Fragmento:
Afuera, la lluvia copiosa de ceniza oscurecía los azulejos, tapando letreros, emborronando esquinas, enterrando en polvo hospitales y escuelas. Nadie salía ya sin mascarilla. Los incendios, decían, estaban bajo control, pero se mentían: los barrios enteros que ardían nocturnamente eran perfectos para perderse. Para él, eran algo más: un telón de fondo ideal.
Duración: 11:18
El cielo era de un gris extrañamente denso, pesado; algo que parecía más piedra que nube, como si el firmamento entero hubiera decidido aplastarse contra las calles de la ciudad. Dentro del apartamento 6C, un hombre de treinta y cuatro años, alto, de cuerpo esbelto y rostro neutral como una máscara en blanco, observaba la urbe perdida más allá de la ventana. Su nombre oficial era Lucas Erhard, aunque él prefería pensarse como nada. Ni testigo, ni actor: solo presencia. Había leído de pequeño —antes de cualquier trauma, antes de todas las muertes— que si uno se concentraba mucho en la nada, podía escuchar el murmullo del mundo antes de formarse. En ese rumor subyacente siempre estaba la lluvia. Esta tarde la lluvia no era de agua: bajaban finos copos, grises y finamente abrasivos, ceniza pura, producto de los incendios que ya ni siquiera causaban alarma.
Lucas se movía en la penumbra, entre muebles de líneas rectas y colores tenues. En una mesita del salón, acumulaba pequeñas recuerdos: relojes de pulsera, recortes de cuero, medallas, alguna carta trasnochada recogida de un buzón ajeno. No importaba cuántas veces los alineara: reinaba el desorden, un caos que nunca podría ordenar del todo porque para eso tendría que dejar de matar. Y dejar de matar era dejar de existir.
Contempló uno de los relojes: manecillas detenidas en la 1:04, una mancha oscura en la correa de piel. Recordó el crujido de la garganta, la lucha bajo sus manos. El reloj lo había sentido antes de que su dueño supiera que iba a morir. Esos pensamientos lo tranquilizaban. No era exactamente placer lo que sentía, sino algo parecido al alivio. Sabía que con cada muerte se liberaba momentáneamente del peso de la ciudad y de la ceniza.
Afuera, la lluvia copiosa de ceniza oscurecía los azulejos, tapando letreros, emborronando esquinas, enterrando en polvo hospitales y escuelas. Nadie salía ya sin mascarilla. Los incendios, decían, estaban bajo control, pero se mentían: los barrios enteros que ardían nocturnamente eran perfectos para perderse. Para él, eran algo más: un telón de fondo ideal.
Lucas eligió esa tarde para salir. Colocó bajo el abrigo su cuchillo de hoja ancha, la linterna pequeña y un objeto que usaba siempre para cada víctima: una bolsita con arena fina, extraída de un parque. Un detalle que había leído en un libro policial y adoptado como firma, para recordar cada crimen como un grano más en el cúmulo inabarcable de la existencia. Antes de salir, bajó súbito a la cocina. Llenó un vaso de agua y lo observó. En la superficie flotaban motas negras. Ceniza, siempre ceniza.
Al caminar por las calles, el aire ardía dulzón y amargo, y la gente se movía con la cara tapada, sin mirarse, sin reconocerse. La ceniza borraba no solo los colores, sino los detalles, las identidades individuales. Le gustaba ese anonimato. Elegía a las personas no tanto por debilidad o descuido, sino por su modo de resistirse al olvido: los que sostenían la mirada, los que protestaban contra la niebla tóxica, los que aún reían. Esas eran sus víctimas predilectas, ofrecerlas como exvotos contra la amnesia generalizada.
