Portada del relato Las fauces de la niebla
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Fragmento:


“Tienes que ayudarlas, sólo así no se comen entre ellas,” indicó Carlos, arrancando una pala de hierro y una horca. Cada bestia recibía un balde de restos, desperdicios animales y… algo más, lo que se almacenaba en grandes tambores herrumbrosos en el cobertizo. Álvaro titubeó cuando vio el contenido: miembros incompletos, vísceras, grasa rancia, huesos humanos viejos y carne fresca.

Duración: 10:22

Las fauces de la niebla
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Texto de ajuste de pausa.

A menudo, las noches en Cástulo rezuman una neblina tan espesa que el mundo parece reducirse a poco más que el aliento tibio en la distancia y el crujir de gravilla bajo los pasos. En la periferia del pueblo, detrás del polvoriento trabajo rutinario de las tierras secas, la familia Solís guardaba un secreto que, por costumbre y superstición, jamás se debía compartir bajo la promesa de la luna nueva. En las agradables noches de verano, cuando la brisa apenas susurraba sobre las ramas, sólo entonces los Solís hablaban, en voz baja y temblorosa, de “los hambrientos”.

Nadie, ni el borrachín más osado de la cantina vieja, se atrevía a cruzar el portón oxidado que conducía a los corrales del fondo, más allá del lindero donde el pasto crecido ocultaba zarpazos de barro y huellas de pezuña inexplicables. Ni siquiera los niños osaban rondar el alambrado, por mucho que los mayores trataran de camuflar la verdad tras risas y frases vacías de “allí sólo hay ganado y mulas viejas, hijo”. Pero todos en Cástulo habían escuchado alguna vez el chillido de horror, el desgarrador gemido rasgado que a veces ahogaba al gallo durante el alba: un lamento que retumbaba hasta el estómago y hacía que, durante unas horas, hasta los perros callaran.

Carlos Solís, el menor de los cinco hijos, era un hombre grande, tosco, acostumbrado al trabajo animal. La barba espesa tapaba una cicatriz de una infancia inconfesable, y sus ojos grises, siempre apartados, parecían acostumbrados al horror. Cuando llegó la carta del banco, amenazando embargo y desalojo, Carlos supo que la única forma de sobrevivir a la voracidad de los números era vender parte del ganado al mercado negro. Pero dudaba; quienes venían por esa carne no hacían preguntas y pagaban bien por filetes macerados en la fuerza vital de la bestia viva, o mejor, “recién entregada”. Sus compradores exigían, bien lo sabía él, animales “auténticos”, de aquellos que sólo los Solís sabían criar y mutilar.

Aquel julio, de lluvias dispersas y noches sin luna, la presión era insoportable. Don Ernesto Solís, su padre, hombre ya consumido por el alcohol y la culpa, lo miró desde la penumbra del salón y le ordenó con una voz quebrada: “Es hoy, Carlos. No podemos echar raíces de hambre. Llévate a Álvaro. Que vea”.

No hacía falta decir más. Álvaro era el primo venido del sur que había crecido con las historias de “los hambrientos” como simple folklore. Alto, algo enclenque, divertido y moderno, con su móvil siempre en la cintura; inconsciente aún del peligro tangible, se reía nervioso cada vez que sus tíos le decían que esta vez le tocaba a él, “custodiar a las bestias”.

Hasta el camino al corral esa noche rezumaba una tensión silenciosa. Carlos caminaba primero, linterna en mano, el polvo de verano levantando nubes sutiles en cada pisada. El vaho de las vacas y mulares apenas se sentía, como si todos los seres vivos supieran lo que las horas oscuras traían consigo y contuvieran la respiración.

El candado del corral era enorme, aun así los barrotes temblaban levemente como si dentro algo los empujara con urgencia. El hedor a descompuesto, a encierro y miedo animal era tan denso como la propia niebla. Carlos alzó la linterna y su haz barrió los animales: a simple vista, sólo ganado magro y sucio. Pero los ojos de los hambrientos brillaban en la segunda hilera.

Sus cuerpos eran un pastiche grotesco de carne y mutación: crías de toro con patas demasiado largas, morro que se alargaba en extremo, pelaje con zonas despellejadas, bocas rebosantes de dientes irregulares, ojos grandes y amarillos, orejas caídas como trapos viejos. Eran una docena, segregados del ganado normal, amarrados con dobles cadenas. No mugían ni bramaban. Si acaso, gruñían bajo, un quejido bronco, casi humano. Álvaro no pudo ocultar el terror en un suspiro.

“Tienes que ayudarlas, sólo así no se comen entre ellas,” indicó Carlos, arrancando una pala de hierro y una horca. Cada bestia recibía un balde de restos, desperdicios animales y… algo más, lo que se almacenaba en grandes tambores herrumbrosos en el cobertizo. Álvaro titubeó cuando vio el contenido: miembros incompletos, vísceras, grasa rancia, huesos humanos viejos y carne fresca.

—¿¡Es esto un chiste enfermo!? —gimió Álvaro, incapaz de contenerse.

Carlos lo fulminó con la mirada.

—Si no les das su ración, van por ti. Si hoy te niegas, mañana eres tú la comida. No preguntes. Echa y sal de aquí.

El hedor se volvió insoportable cuando abrieron el primer compartimento. Las criaturas saltaron a la reja, gruñendo, lanzando dentelladas al vacío. Álvaro dio un traspiés, volcando parte del balde en el suelo. Una de las bestias, la más pequeña, le crujió la cadena, desesperada. Carlos, rápido, le clavó la horca para mantener distancia.

