Portada del relato El Umbral Amarillo
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Fragmento:


Severo carraspeó. “Escuché antigua colonia, ¿no? St. Ezekiel fue fundada por un culto, hace doscientos años. Se salvaron de la peste, no así de sus propios pecados.”

Duración: 10:22

El Umbral Amarillo
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Texto de ajuste de pausa.

Para cuando la furgoneta desvencijada de Colonia Maldita detuvo su marcha en el descuidado estacionamiento del Walmart de St. Ezekiel, la luna ya estaba alta y tres de los cuatro faroles del sector sur parpadeaban de forma siniestra, mechando la noche con sombras que titilaban más allá de lo razonable. El aire olía a tierra empapada y a basura rancia, y los cadáveres secos de hojas remolinaban suavemente en las aceras. Nadie debería llegar tan tarde y quedarse, a menos que tuviera un propósito siniestro o simplemente estuviese huyendo de algo peor detrás.

La entrada estaba bloqueada por vallas de plástico y cintas policiales descoloridas, pero no era suficiente para mantener alejados a los miembros del foro. Habían conducido durante horas, en silencio, rumiando cada quien sus propios temores, cada uno convencido de la razón que los había llevado hasta aquel sitio. Hacía semanas que circulaba el rumor: Walmart cerraba por obras, sí, pero por dentro, decían, las cosas habían cambiado.

Yulia fue la primera en descender, su linterna trémula explorando la fachada rota. A su lado, Maxim, el cronista del foro, bajó tanteando la cámara, buscando ángulos interesantes. Detrás, Severo y la pareja de recién llegados, Javi y Clemencia, dudaron apenas un momento antes de seguirlos. Nadie quería quedarse solo en la oscuridad.

Se conocían solamente de la web, bajo apodos extraños — @LlantoMate, @HuesosColgantes, @YeguaMalva, @ExilioSordo, @PolillaRoja—en un canal privado donde coleccionaban historias de los lugares que, tras quedar vacíos, parecían devenir en cajas de resonancia de lo siniestro o lo inexplicado.

El Walmart de St. Ezekiel era distinto. Lo habitaba un rumor más enconado que el de simples fantasmas. Hacían tres noches un ex-vigilante, borracho, escribió en su muro frases confusas: “No sólo caminan por los pasillos, no. Los pasillos caminan sobre ti, te reorganizan. La tienda bebe los deseos y los regurgita.” Después desapareció.

Los cinco saltaron la valla. El edificio era un monolito espectral, todo concreto enmohecido, cubierta de polvo y con las enormes letras blancas de W A L M A R T vencidas y colgantes como dientes flojos en una boca decadente.

No fue difícil forzar una de las puertas laterales. Por dentro, la oscuridad era casi absoluta. Solo los haces de las linternas cruzaban, desenmascarando motas flotantes y corredores interminables de estantes vacíos. Todo retumbaba con un eco ilegítimo, como ladridos sofocados en un sueño pesado.

Maxim se adelantó con su cámara. “Debe haber algo. Sé lo que oí la otra vez, ese murmullo.” No hacía más de una semana, había visitado de día, sólo para verse obligado a salir tras escuchar voces en un idioma que no reconocía.

Clemencia, la escéptica del grupo, rió bajo. “Es una tienda, gente. Un cementerio de gangas y ofertas, no un portal demoníaco.”

Pero Yulia, la más nerviosa, avanzó con los hombros tensos y la mandíbula apretada. “Hay algo aquí. Es… como si la tienda respirara.”

Severo carraspeó. “Escuché antigua colonia, ¿no? St. Ezekiel fue fundada por un culto, hace doscientos años. Se salvaron de la peste, no así de sus propios pecados.”

La linterna de Maxim tropezó con una silueta en el fondo del pasillo. Era una figura de cartón publicitario, una mujer sonriente con caja de cereales bajo el brazo, pero por un instante a todos les pareció moverse, como si los observase.

Caminaron adentro, más allá del área de electrónicos. El tiempo parecía irreal: los relojes marcaban distinto, la red se cortaba, y el aire era más frío. Una neblina leve, imposible, reptaba a la altura de las rodillas.

Las primeras cosas extrañas sucedieron en silencio: Javi desapareció y reapareció, desconcertado, asegurando haber atravesado tres veces la sección de juguetes y estar de vuelta en donde habían comenzado. Severo, que husmeaba en un extremo, dijo haber sentido una mano rozar su nuca.

Al doblar hacia la sección de la carnicería, el grupo se detuvo de golpe: alguien había escrito, en la puerta de la cámara frigorífica, con lo que parecía grasa o moho: “No vengas más allá”. No recordaban haber visto eso cuando entraron.

Entonces se oyó, nítido, un sollozo sordo, como un animal herido. Vino del sector de la panadería, donde nunca cesaba la humedad. Maxim corrió hacia el sonido, cámara en mano, y desapareció una vez más entre las sombras. Los demás, arrastrados por la fascinación mórbida, lo siguieron.

En la esquina más sombría—la zona tras la panadería, donde colgaban todavía bolsas de plástico raídas con estampados navideños—, hallaron un acceso cerrado con tablas clavadas. Yulia pegó el oído, creyendo escuchar voces, oraciones en un susurro antiguo. De pronto, aquello se convirtió en un grito, apenas perceptible y, al mismo tiempo, definitivo. Algo muy viejo detrás de la puerta, implorando que no continuaran.

