Portada del relato La Esquina de las Criaturas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Nunca he creído en fantasmas, ni en espíritus, ni en nada remotamente sobrenatural. Hay algo obstinadamente prosaico en mí que siempre ha repelido el pensamiento de otras realidades, otras presencias. Y, sin embargo, lo que pasó esa primavera en la casa Wellington no encuentro explicaciones que me alcancen. Cada vez que busco una lógica, una causa, esa lógica se desintegra. Pero escribir lo sucedido es un modo de intentar una vez más entender—es también, me temo, una forma de protegerme, como si al nombrar el horror yo pudiera forzarlo a alejarse, a convertirse en algo banal y gestionable, que se pueda archivar entre antiguos miedos infantiles.

Duración: 10:20

La Esquina de las Criaturas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

Nunca he creído en fantasmas, ni en espíritus, ni en nada remotamente sobrenatural. Hay algo obstinadamente prosaico en mí que siempre ha repelido el pensamiento de otras realidades, otras presencias. Y, sin embargo, lo que pasó esa primavera en la casa Wellington no encuentro explicaciones que me alcancen. Cada vez que busco una lógica, una causa, esa lógica se desintegra. Pero escribir lo sucedido es un modo de intentar una vez más entender—es también, me temo, una forma de protegerme, como si al nombrar el horror yo pudiera forzarlo a alejarse, a convertirse en algo banal y gestionable, que se pueda archivar entre antiguos miedos infantiles.

Comenzó, naturalmente, con una mudanza.

Había conseguido un trabajo en el país, como archivista para una vieja firma de abogados. Necesitaba un sitio tranquilo donde concentrarme y, por recomendación del propio jefe, fui a instalarme en una casa antigua en las afueras de un pueblo minúsculo. Me aseguraron que allí podría tener toda la paz y concentración que requiriera. Era de esas casas largas, barrocas y cansadas, con ventanas de marcos gruesos y suelos de madera noble que crujían como ramas viejas. La fachada estaba envuelta en enredaderas, y su tejado, cubierto de musgo, parecía inclinarse hacia adelante, sobre el sendero de la puerta, como un anciano a punto de contar un secreto.

Ya en mi primera noche me di cuenta de que allí la oscuridad era más densa de lo habitual, como si la casa hubiera succionado luz durante décadas y ahora no quedara sino ese residuo opresivo, asfixiante. Pero esa impresión la achaqué a mi propio cansancio: habían sido días de cajas, trabajos, y desajustes.

Pasó una semana antes de que lo realmente extraño comenzara. Me acostumbré a los ruidos inofensivos: el zumbido de la calefacción, el tictac de un reloj inmenso en el vestíbulo, el murmullo de las cañerías viejas. Pero entonces comenzaron los pasos por la noche. Al principio los atribuí a la madera, que parecía moverse y suspirar con el frío, pero estos eran distintos: llevaban ritmo, y a veces la cadencia torcida de una cojera. A las tres o cuatro noches ya no me atrevía a bajar al piso inferior una vez que caía el sol.

La casa tenía, además, un ala cerrada. Fue una de las primeras cosas que reparé: una doble puerta de roble al fondo del pasillo, trabada con un candado oxidado. Allí no entraba desde hacía tiempo nadie, según indicó la señora Marchant, la casera que venía a limpiar una vez por semana.

—No se preocupe por ese lugar, —dijo con su voz fina, apartando la mirada—. Allí solo guardan trastos viejos.

No insistí. ¿Para qué necesitaría yo revolver trastos? Y sin embargo, en mi fuero interno, sentí un impulso torpe y persistente, una sed de saber.

Cierta noche, después de una cena frugal y un vaso de vino, subí a mi dormitorio. Había estado intentando leer, pero no podía concentrarme: la casa estaba demasiado silenciosa, como si acechara algún ruido extraordinario. A la medianoche, mis sospechas: escuché el sutil tintineo de un objeto de metal, seguido de un crujido, como si el viento se colara por una grieta invisible. Me incorporé en la cama y entonces escuché la voz. No era una voz normal; fue un susurro que se coló, húmedo, entre mi oreja y mi razón. Una sola palabra:

“Vuelve”.

Me quedé helada. Pensé en marcharme, en coger las llaves del coche y salir disparada a cualquier motel, pero algo me impidió moverme. ¿Orgullo? ¿Incredulidad? Recé por mi habitual sensatez y me obligué a dormir. Dormí mal, a sobresaltos. A la mañana siguiente, la señora Marchant advirtió algo en mi rostro.

—¿Se siente bien, señorita Grey?

Asentí. Ella farfulló una oración y desapareció tras la puerta, más lívida lo habitual.

Las siguientes noches el fenómeno se repitió y aumentó: ya no solo eran pasos y susurros, sino también golpes secos en los muros, como puñetazos desesperados, y suspiros que lo llenaban todo justo cuando apagaba la luz. La situación comenzó a afectar mi salud: oscurecí mis ojos con ojeras, mis manos temblaban, y el trabajo en la firma empezó a resentirse. En un ataque de racionalidad, decidí que lo mejor era enfrentar aquello, buscar explicaciones, aunque solo sirviera para darme tranquilidad.

Una tarde, previo a la llegada del crepúsculo, bajé con una linterna y un destornillador. El ala cerrada seguía allí, su cerrojo decrépito pero aún resistente. Bastó con un empujón seco y se abrió, tras un gemido agónico de bisagras. Dentro, el aire olía a papel mojado y a desuso. Pasé revista a cajas apiladas, muebles cubiertos de sábanas y, en el fondo, descubrí una escalera que descendía hacia una penumbra más espesa de lo normal.

