Fragmento:
Cerró la puerta de golpe, sintiéndose ridículo e infundido de antiguo temor infantil. Echó el pestillo y maldijo el whisky, decidió no pensar en el pavor insensato que bullía en su pecho. Pero justo cuando se tumbó de nuevo, un grito desgarrador cortó la noche, quebrando el silencio como un hacha la carne.
Duración: 10:41
Aquella noche la tormenta no anunciaba nada. Llovía con desgana, apenas el tamborileo suave de cada gota se confundía con los ruidos acallados de la vida nocturna, y solo los destellos ocasionales de los relámpagos recortaban contra el cielo las siluetas perdidas de los tejados. Nadie podría haber imaginado el verdadero horror que se cernía sobre los habitantes dispersos al borde de la carretera interestatal.
El Motel Gilford no salía en ninguna guía. Se anunciaba apenas como “Alojamiento y Descanso 24 horas”, con un neón tristemente parpadeante a la entrada y una sala de recepción regentada por la señora Grady, una mujer menuda que parecía formar parte del mobiliario. Las puertas de las habitaciones—diecisiete en total—descascadas y de pintura apagada por el tiempo, se alineaban cual dientes de una mandíbula rota en torno a un aparcamiento repleto de charcos.
Randall llegó al motel a las ocho y media de la noche. Había conducido durante horas para alejarse del último bar de mala muerte de la ruta 18. Tenía los nudillos ensangrentados y los recuerdos nublados por la mezcla de alcohol y remordimiento. Se registró en la habitación 12, ignorando el saludo distraído de la señora Grady y la mirada huidiza de un hombre enjuto sentado en un rincón, que apenas levantó la cabeza.
El hedor a moho y desinfectante barato lo recibió al abrir la puerta. Randall dejó caer su bolsa y encendió la luz: la lámpara titiló, indecisa, antes de arrojar su pálida y enfermiza claridad sobre la colcha manchada y el espejo enjabonado de humedad. Suspiró sin ganas, se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos, sintiendo cómo la soledad pesaba más y más, cerca del dolor físico.
Mientras afuera la lluvia se intensificaba, algo comenzó a cambiar en el motel. El recepcionista nocturno, un adolescente pálido con orejas despegadas y expresión de terror perpetuo, notó primero la presencia. A través del ventanal de recepción, divisó una figura envuelta en un impermeable negro, arrastrando una bolsa de lona detrás de sí. Lo perturbador era la máscara: de rostro blanco, con una sonrisa grotesca dibujada a cuchillo, trozos de tela empapados ocultando los ojos.
La figura se detuvo frente a la puerta de la recepción, observando sin moverse durante varios minutos. El muchacho fingió atender el registro, su pulso desbocado en las sienes. Cuando miró de nuevo, la figura había desaparecido.
Despertar sobresaltado en la oscuridad era común para Randall, pero esa noche hubo algo diferente: un sonido gutural, suave al principio, provenía de la pared contigua. Podía jurar que era una especie de llanto seco, casi un lamento contenido. Se levantó tambaleante, esperando que los vecinos se callaran. Pero los lamentos se transformaron, gradualmente, en una suerte de rasguño típico de uñas desesperadas arañando madera.
Pensando en silenciar a los ruidosos vecinos, se acercó a la puerta. Al otro lado, el pasillo estaba vacío. Las luces moribundas del corredor provocaban sombras en espiral que parecían moverse solas. Y entonces lo escuchó: el tintineo de llaves, pasos arrastrándose, y una presencia oscura arrastrando algo pesado.
Cerró la puerta de golpe, sintiéndose ridículo e infundido de antiguo temor infantil. Echó el pestillo y maldijo el whisky, decidió no pensar en el pavor insensato que bullía en su pecho. Pero justo cuando se tumbó de nuevo, un grito desgarrador cortó la noche, quebrando el silencio como un hacha la carne.
Fue un grito humano, seguido de un ruido sordo: el golpe de un cuerpo al desplomarse. Randall se sentó de un brinco, la respiración furiosa y los músculos tensos. En la distancia, oyó la puerta de la habitación 14 abrirse y cerrarse con brusquedad. Luego, pasos veloces y asustados cruzaron el estacionamiento, seguidos de un chillido: “¡No, por favor! ¡No!”.
La voz se apagó abruptamente, engullida por la lluvia y el trueno. Randall, sin saber por qué, recordó el rostro escalofriante de la máscara: la sonrisa cruel y perpetua, la carne pálida, los ojos vacíos mal disimulados tras las sombras. Sintió una punzada fría en la base de la columna vertebral.
Dejó pasar unos minutos antes de reunir el valor para mirar por la ventana. Apenas movió la cortina, el relámpago iluminó la figura del Acechador. Estaba allí, en el centro del aparcamiento, agachado sobre algo que apenas se distinguía pero que era demasiado parecido a un cuerpo humano. La máscara brillaba leve, inhumana, bajo la luz intermitente de los relámpagos. El asesino levantó la cabeza, como si supiera que alguien lo observaba, y clavó sus ojos invisibles en Randall.
El joven retrocedió, tropezando. Dio vuelta el cerrojo, buscó su teléfono, pero la señal era nula. Pensó en el pistolón guardado en su bolsa; las manos temblorosas se movieron torpemente, extrayéndolo entre la ropa arrugada.
