Portada del relato Incendio en los Nudillos de la Noche
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Sentí que el aire cambiaba de temperatura, un aliento húmedo y bovino que se filtraba por el espacio bajo la puerta. Busqué lo que tenía cerca: una botella rota, el cenicero de campaña, un libro mugriento de cuentos de hadas. Nada, absolutamente nada, era suficiente para hacer frente a lo que había allá afuera.

Duración: 09:15

Incendio en los Nudillos de la Noche
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

La puerta, era siempre la puerta. No el dilapidado papel tapiz con sus flores mustias, ni el ambiente rancio impregnado de sudor y orín y de esa cosa más oscura aún, que sólo los cuerpos arrastran consigo hasta los lugares como este. El Hotel Albatros era de cuarta cuando lo inauguraron en los setenta, y de quinta recaída en el presente; yo lo había elegido por un rumor, y los rumores me atraen como el olor de la sangre atrajo, decían, al primer depredador de la especie humana.

Escuché el pestillo deslizándose apenas llegué: un clic deliberado, como si la oscuridad misma me invitara a quedarme en esa cápsula podrida. No era paranoia: la gerente, una vieja mexicana con el rostro tallado en cuero y los nudillos llenos de anillos, me había observado largamente mientras hacía el check-in, aunque mis papeles estaban en regla y mi dinero, aunque sudado, era suficiente para saldar un mes adelantado de alquiler.

Afuera, la lluvia formaba charcos que reflejaban las luces de la policía tres cuadras al sur. En la televisión de tubo, los noticieros murmuraban sobre una racha de asesinatos tan estilizados como crueles, y las imágenes borrosas mostraban una cinta amarilla ondeando—aunque, tan lejos de aquí, no podía comprender lo cerca que pronto estaría aquel horror.

No fue hasta que la sombra tras la puerta comenzó a moverse al ritmo de mi respiración que sentí el verdadero pánico. A eso de las dos de la madrugada, mientras repasaba con la linterna la lámina oxidada de la ventana, la manija de la puerta giró apenas un centímetro. Entonces, todo se quedó en silencio, un silencio denso, como si el Albatros se hubiera sumido en apnea.

Recordé el rumor: todas las asesinadas, hasta ahora, habían sido encontradas en habitaciones cerradas desde dentro, sin signos de entrada forzada, y siempre en este hotel—que nadie recordaba bien haber visto antes de caer en sus garras. El horror, disfrazado de urbanismo terminal, de habitaciones teñidas en hedores corporales y agua marrón. Nadie dormía ya realmente aquí; sólo se deslizaban, nerviosos, de un sueño leve al siguiente, aferrados a la lujuria, a la miseria o a la mera esperanza de tener un techo.

La segunda vez que la manija giró, supe que no era un error. Alguien, algo, estaba al otro lado. Pegué la oreja con el miedo prendido en la garganta, y el silencio se quebró en apenas un susurro, un roce como de uñas deslizándose por la madera.

Sentí que el aire cambiaba de temperatura, un aliento húmedo y bovino que se filtraba por el espacio bajo la puerta. Busqué lo que tenía cerca: una botella rota, el cenicero de campaña, un libro mugriento de cuentos de hadas. Nada, absolutamente nada, era suficiente para hacer frente a lo que había allá afuera.

La cerradura era antigua, el tipo de pestillo que parece fuerte a la vista pero apenas detendría a un gato decidido. Traté de resistir la tentación de mirar por la mirilla; algo, muy dentro mío, sabía que si miraba, perdería más que la vida. Perdí el tiempo contando respiraciones, forzando el ritmo cardíaco hasta que sentí el retumbar ensordecedor en los tímpanos.

No sé cuánto tiempo pasó. Afuera, nunca se escuchaban pasos claros, sino esa respiración pegajosa, y entre los muebles se arrastraban otros suspiros, los huesos de antiguas víctimas mezclándose con los de la actual. Alguien, no hacía mucho, había dejado la marca negra de su sufrimiento en las baldosas del baño. El sudor me resbalaba por el cuello mientras rumiaba el miedo y el olor a óxido que impregnaba cada sorbo de aire.

Con el alba, logré dormir unos minutos: los sueños me torturaron con imágenes de mutilaciones refinadas, de músculos cortados en patrones deliberados. Alguien—o algo—perfeccionando un arte demasiado negro para los mortales. El sol sacó del fango algún brillo mugroso de las paredes, y sólo entonces me atreví a revisar la mirilla. Nada. Ni siquiera el vestigio de una sombra.

El día transcurrió arrastrándose, y el hotel se tragó a sus huéspedes como un vientre empachado; los murmullos se escabulleron por los pasillos, las puertas permanecieron cerradas más allá de lo razonable. A medianoche, el Albatros era un mausoleo donde cada inquilino respiraba quedo, a la espera.

