Fragmento:
Corría el año de 1887. Mi profesión de cronista judicial me llevó, esa primavera, a las inmediaciones de Oakland. Llegué tras la pista de una serie de asesinatos que tenían soliviantado al forastero y fascinado, en un secreto casi religioso, a los lugareños. Eran muertes sin aparente sentido: desaparecidos que, tras semanas o meses, reaparecían convertidos en lóbregos montones de huesos despellejados, a menudo en claros del bosque o en el lecho de algún arroyo remoto. Había, en la disposición de aquellos restos y en la falta de signos identificables de lucha, algo que perturbaba aún más el ambiente que la misma brutalidad de los hechos. Ningún forastero sabría jamás —decían— cómo orientarse en aquellos parajes, y sin embargo el responsable conocía las sendas más ocultas de la espesura, los recovecos del terreno, las costumbres exactas de quienes iban a morir.
Duración: 11:18
No es mi intención juzgar, ni tampoco defender lo que voy a referir. Quizá nadie reclame esa gracia previa al horror: la justificación, el motivo, el contexto. A quien sólo ansía asomarse al abismo del mal le basta la relación desnuda y fiel, sea ésta un amasijo de sucesos, una crónica o un testamento. He sobrevivido a una experiencia que, a los escépticos, podría parecerles improvisada por la depravada imaginación de un escritor enloquecido por la soledad. Sin embargo, también sé que para quienes han olido el hedor de la carne sometida a las leyes de otro hombre, incluso estos detalles pueden palidecer ante la realidad. Escribo voluntariamente a la luz de una vela, en esta posada de Tehachapi, donde solo el murmullo de la sierra parece vigilar.
Corría el año de 1887. Mi profesión de cronista judicial me llevó, esa primavera, a las inmediaciones de Oakland. Llegué tras la pista de una serie de asesinatos que tenían soliviantado al forastero y fascinado, en un secreto casi religioso, a los lugareños. Eran muertes sin aparente sentido: desaparecidos que, tras semanas o meses, reaparecían convertidos en lóbregos montones de huesos despellejados, a menudo en claros del bosque o en el lecho de algún arroyo remoto. Había, en la disposición de aquellos restos y en la falta de signos identificables de lucha, algo que perturbaba aún más el ambiente que la misma brutalidad de los hechos. Ningún forastero sabría jamás —decían— cómo orientarse en aquellos parajes, y sin embargo el responsable conocía las sendas más ocultas de la espesura, los recovecos del terreno, las costumbres exactas de quienes iban a morir.
En lo alto de una suave colina, sobre la neblina del lago Merritt, se erguía una mansión abandonada, la llamada “Casa Encendida.” Los niños la evitaban, los ancianos rezaban cada vez que su sombra se extendía sobre ellos. Durante el día, los barrenderos aseguraban que podían oír, en los travesaños de la estancia principal, el crujir incesante de pisadas etéreas.
Era en aquella casa donde, se decía, el asesino llevaba a sus presas. Los periódicos, de pluma más sensacionalista que la mía, habían estampado la silueta oscura de la mansión en sus rotativos, bautizando al criminal como “el Orador,” ya que, según algunos cuerpos recuperados —o mejor dicho, sus lenguas cortadas y colocadas con aparente esmero en frascos de cristal—, el responsable atesoraba las voces de los muertos.
Mi primer contacto relevante fue con el doctor Herbert Greene, forense a quien la notoriedad de los asesinatos parecía abrirle un apetito nuevo cada vez que el sheriff requería sus servicios. Aquella tarde ociosa conversábamos en su despacho, rodeados de libros sobre anatomía y botellas de brandy, cuando me atreví a preguntarle:
―¿Qué provoca semejante deleite en estas muertes? Una pulsión, un hambre inmensa de control, ¿o acaso cree que existe alguna especie de estética detrás de los crímenes?
El doctor sonrió, opaco.
―Ese lenguaje delira por sí solo, amigo mío. Hay cicatrices en los huesos, marcas minuciosas, incisiones casi amorosas. El Orador puede ser cualquier cosa menos un carnicero torpe.
