Fragmento:
Al tercer día, Melina quiso marcharse. “Esta cabaña apesta. No duermo ni respiro bien. Algo no está bien aquí.” Jerry la convenció de quedarse con promesas de whisky y fogatas. Lo intentaron, claro; pero el fuego apenas prendió. La leña rezumaba savia, negra y espesa, cuyo olor amargo quemaba la garganta de quien se acercara.
Duración: 10:58
* * *
Hay noches en las que las leyendas se deslizan como sombras entre los árboles de la Sierra Nevada, donde el viento azota los troncos con furia y la niebla cubre la tierra como un sudario. Era una de esas noches; las ramas de los pinos, retorcidas y silbantes, parecían dedos extendidos y ansiosos. El sendero lodoso albergaba el olor a muerte y a cosas olvidadas. ¿Hay algún lugar más propicio para el horror que una cabaña cubierta de musgo y abandono, allí donde ni siquiera la luna se atreve a mirar?
Los Henderson habían comprado la cabaña hacía tres meses en una subasta judicial. Una ganga, dijeron. Hacía tiempo que deseaban una escapada rústica lejos del ruido de la ciudad. Los amigos de los Henderson, cinco en total —Jerry, el bromista; Melina, irónica y escéptica; Sadie, la esposa de Jerry, siempre atenta; Thomas, el escritor de novelas fallidas, y Luna, la sobrina tardía de los Henderson, huidiza y silenciosa— habían aceptado de buena gana el convite de fin de semana.
La vegetación había recuperado el terreno alrededor de la vieja cabaña. Una cerca astillada ceñía el recinto y, al atardecer, apenas distinguían la silueta tejida de ramas muertas y maleza que cubría parte de la fachada. Sólo al encender la linterna descubrieron un pequeño letrero quemado en una esquina del porche: “Propiedad de los Melrose. Manténgase fuera.” Nadie le dio importancia; sólo Thomas alzó una ceja, pero no dijo nada.
Fueron tres noches de vino, cartas y risas forzadas. Las viejas vigas parecían gemir con la risa, devolviéndola distorsionada como si en algún rincón oscuro alguien más se burlara de ellos. Cada noche, en la oscuridad, se apagaban una por una las linternas y después los móviles, la batería agotada por un generador que tosía y murmuraba hasta quedarse sin fuerza. Y, en medio del silencio absoluto, todos escucharon lo mismo: pasos. Lentos, arrastrados, en la madera podrida. El primer ‘cloc’ bien pudo ser el trabajo de una rata, pero el siguiente, y el siguiente… no.
Sadie tenía el hábito de leer artículos paranormales antes de dormir. Aquella noche, arrebujada bajo la manta, repasó las historias de la cabaña Melrose; al parecer, el anterior propietario había desaparecido en 1978. Una mención breve sobre su esposa y dos hijos, todos ellos ahogados en el pequeño estanque que yacía, ahora seco, a menos de cincuenta metros de la casa. Los cadáveres, decían, jamás fueron hallados, pero un perro les ladraba a los árboles cada noche durante años. Después, silencio.
Al tercer día, Melina quiso marcharse. “Esta cabaña apesta. No duermo ni respiro bien. Algo no está bien aquí.” Jerry la convenció de quedarse con promesas de whisky y fogatas. Lo intentaron, claro; pero el fuego apenas prendió. La leña rezumaba savia, negra y espesa, cuyo olor amargo quemaba la garganta de quien se acercara.
Esa noche, la niebla fue densa y el viento tan sólo un susurro. Cuando rozó la medianoche, Luna salió al porche. Su silueta era apenas visible entre jirones de neblina. Thomas se levantó, preguntando si alguien la había visto. Nadie contestó; estaban ya demasiado dormidos, o demasiado asustados para admitir que oían, sí, esos pasos, pero no podían moverse.
Luna no volvió. Amaneció entre gritos. Los Henderson buscaron en torno a la cabaña, llamando a voz en cuello. Hallaron un pañuelo rojo de Luna ensangrentado, colgando de una de las ramas junto al estanque seco. La tierra allí tenía marcas de bota, profundas y torcidas, como si fueran tanto humanas como de animal. No había rastros de la niña. El miedo se apoderó de todos de golpe, tangible como la escarcha que cubría los troncos.
Durante horas, recorrieron el bosque. Thomas, que siempre había sido valiente con la pluma pero débil de estómago, encontró el rastro de sangre sobre la puerta trasera: una mano, infantil, había dejado allí un borroso mensaje. “Él ve por la ventana.” Pero la única ventana trasera de la cabaña estaba tapada con tablas clavadas recientemente, ninguna de ellas por ninguno de los presentes, según juraron.
Mientras Melina hiperventilaba, Thomas se empecinó en convencer a los otros de marcharse. Pero el coche no arrancó. El generador estaba mordisqueado, los cables expuestos como entrañas. Era extraño, porque cuando lo dejaron la noche anterior funcionaba sin problemas. En el aire flotaba un hedor dulzón, repugnante, mezcla de podredumbre y hierba pisoteada.
La noche cayó de nuevo, y la cabaña crujió bajo el peso de su pasado. Sadie cayó en una especie de letargo. Jerry dormía a su lado, boqueando, como si su oxígeno se lo arrebataran manos invisibles. Melina vigía desde la ventana, temblorosa, con la linterna en la mano. Ni un sonido excepto el de sus propios latidos.
A medianoche, el candado de la trampilla del sótano reventó con un golpe seco. Thomas, que dormitaba en el sofá, pegó un salto al escuchar el estruendo. Durante un segundo se convenció de que era producto de su paranoia. Sin embargo, el hombre —si es que podría llamarse hombre— estuvo allí, en pie al borde del círculo que trazaba la linterna. Era alto y desgarbado, con el rostro cubierto de un trapo podrido que goteaba un líquido viscoso. En una mano, un cuchillo herrumbroso. El brillo de los ojos amarillos taladraba la oscuridad, como si nunca hubieran aprendido a parpadear.
