Portada del relato Susurros después de medianoche
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Fragmento:


Un trueno invisible sacudió la calma. Cerca, por el lado opuesto de la cocina, en la escalera que conducía a las habitaciones, se oyó un roce, como de tela arrastrándose. Julia giró en seco.

Duración: 09:54

Susurros después de medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Era una noche de noviembre donde el viento, como copos invisibles, arrastraba viejas hojas y los golpes de ramas al ventanal creaban un débil golpeteo. La señora Bromfield, vestida con un abrigo gastado y una bufanda de lana color ocre, recogía las llaves mientras recitaba de memoria a la niñera las rutinas de la pequeña Abigail. Julia, apenas mayor de dieciocho años con pecas dispersas como estrellas tímidas sobre la piel pálida, asentía con cansancio fingido pero con la firme paciencia que nace de quienes han estado demasiado tiempo en casas de otros.

—Regresaré pasada la medianoche— dijo la señora. Su voz tembló al pronunciar la hora. Julia, siguiendo su instinto, sonrió para disipar la sombra que cruzó el semblante de la madre.

Cuando la puerta se cerró y la cerradura giró, Julia dejó escapar el aire contenido, como quien teme haber de enfrentarse sola no a un niño, sino a una casa antigua que conoce demasiado acerca de sus habitantes. Abigail, de cabellos finos y oscuros como musgo bajo la luna, dormía ya, según la promesa de sueños tranquilos hecha poco antes. El eco de los pasos de la señora Bromfield en el porche decreció hasta fundirse con el murmullo del barrio adormilado.

En la sala, Julia se acomodó en el sofá, el brillo azul de su móvil deshizo por un momento la penumbra. Afuera, los portones crujían cuando la brisa los forzaba, y en los tablones de madera vieja sonaban retumbos espontáneos llenando la casa de pequeñas alarmas. Los minutos transcurrían con lentitud densa y pegajosa. El reloj de péndulo dio las diez.

Como una costumbre nacida de la desconfianza, Julia revisó ventanas, asegurando candados, y la puerta trasera, que solía atorarse, necesitó un pequeño empujón para ajustarse al marco. El teléfono de línea parpadeaba con la luz habitual de la espera. La joven se permitió un suspiro al dejar el pasillo atrás, ignorando la sombra de los retratos colgados a media altura. No pudo evitar mirar dos veces el largo corredor antes de volver al sofá, donde se obligó a sumergirse en un mar de mensajes sin importancia.

Pasaron veinte minutos hasta que el primer indicio la alcanzó: un chillido lejano, parecido al silbido del viento, que Julia intentó descartar. Sin embargo, después lo escuchó más cerca, algo metálico rozando contra vidrio. Se puso de pie, insegura, y se dirigió hacia la cocina. La pálida luz de la luna entraba a medianas franjas, marcando un rectángulo sobre el suelo ajedrezado de baldosas resbaladizas. Revisó la ventana sobre el fregadero. Estaba cerrada, aunque el vaho de la noche dibujaba extrañas formas en el cristal.

Volvió al corredor y notó un rastro: unas huellas difusas y húmedas que no recordaba haber dejado. Se congeló. Dudó si acudir de inmediato por la pequeña Abigail, pero desechó el impulso con la idea de no alarmar. Iría primero a verificar la puerta trasera, pese al hervidero de heladas punzadas en la nuca.

Al acercarse al umbral, vio lo imposible: la puerta oscilaba apenas unos centímetros, pero suficiente para mostrar una rendija negra. Julia dio dos pasos, apretando en el puño el móvil como si fuese un arma. Al otro lado, la oscuridad del patio parecía observarla, expectante. El pomo estaba frío, pegajoso, y cuando trató de cerrar, lo que parecía ser una rama impidió el encaje. Solo al agacharse, vio que no era una rama, sino una tira de tela negra, tan fina como una gasa, que colgaba floja.

Un trueno invisible sacudió la calma. Cerca, por el lado opuesto de la cocina, en la escalera que conducía a las habitaciones, se oyó un roce, como de tela arrastrándose. Julia giró en seco.

—¿Hay alguien ahí?—susurró, mi voz, su voz, trémula y apagada.

Respondió el silencio. Un frío incómodo ascendió por sus vértebras. Cerró la puerta trasera de un portazo ahogado y cruzó, casi corriendo, hasta el pie de la escalera. Dudó en encender la luz, temiendo despertar a la niña, pero la oscuridad imponía sus demandas.

En esa negrura, una figura. Alta, más que ningún adulto que Julia recordara, de formas apenas insinuadas por un resplandor lateral que venía de la habitación al fondo, como si portara una capa hospitalaria y sobre el rostro algo indistinto, un borrón blanco con ojos de cuencas infinitas. Julia no chilló; el alarido quedó atrapado entre la garganta y los gélidos dientes.

La sombra no avanzó. Parecía estudiosa, expectante. Un instante que se estiró hasta volverse insoportable. Julia retrocedió, manos al frente, cegada por un terror tan puro que no conocía órganos ni huesos.

