El hombre vestido de rojo avergonzaba al crepúsculo cuando caminaba. El rojo era su obsesión y su signo: guantes de cuero, botas brillantes, chaqueta pesada, pantalones pitillo que destellaban como una herida. El casero del hostal pensó, a primera vista, que sería alguien de la ópera, o de alguna secta tan intrincada como su atuendo. Pero la verdad era menos teatral: el hombre en rojo había venido a asesinar.
En los suburbios de la ciudad, justo en la frontera donde los perros vuelven salvajes y las autopistas son ríos de basura y mugre, se deslizaba. Tenía un olfato para esto: sabía dónde moraba la soledad, dónde habitaba el dolor. El infierno era la ciudad cuando caía la noche.
El primero fue una mujer, ahogando su llanto en el cuarto trasero de una lavandería industrial; el hombre en rojo no le habló, solo le susurró un fragmento de canción rota, un tintineo incomprensible. Cuando la mató, fue como abrir una puerta y caer. Nadie entendió lo que hallaron después: el olor a canela y hierro, los rastros que formaban palabras en las paredes, la expresión de un goce inhumano en el rostro de la muerta. A la policía aquello les quemó la mente. Algo no encajaba; algo era (y no era) humano.
Al hombre en rojo le decían El Rastro. Nadie sabía de dónde salía ese apodo, pero siempre estaba ligado a rumores sobre la noche. Nadie lo vio llegar, pero todos lo sentían en el aire. El segundo fue un joven, colgado boca abajo en el túnel del metro, como si esperara una extraña transfusión. Lo hallaron de madrugada; quien lo vio primero dijo que los ojos del chico bailaban todavía, y que en los túneles resonaban gemidos lejanos, como bailes de ultratumba.
***
Entonces groseramente, una mujer llamada Julia comenzó a soñar con Él. No como identidad, sino como fuerza, color, carne y nervio destilados en un relámpago de rojo. Julia era técnica del hospital municipal, especializada en nada, totalmente aburrida de su vida hasta que los sueños la secuestraron. No eran pesadillas: eran inmersiones. Trances. Julia veía a través de los ojos de la muerte.
En su primer trance, estuvo flotando a la altura del techo de una habitación empapada en sangre; observó cómo el hombre en rojo levantaba los brazos y dejaba caer el peso de la violencia sobre un cuerpo deshecho, pero había algo más: detrás del asesino había una puerta y, más allá de la puerta, algo zumbaba, algo que suplicaba y chillaba en coral. Julia veía el infierno. Sabía, sin saber cómo, que el hombre en rojo mataba para alimentar una grieta entre el mundo y lo que se deslizaba más abajo, una bestia de lenguas abstractas que lamía los bordes de la realidad.
Julia no podía dejar de dormir. Empezó a buscar información sobre esas muertes, temerosa de que solo fueran expresiones de un terror privado, psicótico. Pero eran reales; cada asesinato era una noticia menor, un detalle sangriento en la línea de sucesos de la ciudad, y cada vez que abría el periódico veía una mueca de lo visto en su sueño.
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En la morgue, olor a formaldehído y cloro, Julia espiaba el cuerpo más reciente. Había dejado una toalla roja sobre el tórax: “Un nuevo mensaje”, decían los patólogos. Nadie veía la lengua fragmentada en símbolos, ni entendían la intencionalidad del corte debajo del esternón, donde la piel parecía abrirse como si la carne de la víctima sirviera de rito o sacrificio.
En los sueños, Julia ya podía sentir la voz que hablaba desde la grieta. No veía su rostro, pero oía el arrastre de las palabras:
“Dame lo que amas, y te ofrezco lo que perdiste. Carne por carne, sombra por sombra”.
¿Era la voz de la bestia? ¿Acaso del infierno? Pronunciaba su nombre y le enseñaba cuadros: la ciudad devorada desde adentro, la gente colgando de una telaraña de luz púrpura, los ojos de todos revirtiéndose hacia la negrura.
Después de la tercera noche sin dormir, Julia empezó a cambiar. El insomnio, la fatiga, los flashes de la voz que la llamaba. Su vida se fue desmoronando. Sus compañeros notaron el rumor en su piel, el temblor constante de sus manos, la mirada vacía. Ella veía las muertes antes de que ocurrieran; el hombre en rojo contaba ya con su audiencia especial.
***
Julia encontró la grieta.