Lo que Greene jamás me confió —o al menos eso creí entonces— fue que una de las piernas encontradas en la ribera, cerca del puente viejo, tenía esbozado en la piel, con punzón y caligrafía admirable, lo que parecía un poema. Ningún periódico de la época consignó ese hecho, que yo mismo descubriría más tarde.
Mi hospedaje fue en la casa de la viuda Lorrimer. De sus largos silencios y de cómo retiraba la mirada al pasar frente a los ventanales pude deducir muy pronto que temía algo más que a simples rumores. Las noches eran tan silenciosas que el crujir de la madera, la respiración entrecortada de los demás huéspedes y los ecos lejanos del viento me impedían abandonarme al sueño.
Al amanecer del segundo día, un muchacho llegó jadeando al porche, alertando de un nuevo hallazgo cerca de los confines de la Laguna. Me deslicé entre los curiosos y, sin gran dificultad, pude atisbar a la comitiva de la ley, los funcionarios locales y algunos hombres armados para espantar a curiosos o cuervos. El cadáver pertenecía a una joven institutriz llamada Sara Elliot, desaparecida hacía quince días.
Reconocí de inmediato la marca del Orador: los párpados cosidos, como esperando un sueño imposible; la lengua, extraída con precisión quirúrgica y envuelta en un trozo de paño bordado. Nadie lloraba abiertamente. La madre de la muchacha contemplaba la escena con los labios apretados y una obstinada falta de lágrimas.
Me atreví a solicitarle al sheriff un momento a solas con el cuerpo. Convencí a todos de que necesitaba detalles para la “crónica,” aunque en verdad deseaba buscar lo que Greene me había sugerido entre líneas: una motivación poética, acaso una frase o inscripción ideada por el asesino.
Revisando, con escrúpulo y espanto, di con el reverso del paño que envolvía la lengua. Allí, en un inglés que alternaba la tipografía gótica y arábiga, podía leerse:
“A quien calló para siempre la voz de los otros, yo le cederé mi palabra.”
No puedo decir que temblé, pero sentí, con una precisión punzante, la presencia de una mente entregada al culto de sí misma, una lógica que solo otro maníaco podría entender.
Esa noche comenzó la lluvia. Las gotas arrastraron el polvo de las tejas y, en la madrugada, me despertó un alarido sordo que parecía abrirse paso por entre los tablones del suelo. No era un grito humano; era, más bien, una nota aguda, ininterrumpida, igual que el chillido de un roedor atrapado.
Al día siguiente, Greene no amaneció en su casa. Su criado, un mestizo silencioso, a duras penas articulaba palabra. Relató —mientras yo contemplaba su frente perlada de sudor— que había escuchado el portazo principal a eso de las tres, y luego el ladrido insistente de los perros del vecino. Greene había salido, presumiblemente, al hospital, pero no volvió.
El pueblo cayó en una mezcla de terror y resignación. Se organizaron partidas de búsqueda, pero no hallaron pistas. A los tres días, en los bajos de la Casa Encendida, unos niños jugando descubrieron, medio cubierto de polvo y telarañas, el maletín de médico de Greene. Dentro, una promesa: un cuaderno forrado de verde, con la inconfundible caligrafía del doctor.
Dudé muchísimo antes de robarlo.
Me retiré por la tarde a mi habitación, cerré la puerta, y apenas la luz rozó el papel me sumergí en la lectura.
Allí estaban las confesiones de Greene; no como asesino, sino como obsesionado investigador. Narraba las noches de insomnio estudiando los cráneos despellejados, el misterio de los poemas, las conjeturas acerca de la identidad del Orador. Sin embargo, al final del cuaderno, encontré algo inquietante: una lista de nombres. Mi nombre estaba allí, junto al de la institutriz asesinada y otros hombres y mujeres cuyo destino ya conocía.