La criatura —porque así la nombrarían después sus miedos— atravesó el umbral sin prisa, arrastrando el cuchillo por las tablas. Jerry despertó con el grito de Thomas, justo a tiempo para ver cómo se abalanzaba sobre él con movimientos felinos. Melina salió disparada hacia el baño, mientras Sadie, medio anestesiada, balbuceaba el nombre de Luna. Thomas tropezó al intentar huir, aterrizó de rodillas junto al fuego moribundo y pudo ver, en un destello funesto, que la mano de aquel ser era blanca y nudosa, como la madera muerta.
El filo raspó la carne dirigiéndose hacia Jerry, quien a duras penas logró esquivarlo arrojando una lámpara de gas al suelo. El aceite se esparció y el fuego prendió al instante. Por un momento, la figura infernal retrocedió ante las llamas, pero sólo hasta que vio caer a Sadie, desmayada, junto a la puerta trasera. Allí fue donde la bestia, moviéndose casi con ternura, la recogió entre sus largos brazos. Nadie pudo detenerla; ni siquiera Jerry, quien forcejeó parte de su alma en ese instante.
La persecución siguió en la espesura. Thomas y Jerry, armados únicamente con una linterna y una rama, corrieron tras la sombra. La niebla devoraba sonidos y formas. Melina gritaba desde la cabaña, pero pronto ya no hubo más gritos.
Encontraron a Sadie junto al estanque, abierta de par en par, como si quien la hubiese matado quisiese hurgar en sus entrañas buscando una respuesta. Luna, o lo que quedaba de ella, yacía cerca, aún con los ojos abiertos y llenos de un pavor inexpresable. Grabado con uñas, cerca del cuello de la niña, se leía una sola palabra: “Melrose”.
Desesperados, huyeron de nuevo hacia la cabaña. Melina ya no estaba. La puerta trasera colgaba floja, arrancada de cuajo. El interior apestaba a humo, pelo quemado y sangre. Thomas, sobrecogido, retrocedió hacia la despensa, en donde se topó con una revelación atroz.
En la penumbra, los retratos consumidos por la humedad mostraban a los Melrose: el padre —con los ojos amarillos del monstruo—, la esposa y los niños. Tenían los mismos rostros que Sadie y Luna, una coincidencia imposible o una pesadilla demasiado real. La sangre salpicaba los marcos, formando un patrón: siempre la misma palabra, repetida una y otra vez, “VELOCIRIEEM” —al principio ininteligible, hasta que Thomas reparó en el reflejo invertido del espejo roto— “MELROSE LIVE”, como si quien la escribió sólo habitara el mundo al revés.
Thomas comenzó a sollozar, comprendiendo que la sangre atraía a la sangre. Los gritos de Jerry, desde el piso de arriba, le devolvieron a la realidad. Cuchillo en mano, el monstruo —el padre, el asesino, el espectro, lo que fuera— avanzaba por el pasillo, la piel colgada a jirones del mentón, el rostro medio devorado por animales o por la misma locura. Jerry forcejeaba con la criatura, intentando defenderse con un pedazo de madera astillada, pero la fuerza del ser era antinatural. Con un solo golpe, lo arrojó contra la pared.
El monstruo se detuvo. Las llamas de la lámpara que comenzaban a extenderse por las cortinas iluminaron su rostro: una mueca de odio infinito, de dolor acechando más allá de la muerte. “No es sólo venganza”, murmuró una voz gorgoteante. “La familia debe reunirse.”
Thomas no podía moverse, paralizado por el terror. El monstruo se giró hacia él, los ojos amarillos ahora brillando con una ira imposible. “Te invitamos a nuestra mesa”, dijo con sorna, extendiendo una mano cubierta de sangre y ceniza.
Pero fue Melina quien apareció por detrás, empuñando el atizador de la chimenea, y lo golpeó en la cabeza. El hombre, o su espectro, cayó de rodillas, pero antes de desplomarse, se abalanzó sobre ella, clavando los dientes en su hombro. Melina gritó, pero en ese momento la viga central, debilitada por el fuego, cedió, y una lluvia de brasas y maderos sepultó tanto al monstruo como a ella.
Thomas y Jerry escaparon, apenas vivos, jadeando y tosiendo, al exterior. La noche era un pozo sin fondo; ni una luz en el pueblo, ni una estrella sobre el cielo cubierto. Desde lejos, observaron cómo la cabaña ardía, las llamas lamiendo las ventanas, proyectando una última y grotesca sombra: la del monstruo, aún luchando por erguirse, mientras la casa se derrumbaba.
La policía jamás encontró cuerpos entre los restos calcinados. Sólo una colección de cuchillos oxidados y osamentas antiguas, pertenecientes al menos a cuatro personas diferentes, junto a prendas infantiles de décadas atrás.
Años después, algunos aseguran ver, al borde del estanque seco, una figura alta y encorvada, de ojos amarillos, acechando entre los árboles. Quien cruza esa tierra jura que, en ciertas noches de niebla, el viento arrastra un nombre: Melrose. Nadie, desde aquel incendio, ha intentado reconstruir la cabaña.
Y en la sierra, cuando el viento sopla viejo y frío, parece reírse: el eco de una familia que jamás pudo irse, ni dejar en paz a los vivos.
Pero, querido lector, ¿cree usted realmente que puede esconderse de lo que ha despertado? La sangre busca sangre, después de todo, y hay heridas en la noche que nunca dejan de sangrar.
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