No pudo evitarlo: sus pies la llevaron, entre niebla, a la fábrica abandonada. Allí donde el hombre en rojo salmodiaba, y algo respondía en el subsuelo. Entre las máquinas oxidadas, Julia vio el suelo abrirse: el asfalto se agrietó y emergió un resplandor violeta, semejante al interior de la boca de un animal prehistórico. Escuchó la voz en estéreo: “Cruza”.
Sintió que se descomponía. No era miedo, ni siquiera terror: era la pura comprensión de que existían fronteras que debían permanecer selladas. Pero la bestia la arrastraba desde su interior. Por una vez en la vida, tenía un propósito. Seguir al hombre en rojo. Detener el ciclo.
El asesino estaba frente a ella, en trance, igual que en sus sueños. Tenía la cara cubierta de sudor, con los ojos tan extraños, como reflejando una tormenta interna; él también escuchaba a la bestia. Le hablaba en una cadencia antigua, mezclando idiomas perdidos, fragmentos de liturgia y ruido blanco. Y comprendió en un destello: el asesino también era un instrumento, alguien elegido por la grieta para maquillar la angustia del infierno en los rostros de los inocentes.
Julia se le acercó:
—¿Por qué ellos?
El hombre en rojo sonrió, una mueca cuidadosa y vacía:
—No importa a quién. Solo importa que la grieta tenga alimento.
Trató de tocarlo, pero su mano cruzó una membrana caliente, pulsante, como piel de tambor. El asesino dio media vuelta y, con una rapidez brutal, le clavó un cuchillo al costado. Pero Julia no lloró; la herida era solo el umbral.
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Despertó en un lugar imposible. No era la fábrica, ni el hospital, ni una casa. Era un corredor de carne, donde las paredes se contraían y gemían, donde el aire era líquido y la luz de un rojo inédito. Julia caminaba, sabiendo que allí el tiempo era otro, que las cosas que habían escapado de la grieta la observaban desde las trabéculas de una existencia distinta. Nadie tenía rostro; todos eran espejos de su propio álter, mutilados en formas que solo su subconsciente podría diseñar.
La bestia hablaba en imágenes, llenando la mente de Julia de recuerdos falsos y futuros imposibles: ella asesinando, comiendo corazones, bailando sobre masas de huesos triturados. Veía la historia de todos los que habían pasado por la grieta. Mil años de violencia y hambre, siempre alimentando el agujero en el mundo superior.
Comprendió el ciclo: cada ciudad tiene una grieta; la grieta llama a un instrumento; el instrumento alimenta hasta que la grieta puede abrirse y regurgitar un extracto de puro dolor a la superficie. El infierno no era lugar; era un ciclo, una infección de la realidad, una prolongación de la locura y la sangre.
Julia se vio a sí misma, multiplicada por los espejos antropomórficos de la carne, bailando con el hombre en rojo, ambos con cuchillos, riendo, repitiendo el rito. Se resistió, suplicó, intentó volverse otra, pero ya era tarde: la grieta la había marcado.
***
Cuando despertó en la acera de la fábrica, el sol subía, y nadie la reconocía. En sus manos, las membranas de la noche, todavía veía restos de carne, como si hubiera arrastrado el infierno de vuelta. En la distancia, la policía cordoneaba el área: alguien había hallado un cuerpo partido en dos, con un rastro de sangre formando palabras en el camino.
Julia no podía hablar. Caminó hasta su apartamento y desinfectó sus heridas. Tiró toda su ropa, quemó las sábanas, pero no pudo limpiar la bruma que la envolvía. En sus sueños, veía la grieta expandirse, convertir la ciudad entera en un anfiteatro de dolor, donde el infierno aplaudía con aplausos hechos de lenguas humanas. Y en el filo de la alucinación, supo que el hombre en rojo no estaba muerto; solo cambiaba de rostro y de cuerpo. Notó que, de alguna manera, llevaba ahora su chaqueta, y que los guantes rojos le encajaban perfecto.
El ciclo reclamaba nuevos nombres.
Julia entendió su papel: era el nuevo instrumento. Nadie lo notaría. Nadie creería que lo invisible puede brincar de humano en humano, que la grieta busca siempre carne fresca para danzar su hambre.
Sabía qué debía hacer.
Bajo la lluvia, la ciudad olía a hierro oxidado y a canela quemada. Ya nadie la miraba; la grieta era toda la ciudad, un vientre trabajando, esperando que las cosas del otro lado la atravesaran, a través de Julia, hacia el mundo.
Y la voz de la bestia, triunfante, susurró:
“Ahora sí, danza. El infierno es un trance que jamás se interrumpe”.
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