La linterna trazaba círculos titubeantes sobre los peldaños, que chirriaban como si lamentaran mi presencia. Al llegar abajo, un sótano abovedado se desplegó ante mis ojos—y allí, como esperando a alguien, encontré una silla de ruedas carcomida y, junto a ella, montones de cuadernos polvorientos.

Recogí uno al azar. Había notas en tinta violeta, difíciles de leer, garrapateadas por una mano nerviosa. “Ella no duerme… hoy tampoco. Los muros sangran. Vuelven, todas las noches, y no me dejan ir. Marta, si escuchas esto, no respondas a su llamada. La casa no quiere testigos.”

Estuve tentada de atribuirlo a lunáticos ociosos, pero algo en la crudeza del itinerario, en la forma forzosa de la letra, me congeló la sangre. La silla de ruedas tenía, en el asiento, un trozo de almohadilla manchada con algo oscuro, marrón, que podría haber sido sangre antigua.

Al volver a subir, sentí que alguien—o algo—me seguía. El susurro repetía mi nombre: “Alicia, Alicia…” y al llegar al descanso de la escalera, la linterna murió. Palpé a tientas los escalones restantes, y cuando alcancé de nuevo la superficie, la puerta se cerró tras de mí con un portazo, casi separándome un dedo.

No dormí ni un minuto esa noche. Pero en lugar de huir, como cualquier persona sensata hubiera hecho, me atrincheré en el dormitorio, dejando encendidas todas las luces. En algún momento, el aire se volvió frío, y una presión invisible oprimió mi pecho, justo sobre el corazón. Di vueltas y vueltas en la cama hasta que, por agotamiento, caí en un sueño febril plagado de visiones: mujeres pálidas sentadas en la oscura sala de abajo, murmurando entre sí y volviéndose a mirar, todas sin ojos.

Al día siguiente, perdida la compostura, fui en busca del alcalde del pueblo, el señor Wilkinson. Fingí casualidad, pregunté por la historia de la casa.

Él me miró con compasión, luego con cautela.

—¿Ha notado algo raro, señorita Grey?

Yo vacilé, entonces asentí, relatándole parte de lo vivido. Su expresión se endureció.

—Esa casa perteneció a los Deveraux. Tuvieron una hija, Georgina, que enfermó—tuberculosis o algo peor. Se dice que durante meses y meses no la dejaban ver a nadie. Su madre, después, cayó en una depresión. Hubo tragedias, y… mejor no escarbar.

Insistí. Finalmente, me susurró al oído una palabra en voz baja: “Maldición”.

Esa noche, de regreso, la casa parecía aún más sombría. Intenté racionalizar los hechos, pero cada recurso lógico fallaba: no existía explicación para la presión que sentí en el pecho, ni para el frío súbito, ni para los mensajes que ahora aparecían en el vaho del espejo cada mañana, palabras que sólo yo podía ver: “NO TE VAYAS”.

Las semanas transcurrieron en un estado de nervios agudos, entre sueños de gritos y la sensación constante de que algo me vigilaba desde los rincones. Los ruidos aumentaron: estruendos sordos y caídas en el piso de arriba cuando yo estaba abajo, conversaciones ahogadas, risotadas femeninas en el cuarto de baño. Una noche estalló una de las ventanas. Bajé, con el corazón desbocado, para encontrar el cristal esparcido como una boca llena de dientes rotos, y sobre el alféizar, claramente visible, una huella de mano del tamaño de la mía, pero con dedos absurdamente largos, marcados en una sustancia negra y pegajosa.

Mi resistencia cedió. Empaqué apresuradamente unas pocas cosas, decidida a marcharme de inmediato, pero cuando intenté salir, la llave giró en el aire sin abrir la cerradura. Las luces parpadearon, y la casa se oscureció por completo, sumiéndome en una tiniebla desesperante y absoluta. Ciega, sola, me acurruqué en un rincón, escuchando los pasos arrastrados, las risas cada vez más cerca, los susurros más nítidos.

Entonces sentí la caricia de una mano invisible sobre mi nuca, fría como la muerte, y el peso de un cuerpo invisible sobre mi pecho, mientras la voz—la voz por la que todo había comenzado—me susurraba:

—Ahora eres nuestra.

En ese preciso instante, recuerdé el cuaderno del sótano y los avisos. La casa no quería testigos vivos. La casa guardaba sus secretos, y yo era uno más. Sentí que la consciencia se desvanecía y en mi semisueño creí flotar sobre la alfombra, ver mi propio cuerpo temblando y bocetando gritos mudos.

Desperté dos días después, tendida sobre el colchón. Tenía marcas azules en los brazos y en el cuello, y un olor penetrante a tierra mojada impregnaba mis ropas. La cerradura de la puerta principal se abría fácilmente. Afuera, el viento era claro, el aire limpio. Me marché, dejando toda mi ropa, libros y papeles. Nunca volví.

Escapando, sentí alivio, pero aún hoy, años después, en ciertas noches húmedas, siento de nuevo el peso helado, las risas, el susurro de mi nombre en lo profundo de mi apartamento de ciudad, a cientos de kilómetros. La pesadilla de la Casa Wellington me acompaña.

Y sé, un conocimiento simple y apabullante, que nada de lo que viví se disipó: la casa sigue allí, esperando su próxima presa, renovando cada ciclo su hambre, gimiendo entre tinieblas. Nadie se marcha de ella indemne. Nadie sale igual. Y para mí—lo sé—hay noches en que, aunque cierre todas las puertas, las criaturas de Wellington encuentran el modo de colarse y susurrar… para que nunca olvide.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.