“Esto era antes el límite de la colonia”, murmuró Severo. “Allí… hacían rituales, ritos de protección o de encierro. Hay leyendas de que sellaron algo tras los muros.”

Javi se reía entre dientes, pero los temblores de Clemencia eran reales. De pronto, un estrépito conmovió los estantes detrás de ellos: los pasillos se curvaban en formas imposibles, elongándose como si los muebles se lamentaran. Las luces de emergencia, sin corriente, parpadearon, encendiendo la escena como un parpadeo ocular inhumano.

Maxim retornó, jadeando. “Lo vi. Una figura. Caminó por encima de los productos, pero… no los tocaba. Era como una sombra empapada en aceite.” Su cara estaba blanca como una sábana.

El grupo decidió regresar. Se orientaron hacia la salida, pero la arquitectura no coincidía. Allí donde debería estar el área de cajas, solo había más filas de góndolas, más pasillos con productos viejos, algunos de marcas que ya no existían. Y tras ellos, en la oscuridad, pisadas blandas, tropeles de aire frío.

Más allá de la sección de jardinería el piso estaba cubierto de tierra negra, abultada como si ocultase raíces humanas. Yulia gritó: el suelo palpitaba, pequeños movimientos bajo la tierra.

Severo reconoció las palabras, por fin. Las inscripciones en las paredes no eran solo advertencias, sino rituales coloniales antiguos, escritura sobre escritura, instando: “No abras el umbral. No cruces el camino oscuro”. Pero ya estaban demasiado adentro. Avanzar era más fácil que retroceder.

El Walmart parecía no tener fondo. Cada intento de vuelta los devolvía a la misma sección de juguetes o a la nevera de fiambres descompuestos. El olor era irrespirable, mezcla de productos químicos rancios y algo subterráneo, como si la descomposición emanara no de géneros caducados, sino de tiempos sepultados y malditos.

Clemencia rompió a llorar. Maxim intentaba captar la distorsión con fotos, pero su cámara zumbaba y mostraba imágenes con manchas, rostros pálidos en pasillos vacíos, ojos abiertos en los reflejos de las vitrinas. Una vez, por el rabillo del ojo, vio a su propio reflejo… con la cara cubierta de un moho negro y ojos vacíos.

El lamento se volvió constante, desplazándose por los altavoces apagados, masas de voces superpuestas—no todas humanas, no todas adultas—con frases como hojas raídas: “Quédate. No cruces. Ayúdanos. Consúmenos. Sé parte.”

De pronto, la figura se materializó en la sección de automotriz: era alta, huesuda, con un cuello larguísimo. Tenía la forma de un maniquí inacabado, cubierto de la tela impresa de rebajas eternas, pero allí donde debían estar los ojos había dos vacíos de oscura profundidad. Fue hacia ellos, paso a paso, arrastrando los pies, cada movimiento levantando polvo y un tufo a caucho quemado y carne añeja. Tras ella venían otras figuras, menos definidas, como si salieran del concreto mismo: siluetas de clientes y empleados, amalgamados en una procesión de desesperanza.

“Esta es la exposición”, pensó Maxim, mientras el maniquí extendía una mano imposible. Yulia se cubrió el rostro. Javi y Clemencia retrocedieron hasta chocar contra un exhibidor de galletas antes de que este cayera solo, vomitando paquetes mohosos y ratones chillando en el silencio.

Severo, en un gesto de pura irracionalidad, gritó contra las figuras: “¡No somos de aquí! ¡Dejen que nos vayamos!”

El Walmart respondió. Las luces parpadearon en ráfagas sincronizadas, la temperatura se desplomó, y los murmullos crecieron. Era como si el edificio entero se contraese, tratando de absorberlos.

“¡Atrás!” Chilló Yulia, y en ese momento algo se quebró: los estantes colapsaron, el piso vibró, y de algún modo imposible se encontraron en la sección de salida esta vez. Una ráfaga de viento azotó las puertas automáticas rotas. Los maniquíes y sus sombras se disolvieron en la penumbra y solo el eco de las voces persistía detrás.

Salieron. Atravesaron el estacionamiento como espectros, sin mirar atrás. Al llegar a la furgoneta, revisaron los relojes: habían pasado menos de veinte minutos, aunque la experiencia incluido horas de confusión y terror.

No hicieron promesas de regresar, ni discutieron sobre lo ocurrido. En cada uno pesaban imágenes indelebles: los pasillos que caminaban bajo sus pies, las voces de la Colonia Maldita, los estantes que guardaban algo mucho peor que productos en desuso.

Mientras el motor ronroneaba y los faroles del Walmart seguían parpadeando, la sensación de no haber escapado del todo se mantenía enquistada en los huesos de cada uno. La tienda vacía no era tan vacía, ni tan simple. Bajo el concreto, tras las ofertas y rebajas, latía un corazón inadmisible, una promesa de regreso.

Y esa noche, cada uno supo que algunos lugares devoran más que el tiempo y el olvido. Son ellos quienes esperan la siguiente liquidación de almas.

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