Portada del relato Sombra entre carritos
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Fragmento:


Todo comenzó con la caja equivocada. Había pedido un organizador de cajones, uno de esos gadgets baratos para fingir un poco de orden donde no lo había, y en cambio recibió un paquete pesado, sin remitente, envuelto en cinta blanca impoluta, absolutamente ajeno al resto. El paquete era compacto, casi de lujo, y su peso era desconcertante. Con el ceño fruncido y la alerta activada en sus sentidos –un raro resabio de ansiedad aprendida desde pequeña– lo giró entre sus manos.

Duración: 10:08

Sombra entre carritos
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Texto de ajuste de pausa.

El aroma del cartón nuevo flotaba en el aire del cuarto de Sonia desde hacía semanas. No podía evitarlo. El sonido de la notificación, ese sutil campanilleo que anunciaba otro paquete en camino, funcionaba como un disparo de adrenalina diaria. Le daba vida a sus días grises, oficialmente deprimida tras ese último revés laboral y esa ruptura sin despedidas. Internet se volvió su escaparate de sueños y, poco a poco, su único lazo con el rumor apagado del mundo exterior.

Todo comenzó con la caja equivocada. Había pedido un organizador de cajones, uno de esos gadgets baratos para fingir un poco de orden donde no lo había, y en cambio recibió un paquete pesado, sin remitente, envuelto en cinta blanca impoluta, absolutamente ajeno al resto. El paquete era compacto, casi de lujo, y su peso era desconcertante. Con el ceño fruncido y la alerta activada en sus sentidos –un raro resabio de ansiedad aprendida desde pequeña– lo giró entre sus manos.

"Tal vez sea uno de esos premios sorpresa", bromeó para sí misma antes de cortarlo con las tijeras.

Dentro encontró una máscara negra, reluciente, como para una fiesta veneciana pero con líneas demasiado agudas, demasiado… cortantes. La tela en el reverso era suave como terciopelo. Un tag colgaba en su interior: “Envío Especial para Sonia Herrera. Número de pedido 667883”. La notificación de su aplicación de compras parpadeaba, como si la máscara hubiera, de algún modo, registrado su llegada.

Sonia la apartó con desdén y sintió, apenas al hacerlo, como si algo la hubiera rozado desde dentro. Un escalofrío torció sus labios en una mueca. Pensó en la reseña amarga que dejaría. Pero antes, para zanjar la intriga, abrió la app y buscó el número de pedido. No había registro del mismo. Nada en su historial. Nada en estado de “pendiente”, ni en las entregas recientes.

El pulso se le agitó e intentó reír: “¿Alguien me está gastando una broma?”

Aun así, dejó la máscara en la mesa y decidió ignorarla. Hasta la noche. Esa noche, en la oscuridad de su apartamento, el timbre del teléfono la sobresaltó. En el visor se leía “Número privado”. Sonia dudó, pero, sedienta de interacción humana, contestó.

—¿Disfrutando del envío? —dijo una voz distorsionada. El tono era tan plano como el de un locutor leyendo instrucciones de uso.

—¿Quién habla?

El clic del colgar fue tajante. Sonia miró la máscara. Por un instante, le pareció que los agujeros de los ojos se hundían y curvaban como hendiduras animadas por una respiración invisible.

La noche fue larga y su sueño un pantano atormentado por imágenes tumultuosas. Por la mañana, tratando de convencerse de que todo había sido producto de su aislamiento, salió para despejarse. El mundo exterior le pareció borroso; los rostros de los vecinos eran simplemente manchas sin detalles. Caminó hacia el café de la esquina, ignorando la extraña sensación de ser observada.

Cuando volvió a casa, otro paquete aguardaba junto a la puerta. Era más pequeño, pero igual de impersonal y misterioso. Temblando, entró y lo abrió. Era una caja de cuchillos, de acero quirúrgico, afilados como el grito de una pesadilla. Junto a ellos, una nota: “Para que puedas cortar la máscara de la realidad.”

El resto de la tarde Sonia la pasó entre la incredulidad y el miedo surrealista. Llamó a la tienda de compras online, pero la sección de atención al cliente era laberíntica, siempre redirigiéndola, colgando o contestando con voces grabadas que parecían reírse a sus espaldas. Intentó desechar la máscara y la caja de cuchillos en el contenedor del edificio, pero al regresar a casa –con el sudor pegándole la camiseta– halló ambos objetos pulcros sobre su escritorio. Ni una mota de polvo. Ni una explicación lógica.

Dos noches después, la sintió junto a la cama. No vio movimiento, no oyó pasos, pero el peso de la máscara acechaba, tomaba forma de sombra allí donde la luz se negaba a llegar.

El insomnio le robó la lucidez. Había perdido toda noción del tiempo cuando, a las 3:33 am, recibió un nuevo mensaje en la aplicación:

“¿Dispuesta a probarte una nueva vida? Usa tu envío especial.”

El miedo le arrancó un grito. Miró a su alrededor en busca de una cámara oculta, pero la única lente era su propio reflejo en la pantalla, pálida y descompuesta. Abrió la puerta del apartamento y gritó al pasillo. Nadie respondió. El silencio era sepulcral.

