Portada del relato El huésped invisible
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Fragmento:


Cuando Harriet abrió la puerta, el reloj de la entrada marcaba 23:41. Llevaba veinte minutos esperando en la penumbra de la sala, apoyada en la butaca del ventanal que daba a la calle, sin moverse apenas, atenta al menor sonido. Era jueves y el zumbido del barrio se había apagado hacía horas, pero el coche de Alan no había regresado. Ni llamada, ni mensaje. Eso no era propio de él. “Otra vez trabajando tarde”, murmuró intentando convencerse, aunque la angustia serpenteaba ya por el estómago como un reptil agazapado.

Duración: 09:11

El huésped invisible
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando Harriet abrió la puerta, el reloj de la entrada marcaba 23:41. Llevaba veinte minutos esperando en la penumbra de la sala, apoyada en la butaca del ventanal que daba a la calle, sin moverse apenas, atenta al menor sonido. Era jueves y el zumbido del barrio se había apagado hacía horas, pero el coche de Alan no había regresado. Ni llamada, ni mensaje. Eso no era propio de él. “Otra vez trabajando tarde”, murmuró intentando convencerse, aunque la angustia serpenteaba ya por el estómago como un reptil agazapado.

Miró el móvil de nuevo. Sin señal. Ni cobertura. Ni respuesta alguna a los mensajes que le había dejado. Harriet era la reina de las conjeturas: repasó cada posibilidad, desde un atasco o una rueda pinchada hasta ese repentino mal presentimiento, viscoso y oscuro, que se deslizó por su espina dorsal como un sudor helado. La tormenta prometida retumbaba amenazante en el horizonte; los relámpagos iluminando las cortinas cada pocos minutos.

Alguien tocó el timbre. Seco, agudo, casi urgente. No fue larga la pausa entre la primera llamada y la segunda, y luego la tercera, algo más impaciente. Harriet, temblando, no se atrevió primero a acercarse ni a mirar por la mirilla. Sólo pensó en Alan, esperando que fuera él, empapado quizá, con alguna excusa trivial y sonrisa cansada.

Al otro lado, a través de las rendijas de la puerta, se filtró una voz: “¿Señora Winter? ¿Harriet Winter?”

Era una voz masculina, plana y pulcra, como la de un locutor radiofónico. Harriet se aclaró la garganta antes de contestar, con un hilo de voz:

—¿Quién es?

—Constable Downes. Lamento la hora, señora, pero sucedió un accidente. ¿Puedo pasar unos minutos?

Dudó apenas un instante. Dudó quizás cinco segundos demasiado. Nadie sabía su nombre completo: solo Alan lo usaba ya.

Abrió la puerta. Un hombre joven, demasiado bien afeitado, con uniforme impoluto y gorra bajo el brazo, la saludó inclinando apenas la cabeza.

—No se preocupe —añadió él enseguida, casi anticipando los latidos frenéticos del corazón de Harriet—. Vengo por precaución. Uno de los vehículos implicados coincidía con el modelo de su marido y aparecieron algunos objetos... ¿Podría responderme a unas preguntas dentro?

El hombre no pareció notar la sombra que cruzó la mirada de Harriet, ni su silencio, ni su forma de apartarse un poco del quicio, dejando el paso abierto solo un par de centímetros.

—Por supuesto —respondió, insegura.

Él cruzó el umbral con unos pasos medidos, precisos. Harriet no se movió: percibía un olor extraño en el aire, algo metálico y fresco, como tierra húmeda tras una tormenta.

Downes echó un rápido vistazo a la morada: normal, ordenada, con pequeñas extravagancias que sólo alguien verdaderamente obsesionado notaría. Harriet sintió que la observaba, no como un hombre, sino como un cazador observa a una presa antes de decidir el golpe final.

Tomó asiento en el sofá, no sin antes mirar de reojo la repisa donde tres pequeñas figuras decorativas—peces de cristal—brillaban en la penumbra, faltando uno en el centro.

—¿Sabe cuándo fue la última vez que habló con su marido, señora Winter?

Harriet se encogió sobre sí misma. Su voz salió apenas un susurro:

—A eso de las seis… Me llamó para decir que llegaría tarde. Trabajo.

—¿Recuerda si mencionó dónde estaría?

—Dijo que iba al archivo del distrito, para una auditoría.

Downes asintió; tomó una pequeña libreta del interior de la chaqueta y se inclinó hacia delante, con gesto de preocupación casi sincera.

—¿Sabe si últimamente notó algo extraño en él? ¿Algún comportamiento fuera de lo común? —preguntó.

Harriet pensó en los silencios recientes de Alan, en las conversaciones cortadas súbitamente, las noches en que mentía sobre las horas extras y volvía olíendo a cosas que no reconocía: cítricos, pintura vieja, algo agrio. Y el día anterior, cuando tuvo ese acceso de furia intangible y le gritó, después se encerró en el despacho. Pero no podía mencionarlo de aquella manera tan precisa, no a un desconocido, incluso si decía ser un policía.