Cruzó dos avenidas y cinco calles secundarias, siguiendo a una mujer de andar enérgico, abrigo rojo. Ella volvía de trabajar, el bolso sujeto con firmeza. Se refugió bajo un pórtico a observarla. Ella no lo notó, atrapada en la rutina; nunca lo notaban hasta que era tarde. Subió tras ella por la escalera de un edificio oscuro, de azulejos rotos, luz de emergencia oscilante. Él sintió la tensión entre ambos, esa línea invisible que precede al acto. Cuando ella se detuvo, dudando de qué piso era, Lucas se lanzó como una sombra. Un par de movimientos precisos, aprendidos en años de inercia asesina. La luz parpadeó sobre el cuchillo y la sangre, entreverado todo con el hollín que ya cubría la penumbra.
Cuando terminó, la ceniza reposaba sobre su abrigo y el cadáver, difuminando los bordes, borrando la escena en tiempo real. La mujer se convirtió no en un cadáver sino en una forma, una presencia borrosa en el suelo negro. Lucas extrajo la bolsa de arena y la dejó a los pies de la mujer. Era, tal vez, una burla: ¿qué valía más? ¿La ceniza que llovía desde meteoritos invisibles, o aquel polvo traído por su mano deliberada? Todavía temblando, bajó las escaleras y se perdió entre la lluvia cada vez más espesa de ceniza.
Esa noche dormía mal. En la penumbra de su dormitorio, los recuerdos danzaban junto a los ecos del incendio, a los destellos rojizos que venían de las ventanas. Sin embargo, había algo que lo inquietaba más que la imagen de la mujer: la sensación de que no era el único. No era paranoia, sino certeza, un reconocimiento que iba más allá de los sentidos ordinarios. La ciudad, en tensión por la ola absurda de muertes —a veces reconocidas como homicidios, más frecuentemente atribuidas a la violencia genérica de los incendios— estaba preñada de presencias como la suya.
Al día siguiente, la ceniza seguía cayendo. El sonido era sordo, pesado, como si un ejército de insectos diminutos arañara las ventanas sin entrar nunca. La ciudad parecía atrapada en la antesala del apocalipsis, todos en el umbral de perderlo todo. Lucas no podía esperar. El ansia de matar crecía: la lluvia de ceniza lo empujaba, le sugería que la memoria sobrevivía solo a través del acto violento. El silencio sería lo único final, lo único absoluto; la muerte era el modo de escribir sobre la nada.
Esa tarde eligió otro sector, otro nido de anonimato. Pasó por una plaza donde los columpios estaban cubiertos de polvo, irreconocibles. Vio a un hombre alimentando a un perro callejero: un gesto tierno, casi ilegible entre la violencia general. Lucas se sintió obligado a seguirlo. El hombre andaba con el paso corto y los hombros caídos, sobre la chaqueta una capa de ceniza reciente.
Lo siguió por las callejuelas hasta un viejo bloque de departamentos. Esperó unos minutos antes de entrar, los guantes listos. El pasillo olía a humo y desinfectante barato. Encontró la puerta, tocó con los nudillos y escuchó pasos vacilantes. Al abrir, el hombre lo miró y no supo reaccionar: en la ciudad de las máscaras y la niebla, la cortesía aún era más fuerte que el miedo.
Esta vez Lucas se sintió torpe, como si la ceniza se le hubiera infiltrado en los huesos. Peleó más de lo necesario; el cuchillo resbaló, el hombre retrocedió, desesperado. En el forcejeo, el perro ladró desde otra habitación, y Lucas sintió una punzada inusual de piedad por el animal. No obstante, perseveró: la muerte era su manera de oponer resistencia a la desintegración. Cuando lo hubo logrado, dejó la bolsita de arena encima de la mesa, junto a una taza a medio tomar. Salió al pasillo y por primera vez en meses sintió miedo real, una sombra detrás suyo.
Corrió calle abajo, oyendo a lo lejos el rumor del perro, un aullido triste tras la puerta medio abierta. Juró no volver, pero supo que mentía. La ciudad reclamaba a gente como él; la ceniza lo demostraba, cubriéndolo todo con su manto de olvido. Esa noche volvió a su apartamento, se duchó durante media hora, tratando de arrancarse el olor, el recuerdo. No pudo. Ni la sangre ni la ceniza se iban jamás.