Al amanecer, con la razón por los suelos, decidió empezar a investigar. Entre foros de internet tropezó con hilos antiguos donde otras personas hablaban de paquetes erróneos, siempre sin número de pedido, siempre con una máscara en su interior. Casi todos los usuarios, vio Sonia horrorizada, dejaron de escribir apenas días después de sus últimos mensajes. El último post de un tal “KeiValdez” le pareció un presagio:

“Si recibiste la máscara, NO TE LA PONGAS. Bloquéala, rompe el paquete, ignórala… Pero, por favor, NO LA USES.”

Las letras vibraban en la pantalla, se hundían en la garganta de Sonia como fragmentos de cristal.

El timbre sonó de nuevo. Sonia dio un brinco.

Era el repartidor. O, al menos, debía serlo. Pero la figura que aguardaba al otro lado de la puerta era alta, inexpresiva, oculta tras una gorra y una mascarilla quirúrgica que parecía no permitirle respirar. A su lado, el carro de entregas exhibía paquetes con nombres en rotulador rojo. El suyo estaba arriba, su nombre escrito en letras cursivas. Se lo tendió entre dedos enguantados.

—¿Ha pedido usted esto?

El repartidor no se movía ni la miraba a la cara. Sonia notó un hedor extraño, una mezcla de caja siliconada y carne húmeda.

—No, yo… —balbuceó.

—Siempre entrega la app —gruñó el repartidor, su voz como papel de lija—. Toda compra debe ser… usada.

Cerró la puerta temblando, dejando el nuevo paquete sobre la mesa. El repartidor desapareció de la mirilla en silencio absoluto.

La caja contenía un teléfono fijo de aspecto ochentero, amarillo, con líneas afiladas y con la carcasa oculta bajo arañazos. Junto a él, un sobre: “Responde cuando llamen”.

La angustia se clavó en sus costillas. Sonia no pudo moverse. Había caído en una trampa. Los días posteriores sucedieron entre insomnio, búsquedas paranoicas y con la máscara acechando en cada esquina. Unos mensajes lapidarios inundaron su bandeja de entrada:

“¿Listo tu pedido? ¿Listo para la última entrega?”

Ni aún desinstalando la app, ni reseteando el móvil, lograba apartarse de esa red. Todo intento por contactar al exterior era devuelto con mensajes automatizados o, peor, líneas caídas.

La paranoia creció. Cada noche, el teléfono fijo amarillo empezó a sonar, siempre a la misma hora. Sonia nunca lo respondía, pero el timbre, un sonido sobrenatural de campana afinada, reverberaba hasta helar la médula.

Hasta el día en que las paredes comenzaron a sangrar.

No fue sangre literal; era una filtración, viscosa y roja, que descendía lentamente desde el techo del pasillo, carcomiendo la pintura hasta dejarla como piel enferma. Un grito ahogado se ahogó en la garganta de Sonia, que retrocedió hasta golpear la mesa. La máscara estaba allí, mirándola.

Esa noche, tras la tercera llamada, no pudo más. Descolgó el teléfono de pesadilla. Al otro lado, el mismo tono impersonal, apenas distorsionado:

—¿Te pondrás la máscara por fin?

—¡¿Quién eres?!

—La entrega final —dijo la voz—. Ponte la máscara. Deja entrar la oferta especial. No puedes cancelar.

El teléfono se cortó; la electricidad parpadeó como látidos de angustia. Sonia, hecha un ovillo de desesperación, tomó la máscara, dispuesto a quemarla o arrojarla por la ventana.

Pero, en contacto con su piel, la seda negra se pegó como una ventosa, completamente maleable. Sonia cayó de rodillas. Sentía la presión asfixiante en la cabeza, los bordes fragmentando su percepción. La habitación se volvió negra, los sonidos, lejanos.

Entonces lo vio.

Vio a otros usuarios, cientos, tal vez miles. Todos delante de pantallas, todos en habitaciones oscuras, todos con los ojos estallando en pánico tras máscaras idénticas. Y detrás de cada uno, una figura desenfocada, enorme, el mismo repartidor, distinto cada vez.

A través de la niebla de la conciencia, comprendió: era una red, una trampa para solitarios, para caza humana disfrazada de consumismo. Cada máscara reciclaba a su portador en el catálogo. Los cuchillos grababan nuevas rutas en la carne de los inocentes; los teléfonos mantenían el lazo abierto; los repartidores renovaban el stock.

Sonia gritó, pero sin boca, porque la máscara no tenía orificios para gritos. Sintió que algo –una mano, unas garras, un frío tentáculo virtual– le cruzaba el cuello despacio, no para matarla, sino para marcarla. Ahora era parte del inventario.

Cuando despertó, estaba sentada frente a una laptop, en la interfaz de la app. Solo que su nombre ya no era “Sonia Herrera”, sino “Repartidor 2239”.

Una alerta apareció en pantalla. “Nuevo pedido: Envío Especial para [tu nombre aquí]”.

Debajo, un detestable picaporte de clic: “Tramitar pedido”.

Y detrás de sus ojos supo, con terror de otro mundo, que el ciclo nunca acababa. Que la próxima máscara ya estaba de camino.

Y que, tras cada carrito de compras, siempre hay alguien esperando para hacer la entrega final.

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