—No, nada especial.

El agente la miró fijamente, y tras una breve pausa se levantó.

—¿Le importa si echo un vistazo? Es sólo rutina.

—No, claro.

Era mentira. Le importaba mucho.

Mientras Downes se deslizaba por el pasillo, cada paso amortiguado por la vieja moqueta, Harriet sintió la repentina e irreversible certeza de que había algo más. Esta visita no era sólo una molestia administrativa; era una amenaza, una advertencia, una exploración. Recordó de pronto la carta, aquella nota anónima recibida hace un mes: “Todo lo que amamos puede desaparecer. Abra la puerta sólo a quien conozca."

Por costumbre, subió la vista y se fijó en la cerradura de la puerta. La llave seguía ahí, encajada por dentro. Pero entonces notó el felpudo: unas partículas terrosas, granos gruesos y rojizos, repartidos torpemente, como si alguien hubiera rascado el suelo poco antes de entrar. No era barro de la calle. Era algo más seco, más antiguo, casi polvoriento.

La voz de Downes surgió desde el despacho:

—¿Hay algo aquí que le pertenezca a su marido y que haya desaparecido recientemente?

Harriet no contestó enseguida. Se acercó al despacho: Downes estaba de pie frente a los libros, hojeando con un dedo enguantado unos papeles, revisando un trofeo de pesca, un cenicero vacío. Entonces, le vio recoger del escritorio una pequeña bolsita de cuero: la que Alan usaba para guardar monedas extranjeras.

El agente se la mostró.

—¿La reconoce?

—Sí —apenas un suspiro—. Es de Alan. ¿Dónde la encontraron?

—En el lugar del accidente.

“¿Entonces ha desaparecido?”, quiso preguntar Harriet, pero su garganta se cerró. La angustia, el presentimiento, el extraño aroma, la incomodidad: todo se mezclaba en una sola sensación insoportable.

El silencio entre ambos se hizo extendido, cruel.

—Muchas desapariciones últimamente en este sector —dijo Downes, mirando a Harriet con detenimiento, como si midiera su reacción ante la frase.

—¿Qué tipo de desapariciones?

—Personas. Adultos, casi todos hombres. Algunos casos han sido archivados antes de tiempo.

De pronto, Downes sacó de su chaqueta una bolsa de pruebas y la dejó sobre la mesa.

Dentro, una pequeña figura de cristal, idéntica a las de la repisa —la que faltaba—, pero estaba manchada. Harriet casi gritó, porque la mancha era de un color rojizo, oscuro. Sangre seca, o algo que se le parecía demasiado.

—¿Esto no le pertenece, verdad?

—¿Dónde la encontró? —logró articular finalmente.

Downes no respondió. De pronto, el sonido sordo de un móvil vibrando rompió el hechizo. Harriet reconoció el tono: era el de Alan. El agente sacó de otro bolsillo un aparato viejo—demasiado familiar—y lo dejó encima de la mesa, sin apartar la mirada de Harriet.

—A veces las respuestas llegan cuando menos las esperamos —murmuró.

La tormenta estalló afuera, tan fuerte y cercana que pareció sacudir las ventanas.

—¿Dónde está Alan? —dijo Harriet, con una voz que ya no era suya.

El agente sonrió entonces. Ya no era la sonrisa educada del policía, sino otra, más amplia y vacía. En su mirada había un destello de triunfo, de algo abismalmente frío.

—Encontraremos lo que buscamos —susurró, dando la vuelta a la figura de cristal para que Harriet viera, debajo, algo escrito a mano: las iniciales de Alan, seguidas de una fecha del día anterior.

Un relámpago iluminó el cuarto. Downes se levantó, recorrió la estancia, se detuvo junto a la puerta principal. Su mano jugueteó con la llave incrustada por dentro, y la giró... sólo un poco.

Harriet sintió cómo el aire se volvía irrespirable.

—¿Va a dejarme aquí? ¿Eso es todo? ¿Dónde está él?

La pregunta era estúpida. La respuesta, también.

El agente miró despacio la estancia, las figuras de cristal, el polvo ancestral, el móvil mudo de Alan.

—A veces los muertos son los primeros en desaparecer —dijo, abriendo la puerta de par en par.

Pero nadie le respondió.

Nadie volvió a VÍR Harriet.

Sólo, más tarde, el ruido apagado de una visita inesperada, el murmullo de pasos sobre el felpudo sucio, y la certeza de que en esa casa faltaba algo más que una figura de cristal en la repisa.

A la mañana siguiente, el cartero dejaría una carta más en el buzón. Sin remite. Sin dirección. Sólo una frase temblorosa, manuscrita:

“Abra la puerta sólo a quien conozca”.

Y entre el polvo del felpudo, una huella nueva. Más pequeña. De mujer.

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