¿Sabía Greene que corría peligro, o acaso este hallazgo señalaba una participación más directa? No tuve tiempo de deliberar: al pasar la página, un papel cayó de entre las hojas, alisado muchas veces, apenas desgastado. No era un poema, sino una nota escrita de otra mano:
“Sr. Greene: Cuando mi voz acabe de enterrar todo lo que usted cree saber, vendré por su lengua. N.”
N.
Esa inicial, repitiéndose a lo largo de mis pesquisas —en los textos, en ciertas esquinas, en la firma invisible de los crímenes—, se me pegó al alma como la humedad de la bruma. Intenté, por primera vez, escribir a mis superiores pidiendo refuerzos o al menos el consejo de un experto en “enfermedades mentales del siglo.”
Pero en Oakland, el telégrafo rara vez funcionaba, y la correspondencia con San Francisco tardaba semanas. En mi aislamiento recurrí al whisky y a la vigilancia sin descanso.
Por entonces, el rumor persistente entre los vecinos era que alguien se escondía en la Casa Encendida. Nadie era tan imprudente para adentrarse allí después del anochecer. Yo, movido tanto por la ambición de noticia como por ese pavor ansioso que impele a los hombres a mirar detrás de las cortinas, resolví hacerlo.
Esa noche, armado con una linterna, entré.
El olor a descomposición era tan pesado que tuve que cubrirme la cara con un pañuelo. Al fondo, tras un pasillo irregular de tablones partidos, hallé el vestíbulo principal. Allí, enmarcados por una ventana sin cristales, colgaban varios objetos del techo como móviles macabros: fragmentos de huesos, tiras de cuero humano, y en la pared, alineados con esmero, una docena de frascos con lenguas en su interior.
No estoy seguro de cuánto tiempo estuve paralizado.
Sobre el suelo, dispersos, yacían restos de ropa, un reloj de mujer, el revólver de Greene, y --lo que me sacó el último aliento— varios cuadernos idénticos al que yo llevaba en la mano. Los abrí, frenético: dentro, entre anotaciones sobre los asesinatos, aparecían cartas dirigidas a N., algunas escritas de puño y letra de Greene, otras de víctima reconocida.
No puedo sino suponer que el Orador coleccionaba, además de restos, historias, retazos de la vida de sus presas.
Avancé, hasta que un crujido nuevo me heló la sangre. No estaba solo en la casa.
La linterna titiló; el frío invadió la sala. Alguien susurró mi nombre.
Recuerdo poco después de eso. Emerjo y caigo entre pesadillas: voces de muerte, luz asfixiante, el roce de botas en la madera podrida.
Sé que desperté al amanecer, tumbado en la hierba, sin memoria precisa de cómo salí de allí. Mi lengua ardía; tenía laceraciones en la boca. Lo único que conservé fue el cuaderno verde y una pulsera de oro manchada de sangre.
Ya nada importaba en Oakland. Cuando llegaron los hombres de la ley, la Casa Encendida había ardido hasta los cimientos. Jamás se halló cadáver alguno. Las desapariciones cesaron, pero la mitad de las mujeres jóvenes de la ciudad abandonaron el lugar en las semanas siguientes, y los hombres bebían tanto que el pueblo fue apodado “la pequeña taberna de la fiebre.”
Poco después, en Tehachapi, recibí una carta. No tenía firma, pero sí una sola línea:
“El que no tiene lengua, no puede confesar. El que no tiene voz, jamás será encontrado.”
Hoy, al escribir esto, noto una punzada en la garganta cuando deseo expresar aquellas noches, esos recuerdos. Algo me impide narrarlo todo, un límite invisible trazado entre mi deseo de relatar y mi facultad de hablar. Tal vez sea el temor, tal vez una advertencia que ni yo mismo comprenda.
Así es como, en ciertas noches, siento que el Orador me observa —no con ojos, sino a través de todas las voces que he olvidado, de todas las palabras que no puedo pronunciar. Callar, entonces, no es cobardía: es un ritual. Puede que solo quienes han visto respirar la maldad tan de cerca lo entiendan. En el silencio, como en la muerte, uno aprende la única lengua que importa.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.