Fragmento:
La biblioteca del barrio de Sant Martí se levantaba como un vestigio de otra época entre los bloques de cemento, un edificio de piedra blanca y ventanas góticas, haciendo eco de los días en que Barcelona era un enclave de misterios y leyendas, mucho antes de que la ciudad se convirtiera en una metrópolis de turistas y asfalto. Era otoño y la niebla, densa como un sudario, había invadido las calles, flotando como los recuerdos hechos vapor. Javier, bibliotecario de ojos cansados y poca fe en la simpatía humana, veía por el ventanal cómo las farolas se hundían en ese puré turbio, esperando la señal que le indicara que su último turno de noche, el de Halloween, por fin había acabado.
Duración: 11:39
La biblioteca del barrio de Sant Martí se levantaba como un vestigio de otra época entre los bloques de cemento, un edificio de piedra blanca y ventanas góticas, haciendo eco de los días en que Barcelona era un enclave de misterios y leyendas, mucho antes de que la ciudad se convirtiera en una metrópolis de turistas y asfalto. Era otoño y la niebla, densa como un sudario, había invadido las calles, flotando como los recuerdos hechos vapor. Javier, bibliotecario de ojos cansados y poca fe en la simpatía humana, veía por el ventanal cómo las farolas se hundían en ese puré turbio, esperando la señal que le indicara que su último turno de noche, el de Halloween, por fin había acabado.
Nadie quería estar allí esos días, pero la administración era inflexible. La biblioteca debía permanecer abierta hasta la medianoche para dar cobijo a los estudiantes y a los pocos lectores empedernidos que aún frecuentaban aquellos pasillos olorosos a papel mojado. A Javier le habían prometido una compensación extra y, sobre todo, el préstamo exclusivo de cualquier libro raro de la colección oculta, esa de la que nadie hablaba pero que todos los trabajadores conocían.
A las once, la sala estaba prácticamente vacía. Sólo quedabas dos personas: Alba, una estudiante de arquitectura abstraída en su propia isla de apuntes y cafeína, y un hombre que había entrado veinte minutos antes, vistiendo una gabardina gris, de rostro afilado, casi nota al margen en la propia realidad. Javier percibió algo acerado en su mirada, pero los años de trabajo tras un mostrador le habían enseñado a guardar las sensaciones para sí.
En el reloj, el segundero serpenteaba con su letanía continua. Javier recorría los pasillos ajustando los libros, reordenando lo que no estaba lo bastante ordenado, una excusa más para caminar, para evitar la angustia recóndita que se deslizaba en cada sombra cuando el sonido del mundo se extinguía y sólo quedaba el latido del propio corazón.
A las once y media, Alba recogió su abrigo y se despidió con un gesto discreto. Salió al vestíbulo, echándose la bufanda al cuello. Ni el bibliotecario ni el hombre de la gabardina intercambiaron palabra. Poco después, un portazo ahogado y la biblioteca cayó en un silencio aún más absoluto.
Fue entonces cuando Javier percibió el primer detalle inquietante: el leve, insistente chasquido del interruptor de una lámpara rota. No era normal. El vigilante nocturno debía comprobar cada rincón antes de retirarse, pero esa noche, por algún motivo, nadie más estaba allí.
Se dirigió hacia la zona infantil, donde al parecer venía el ruido, el eco de una lámpara que no dejaba de prenderse y apagarse. Encontró la lámpara parpadeando tenuemente y se inclinó para arreglarla, pero en aquel ángulo notó algo más: una sombra tras la estantería de cuentos clásicos. Era demasiado densa, demasiado compacta, como si la persona que la proyectaba no perteneciera a este mundo.
Se incorporó rápidamente, sintiendo una descarga helada por la columna. La sombra, para su consternación, desapareció al instante, pero el olor a metal oxidado quedó flotando en el aire, una reminiscencia azucarada, pegajosa y sanguínea.
Su vuelta al mostrador fue rápida, con pasos mudos y temblorosos. Miró a través de los cristales hacia la entrada y vio la gabardina colgada en el perchero, pero el extraño visitante había desaparecido de su asiento. El libro que hojeaba estaba cerrado, colocado encima de la mesa con esmero.