Tuve que decidir: marcharme ahora, empacar a la carrera, o entablar una lucha sin esperanza tras la compuerta cerrada. Aquella noche, mientras forcejeaba con la decisión, la gerente me pidió que me acercara a la recepción. El mostrador era un catafalco, y tras él, la anciana fumaba cigarrillo tras cigarrillo, su piel arrugada por siglos de azufre y conocimiento.

—¿Sabe usted algo sobre Elisa Maldonado? —preguntó, dejando resbalar la colilla en el cenicero.

Ese era el nombre de la última víctima. Asentí sin mirar a los ojos. Allí estaban, las palabras que no quería oír:

—¿Qué vio usted anoche?

Negué, tembloroso.

—Es el Hotel —susurró entonces, casi para sí misma—. No todos podemos irnos. Unos vienen a morir. —Alzó la mirada—. Pero a veces, los asesinos también se quedan.

Aquella noche, el pestillo fue girado desde dentro. Yo no lo toqué; ya ni siquiera me atrevía a rozar la puerta. Afuera, los pasillos parecían susurrar nombres antiguos, y a mis espaldas sentí un cambio en la presión, una onda que heló cada músculo.

El televisor chisporroteó, mostrando una imagen: mi propia silueta de pie ante la puerta, mientras el reverso de la pantalla mostraba la cámara de seguridad. Afuera, encapuchada, se recortaba una sombra flaca y grotesca, los mismos hombros caídos que aparecían en cada testimonio policial.

Salté. Busqué algo con qué defenderme, pero la sombra no se movía, sólo se pegaba como una lamida obscena a la estructura de la puerta. El canal de la televisión se reseteó solo, y justo antes de que la pantalla se apagara, percibí al fondo otra silueta, agazapada y todavía más oscura.

Intenté recordar cómo había comenzado todo. ¿En qué momento, exactamente, me había invitado a este páramo el rumor? ¿Era sólo la curiosidad malsana, o ese instinto atávico de quienes hemos vivido rondando el filo del cuchillo? Algo me había llamado, y ahora la compuerta se negaba ya no sólo a protegerme, sino a dejarme salir.

El picaporte giró por tercera vez, y ahora fue una caricia lenta, casi deliberada. Me di cuenta de que era demasiado tarde. La ventana estaba clausurada con tablones podridos y hierros cruzados, el baño era apenas un antro sin salida, y el teléfono de línea, arrancado de tajo, colgaba como una lengua cortada.

Pensé en la vieja: ¿no sería ella misma un emisario de lo que acechaba en el umbral? Recordé el tintineo de sus anillos, cómo cada uno parecía marcado con un ojo avieso. Empecé a comprender que los asesinatos no eran sólo la obra de un simple psicópata, sino un rito, una cultivación de miedo que hacía que el propio Hotel cambiara de sitio, migrara de ciudad en ciudad, camelando nuevas presas.

Aspiré una bocanada final de aire, planté los pies descalzos contra el suelo frío e improvisé un arma con la base de la lámpara. Cuando el picaporte giró del todo, y la compuerta cedió con el susurro aceitoso de un secreto largamente guardado, estaba preparado para luchar. O creía estarlo.

La figura que cruzó el umbral era alta, envuelta en un abrigo torcido de cuero negro, la cara oculta bajo una malla mugrienta. Un cuchillo curvado colgaba de una palma enfundada en guante quirúrgico, brillante en el neón. Pero lo que me paralizó fue lo imposible: tras la figura, un desfile de sombras idénticas aguardaba en el pasillo, cada una con sus cuchillos, ninguna pisando la moqueta podrida.

Cerré los ojos y cuando los abrí, la primera sombra ya estaba casi a mi lado, los dedos alabastrinos y asesinos como ramitas de hueso. El golpe que lancé con la lámpara no halló carne, sino un vacío que aspiró el frío. El cuchillo, cuando bajó sobre mi brazo, me amputó el miedo junto con la carne—sólo pude gritar, un aullido que se apagó en la alfombra amortiguada.

Ahí quedó mi conciencia revoloteando entre sueños y pesadillas, y no sé si lo que vino después es real o solo el delirio de un moribundo: la visión de la gerente, de pie al otro lado de la puerta, dándome la espalda y murmurando a las sombras “Uno más para la casa”. El hotel pareció suspirar, hinchándose con mi sufrimiento.

Y mientras mi sangre formaba las runas que algún dios menor había exigido, la puerta cerró suave por sí sola, el pestillo sonó, y supe que la próxima víctima ya estaría llegando, arrastrando su maleta, atraída por el rumor, por esa sed agónica de enfrentarse al horror tras una compuerta cerrada.

Aquí sigo. O creo seguir. Entre los susurros, entre la respiración pegajosa del pasillo. El Hotel Albatros no olvida. Uno sólo puede entrar, nunca marcharse. Ella, la que lleva los anillos, te da la bienvenida. No preguntes por la cerradura: es, después de todo, la última compuerta entre tú y lo que te espera. O entre tú y lo que eres capaz de hacer, cuando la noche, por fin, decida girar la manija por dentro.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.