que la tienda no tiene fondo. Hay un rumor entre quienes limpian al final del turno: si das suficientes vueltas a la medianoche, puedes regresar a la entrada… o llegar hasta un área con pasillos deshabitados donde nadie jamás repone ni limpia. Nadie sabe qué ocurre allí. A veces, los códigos de barras forman mensajes en la cinta de las cajas registradoras: “No saldrás”, “Sin ticket no hay regreso”, “Acompáñame”.

***

Como era de esperarse, volví al trabajo. Uno necesita plata. El Walmart, después de todo, me pagaba a tiempo y sin preguntas raras. Nadie fuera de la tienda quería saber lo que pasaba adentro. Con el tiempo, aprendí a evitar el pasillo 13, a no escuchar los anuncios falsos, a no mirar nunca el reflejo en los televisores (a veces muestran una versión de mí mismo con la chaqueta azul manchada de rojo, otras veces están apagados, pero aun así puedo verme hablando solo con un niño de pelo rubio en el fondo).

He visto nuevas cosas: maniquíes que cambian de ropa cuando nadie observa, cámaras de seguridad que giran poco a poco hasta enfocarme incluso cuando me escondo, la sombra del niño deslizándose bajo los estantes. A veces desaparecen productos y nadie los recuerda nunca. A veces, los empleados viejos faltan y sus baldosas quedan huérfanas por semanas en el vestuario.

Lo peor ocurrió el viernes negro. La tienda se llenó de clientes, la mayoría desvelados y desesperados por ofertas. A medianoche, sin previo aviso, la electricidad falló durante cinco minutos. En la oscuridad, escuché la voz otra vez, pero ya no era de súplica; era fría, definitiva: “Es hora de recontar. Todos los que están dentro serán parte del inventario.” Cuando las luces volvieron, faltaban dos clientes y una niña fue encontrada llorando cerca del pasillo 13, diciendo que un niño “la había invitado a jugar a las escondidas.” Nadie la creyó. La gerente sólo la abrazó y susurró: “Eso no existe.”

Salí del trabajo sintiendo, como cada noche, que el Walmart sobrevivía a los empleados, que yo tan solo era otro número en la lista. Que un día, al pasar mi pulsera por la caja de salida, vería “ERROR” y sabría que mi turno aún no había terminado.

Hoy, a medianoche, me llamaron. Hay un problema en el pasillo 13: el inventario no cuadra, los productos siguen apareciendo con nombres de empleados antiguos. Me pongo la chaqueta azul, respiro hondo y bajo otra vez bajo las luces fluorescentes. Sé que, en cualquier momento, la tienda puede decidir retenerme, a cambio de alguna sombra que logrará escapar.

Si alguna vez vienes a este Walmart, nunca camines solo a partir de la una. Si escuchas un anuncio de cierre, no lo obedezcas. Si te cruzas con un niño que te pide ayuda, recuerda: los pasillos son infinitos, y no todas las salidas conducen de regreso al estacionamiento. Algunas llevan directo al inventario. Y una vez que formas parte de ese inventario, nadie recuerda tu nombre, solo tu precio.

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