Pensó en buscarle, invocando una mezcla de profesionalidad y prevención, pero al cruzar la esquina del pasillo principal, lo que encontró fue mucho peor. En la sección de literatura contemporánea, una hilera de libros había sido desplazada; en el suelo, una palabra se abría con letras rojas: "SALID". Durante un segundo, la mente lógica de Javier quiso ver tinta, una broma pesada, pero la viscosidad del líquido y el inconfundible olor disiparon toda duda.
Retrocedió, trastabillando, en dirección a la puerta, buscando el móvil en su bolsillo. Estaba descargado. Maldijo por dentro y se apresuró hacia la cabina de seguridad, situada a pocos metros, junto a los aseos. Al girar el picaporte, apenas tuvo tiempo de ver el reflejo de una hoja brillante antes de que el filo de unas tijeras surcara el aire hacia su cuello. La reacción fue instintiva: se agachó, sintió el golpe de la herramienta cortando el aire y el resto fue una sucesión de sensaciones imprecisas, terror puro propulsándolo hacia la puerta trasera.
En el forcejeo, las tijeras rozaron su mejilla, abriendo una línea ardiente de dolor y sangre. Javier, tambaleante, empujó la puerta y corrió al depósito, un laberinto de pasillos estrechos, repletos de reliquias y libros polvorientos. Se detuvo sólo cuando el juicio le advirtió que el silencio era su único aliado. Tapó la bocanada de aire con la mano, el pecho galopando.
Incluso allí, entre enormes arquivadores y estanterías oxidadas, el eco de los pasos del asesino sonaba como un metrónomo macabro. Las sombras eran ahora anfitrionas de algo peligroso, larvado, que acechaba desde lo oscuridad. El rostro de aquel hombre había cambiado: ya no era plano, anodino, sino que se había transformado en una mueca de odio, los ojos demasiado abiertos, enormes, la boca apretada en una línea quebrada. No era exactamente una máscara, y sin embargo, tenía la irrealidad de un objeto postizo, una mueca que apenas parecía humana.
Javier se deslizó detrás de una pila de cestas de libros, recobrando fuerzas, intentando convencerse de que todo podía tener una salida razonable. Frente a él, sobre el estante, descansaba uno de los libros ocultos de la colección privada. Lo reconocía por la encuadernación y el lomo de cuero desgastado; era *El tratado sobre el arte oscuro*, de autor desconocido.
En ese momento, la linterna del asesino iluminó el pasillo. Su sombra, deforme y gigantesca, abarcó la estancia, y la cuchilla de las tijeras brilló. Avanzaba rápido, cada paso un estallido de madera vieja bajo sus botas.
Javier se aferró al libro. Necesitaba algo, cualquier cosa, alguna defensa. Buscó con la mirada algo que pudiera servir como arma, pero sólo halló un abrecartas pequeño y oxidado. Se acuclilló, escuchando cómo el hombre murmuraba palabras incomprensibles. Parecían versos, una letanía macabra que arrancaba del fondo de sus entrañas. “Para la tinta, la sangre; para el silencio, la muerte; para el lector, el horror,” repetía una y otra vez.
El miedo dio paso a la cólera. Javier se obligó a pensar en Alba. ¿Estaba bien? ¿La habría seguido el asesino después de salir? ¿O acaso había retornado para cumplir con otro de sus rituales?
Un golpe seco interrumpió su reflexión. La silueta del hombre cayó sobre él como un espantapájaros demoníaco, tijeras abiertas, encajando contra la madera de la estantería. Javier logró esquivar por centímetros, aunque sus piernas temblaban. Se impulsó con el abrecartas, hiriendo el costado del psicópata. Lejos de reaccionar con dolor, el hombre rió: una risa sorda, como si estuviera rota.
Comenzó la persecución, frenética y desquiciada, a través de los pasillos, entre montones de libros y vitrinas llenas de manuscritos frágiles. Javier corría, sintiendo el filo de las tijeras cortando el aire a sus espaldas, el olor metálico consolidándose en el ambiente. El asesino le susurraba al oído, tan cerca que Javier podía sentir su aliento ácido: “No quiero que mueras rápido. Quiero historias. Quiero recuerdos. Eres el último libro abierto de esta noche.”