De pronto, el silencio fue quebrado nuevamente. Esta vez, un golpeteo firme hizo eco en todas las habitaciones del motel. Comenzó en la puerta de la habitación 2 y fue recorriendo el pasillo de fuera: toc-toc, toc-toc, sucesivamente. Como si el asesino se tomara su tiempo, anunciando cada parada.
Randall reprimió un grito, apretando la pistola como si de un fetiche se tratara. La ronda mortal se acercaba; lo supo con certeza. Toc-toc. Habitación 9… Habitación 10… El sonido se hacía más fuerte, como el repicar de un destino inevitable. “¡Mierda, mierda!”, susurró, apretando los dientes.
En la habitación contigua, la pareja que había visto llegar horas antes discutía, ignorando la realidad del peligro. Se oyó la voz de ella, crispada, luego un portazo. La habitación 11 calló abruptamente. El siguiente golpeteo fue a su propia puerta. Toc-toc. Toc-toc. Lento, pesado.
Randall no contestó, ni respiró. Podía percibir el olor metálico, agrio, que cruzaba el umbral. El pestillo vibró suavemente y luego un silencio peligrosamente largo. El miedo era un animal despierto en su pecho, arañando las costillas.
El siguiente ruido fue el del picaporte intentado girarse y, tras comprobar la resistencia, el asesino continuó hasta la habitación 13. Toc-toc. Randall oyó ahora las súplicas aterradas de una anciana solitaria, antes de que estas se extinguieran bajo un chirrido, el crujido de madera, seguido de un chillido sordo. Algo pesado cayó al suelo. Un segundo después se fue la luz; el motel quedó sumido en una oscuridad opresiva, interrumpida solo por relámpagos.
La oscuridad era ahora un monstruo de mil brazos. Desde alguna parte en el pasillo sonaban chapoteos mojados, o la viscosidad de pasos zigzagueantes arrastrando algo ya inerte. Randall intentó recordar una oración, alguna combinación de palabras mágicas de su infancia, pero lo único que emergía era el jadeo de su propio aliento. El miedo tenía nombre y rostro: la máscara que sonreía.
La puerta de su cuarto vibró nuevamente. Esta vez, un golpe sordo fue seguido del lento deslizar de una navaja o cuchillo por entre el borde de la madera, como si el asesino quisiera saborear la angustia antes de irrumpir. Randall apuntó el arma, ojos abiertos de par en par.
Entonces llegó el silencio, tan absoluto como una catástrofe nuclear. La tormenta se había apagado, los gritos cesaron, y solo el zumbido de su sangre en los oídos le recordaba que estaba vivo. Decidió moverse. Corrió hacia el baño, se atrincheró con la puerta atrancada por la tapa del inodoro y apuntó su arma hacia el umbral. Se sentó en el frío y sucio suelo, esperando.
Los minutos se estiraron, retorcidos, huecos. La mente de Randall giraba con imágenes de todos los hombres y mujeres que alguna vez había conocido, y a los que había traicionado o perdido. Se preguntó si la vida realmente se resumía en este instante de espera, esta cruel broma donde la muerte tiene el rostro de una sonrisa falsa. Afuera, el picaporte de la puerta comenzó a moverse una vez más, suave, casi juguetón. Ruido de pasos. Susurros. ¿Eran voces? ¿O el viento?
Pasó una eternidad antes de que el silencio regresara. Se atrevió a salir. La habitación olía aún más a miedo y orina. Tomó su bolsa y cruzó despacio, resignado a enfrentar el horror de frente, pero el pasillo exterior estaba vacío. La lluvia había cesado completamente; incluso los charcos en el asfalto parecían haber sido tragados por un agujero oscuro. Puertas abiertas, algunas colgando de unos goznes mellados, otras ya mordidas por hachas o navajas.
Bajó en puntillas hasta el vestíbulo, donde la señora Grady yacía sobre el mostrador, la cabeza torcida en un ángulo imposible, la expresión sorprendida aún congelada en sus ojos abiertos. El recepcionista adolescente tenía un corte limpio en el cuello. Yardas de cinta adhesiva cubrían su boca.
Desde fuera, un auto rugió, saliendo a toda prisa del aparcamiento, dejando tras de sí marcas de neumáticos sobre un charco espeso y rojizo. A lo lejos, el destello de otra máscara relució brevemente, como un guiño cruel a quienes se atreveran a acercarse.
Randall salió tambaleando, el arma colgando de los dedos atrofiados, y se perdió en la oscuridad del campo. Sabía que el Acechador no lo seguiría… hoy. Porque los asesinos como aquel no cazan por necesidad, ni siquiera por placer. Cazan por el mensaje, por la transmisión de terror, y porque desean que la historia se replique.
Aunque el sol naciente bañó de luz tenue el escenario macabro, y las sirenas de la policía finalmente llenaron de ecos el día nuevo, ninguno encontró al asesino ni comprendió el sentido último de la matanza. Solo vieron cadáveres dispersos y la promesa de que, en algún otro lugar de norteamérica, en otro motel olvidado, la tormenta regresaría.
Randall nunca logró dormir de nuevo. Ningún lugar le pareció seguro—las puertas con cerrojo, las ventanas altas, los perros guardianes se revelaron triviales ante la certeza arcaica de que la máscara que sonríe, tarde o temprano, vendrá por todos.
Afuera, la carretera continua, indiferente. A un costado, otra silueta de impermeable negro ya observa, pacientemente, el vaivén de los autos cansados. La máscara sonríe bajo la capucha, silenciosa y hambrienta, y la niebla se traga todo rastro de los gritos que aún tiemblan en la memoria de quienes sobrevivieron.
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