La criatura (¿hombre?, ¿espectro?) titubeó un paso, y al hacerlo golpeó con la manga de su atuendo la barandilla. El filo de un cuchillo largo y opaco brilló apenas, reflejando los destellos de la lámpara de pie en la sala. Fue ese relámpago de acero el que, de un mazazo, devolvió a Julia el movimiento.

Corrió escaleras arriba, saltando los peldaños. La figura jadeó. El sonido metálico de la hoja rozó la pared. Julia, sin pensar, se lanzó a la habitación de Abigail, cerrando la puerta detrás de sí, girando la llave tres veces con dedos tiesos. Por un segundo, sintió la seguridad efímera de las habitaciones cerradas, aunque ya olía la farsa.

Abigail, aún dormida, se revolvía entre las mantas. Julia cayó al suelo, buscando cualquier objeto, un teléfono, una lámpara. Al mirar por debajo de la rendija, lo vio: dos pies masculinos, descalzos y sucios, esperaban al otro lado. No se movieron. Solo estaban allí, recortados como sombras pintadas en un cuadro perverso.

Y entonces, sonó el teléfono de la sala. El timbre viejo chirrió en la noche. Julia tragó saliva, preguntándose si el sonido también lo escuchaba su perseguidor. Esperó, angustiada. El teléfono sonó cinco, seis, siete veces, con una puntualidad escalofriante que dotaba de presencia, de insidioso patrón, al intervalo. El tintineo cesó. Solo el tic-tac agónico del reloj en la mesa de noche y la respiración entrecortada de Julia llenaban el aire cerrado.

El hombre no hizo nada. A los pocos minutos, cuando Julia se atrevió a mirar de nuevo a la rendija, ya no estaba. El pasillo estaba vacío, apenas iluminado por las luces nocturnas infantiles empotradas en las tomas de corriente. Sigilosa, increíblemente lenta para no despertar a Abigail, retiró el seguro e intentó asomar la cabeza. Nada. Bajó a tientas por las escaleras, armada con una lámpara de mesa. La casa, extrañamente, olía a óxido.

La sala: tal como la había dejado, excepto por algo absurdo: el teléfono colgaba del cable, oscilando como péndulo, y sobre el aparato, una máscara blanca, de yeso sin pintar, dejada cuidadosamente. Julia, temblando, tocó la máscara y al hacerlo, sintió un estremecimiento recorrerle las falanges. En la mejilla, una gota oscura, dudosa, que solo tras un instante reconoció como sangre aún tibia.

Una ventana, la del fondo, estaba abierta de par en par. Por instinto, Julia corrió a cerrarla, pero en el alféizar notó otro trozo de tela, este empapado de carmesí. Un reguero de gotas molestaba el barniz como si marcara un camino errante hacia los arbustos. No se atrevió a acercarse más.

De nuevo, se oyó arriba el crujir de un suelo: el peso amortiguado de alguien que se mueve decidido pero no con prisa. Julia subió con la lámpara entre las manos, arropada de una determinación nueva, casi maternal y animal: protegería a Abigail. La encontró en el pasillo, en los brazos del asesino vestido de blanco. La pequeña estaba dormida, la cabeza ladeada, y la criatura (ya no un hombre, sino una sombra enfundada en la grotesca imitación de un cirujano de hospital antiguo) la sostenía con un brazo, mientras el otro, libre, levantaba el cuchillo helado.

Julia, gritando, se abalanzó. El peso de la lámpara golpeó el brazo alzado. Hubo un gruñido grave, primitivo, y el cuchillo cayó a unos centímetros de los pies de Julia, resbalando bajo una mesa. En ese tiempo borroso, la niñera tomó a la niña y echó a correr escaleras abajo, sintiendo la presión de una mano huesuda aferrarla por un instante antes de soltarla. El chillido vacío del perseguidor rebotó en las paredes, un eco de todas las noches en las que ninguna persona debería estar despierta.

Llegó a la puerta principal. Trató de forzar la cerradura; temblaba tanto que falló dos veces la llave. Giró, la abrió y cruzó el umbral cargando a la pequeña, que aún no despertaba. Ya afuera, bajo la luz naranja de la farola, Julia lloró. Los vecinos acudieron, salieron entre murmullos, arrastrados por el pánico y la compasión.

Nunca atraparon a quien, esa noche, llenó la casa de la familia Bromfield de sangre (pues en el piso superior se halló después lo que quedaba del viejo gato de la niña y de las cortinas arrancadas). Los policías recogieron la máscara y el cuchillo, pero ninguna huella llevó a parte alguna.

Julia, tras la convalecencia, nunca pudo abandonar el terror de los pasillos mal iluminados, ni la creencia —que defendía en secreto— de que la figura aún acechaba en algún limbo entre la vigilia y el sueño, regresando de vez en cuando para observar, desde algún rincón cercano, cómo velaba el sueño de otros niños. Y aunque muchos negaron los detalles, el barrio se llenó de cerraduras reforzadas, de mirillas dobles, y nadie más volvió a contratar a una niñera sin que el recuerdo de aquel cuchillo opaco y su fantasmagórico portador hiciera vibrar el aire con amenaza.

Porque, en esa parte de la ciudad, incluso el trabajo más inocente, al amparo de la noche, puede transformarse en un relato cuya sombra, como la de un árbol seco, nunca desaparece del todo.

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