En la sección de novelas policiacas, Javier se atrincheró tras una mesa, sosteniendo el libro viejo contra su pecho. El asesino se aproximó, avanzando despacio, abriendo y cerrando las tijeras en un macabro tic-tac. Su voz era ahora un susurro rugoso, un canto de ultratumba: “¿Te preguntas por qué te escojo a ti? Porque sólo los que aman los libros entienden el verdadero terror: las historias pueden matarnos.”
El psicópata se arrojó sobre la mesa. Javier alzó el libro justo cuando las tijeras bajaban, y el acero chocó contra la cubierta de cuero, resbalando y clavándose en la madera. Por un segundo, Javier vio la locura pura en esos ojos, un abismo en el que se reflejaban todas las pesadillas de su infancia. Forcejeó y, en el fragor de la batalla, logró soltar las tijeras de la mano del asesino.
El hombre retrocedió, jadeante, mientras Javier se armaba de valor y le asestaba un golpe con el abrecartas en la pierna. El tipo cayó de rodillas, sollozando. Pero el peligro no hacía sino redoblarse, porque su agresor, al verse debilitado, extrajo de la gabardina una máscara de porcelana blanca, tan lisa y perfecta como un huevo quemado. Se la ajustó y, de pronto, su actitud cambió. Movimientos rápidos, inhumanos; sólo los ojos, resplandecientes de furia, revelaban que debajo había carnadura.
Javier sintió que algo imposible sucedía: las luces de la biblioteca se encendían y apagaban, creando intervalos de dentelladas de sombra y relámpagos de horror. El asesino, ahora convertido en un espectro enmascarado, se abalanzó de nuevo con una navaja que no había visto salir de ningún bolsillo. Javier tuvo que retroceder, tropezando contra un carrito de libros. El filo le rozó el brazo, otro destello de sangre sobre mármol.
El pánico ya era absoluto. De algún modo, Javier pensó en el despacho de dirección, donde había un botón de emergencia. Se escabulló, tirando volúmenes al suelo, generando estrépito en la esperanza vana de retrasar a su perseguidor. El asesino se abrió paso con pasos pesados, su voz ahora multiplicada, como si la máscara amplificara todos sus pensamientos deformes.
Llegó hasta la puerta del despacho, introduciéndose de un salto. Cerró con llave temblando, y buscó a tientas el botón junto a la mesa. Lo golpeó varias veces, pidiendo un milagro, cuando sintió el golpe seco en la madera: el asesino ya estaba al otro lado, clavando la tijera en la rendija, intentando arrancar la cerradura.
Javier supo, en ese instante, que debía resistir, que si le dejaba entrar, sería el final. Tomó una grapadora, su último recurso, y se apostó junto a la ventana. La sirena, al fin, sonó: una fragor ensordecedor que anunció al vecindario y a la policía. Sin embargo, el asesino no se amedrentó. Metió la mano ensangrentada por la rendija, buscó a ciegas, y gritó su nombre: “¡Javier! ¡Todos los bibliotecarios mueren igual! ¡Eres sólo otro capítulo!”.
Cuando la policía rompió la puerta principal, encontraron el despacho destrozado, los libros esparcidos y la sangre formando caracteres ilegibles sobre la moqueta. El ataque se había detenido sólo unos minutos antes. Javier estaba en shock, pero ileso; el asesino, sin embargo, había desaparecido. Sólo quedaba la máscara de porcelana partida en dos, las tijeras en el suelo y el libro oculto sobre la mesa. Nadie comprendió cómo logró escapar. Nadie supo quién era en realidad. Pero entre los susurros y los espasmos de terror, una nueva leyenda nació esa noche en Sant Martí: la historia de la biblioteca y el asesino de las tijeras, el hombre que devoraba relatos y sangraba tinta en las sombras de la noche.
Javier nunca olvidaría los ojos tras la máscara, ni la certeza de que, en algún lugar de la ciudad, alguien esperaba el próximo turno para abrir otro libro y cerrar otro capítulo con sangre. Porque, en el corazón de cada historia, siempre hay un asesino esperando en la oscuridad. Y Barcelona, después de todo, nunca deja de escribir pesadillas.
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