Las noticias cubrían la pantalla de su televisor viejo: “Incendios incontrolables”, “ciudad en vilo”. Nadie hablaba de los asesinatos. Lucas los contaba en secreto, ordenando los objetos detrás suyo como un sacerdote que temiese a la muerte propia. Pero esa noche, entre sueños cargados de gris y calor, oyó algo más: un nombre susurrado, una dirección no suya.
No pudo resistirlo. Al día siguiente, temprano, cuando la ceniza caía como lluvia perpetua, Lucas recorrió la ciudad hacia el barrio sur. Buscaba la dirección; no sabía por qué, solo obedecía el mandato de las pesadillas. La halló en un edificio de concreto, con el yeso desmoronándose bajo la capa de hollín. Subió por la escalera y vio, en la puerta, una bolsita con arena, idéntica a la suya.
El terror lo llenó, frío y nada blando: alguien más, otro como él, había firmado su crimen con el mismo gesto. El silencio a su alrededor pesaba, la ceniza caía aún más tupida. Lucas no entró al departamento: retrocedió, tambaleando, sintiendo que en la ciudad alguien lo miraba, lo intuía, lo perseguía. Su estómago se retorció; la naturaleza de su anonimato se quebraba.
Durante días no pudo salir, paralizado por la certeza de una competencia invisible. Cayó entonces en otra rutina: la de dejar su huella menos obvia, de borrar incluso las dudas. Pero no importaba: tras cada crimen, en alguna escena, encontraba otra bolsita colocada en un gesto idéntico al suyo. Su firma ya no era única; era parte de una suma, de un misterio mayor.
Lucas se obsesionó. Recopiló recortes de diarios abandonados, siguió trayectorias probables, estudió mapas de los incendios, tratando de distinguir el patrón de su perseguidor. No halló nada: la ciudad, bajo la lluvia perpetua de ceniza, borraba hasta las mejores intenciones. Comenzó a temer que, si moría, nadie sabría jamás quién era él, ni por qué lo había hecho: sería solo otra cifra bajo el polvo gris.
La solución vino por sí sola. Una noche, recién había matado a un joven en un sótano calcinado, dejó la bolsa de arena y se giró al salir. Allí estaba: una figura alta, de abrigo oscuro, capucha subida, máscara gris, igual a todas las máscaras. No se movía. Lucas sintió pánico, furia, una extraña atracción. Era el enfrentamiento inevitable; dos predadores, dos espectros de la misma ciudad en ruinas.
Ninguno habló. Se midieron como animales antiguos. El rival —¿o aliado?— avanzó hasta el cadáver, imitó el gesto de la bolsa y miró a Lucas por primera vez. Las máscaras no ocultaban tanto como pretendían: los ojos eran vacíos, hoscos y sin fondo. Lucas supo que ambos existían solo mientras el otro estuviese ahí para mirar, para certificar la existencia en un mundo donde la ceniza cubría todo, incluso el recuerdo de sus propias muertes.
Lucas giró y se marchó, no por miedo, sino por aceptación. Supo, finalmente, que nunca sería el único en la ciudad y que la lluvia de ceniza jamás cesaría. Ahora, al volver a casa, miró su propia colección de objetos robados y comprendió su absurda inutilidad. La ceniza lo cubriría todo. Las bolsas de arena, los relojes, los cuchillos, las firmas, los nombres; todo acabaría sumido en la niebla amarga de la ciudad. Solo quedaba el ritual y la certeza, secreta y dolorosa, de que en cada esquina caía una lluvia idéntica, y otros ojos, opacos como la ceniza, compartían su mirada.
La noche cerró sin estrépito. Y la ceniza, dulce e insidiosa, siguió cayendo, borrando, cubriendo, esperando que los humanos —asesinos, víctimas, testigos— desaparecieran para siempre bajo su manto de nada.
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