—Nunca te acerques cuando sangran. Se vuelven locas incluso entre ellas —susurró, y luego, sin más, lanzó el resto sobre la cerca.

La pequeña, en un frenesí, comenzó a devorar los desechos junto con dos más. El sonido de la carne desgarrándose, los huesos partidos bajo la presión de sus mandíbulas fue un infierno acústico. Una de las grandes empujó con tal fuerza que Álvaro sintió el suelo temblar bajo sus pies. Tragó saliva, horrorizado.

—¿Qué… qué son?

Carlos miró al cielo encapotado y, por un instante, pareció niño otra vez.

—Mi bisabuelo cruzó ganado con alimañas que nunca debieron ver la luz del día. Dicen que fue para enfrentarse a los lobos y a los hombres malos que cruzaban el monte. Pero la sangre mala siempre pide más sangre. Nadie los quiere. Nadie los puede matar. Nosotros los alimentamos. Usted, ahora, también es Solís.

Al ver la incredulidad y el asco en la cara de Álvaro, Carlos sonrió, cansado.

—No te preocupes. Esta noche sólo alimentamos. Mañana temprano vendrán a buscar dos criaturas. Los compradores nunca hacen preguntas. Visten de negro, traen cajas grandes. Se llevan a los peores, los más listos.

Pero aquella noche, algo cambió en la rutina ancestral. Una vez satisfechas las bestias, Carlos apagó la linterna, como de costumbre, y ambos avanzaron a tientas hasta el portón. A medio camino, un balido extraño se coló entre el silencio, distinto al de cualquier oveja. Un chillido hiriente, quebrado. Las bestias en los corrales enmudecieron, como si reconocieran el llanto.

—¿Eso fue… una oveja? —susurró Álvaro, agarrando el brazo de su primo.

Carlos, sobresaltado, encendió de nuevo la linterna y la dirigió al fondo. Entre la niebla, a la orilla del camino, algo avanzaba a cuatro patas; algo cubierto de lana sucia, con cuernos torcidos y una mancha roja en los belfos. Tenía el tamaño y la silueta de una oveja, pero los ojos… los ojos brillaban con esa misma luz amarilla, y en su mandíbula se balanceaban restos de algo demasiado humano para ignorar.

—¿Una cría perdida? —preguntó Álvaro, la voz espectral de quien espera que la lógica venza al instinto.

Pero Carlos sabía que no había lógica. Como una visión, al filo de la linterna, vio cómo la oveja mutante, grotesca y babeante, saltaba la cerca baja y, con garras negras, desgarraba el gaznate de uno de los perros pastores. El aullido apenas fue un crujido ante el sonido de huesos rotos y la sangre borboteante sobre la tierra. Las demás bestias del corral se alborotaron, mordiendo la cadena, habitadas por un hambre atávica e irrefrenable.

Carlos tomó a Álvaro del brazo y corrieron hacia el cobertizo, donde un viejo fusil yacía inutilizado por falta de municiones.

—No hay balas, ¿verdad? —sollozó Álvaro, enfrentando ahora, irremediablemente, la memoria de los cuentos, la realidad de lo imposible.

—Con ellos, nunca hay suficientes balas —respondió Carlos, y ambos se agazaparon tras los bultos de pienso, escuchando ahora los sonidos del horror expandiéndose por el campo.

Unos gritos lejanos atravesaron la niebla; eran los gritos de otros animales, los potrillos, los mulos. El ruido de la madera astillándose confirmó el pánico: las criaturas, antes encerradas, aprovechaban la confusión para pelearse entre sí y morder cualquier obstáculo. No hubo tiempo para pensar. El repiqueteo de pezuñas y dientes golpeando puertas llegó a oídos de los primos; en la penumbra, una sombra pequeña pero de fauces imposibles pasó corriendo frente al cobertizo, dejando tras de sí un rastro de sangre.

A los Solís jamás se les permitió ser cobardes, pero esa noche, la herencia se sintió como una maldición. En el pueblo, los perros callejeros dejaron de ladrar. Las luces se apagaron una a una, como si incluso la electricidad rehusara retar a la oscuridad.

Carlos y Álvaro supieron entonces que no había salvación fácil. En la penumbra, rezaron, como lo hacían los ancestros cuando el hambre de las bestias era demasiada. Pero esta vez, mientras la luna menguante cruzaba el cielo, los hambrientos salieron de los corrales y aprendieron que el mundo era más allá de la cerca. Lo primero que cayó fue la puerta de la casa Solís; después, el fuego, el caos, las ráfagas de linternas que no podían contener la marea.

En cuanto el sol asomó, la policía llegó, avisada por el único sobreviviente: Álvaro, semiinconsciente, delirando en su propio vómito, la ropa empapada de sangre ajena y propia. Balbuceó historias de animales imposibles, dientes astillados y ojos monstruosos que nunca cerrarían. El pueblo entero se quedó mudo, sabiendo que, en adelante, los nombres Solís y Cástulo se susurrarían como advertencias, que la frontera entre domesticado y salvaje era tan delgada como la niebla que lo cubría todo.

Carlos nunca apareció. De los animales, sólo encontraron restos triturados y marcas antinaturales sobre los campos, como si algo pesado hubiese gateado durante la noche, festín de carroñeros. El miedo permanece, y ahora, al oscurecer, si alguien cruza el portón del antiguo corral, jura escuchar balidos cruzados con sollozos, la promesa de que, cuando el hambre es infinita, nada escapa a las fauces de la niebla.

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